Disclaimer: Harry Potter y todo lo relacionado con su universo le pertenecen a J.K. Rowling. Esto es sin ánimo de lucro. La trama es mía; no copies ni publiques sin mi permiso expreso.
Claim: Remus Lupin, Sirius Black, apariciones de otros
Advertencias: slash tan leve que es insinuado
Palabras: 713
Largo: One-shot
YA VOY, VALHALLA
"I feel stupid and contagious"
(Smells like teen spirit, Nirvana)
**
Camina bajo la lluvia, medio escondido en su abrigo de viejo, hundido bajo el peso de sus huesos y el de la luna, que parece que aún quiere que aúlle. Entra en la lechucería pensando en las cartas que nunca le respondió a Lily, y en lo poco que le gustaban las patas de las lechuzas a Peter, que siempre se quejaba de tener que acompañarlo ahí. Sale de San Mungo (a veces, muy de vez en cuando, huele sus memorias y echa ese aura de tristeza de su alrededor para ir a ver a os Longbottom, que están aún peor que él), el aroma a menta aún está en sus fosas nasales, y recuerda los pasteles de amistad de Hogwarts. Se despierta por las mañanas, cada día con más canas que el anterior, una cicatriz que antes no estaba en el brazo, una arruga de más en la frente, cien palabras de Dickens olvidadas, y piensa en cómo se despeinaba James a todas horas y en la cara que ponía al abrir los ojos. Se venda las heridas y no puede evitar desear una Madame Pomfrey, y ya de paso, un perro que le lama las cicatrices; así, lento, casi lánguido, cuidadoso.
Pero todo lo que piensa son sueños, y los sueños mentiras son. Qué claro lo tiene, y ¡ay!, cómo duele ahí, bajo las costillas, que por suerte -ironía- hoy no están lastimadas, donde una niña pelirroja de doce años diría que uno tiene el corazón.
-Black, Sirius Black...
Llora un poco, no de esa manera con la que se sueltan lágrimas y se gime y se recibe compasión, sino de esa otra. Esa que tuvo que aprender con el tiempo, la de apoyar la frente contra un cristal y cerrar los párpados, y dejar que la mente se sienta mal sola un rato, porque es inevitable estar triste, que no es lo mismo que no ser feliz, al menos no exactamente.
-Era su amigo, dicen.
Esas cosas dice la gente. Que tenía los ojos verdes. Que era un ser infinitamente cruel. Que comía serpientes disecadas, de paso. Pero no, Remus lo sabe, lo sabe muy bien. Sirius era un buen chico. O no. Puede que no lo conociera del todo, al fin y al cabo. Qué increíble es pensar eso; de joven se hubiera reído a medias al oír algo así. Ahora lo recuerda como el del vestir informal, el de los ojos grises, observadores, acojonantes, a veces; el de la risa permanente y las quejas de adolescente.
-Es un asesino, pero encima los mató de joven.
Eso eran. Jóvenes. Chicos sin piedras en el camino, sin un futuro por el que preocuparse, sin razones por las que no reír. Eran cuatro, pero eran uno, y a veces cinco. No tenían número ni sentido, y Sirius nunca miraba los carteles cuando iba en moto. Eso eran. Ahora tres no existen, uno está en la cárcel, traidor, y uno mira sin ver y oye sin escuchar, o al revés.
-Increíble, ese Black.
Los susurros no tienen ni idea de la suerte que tienen. Nunca tuvieron que oír sus destrozos de ls canciones de los grandes grupos, nunca cedieron ante sus ojos de perro abandonado, nunca se metieron en líos por él, nunca dejaron de estudiar para verlo pintarse una mano, nunca... Y más, y más nuncas y jamases.
Los susurros sonaban como verdaderos idiotas.
Ellos no quisieron a Sirius Black de tal manera que dolía en el alma al respirar y al caminar a su lado sin alargar la mano cinco centímetros para envolver la suya, o para dejarse envolver.
No dejaron de sentirse estúpidos, contagiosos, como un monstruo que se cree siempre menos -menos de todo, menos que todo-, al presentarse casi por accidente y caer en el encanto de su sonrisa y en la magia de sus bromas.
