Disclaimer: Harry Potter y todo lo relacionado con su universo le pertenecen a J.K. Rowling. Esto es sin ánimo de lucro. La trama es mía; no copies ni publiques sin mi permiso expreso.

Claim: Remus Lupin, Sirius Black

Advertencias: -

Palabras: 1.444

Largo: One-shot

N/A: no hay slash aquí. Supongo que en un futuro no muy lejano sí que habrá, pero esta viñeta es sólo de amistad, y la verdad es que se basa mucho más en Remus, pero Sirius es importante. Es muy angst, por cierto.


YA VOY, VALHALLA

"Never thought I'd see your face the way it used to be"
(Ten years gone, Led Zeppelin)

**

Pasó que en la época de la guerra, esa en la que la gente incluso se ponía la bufanda para sentirse protegida y no precisamente del frío, esa en que los magos y brujas nunca querían salir de la cama, del placer del sueño en que todo era bueno, esa en la que todos sus amigos lucharon sin dudar, dándole sentido al valor y a la determinación, Remus se alejó de todo y de todos.

Primero lo intentó poco a poco, dejando de ir a casa de los Potter aun y ver la desilusión en los ojos de Lily y sin ayudar a Peter cuando se lo pedía. Quiso dejar que vieran que sus vidas eran lo mismo sin él, que no era ni de lejos tan importante como se creían, sino un peligro dos grados menor que la guerra que crecía como las nubes de tormenta.

Pero a Sirius que Remus se considerase así le daba igual, y por eso seguía acudiendo a su casa en la moto (por fin volaba, en parte gracias al licántropo, por cierto) y aporreando la puerta gritando '¡Lunático, Lunático, sé que estás ahí! Sal o no volveré más'. Para Remus eso significaba punzada de dolor, suspiro, levantarse y obedecer. En dos semanas se dio cuenta de que las cosas no podían seguir siendo así, de que él no podía pedirles a ellos que lo olvidaran y lo dejaran solo como a un gramófono lleno de polvo si luego él acudía a sus llamadas como una mascota feliz, casi como el mismísimo Sirius Black.

Y decidió cortar de raíz: se fue sin pensar, perdido en su no querer lastimar, recogiendo cuatro cacharros y abandonando a todos sus amigos, todos esos a los que tanto necesitaba. Los dejó ahí, en Londres, como al piano vertical y como a esos libros de Wilde que, entonces, no le servían para nada más que pensar en horas en la biblioteca de Hogwarts.

Se fue estando la guerra en su apogeo, y como quien no quiere la cosa, una sombra de duda y de sospecha se fue acercando a todos aquellos a los que había dejado rotos; y en ese momento sí que se empezaron a separar de verdad.

Se fue con los hombres lobo con la excusa de que era una misión encomendada por el viejo de los caramelos de limón (cosa que era cierta) y ya no volvió (pero eso no se lo había pedido nadie, al contrario).

Luego, ellos murieron. De golpe, sólo que no tan de golpe; había algunos que ya lo veían venir. Remus no, pero lo temía. Y tuvo que volver, hatillo al hombro, cabizbajo, lágrimas en los ojos y más canas que nunca en el pelo. Lo más duro fue saber que el culpable era Sirius; poder palpar la tristeza que salía del mismo. Ya no estaban ni Lily, ni James, ni Peter, sólo aquél que había hecho de su vida algo un poquito mejor, pero estaba tan roto como él. Los había traicionado a todos, y eso significaba que, en el fondo, no había nada.

El polvo de los años, el escozor del dolor en los ojos, las arrugas que el tiempo causaba, los gritos a la luz de la luna, escondido en la piel de un animal... todo eso era lo que le quedaba a Remus, eso y la nota triste de su piano, que casi no podía tocar porque le recordaba demasiados momentos de los viejos tiempos, los hogareños e inocentes, que aún no habían tenido tiempo para ser corrompidos.

Él nunca se recuperó. La vida se le hizo extremadamente amarga, monótona, como la lluvia contra las ventanas. Todo era gris, como él; todo había perdido la luz y el amarillo de antes. Se había ido el sentimiento de no tener que crecer (que envejecer, más bien); la felicidad se había ido de su alma, había abandonado la casa que le había querido regalar. Además, se sentía culpable por haberlos dejado solos, por no haber escuchado sus planes y por no haber estado ni un solo momento más, comiendo tarta de melaza y bebiendo cerveza, sonriendo suavemente al oír las tonterías de James hablando sobre Harry. Se sentía tan bien. Era todo lo que necesitaba: saber que respiraban en algún lugar del mundo.

Pensaba demasiado en eso, en todos ellos, los muertos y los casi-muertos (como Frank y Alice; no quería ni pensar si Sirius había tenido algo que ver, ya que siempre lo había creído incapaz de algo así); y mientras, el tiempo presumía de llenarse con los cambios de fuera.

Después de recuperarse un poco de eso (nunca podría hacerlo, ya era demasiado difícil el vivir y caminar y llorar solo), tras lamerse las cicatrices solo, llegó el pensar en Harry.

Para él, sus padres querían una vida bonita, en una casa luminosa con jardín en el Valle de Godric; querían enseñarle quidditch desde pequeño, y también dos mundos diferentes, paralelos. Eso no pudo tenerlo, pero al menos vivió, creció y conoció a gente de bien, como los Weasley y Hermione Granger.

Con el pensar en el hijo de los Potter llegó la esperanza de una nueva vida. Volver a Hogwarts, respirar el aire del bosque prohibido, ya no tan prohibido para él, enseñar a los magos del mañana. Eso supuso un soplo de aire nuevo. Fue como si las piezas encajasen de nuevo y él volviera a estar metido en los cambios del mundo. En pocos días los colores volvieron a ser colores y sus labios volvieron a torcerse en sonrisas. Pudo, con ese trabajo, volver a ser alguien, e incluso... qué más daba, esa oportunidad siempre había estado ahí, mas él estaba demasiado ciego por las heridas que le habían infligido para verla.

Lo más importante de aquella etapa fue recuperar el mapa del merodeador. Aquél mapa había sido muy importante para él; lo recordaba con el cariño que le brinda un padre a su hijo. Lo habían creado juntos, los merodeadores, los chicos invencibles que fueron los dueños de sus vidas durante unos años de oro. Con ese trozo de papel mágico recorrieron pasillos secretos, pudieron ir a las cocinas sin peligro (aunque el peligro era lo que les gustaba, en realidad), crear bromas nunca vistas. Con ese fruto de su arduo trabajo pudieron ser felices sin disimular.

Y una vez más, gracias a él, Remus pudo ser enteramente feliz como llevaba siglos sin ser. Los ojos verdes de Harry le habían regalado sonrisas, y también enseñarles a sus alumnos a combatir un boggart, sí, pero ¿lo que pasó después? Eso era irreemplazable. Lo había marcado tanto como la cicatriz al hijo de Lily y James.

Porque, después de años y años de lunas llenas solitarias y horas en blanco (casi diría en gris), pudo volver a ver a Sirius. A verlo como al héroe que era, el mago siempre honesto y el perro leal a sus amigos. Él no había sido el culpable; era Peter. Y ambos estaban vivos.

Vio su cara de nuevo. Demacrada, esquelética, sucia y desgastada por el paso de lo días negros en Azkaban, pero su cara. Sus ojos grises, brillantes y profundos; su sonrisa perruna; esa nariz recta. Lo abrazó, y con eso casi pudo volver al aroma de la tarta de melaza por las mañanas de cuando tenían dieciséis años. Dejar reposar su cabeza en ese hueco cálido entre el cuello y el hombro de Sirius fue como un bálsamo reparador. Como una nueva noche bajo la capa invisible de Cornamenta.

Nunca pensó que eso pasaría, pero también las cosas buenas llegan sin que te las esperes.

Su vida volvió a ser realmente una vida. Una de merodeador retirado pero con felicidad en las venas.