CAPíTULO 7: SILENCIOS

Principios de año. Aquel día había estado con Roger Fenton, el Jefe de Residentes en la Unidad de Vigilancia intensiva del Boston Memorial con el que estaba a punto de publicar un memorándum sobre las técnicas en el cuidado de pacientes críticos en la Revista Médica de Jersey. Entré. Nadie. Miré la hora. Era más tarde que temprano. En House era normal que apareciera en el despacho cuando le viniera en gana. Pero Foreman y Trece no tenían disculpa. Sin esperar un minuto bajé a echar un vistazo a la cafetería. Si estaban allí me iban a oír. No me hizo falta ni llegar. Me topé con Eric en el vestíbulo.

- Creía que tenías turno de mañana – dije sin permitir que se dejara ver el enfado que me iba ganando

- Yo también – respondió tranquilo.

- ¿Me estás ignorando?

- No. Pero no tengo que darte explicaciones porque no tengo ninguna excusa que darte.

- O tal vez es que las razones sean demasiado dolorosas…

Ahora sí. Me clavó aquellos ojos ovalados y tan oscuros como su piel. Era un tipo de complexión fuerte, que rara vez se dejaba intimidar. Y, sin embargo, me pareció lo más cercano a un cachorro asustado.

[…]

Hice lo que pensaba. Me metí en el bar y pedí un té y una manzana. No había comido nada, estaba mareada, pero aún así, mi estómago era incapaz de admitir cualquier alimento sólido más allá de la fruta prohibida.

Suspiré. Dado que House no había dado señales de vida, me dispuse a pasar su ronda de enfermos hospitalizados. Ése era uno de los nuevos cometidos que Cuddy le asignó tres veces por semana. "La obra de caridad que he de cumplir para redimirme definitivamente ante la Bruja Avería (1)", decía él, haciendo de hijo pródigo. No era eso. Yo lo sabía y él también. Pasar visitas a los internos era menos cansado que atender a las consultas o estar encima de los enfermos de su servicio. Por lo general, bastaba con dar un repaso a las tablillas de datos que colgaban a los pies de cada cama. Era algo que podía hacer sentado.

- Veo que ha vuelto a sangrar un poco – observé la herida.

- ¿Eso es normal? – preguntó la madre del joven paciente.

- No es lo más común pero no debe preocuparse. Le curaremos y le cambiaré el tipo de vendaje. – dije mientras apuntaba la pauta en el informe.

- Se han manchado las sábanas – añadió molesta – Hace diez minutos que llamé y no ha venido nadie. No se toman el interés que deberían, ni siquiera el médico ése que tiene cara de mala uva.

- El doctor House está en la cama con fiebre, por eso no ha venido hoy – mentí -. Y es la hora del cambio de turno…No se misma lo haré. En un momento traeré ropa limpia y todo lo necesario para hacerle la cura a Albert, ¿de acuerdo?

- Gracias doctora… - dijo, más tranquila.

Entré en el almacén sin dar la luz. Sábanas limpias. La de arriba, la de abajo, funda de almohada. El protector de la cama y una bata…¿Algo más?...Estaba haciendo recuento, para no olvidarme nada, cuando oí un carraspeo.

- ¿Quién anda ahí? – pregunté sobresaltada. No me respondieron e insistí porque el resuello crecía – Hable o llamaré a seguridad.

- ¡¡¡Pero qué inoportuna y qué tiquismiquis eres, joder!!! – protestó.

- ¿House? ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí a oscuras?

- No, no soy House. Soy George Clooney. Me he equivocado de hospital…- su tono sonaba sarcástico pero cansino.

Toqué el interruptor y comprendí. No pude evitar que se me saltaran las lágrimas. No hubo palabras, no hacían falta…

(1) .org/wiki/La_Bola_de_Cristal ./_QYyiP3lcHmI/SerfGmcbdlI/AAAAAAAACfg/1sr97cVqx3E/s320/Bruja_