CAPíTULO 4: ENCUENTROS

No imagino lo que le pasó por la cabeza. Porque fue hacerle ese comentario y salir escopetada pasillo adelante. Estaba clara la jugada. Nadie se molestó en contarme que, finalmente, su corazón lleno de dudas, perpetró la boda. Y cuando digo nadie, me refiero a Wilson.

Irrumpí sin llamar. Y a pesar de que dejé mis rodaduras en la alfombra, no protestó.

- Debiste quedarte en casa – observó levantando la vista. Estaba haciendo lo mismo que la última vez que visité esa estancia.

- Me han dado el alta – le recordé.

- Lo que no significa hacer tu santa voluntad.

- Mi voluntad nunca es santa – corregí

- Lo sé…Simplemente porque careces de ella – acusó fuera de lugar.

- ¿A qué viene eso? – pregunté más tocado que hundido.

- Cuddy me contó lo que hiciste. Echarla de allí de malos modos.

- ¿Ya te la has tirado?. Se veía venir. Era el paso lógico. La mejor sustituta de Amber. Otra necesitada… – concluí intentando herirle en lo más profundo.

- Ve a verla y deja que te ayude o todo tu esfuerzo será baldío – aconsejó.

- Ve a verla y … - me callé y salí de allí antes de consumar el desaguisado.

Fui directamente al despacho de mi mandante. Toqué la puerta y sólo entré cuando me dio su beneplácito

- Vaya. ¡¡¡Qué alegría verte, House!!! – su voz estaba repleta de sarcasmo

- A mi tampoco me hace especial ilusión volver y comprobar que, a diferencia de Cameron, estás donde te dejé – acuchillé sin compasión –

- No importa. Estás aquí. Por algo será – el sarcasmo dio paso a la amargura.

- Es el único sitio que conozco. No está tal mal, a pesar de ti. – observé.

- Debería echarte a patadas, House. – dijo sin esconderse.

- Pero no lo harás – mi voz sonó tan profunda que mi frase pareció ser más una orden que un deseo.

- No.

- Porque me necesitas…Aun estando así.

- Eres tú quien me necesita a mí. Para que te des cuenta de que se puede ejercer la medicina sin estar colocado.

- Llevo más de cinco meses limpio, no lo olvides – le recordé.

- Cierto. Pero no me has dado la oportunidad de comprobarlo – reprochó ella.

- No quise que me vieras, corrías el riesgo de quedarte haciéndome compañía. Con tus iguales. Porque sigues desquiciada. Tanto como yo lo estuve.

- Claro. Que sepas que Cameron me tendrá al tanto de todo. Si te pasas de la raya, lo sabré. Si no pasas tus consultas, me enteraré. Si sigues tomando cosas seré la primera en notarlo y en despedirte…

- No me vas a dar el beneficio de la duda ¿eh? – pregunté con agudeza.

- No…Contigo las dudas no son un beneficio. Son una pesadilla – dijo con gesto contrariado.

Salí sin decir nada más. Estaba resentida. Pero yo no podía permitir que nadie conociera el Vía Crucis que había atravesado en estos meses. Quería inspirar respeto. Lástima, jamás.