Nada, que no era capaz de dejar el one shot como un solo capítulo… tenía que continuarlo. Aprovecho al mismo tiempo para hacer un experimento: Era evidente que el primer capítulo (único hasta el momento) estaba escrito en primera persona, siendo Malfoy el narrador, bien, pues el experimento consiste en que, en lugar de ser un "one shot" se convertirá en un "three shot". Sí, tendrá tres capítulos en total y este segundo está escrito en segunda persona, con Granger como narradora de las escenas.
Espero sinceramente que os guste y os sirva para comprender un poco más de lo ocurrido en el primero.
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Estás loca.
Te miras al espejo y ves las marcas que ha dejado en tu cuerpo. Sus mordiscos en tus pechos, mudo testigo del placer intenso que te provocaron. Las huellas de sus dedos, cuya fuerza te excitó de un modo sin igual. Otras heridas no pueden verse, pero tú las sientes en tu interior, doloroso recuerdo de una hora de absoluto descontrol. Te sumerges en el agua para intentar borrar cada una de tus heridas, pero todas ellas te hacen recordar cómo fueron realizadas. Cierras los ojos y sientes sus manos una vez más recorriendo tu cuerpo con deseo, ves la rendición en sus ojos, su cuerpo dentro de ti, donde jamás había estado nadie. Sus besos queman tu piel de nuevo, aunque sabes que es el agua la que te acaricia. Te hundes hasta que tu cabeza queda también bajo el agua, pero vuelves a salir con rapidez.
¡Eres Hermione Granger, no una estúpida niñata que ha cometido un error! Si esa serpiente se cree que por haberte mordido un par de veces vas a estar muriéndote por su veneno, está muy equivocado. Sigues bañándote con la determinación de ocultar ante todos lo que ha ocurrido, porque él tampoco tiene las agallas para decir nada. Mientras tanto, recuerdas la estúpida concatenación de errores que te llevaron a cometer el más grande de todos.
Te propusieron ir a una fiesta en la que, supuestamente, al fin coincidirían todas las casas. Era una oportunidad extraoficial y divertida de hermanar las casas, o al menos así te vendieron la idea, por mucho que te oliese a excusa para saltarse cientos de normas. Tus amigos terminaron por convencerte, porque está claro que no puedes resistirte al modo en que te adulan. Sólo entonces lo hacen, cuando quieren obtener algo de ti, cuando tus conocimientos son útiles, cuando sus hormonas recuerdan que eres una chica. La fiesta resultó ser lo que esperabas: alcohol, música y la mayoría de los "confraternizadores": parejas que ya existentes entre casas. No te gustó ver a los gemelos hablar durante tanto tiempo con Justin y Zabini, era antinatural que esas cuatro mentes se reuniesen, serían capaces de despertar un apocalipsis sólo por diversión. No te equivocabas. Ese fue tu primer error.
Harry y Ginny se fueron a parlotear con otras parejas, Ron giraba a tu alrededor como un satélite, cada vez con una copa diferente. Estabas tan cansada de sus habituales desplantes que no querías perder aliento en advertirle que no era en absoluto conveniente mezclar distintos tipos de alcohol, además que sería como predicar en el desierto. La música no te llamaba en absoluto la atención, la compañía perdía neuronas con cada copa y estabas empezando a plantearte el dar media vuelta y marcharte. Entonces fue cuando ese cuarteto decidió comenzar a amenizar la fiesta con sus absurdas ideas. Todas las pruebas que iban proponiendo dejaban en evidencia a alguna chica frente a un chico. Estaba claro que sólo eran capaces de pensar en una cosa. Cuando te llegó el turno, tus amigos empezaron a protestar. Tú ya estabas harta de tanta estupidez. ¿Iban a reírse un rato por una prueba insulsa? Pues que se rían. Ese fue tu segundo error.
Avanzaste con decisión hacia los cuatro chicos, los hombros y la cabeza alzados, dejándoles claro que no te ibas a amedrentar por lo estúpido de su juego. Cogiste uno de los papeles del tarro en el que estaban los nombres y se lo diste a George con una sonrisa. Cuando dijo el nombre de Malfoy, le dedicaste una sonrisa al rubio: probablemente ese sería un castigo peor para él que para ti, no en vano se supone que te odia por tus orígenes muggles. A él le correspondía sacar el papel de la prueba. Zabini se sonrió al leerlo: una hora en un escobero. ¿Y eso sería todo? Sí, en ese momento te pareció una estupidez, pero ahora no te lo parece tanto. ¿Verdad?
Cuando os encerraron no pensasteis, ninguno de los dos, que terminaríais de esa manera. Cuando se pavoneó como un gallito de corral no hiciste otra cosa que mirarlo con indiferencia, que te acorralase no era nada, casi te burlas porque estaba demasiado cerca de una sangre sucia. Pero no contaste con ese aliento embriagador, ni con esos labios tan suaves. Intentaste mostrarle que no era el único que sabía besar y ese fue el tercer error.
Porque él no tiene toda la culpa, tú también compartes una buena dosis. No querías que esos labios se alejasen de ti, o que esas manos, que se movían como si fuesen cientos por tu cuerpo, dejasen de acariciarte. No le pusiste freno, sino que lo invitaste. Lo acariciaste como si tu vida dependiese de ello, lamiste su torso como si sólo de esa manera pudieses calmar tu sed. ¡Le mordiste, por Hécate! Arañaste su espalda como una gata en celo, mientras él también te mordía y chupaba como si estuviese dominado por una bestia salvaje. No se pareció en nada a lo que tenías pensado: nada de velas, ni una cama cómoda y blanda, mucho menos hubo amor. Aquello fue pura y absoluta lujuria, lo sabes. Y ahora te muerdes el labio hasta sangrar porque no puedes borrar esas imágenes de tu mente.
Aún no sabes de dónde sacaste la frialdad necesaria para arreglar vuestras indumentarias, mientras él te miraba atónito y jadeante. Seguro que se estaba preguntando a qué venía aquello, pero no ibas a dejar que todos los de la fiesta supiesen que tú, Hermione Granger, acababas de permitir que él te hiciese eso en un escobero. Reaccionó justo a tiempo. Cuando Zabini abrió la puerta, nadie sería capaz de decir que tu cuerpo estaba cubierto de mordiscos y moratones, o que el suyo también tenía una buena muestra de tus dientes y uñas. Con lo que no contaste fue con la efusividad alcohólica de Ron, en cuanto te vio, pareció recordar algo y te besó frente a todo el mundo. Te contuviste a duras penas para no apartarle. Harry vino en tu ayuda y lo apartó de ti, cuando te miró viste las preguntas que luchaban por ser formuladas. Sólo le dijiste que te ayudase a devolver a Ron a la torre. No protestó. Probablemente no quería que el siguiente nombre en salir fuese el suyo o el de Ginny.
Ahora es de día y las pruebas de tu locura son más evidentes, no puedes dejar de preguntarte si su cuerpo también muestra ese aspecto, probablemente sea peor en su piel tan blanca. Mientras te secas con cuidado, antes de vestirte, te paras a pensar en cómo será a partir de ahora. Porque sabes que cada vez que te lo encuentres en el pasillo recordarás lo que ocurrió en ese escobero. No eres tonta. Por mucho que intentes negártelo a ti misma, ahora mismo estás deseando que cruce esa puerta y repita lo que hicisteis anoche. Sacudes la cabeza frente al espejo, él no va a ser el centro de tus pensamientos, no vas a darle esa satisfacción. Decides ignorarlo por completo, tratarle como siempre, con indiferencia. Sobre todo porque no se lo espera, seguro que se cree que vas a ir tras él como una perrita faldera, jadeando y suplicando por su…
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Una semana. Siete días completos y sigues dándole vueltas a lo ocurrido en esa maldita fiesta. Algunas de las evidencias ya han desaparecido, pero aún tienes que ir por todas partes con una bufanda para que nadie vea el moratón en la base de tu cuello. Has contenido una sonrisa al verle también con una bufanda al cuello. Cuando bajaste a comer el domingo, no te perdiste el respingo que dio cuando Zabini palmeó su espalda. Casi te descubres al soltar una carcajada, pero pudiste disimular que te atragantabas, de tal manera que tus amigos no se percataron de nada. Aunque sentiste unos ojos grises clavados en ti durante toda la cena, los que ahora visualizabas claramente en tu mente, pero enmarcados en un rostro congestionado por el placer.
Diste gracias a todas las deidades por ser una fanática de la lectura y que no le diesen importancia a que pasases horas sin término en la biblioteca o con la nariz pegada a un libro. Eso te evitó muchos problemas cuando teníais clase juntos, podías fingir que leías con verdadera pasión cuando lo que estabas haciendo era dejar que el aroma de esa maldita serpiente te recordase momentos mucho más placenteros. Y que leer un tomo dedicado a las guerras contra los enanos, era lo mejor para que no se te encendiesen las mejillas como dos farolillos, lo que podría delatar que tu mente no estaba en ese tipo de batallas, precisamente.
Has forzado una discusión con Ron y Harry para que no te pidiesen que les ayudases con sus deberes, tenías demasiadas cosas en la mente como para, además, preocuparte por ellos. Saliste por el retrato sin pensar a dónde dirigirte, lo único que querías era estar sola con tu maldición particular. ¿Cómo explicarles la verdad de lo que te ocurría? Ya veías sus reacciones sin necesidad de decir una sola palabra: Harry empezaría a decir que todo había sido una artimaña de Voldemort. ¡Como si al ofídico ese le interesase mucho con quién te acostabas tú! Ron te miraría con la cara roja de ira, boquearía como un pez buscando las palabras para insultarte y subiría las escaleras como si le persiguiese una acromántula. Ni siquiera podías confiar en Ginny, ella se vería obligada a contárselo a Harry. Por lo que estabas sola.
Mas no por mucho tiempo. Tus pasos te habían llevado fuera del castillo, tanto deseabas que te dejasen en paz, aprovechaste que nadie iba a protestar por la dirección de tu caminata, que te fuiste al único sitio en que nadie te seguiría. El sauce boxeador. Enfadada contigo misma no querías que nadie te oyese mientras te maldecías por ser tan estúpida. Accionaste el nudo con una rama y desapareciste bajo sus raíces. La casa estaba igual que hacía años, hecha un asco y vacía. Con un gesto de varita limpiaste la habitación que aún conservaba lo suficiente como para recibir esa denominación, más que nada para poder tirarte en la cama y no tener que sacudir una capa de polvo de años de tu ropa después.
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Bonito escondite, Granger.
– Le oíste decir a tu espalda. Tu cuerpo, que no estaba por la
labor de ayudarte, respondió de inmediato al sonido de su voz. -
¿Lo has escogido por alguna razón en especial? –
No te habías movido del sitio y, sin embargo, ahora él lo susurró
en tu oído.
-
Déjame en paz, Malfoy. –
Si se creía que ibas a dar botes de alegría, estaba muy equivocado.
– No sé qué pintas
aquí.
- Se me ocurrió que a lo mejor podíamos hablar.
– Y meterte mano. ¿O acaso tenía que estar tan cerca para
decírtelo? ¿Tenía que acariciar tu espalda de esa manera para
hablar contigo? ¿Tenía que usar ese tono acariciante en tu cuello?
Si te girases, vuestros labios se tocarían de nuevo. –
Hace una semana que le doy vueltas a una cosa.
- ¿Y necesitas
que le quite el mareo a tu cerebro mono neuronal?
– Bufaste con desdén. Logrando controlar el deseo por acariciarle.
– ¿Tan difícil te
resulta entender que no quiero hablar de nada contigo? –
Y te giraste, pero no para lamer esos labios con tu lengua, que era
lo que te pedía a gritos, sino para mirarlo directamente a los ojos.
Otra vez cometes errores estúpidos, Hermione. Él no quería hablar, sólo quería que le dieses esa excusa. Sus labios no se despegaron para replicarte con palabras sino para besarte con la misma intensidad que hacía una semana. Pero no es cierto, ahora sabía perfectamente lo que ocurriría cuando te besase, sabía que ibas a derretirte como si fueses de cera. Aunque no sin luchar por cada centímetro de piel como si fuese una pelea a muerte. Su lengua se movía en tu boca con la lentitud que da la experiencia, porque sabe a dónde tiene que ir. Sentiste cómo sus labios se curvaban en una sonrisa cuando tu mano tomó su nuca para acercarlo más a ti.
Su mano se movió con rapidez hacia el borde de tu jersey, se sumergió bajo la tela acariciando tu costado. Electrizándote con esa suavidad, nublando tu juicio con un gruñido de placer que escapó de su garganta al llegar al borde de tu sujetador. Se separó de ti y te miró con una media sonrisa, querías matarlo en ese momento. Pero no esperabas que su siguiente movimiento fuese que quitarse la túnica con rapidez para volver a besarte. Parecía que no habías sido la única en estar deseando ese momento.
Una vez más su boca abandonó la tuya, pero ahora fue para ayudarte a quitarte la ropa, con la misma urgencia con la que tú arrancabas la suya. Vuestros cuerpos parecían estar controlando de nuevo la situación, no podías pensar en otra cosa. ¿Pero es que había que pensar en algo que no fuese el siguiente punto a besar de su maldito cuerpo de marfil? ¿Era necesario razonar el inmenso goce que sus manos te proporcionaban? ¿Se podía encontrar la lógica a las descargas que sus labios te producían? Recorriste con tu lengua un camino de perdición por su cuello. Besaste con suavidad las huellas del fin de semana anterior. Sí, eran más evidentes en su piel que en la tuya. Cuando estuvisteis desnudos, de cintura para arriba, viste el brillo metálico de sus ojos al observar tus pechos desde arriba, antes de descender y descargar miles de besos que te hicieron estremecer de placer. El recuerdo de esa noche retornó con violencia, los tomó en su boca de nuevo, succionó con fuerza, los mordisqueó y tú te retorciste debajo de él, porque, a tu pesar, no querías que se detuviese.
Pero no ibas a quedarte con las manos quietas ante la posibilidad de darles un uso más placentero. Recorriste su espalda, notando bajo tus yemas las heridas que aún estaban cicatrizando, las de tus uñas. Él intensificó sus lametones e intentó aprisionarte con el peso de su cuerpo. Percibiste entonces su excitación contra tu pierna. No te detuviste y mordiste tu labio una vez más, ardías por dentro y querías que se dejase de tonterías. Lo apartaste de su obsesión con tus pechos y lo obligaste a besarte, a que subiese por tu cuerpo. Volvió a sonreírse cuando tu mano se metió bajo sus pantalones y agarró una de sus nalgas con fuerza, pegándolo a ti.
-
Despacio, tigresa. –
Susurró antes de besarte de nuevo. –
Hoy no tenemos prisa y quiero saborearte con calma.
– Lo miraste con furia contenida. El muy desgraciado se atrevía a
pedirte calma.
- ¿Y
si no quiero ir con calma? –
Levantándote sobre tus codos para besar su barbilla.
-
¿Y si me voy y te dejo con las ganas?
– Riéndose mientras amagaba levantarse.
-
¿Y si te crucio hasta obligarte a suplicar?
– Amenazándolo con la varita y una sonrisa muy parecida a la suya.
Te miró con la ceja levantada, no se esperaba esa respuesta por tu
parte.
Se encogió de hombros y retomó tus labios sin la calma que tanto pedía, sino con la misma urgencia que tú sentías. Abrió el cierre de tu falda mientras tú abrías el de su cinturón, tus manos se movieron más rápidas que la primera vez, a fuerza de haber repetido ese movimiento tantas veces en tu cabeza. Las últimas prendas cayeron al suelo y al fin tuviste su piel contra la tuya, sin el molesto roce de la tela. Ambos os observasteis un segundo, veíais lo que la otra noche sólo pudisteis adivinar por el tacto, estaba claro que la imaginación se había quedado corta en algunos puntos. Pero no os detuvisteis por más tiempo.
En un solo movimiento se hundió dentro de ti. Cerraste los ojos a tu pesar, concentrando todo en el sentido del tacto, sintiendo cómo se deslizaba con fuerza, una y otra vez. Sabías que estaba mirándote y te daba igual. Sólo podías pensar en ese movimiento rítmico y frenético que provocaba que te aferrases a él por miedo de que se le pasase por la mente el alejarse. Escuchabas sus gruñidos, sentías su aliento contra tu cuello, signos del esfuerzo que le exigías. Pero no ibas a dejarle que se divirtiese él solo. Cuando abriste los ojos y encontraste los suyos, otra vez con las pupilas dilatadas, sonreíste con malicia. Aún no sabes cómo, le obligaste a rodar sobre la maltrecha cama, quedando a horcajadas sobre él para marcar tú el ritmo con tus caderas. Pronto sus manos te aferraron para guiarte mejor. Y, a partir de entonces, perdiste la cuenta de las veces en que tu cuerpo dejaba de estar bajo tu control. Sólo eres consciente del momento en que él puso fin a todo. Las fuertes sacudidas te hundieron contra el colchón, ahogando tus gritos. Hasta que no pudo más y se dejó caer sobre tu espalda.
Le diste la razón, no había prisa. Te diste cuenta cuando, en lugar de quedarse catatónico como la otra vez, sembró de besos tu espalda. Te hizo rodar sobre ti misma para volver a besarte, su sempiterna sonrisa presente en cada una de las caricias que te daba con sus labios, repitiendo una vez más el recorrido por tu cuerpo, descendiendo ahora hasta las zonas que antes no le habías permitido saborear. Hundiste los dedos en su cabello al notar su lengua acariciando suavemente la zona tan sensible de tu cuerpo, fruto de tu impaciencia y su fogosidad brutal. Parecía querer devorarte allí mismo, mientras tú se lo permitías porque eras incapaz de hacer otra cosa que jadear.
Se apartó un buen rato después, dejándose caer sobre un brazo a tu lado, observando cómo aún temblabas por las caricias. Sólo podías pensar que querías borrar esa estúpida sonrisa de su cara. Mordiste tu labio al darte cuenta de un buen método para hacerlo, sustituirla por otra expresión más acorde con la tuya. Lo besaste y le obligaste a tumbarse sobre su espalda, descendiste igualmente por su pecho, besándolo hasta llegar a su abdomen. Comenzaste con pequeñas caricias con tu lengua, sin dejar de mirar sus ojos que se entrecerraron. La sonrisa desapareció por completo cuando descendiste sobre él, permitiéndole que su mano en tu cabello te empujase hacia él. Escuchaste los jadeos contenidos cuando le arañaste con tus dientes.
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Tenemos que hablar. –
Le oíste decir mientras buscabas tu tanga por el suelo.
– Está aquí. – Y
viste cómo lo sostenía en su mano.
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Ya te dije que no tenemos nada de lo que hablar. –
Protestaste al mismo tiempo que intentabas alcanzar tu ropa interior,
sin contar que era una argucia para tomarte en sus brazos nuevamente.
- Vamos, Granger.
No te hagas la ofendida. –
Besando tu barbilla, mordisqueando tu labio inferior. – No
te pega después de lo que acabamos de hacer.
- De acuerdo. –
Bufaste molesta - ¿De
qué quieres hablar? –
Mostrándote altiva.
-
Quiero repetirlo. –
Besándote. Tú no dabas crédito a lo que oías.
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¿En serio? –
Preguntaste con curiosidad. -
¿Qué propones? ¿Quieres que nos reunamos en secreto dos veces por
semana sólo para montárnoslo?
– Propusiste con sarcasmo. –
Vamos, Malfoy… -
Empujándolo contra la cama y levantándote. -
¿Quién te crees que soy?
- La que acaba de gritar como una loca
hace un minuto. – De
nuevo te miraba con esa media sonrisa mientras hacía girar la prenda
en un dedo. - Esta
semana has pasado por el mismo infierno que yo… ¿Quieres repetirlo
cada vez que te apetezca o vas a sufrir como una idiota por mantener
la fachada de perfecta prefecta? Los dos sabemos que eres una
verdadera leona… ¿Cuánto tardarás en saltar sobre mí en medio
de un pasillo?
- ¿Qué te hace pensar que voy a hacerlo?
- Enarcó la ceja de nuevo.
-
Que si no lo haces tú lo haré yo…
- Riéndose – No te
estoy pidiendo que seas mi novia, sólo que lo repitamos con un poco
más de regularidad. –
Encogiéndose de hombros.
-
Vale. – Aceptaste.
Sabías que era una sentencia y aún así la aceptaste.
Porque el muy desgraciado tenía razón, casi te vuelves loca durante esa semana y no quieres privarte de lo que esa víbora te hace sentir cada vez que te pone una mano encima, se acerca, te besa, no digamos cuando hace todo eso y más. Le das vueltas a la cabeza, tumbada en tu cama, intentando evitar pensar en lo que has empleado la tarde. Pero te resulta imposible. Sólo esperas que el próximo encuentro tenga lugar cuanto antes. Hace unas horas que te has alejado de él y ya estás deseando que te vuelva a hacer gritar.
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Llegados a este punto, no me queda más que deciros… salvo que he revisado el anterior para modificar un par de cosas y que espero vuestras opiniones en breve.
Besos,
Madie
