¡Hola a todos! Cuarto capítulo de la historia. Como ya os avancé en el anterior, vamos a dar un salto de tres años desde el desenlace de lo ocurrido en el Helheim. A lo largo del capítulo veréis que se presentan nuevos interrogantes y hechos que han sucedido en Asgard, respecto a eso solo os puedo decir que se irán descubriendo poco a poco :). Los tres capítulos anteriores fueron una especie de introducción (no los olvidéis, quizá sean más importantes de lo que parezcan...). ¡Un saludo y muchísimas gracias por leer!
-TRES AÑOS DESPUÉS-
Las cadenas entrechocaron. El silencio en el que la celda se había sumergido hacía unos segundos desapareció con increíble rapidez, helándole la piel. Thor apretó un poco más los labios con la vista fija en el muro del fondo, incapaz de posarla sobre el bulto que se removía en el suelo, origen del sonido.
–Thor...
El muchacho escuchó la voz, pero fingió no hacerlo. Su rostro no mostró evidencia alguna de ello.
–Por favor...
Aquella vez cerró los ojos. Comenzaba a arrepentirse de haber bajado hasta allí, hasta los calabozos más oscuros de Asgard. Pero al mismo tiempo era perfectamente consciente de que había sido lo correcto. Probablemente debía haber realizado aquella visita mucho tiempo antes, algo que había retrasado más y más con la excusa de no sentirse preparado para ello.
¿Pero cuándo estaba uno preparado para ver a su propio padre encarcelado?
–Thor... hijo mío...
El aludido abrió de nuevo los ojos y se armó de valor para estudiar al prisionero. Un escalofrío recorrió su cuerpo al comprobar que el estado de Odín era aún peor de lo que había imaginado. Mantenía los brazos en alto, atado con cadenas que subían hasta el techo. Los mechones grises le caían por parte del rostro, medio ensangrentado. Su cuerpo temblaba, bien por frío o bien por vergüenza. Thor no quiso averiguarlo. Apartó de nuevo la vista y tomó aire por la nariz. Una vez más, deseó no encontrarse allí abajo.
–Padre –dijo con el ceño fruncido, luchando por que las lágrimas no acudieran a sus ojos.
–Thor... –Odín parecía hacer un gran esfuerzo por hablar, lo que no ayudaba a que el Dios del Trueno se sintiera mejor. El antiguo rey de Asgard lo observó unos instantes antes de pedirle–: Mírame...
Aún entonces, Thor expulsó el aire de sus pulmones con fuerza y obedeció.
–Hijo, yo... –prosiguió Odín cuando Thor lo contempló–, necesito que... que escuches...
–¿El qué, padre? –preguntó Thor con una voz fría–. Bastante habéis dicho ya.
Thor sintió cómo sus puños se tensaban e inconscientemente los apretó con rabia, recordando las imágenes que aún atormentaban su alma. El dolor de su familia. Las miradas atemorizadas de su pueblo. La furia enloquecida de Odín cayendo sobre Asgard, destruyéndolo todo... La pérdida de juicio de su padre casi había llevado el hogar de los dioses a la mismísima ruina y, por ello, se le había confinado a una de las mugrientas celdas en las que él mismo había encerrado a cientos de maleantes. Odín, Padre de Todos, aquél que una vez fue el protector del reino, había acabado siendo su peor enemigo.
–Debía hacerlo, Thor... Asgard... debía arder...
–No os atreváis –intervino Thor apretando los dientes y dedicándole una dura mirada a su padre–. No creáis poder defender todo lo que dijisteis, lo que hicisteis a vuestros amigos... a vuestros seres queridos...
Odín emitió un débil sonido que se asemejó a un sollozo, aunque Thor no estuvo del todo seguro de que lo fuera. El príncipe tomó aire por segunda vez y relajó sus músculos antes de añadir:
–No sois digno de los seres queridos a los que habéis traicionado, padre.
Con torpeza, el prisionero alzó el rostro para observar a su hijo. Thor le devolvió la mirada.
–Adiós, padre.
Una vez se hubo dado la vuelta y echó a andar hacia la salida, hizo caso omiso a todas las llamadas de Odín. No se sentía capaz de volver a hacer frente a aquel hombre moribundo, demente y que un día fue el más sabio de los dioses. Su estado actual resultaba verdaderamente desolador, en especial para su hijo.
Un guardia se aseguró de cerrar los barrotes de la celda cuando Thor la hubo abandonado. El príncipe emprendió el ascenso por las viejas y húmedas escaleras que llevaban hacia los niveles superiores desde los que se podía volver a acceder al palacio, todavía con la mente aturdida y angustiada. Aunque no era más tarde del alba, decidió ir a ver a su madre, la máxima autoridad de Asgard desde los últimos acontecimientos. Frigga era una de las pocas personas que conocían bien al guerrero y sabría aliviar su sufrimiento. Otra de ellas hizo aparición justo cuando terminaba de subir los últimos peldaños.
Lady Sif se encontraba apoyada en el umbral, esperando. Al escucharlo llegar, se incorporó y estudió a Thor en silencio; sin duda sabía a lo que el dios había bajado a las mazmorras, lo que él desconocía era cómo se había enterado.
–Te escuché salir –desveló Sif aproximándose a él, como si hubiera adivinado sus pensamientos–. ¿Cómo te encuentras?
Thor formó una mueca sin saber qué responder. La joven guerrera hizo ademán de aproximarse un poco más, pero se detuvo en el último momento. Miró a ambos lados, asegurándose de que no había nadie alrededor; solo cuando estuvo segura de ello, dio un paso hacia Thor y envolvió sus anchos hombros todo lo que sus brazos le permitían. El príncipe suspiró y cerró los ojos, dejándose reconfortar por el abrazo de su amiga.
En las sombras, alguien los contemplaba. Y no le gustaba nada lo que veía.
• • •
–¡Vamos, vamos, ya casi es vuestro!
El guerrero de cabellera pelirroja se tambaleó, pero no fue más que un efímero instante. Posó su mano en el suelo y se impulsó para volver a hacer frente a su rubio rival. Este le devolvió la mirada con una sonrisa antes de arremeter de nuevo contra él.
Las espadas chocaron en el aire ante las atentas miradas de los otros tres guerreros que se hallaban en el campo de entrenamiento. Y aunque las apuestas no habían coincidido en un principio, era evidente que finalmente la balanza caía a favor del rubio. Al fin y al cabo, era el hijo de Odín...
–¡Ánimo Thor!
Pero él también era hijo de Odín, pensó, y nadie apostaba por él. Cierto era que no solía entrenar con el resto de asgardianos, sus conocimientos no se aprendían con una espada en la mano. Pero las reflexiones del joven Loki iban más allá de los combates físicos.
Thor era el favorito de todos, en todo. ¿Es que acaso había algo a lo que aquel idiota se le diera mal? Bueno, no era muy avispado, pensó Loki con una sonrisa burlona. Pero era valiente, honesto, leal. La lista de virtudes de Thor parecía hacer sombra a todos sus posibles defectos, al menos a ojos de su reino. La adoración que el pueblo asgardiano profesaba por su príncipe le resultaba abrumadora. Y era aún más abrumadora cuando el propio Loki la sentía.
Ya podía ser todo lo arrogante y orgulloso que quisiera: para Loki, Thor seguiría siendo perfecto. Las atenciones que todos le dedicaban y sus propios sentimientos hacia su medio hermano hacían que lo odiara profundamente al mismo tiempo que lo amaba. Amarlo plenamente, de todas las formas en las que uno puede amar a alguien, pues tan intensos eran sus sentimientos que volvían difusos los límites preestablecidos. Qué poco adecuado. Pero Loki, por más que el resto pudiera pensar lo contrario, no era ningún cobarde; sabía aceptar y afrontar sus propios sentimientos, jamás se sentiría avergonzado de ellos...
Aunque, bueno, no había motivo para que Thor supiera lo que Loki sentía.
Ni Thor, ni nadie. Loki llevaba aquella lucha interna en silencio. Frente a todos, repudiaba a su hermano, lo envidiaba decían algunos, y de presentarse la ocasión en la que Thor necesitara su ayuda el joven hechicero no dudaría en darle la espalda. Todos eran unos ignorantes. Unos estúpidos y cretinos ignorantes. En sus noches de soledad, de lágrimas desconsoladas y sollozos ahogados, Loki se decía que era lo correcto. Que nadie tenía por qué saber nada. Que si estaba dispuesto a dar la vida por Thor, era cosa suya. Y de nadie más.
Aquella mañana Loki también se hallaba en el campo de entrenamiento, solo que algo más apartado del resto. Fingía estar enfrascado en una de sus lecturas (incluso se había sacado un viejo tomo de la biblioteca para que su simulación fuera del todo creíble) cuando toda su atención estaba fija sobre los dos combatientes. En circunstancias normales, Volstagg ya habría caído rendido ante la espada de Thor. El príncipe estaba convirtiéndose en un fiero guerrero que ya conseguía hacer caer a algunos de los más grandes luchadores de Asgard. Pero hacía apenas dos días, Thor había sufrido una caída de su caballo que le había dejado una lesión en su pie izquierdo. La noche anterior había asegurado encontrarse perfectamente y anunció que regresaría a los entrenamientos, pero Loki no lo veía nada claro. Sus sospechas se confirmaban al presenciar el largo combate. Que Volstagg aguantara la rapidez con la que Thor embestía durante tanto tiempo era del todo inusual.
–¡Por la derecha, por la derecha!
Loki dirigió su mirada hacia el grupo de guerreros que presenciaba la lucha, en especial a quien daba aquellos gritos. Lady Sif se removía entre los guerreros, atenta a todos los movimientos de Thor. Soltaba alguna exclamación cuando Volstagg lo alcanzaba y coreaba el nombre del príncipe cuando éste llevaba la ventaja. Loki frunció ligeramente el ceño, observándola con desaprobación, y apartó la mirada.
Entonces ocurrió. El pie de Thor no cayó bien sobre el suelo e hizo que tropezara. Loki apretó los labios. "Te lo dije, estúpido idiota. Te lo dije, pero crees que eres invencible... Te lo tienes merecido".
Pero incluso mientras lo pensaba, la preocupación se adueñó de él. Aquel tropiezo le costaría caro y Volstagg podría dejarse llevar por la euforia de la victoria y empeorar su lesión...
Antes de que Volstagg terminara con el combate, Loki actuó. Desde la distancia, provocó con uno de sus pequeños trucos de magia la caída del redondo guerrero. Thor, que continuaba en el suelo, observó perplejo a su oponente. Sif y los otros dos guerreros gritaron emocionados mientras que Loki volvía la vista hacia su libro para no descuidar su teatrillo.
–¡Termina con él!
"Como si tu orgullo no estuviera lo suficientemente bien alimentado", pensó Loki, casi arrepentido de haber colaborado en la victoria de Thor.
El príncipe de Asgard fue vitoreado una vez más en el campo de entrenamiento. Loki se negó a alzar la vista y se dedicó a observar las runas dibujadas en la página amarillenta. Se trataba de un ejemplar bastante antiguo, escogido completamente al azar de una de las estanterías de la biblioteca. Sus ojos verdes inspeccionaron la página cuando, de pronto, algo llamó su atención. Aquellas runas no se parecían a las que él había estudiado en otros libros... si es que eran runas siquiera. Y estaba casi seguro de haber visto aquellos símbolos en alguna otra parte, solo que no lograba recordar dónde...
Al parecer Volstagg no se había levantado del suelo y había asumido la derrota. Durante unos segundos, el viento le trajo a Loki las palabras del pelirrojo:
–Tengo frío, mucho frío...
Loki sonrió para sí mientras Fandral y Hogun observaban confusos cómo su compañero se sacudía con un ligero temblor.
Una nueva voz llegó hasta su altura.
–¿Y quién luchara contra mí?
Lady Sif parecía estar buscando un oponente. Un oponente que no aparecía. Sus amigos ya habían luchado (Volstagg contra Thor y Hogun contra Fandral) y no parecían ponerse de acuerdo en cuanto a cuál repetiría para contentar las demandas de la guerrera.
–Yo lo haré.
Loki se había puesto en pie. Ni siquiera recordaba haber tomado tal decisión. Abandonó su libro en la hierba, decidiendo investigar los símbolos más tarde, y se aproximó al grupo de asgardianos con serenidad; estos lo observaban algo dubitativos.
–¿Habláis en serio, Loki? –preguntó Fandral mientras se arreglaba su elegante bigote.
–Completamente, buen Fandral –Loki sonrió y echó un vistazo a Sif–. Solo si aceptáis, por supuesto. Es normal que una guerrera no se vea capaz de enfrentar al mismísimo dios del engaño...
–Acepto –gruñó Sif ante la sutil provocación.
–Esto será divertido –comentó Volstagg, ya recuperado.
Loki sonrió una vez más y echó a andar hacia el campo junto a Sif.
–¡Espera!
El hechicero se dio la vuelta para encontrarse con Thor, quien le ofrecía su espada.
–Necesitarás esto, hermano.
Loki alzó una ceja. Aunque Thor poseía Mjolnir, el martillo que Odín le había entregado tiempo atrás, solía entrenar con sus amigos provisto de su vieja espada.
–Yo no requiero de armas físicas, Thor –se quejó y le dio la espalda.
–¡Suerte!
–Soy el dios de la suerte. Tengo toda la que necesito.
Los tres guerreros y Thor se acomodaron para ver el combate. Una vez ocuparon el centro del campo, lady Sif dedicó a Loki una mirada de desconfianza.
–¿Así que vas a hacer uso de tus truquitos de mago?
–Ya os he dicho que, si no creéis poder contra mí...
–He aceptado, Loki. Y os demostraré cuán equivocado estáis.
Sif cargó contra el hechicero, pero en el último segundo éste desapareció, como si jamás hubiera estado frente a ella. Desconcertada, la joven parpadeó.
–Lenta –murmuró Loki, justo detrás de ella.
Molesta por el engaño, Sif se dio la vuelta y atacó de nuevo con su espada.
Pero una vez más, Loki ya no estaba.
–Muy lenta –dijo Loki a sus espaldas.
–¡Ya está bien! –exclamó Sif enfurecida mientras los otros cuatro reían–. ¡No estás luchando! No eres más que un cobarde...
–¡Oh, vamos, no seas así Sif! –le dijo Fandral–. ¡Tan solo es un entrenamiento...!
–Entrenamiento para combatir –recordó Sif con rabia–. Y no está luchando. Solo huye como un cobarde.
–Decidme, lady Sif, ¿qué haréis si alguna vez tenéis que luchar de verdad contra un hechicero? –preguntó Loki como si realmente estuviera interesado–. ¿También lo llamaréis cobarde y le exigiréis que tome una espada?
Sif no contestó. Los demás dejaron de reír y Loki chasqueó la lengua, aunque por dentro sonreía, satisfecho de haberla molestado.
–Está bien, se acabó por hoy –anunció Thor, que no tenía ningún interés en ver cómo su hermano y Sif comenzaban a discutir–. Será mejor que volvamos.
Sif fulminó a Loki con la mirada por última vez antes de regresar junto al resto. Loki la siguió pero no se detuvo para regresar con ellos, sino que pasó de largo, recuperó su libro y se perdió entre los árboles.
• • •
Cuando Sif apretó un poco más la venda, Thor se esforzó por no hacer ninguna mueca.
–Ya está –anunció por fortuna la muchacha.
–Te lo agradezco –respondió él, palpándose el tobillo. Tan solo era una ligera molestia, pero si aquellos remedios favorecían su recuperación, quién era él para negarse.
Sif asintió levemente con la cabeza, conforme, y se levantó para guardar los utensilios que había utilizado en su caja de madera.
–¿Dónde aprendiste? Desconocía que tuvieras conocimientos médicos –se interesó Thor.
–Mi madre –explicó ella–. Aunque no sé hacer gran cosa, no te lleves una impresión equivocada.
–Me has sido de gran ayuda. Eso es lo que me llevo.
El silencio se hizo en la habitación. Thor se levantó de su silla estudiando a su amiga; en sus mejillas halló un ligero rubor. ¿Había dicho algo que la hubiera incomodado?
–Sif...
–¿Sí? –la muchacha se dio la vuelta con la caja de madera bajo el brazo, un gesto que Thor interpretó como que se disponía a marcharse.
–Yo... –buscó las palabras adecuadas, pero no las encontró. Relajó los hombros y, con una sonrisa, sacudió la cabeza–. No importa.
El asgardiano se dio la vuelta y centró su interés en la ventana. Fuera, la noche iba cayendo poco a poco.
–Thor.
El aludido giró la cabeza para mirar a Sif cuando esta reclamó su atención.
–¿Qué ibas a decir?
–¿Qué? Oh, nada importante, no te preocupes.
Ni siquiera él mismo tenía claro lo que quería decirle. A veces tratar con mujeres le resultaba un verdadero tormento.
–¿Seguro?
–Sí.
Thor inspeccionó el rostro de Sif, desconcertado. Era como si la muchacha estuviera esperando a que le dijera algo en particular... ¡y ni él mismo lo sabía!
–De acuerdo. Nos vemos mañana.
La puerta se cerró tras ella y Thor se quedó solo de nuevo. Dedicó los siguientes minutos a examinar su tobillo, como si al prestarle aquel interés el dolor fuera a desaparecer. Por suerte para él, su condición asgardiana había conseguido que el accidente no provocara más que una leve molestia y cierta debilidad a la hora de pelear. De haberse tratado de un mortal, sin lugar a dudas hubiera permanecido más de dos quincenas con el pie en alto y una cantidad considerable de pastillas.
Al cabo de un rato, una de sus doncellas entró en el dormitorio. Era bajita, algo rechoncha, y tenía un aire amable que siempre ponía de buen humor a Thor.
–¿Cómo os encontráis, alteza?
–Bien, bien –dijo él de inmediato, quitándole importancia–. Casi como nuevo.
–Me alegra escuchar eso –la mujer sonrió–. Si necesitáis algo, hacédmelo saber.
Aunque él no contestó, ambos sabían que Thor no pediría su ayuda.
–Bueno, ¿y ya se lo habéis pedido?
La doncella siempre guardaba los modales con sus señores, pero con Thor se permitía un pequeño acercamiento. Desde su juventud, el muchacho le había confiado algunas de sus dudas y sus secretos, y la doncella había valorado aquella confianza siéndole fiel y echándole una mano siempre que pudo. Con el tiempo aquello no había cambiado.
Pero aquel día en particular, la doncella tomó desprevenido a Thor.
–¿A qué os referís?
–A lady Sif, mi señor –dijo ella, sorprendida de que Thor no supiera de qué hablaba.
–Sigo sin entender...
–Oh –la mujer palideció–. ¿Es que... vais a llevar a otra muchacha al baile?
Thor entreabrió los labios con sorpresa. ¡El baile! Lo había olvidado por completo. Entre la situación de su padre, su pequeño accidente con el pie... Eso explicaría la reacción de Sif. Quizá ella estaba esperando a que se lo pidiera.
–Faltan tres días –le recordó ella.
–Sí, sí... L-Lo sé –Thor carraspeó sin saber qué responder–. Pues... no, no se lo he pedido. Aún, supongo...
–¿Suponéis?
–Yo... No lo he pensado todavía.
La mujer negó con la cabeza.
–Demasiada guerra en vuestra mente, mi joven príncipe... Deberíais permitiros un poco de diversión. Todavía sois un muchacho. Llevad a una hermosa asgardiana al baile, divertíos, olvidaos por unas horas de todas esas pesadillas que anidan en vuestro corazón.
–Supongo que tenéis razón, como siempre –Thor sonrió.
La doncella esbozó una sonrisa y pasó una mano por el cabello del príncipe.
–Muchas suposiciones por hoy. Será mejor que descanséis un poco antes de la cena.
• • •
La luz de las llamas que ardían en la chimenea permitían que Loki pudiera leer, esta vez de verdad, sin ningún problema. Tan concentrado se encontraba en su tarea que tardó más de lo habitual en percatarse de que alguien había entrado en su dormitorio. Fuera quien fuese se trataba de alguien verdaderamente sigiloso, por lo que Loki descartó de inmediato a Thor. Frunció un poco los labios, pero no se dio la vuelta. Dejó que fuera su visitante el que se desenmascarara, aunque todos sus sentidos estaban alerta (quién sabía si el desconocido no tenía buenas intenciones).
–Sé que me has oído, Loki Laufeyson, no te hagas el interesante.
Loki esbozó una sonrisa cuando la voz de la joven llegó a sus oídos.
–Me preguntaba a qué se debía tu misteriosa entrada, Encantadora.
Al darse la vuelta, se encontró a Amora ya acomodada sobre su lecho en una de sus poses insinuantes, aunque su influjo no surtía efecto con Loki, y ella conocía aquel detalle. A veces el joven hechicero pensaba que simplemente a la chica le gustaba comportarse de aquella forma, o que incluso se había acostumbrado tanto a aquella actitud que lo hacía inconscientemente.
–¿No puedo visitarte? Te echaba de menos –dijo ella fingiendo estar dolida, pero Loki la conocía lo suficiente como para saber que no era así–. Hoy no te he visto por la biblioteca.
Los hechiceros eran los únicos que solían frecuentar aquel lugar, fuente de conocimiento por excelencia. Sobre todo gracias a la parte dedicada a los ejemplares que recogían todo aquello necesario para dominar la magia. Loki era todo un asiduo.
–He salido a leer fuera –respondió él con indiferencia.
Amora lo observaba fijamente.
–Ya veo... –sus manos acariciaban la colcha de seda que envolvía la cama de Loki–. Se dice que te has enfrentado a lady Sif.
–No nos hemos enfrentado. Ella solicitó un oponente para entrenarse y yo le hice ese favor.
Por la forma en la que Amora había hablado no tenía especial interés en prolongar aquella conversación, y Loki lo agradecía. Sif era la última persona en la que quería centrar una charla. No obstante, Amora no se contuvo y soltó una pequeña risita.
–Loki haciéndole favores a lady Sif, eso sí es nuevo... ¿Y cómo lleva Thor lo de su pie? –preguntó de pronto la muchacha.
Loki se esforzó para que la rabia no se reflejara en su rostro. De algún modo que desconocía, la Encantadora siempre se las arreglaba para dar en el blanco de los pensamientos de Loki, y a veces sin ser consciente de ello.
–¿Por qué no vas tú misma a preguntárselo? Quién sabe, quizá esta noche las nornas te permitan arrastrarlo al fin a tu cama.
La respuesta de Loki hizo que Amora frunciera el ceño. Él sonrió en la penumbra, sabiendo que había metido el dedo en la llaga.
–Imagino que estará ocupado en la de lady Sif.
Había rencor en la voz de la Encantadora. Rencor y dolor. También Loki sintió aquel dolor. Bajó su mirada hacia el libro, sin responder.
–Precisamente era ese tema el que me traía aquí, Loki.
El hechicero terminó por dejar a un lado el viejo ejemplar de magia, resignado a que Amora no se marcharía hasta que él escuchara todo lo que tenía que decirle. Además, que Thor y Sif estuvieran relacionados le interesaba, aunque no lo demostró cuando volvió a hablar.
–Qué te atormenta, querida Amora –preguntó de mala gana.
–Sé que Sif no es de tu agrado –Amora fue directa al grano, sin rodeos–, ni tampoco tu hermanastro. Y yo... bueno, me gusta molestarlo –ella sonrió y Loki alzó una ceja–. Es evidente que Thor y Sif irán juntos al baile, así que he pensado que podríamos sabotearles un poco la diversión.
Loki tragó saliva. ¡El baile! Lo había olvidado por completo. Frigga había anunciado la fiesta hacía días, al parecer quería dar algo de alegría al reino tras los desafortunados acontecimientos relacionados con Odín.
–Bueno, ¿qué me dices? ¿Irás conmigo y me ayudarás?
Se pasó una mano por el cabello negro y suspiró, curvando los labios en una sonrisa.
–Amora, siempre es un placer echar a perder los planes del dios del Trueno.
