Disclaimer: Harry Potter y todo lo relacionado con su universo le pertenecen a J.K. Rowling. Esto es sin ánimo de lucro. La trama es mía; no copies ni publiques sin mi permiso expreso.
Claim: Remus Lupin, Nymphadora Tonks
Advertencias: -
Palabras: 1.118
Largo: One-shot
YA VOY, VALHALLA
"Surely your time will come as in heaven, as in hell"
(The guns of Brixton, The Clash)
**
Aunque una persona ponga todo su esfuerzo en una cosa, esta puede fallar. Remus debería aprenderse esa frase de memoria, porque no es que le quede grande, precisamente. De hecho, se adapta a su situación perfectamente, y si hay aristas que pulir, estas se arreglarán solas; de eso está totalmente seguro.
Siempre ha sido una persona con bastante determinación. Al menos antes de ser mordido sabía distinguir las líneas del bien y el mal, esas tan difusas para el resto de la gente. Ahora cree saber de igual manera qué es lo correcto y qué no lo es, pero ¿la verdad? Lo más sincero que podría decir en este momento es que está perdido y no tiene ni idea ni de cómo respirar sin herir a los demás.
Porque quiere a Tonks. Le gustan esas veinte pecas que siempre deja que se queden sobre la piel de su nariz, su pelo despeinado y que cambia de color cuando le da la gana y esa fuerza hecha de juventud que la envuelve allá donde vaya.
Le gusta que tropiece en el escalón de siempre cuando va a su casa, el cuarto, que ni siquiera está corvado o roto, que sea una despistada increíble y que transforme su nariz en una patata para hacer feliz a los demás en esa dura época de guerra. A veces incluso cree que le agrada esa parte suya tan ingenua que no ha visto la guerra y que lucha sin conocer como es eso.
Dicho directamente: todo le parece admisible y, lo que es diferente, agradable. Es palabreja del jodido verbo agradar, sí.
Y ese es el problema.
Es demasiado viejo para su sonrisa natural; tiene demasiadas canas en comparación con el pelo rosa chicle de Tonks; ha demasiado mil lágrimas más que sonrisas ha habido en sus labios. Remus es una persona rota, desgarrada, que encima acarrea una maldición tal como la licantropía.
No puede compartir eso con nadie, absolutamente nadie. Nunca debería haberse enamorado, ni de joven ni ahora, con la túnica más agujereada del mundo.
Es una bestia. No podrá estar a su lado todas las noches, su mal humor en esos días del mes les pasarán factura, no podrá comprarle todos esos detalles que se le antojen un día cualquiera. Y cómo duele saberse dueño de esa condena.
Por eso la ha rechazado hasta ahora, por mucho que le duela esa no-chispa tan triste que aparece en sus ojos cada vez que niega con la cabeza, intentando hacer lo correcto por mucho que le pese. Por esa razón, incluso, ha llegado a desaparecer un par de días para que las mentes de ambos se despejaran un poco y permitieran que lo que antes quemaba de candente que era el sentimiento, se retrasara unas horas más.
Pues bien, está claro que Dora no va a seguir permitiendo ese comportamiento tan de niño y tan de adulto.
Lo ve en sus ojos cuando los entrecierra frunciendo el ceño, acercándose sin sentir piedad hacia su necesario espacio vital, con el mohín de labios que empieza a ser el invitado habitual en su cara. Lo ve cuando ella no se tropieza (¡vaya!, casi exclama), sino que lo arrincona contra una de las paredes de Grimmauld Place y se encarga de hacer que se sienta culpable (de muertes, de epidemias, del dolor de su corazón) en menos de un segundo.
Un tic tac del reloj de pared de los Black y Tonks deja que sus palabras tropiecen unas contra otras; la paciencia nunca fue su punto fuerte.
-Ya te vale, Remus.
Él suspira con cansancio (esas cosas no están hechas para él; nunca le gustaron los besos furtivos) y empieza:
-Nymphadora...
-¡No me llames Nymphadora!
Realmente ha masticado las palabras, y su pelo ha enrojecido bastante. Remus sabe que ha sido un error, pero él no le encuentra lo malo a su nombre. Es nombre de hada. Es nombre de magia. Es el suyo, y ya está.
-Vale. Tonks...
-¡No, no hables!
Remus casi siente la necesidad de chasquear la lengua, pero por suerte para todos, él sí tiene el don de la paciencia. Pero presiente acertadamente lo que ella va a decirle y se teme perder ante su -últimamente débil- fuerza de voluntad.
Ella se calma un poco y se separa diez centímetros. Ya no lo retiene con los brazos, pero le da la mano, y el contacto es cálido. Se muerde el labio inferior, titubeante, y saca todo su valor de tejón para explicarse.
-Ya sé lo que me dirás. Que eres muy viejo, que no me mereces, que busque a otro hombre más apropiado para mí. Me he aprendido de memoria esas excusas tuyas, porque sí, Remus, lo son. La edad o el dinero o tu otro problema me son indiferentes, ¿vale?
-No debería ser así, Nymph... Tonks.
-¡Pero eso me da igual! Soy yo la que decide -sí, lo es. Su mirada lo deja claro, porque ha tomado una decisión aunque lo pida por favor-. Te quiero, Remus. Lo hago. Eso no podrás evitarlo por mucho que me apartes de tu día a día.
Entonces, poco a poco, dejando que se aparte, lo besa. Sólo que esa vez es diferente, porque Remus le ha permitido ese contacto tan maravillosamente íntimo, que debería ser ya un quehacer diario para ellos. El sabor es dulce, y sus lenguas se dicen 'vamos a intentarlo', lo que lo hace aún mejor. Tonks sonríe sin separar sus labios de los suyos y cierra los ojos mientras su pelo cambia de color. Brilla más que nunca.
Lo que ha pasado es que Remus está hastiado de negarse esas cosas tan sencillas a sí mismo, y bueno, ¿por qué no ceder, si eso parece que la hace feliz? Con una mentira pasajera tiene suficiente por el momento.
Más bien se trata de que, siendo sinceros, le dan igual sus oportunidades restantes de ir al cielo o al infierno si cuando le llegue la hora tiene la mano de Dora envolviendo la suya.
