CAPíTULO 8: SECRETOS

Me miró pero enseguida agachó la cabeza. Estaba sentado en la silla de una manera que parecía imposible. Los calambres que martirizaban su pierna le habían jugado una mala pasada y no le dio tiempo a llegar al baño.

- Vete… - ordenó con autoridad.

- No…No puedo dejarte así – repliqué.

- Sí puedes…Además, huelo a mierda. - ¡¡¡Qué mejor razón para hacerme huir!!!, debió pensar.

- No importa. He soportado tu mierda metafóricamente durante más de tres años así que ésta ya no me asusta.

- Pero a mí sí. – confesó avergonzado.

- Mira, ya es mi hora de salida. Me esperas un segundo y nos vamos…

- ¡¡¡No!!! – gritó casi temblando - . No así. No quiero que nadie sepa en lo que me he convertido.

- No digas tonterías y espérame. No tardo nada.

Delegué en Foreman para todos mis compromisos. Incluido lo relacionado con el enfermo de la herida sangrante. También hablé con Chase. Me había surgido un problema con el estudio que Roger y yo estábamos haciendo. La editora lo exigía ya, más pronto de lo que suponíamos, de modo que no podía eludir una cena de trabajo con él y tenía que pasar la noche en su hotel para pulir el dichoso trabajo. "Desayunaremos juntos en cuanto vengas mañana", le dije. "Te quiero, mi amor", apostillé innecesariamente. Me sorprendí. Yo también sabía mentir bien.

Me aseguré de que no había nadie en el pasillo y le saqué directamente desde el ascensor al sótano, para llegar al garaje por la salida de emergencias. Una vez allí, abrí la puerta del coche y le ordené

- Siéntate lo más cómodo que puedas mientras yo guardo tu silla atrás.

- ¿El buga es tuyo o de Chase?

- ¿Y eso a qué viene? – interrogué tomando posesión del volante.

- Lo pregunto para saber si tengo que sentirme culpable. Voy a joder la tapicería.

- He traído media docena de toallas…

[…]

No quería que lo ayudara, pero tuvo que ceder. Me senté en el WC porque, aunque no pretendía hacerle sentir inútil, no me iba a marchar. Se metió en la bañera y allí, a salvo de cualquier peligro, se desnudó por completo. No podía ni moverse de modo que gritó al sentarse en el fondo de la pila. Un impulso me hizo agacharme y comenzar a jabonarle. No se quejó ni me detuvo.

- Parecemos Robert Redford y Meryl Streep en "Memorias de África" – soltó de repente, supongo que para mitigar su apuro.

- Sí, ya me había dado cuenta, pero no se sabe quién es quién…- observé divertida.

- ¿Lo dices por mi cabellera de indio Jerónimo?

- ¡¡¡Cállate y muévete un poco si es que quieres quedar limpio !!!

- Ya sé. Eres tan obsesa que vas a frotar mi culo como si fuese la lámpara de Aladino. – dijo irónico –

- Si, cariño, te voy a dejar como los chorros del oro…

- Pero no te voy a conceder tus tres deseos.

Guardé silencio. Los dos sabíamos que me bastaba con uno…

[…]

Me pidió que le dejara sólo una vez me aseguré de que tenía a mano todo lo que necesitaba. Obedecí. Salió al rato, cuando ya tenía la cena hecha con lo poco que había podido encontrar en la cocina. Apenas tenía en la nevera un litro de leche, algo de jamón cocido, media docena de huevos y una bolsa de patatas congeladas que parecían de la época de Ramsés II.

- Platos combinados, ¡¡¡Qué rico!!! – dijo con el albornoz puesto y la dignidad en su sitio al tiempo que se acomodaba en la mesa.

- La tienes hinchada – le advertí.

- Sí, me pasa a menudo – contestó, en un tono que me puso colorada. Se dio cuenta y apartó la acidez – Llevo así varios días…Pero he sido más machote que Rambo y no me he tomado ni una aspirina.

- No se trata de eso, House.

- Me dijeron que los primeros tres meses no podía tomar nada. Que debía aguantar lo que fuera.

- Pero seguro que no te prohibieron los masajes, ni la natación ni, por supuesto, la rehabilitación.

- Pan para hoy y hambre para mañana. Esto no va a mejorar – lo dijo en un tono de, "mira bien dónde te metes".

- ¿Tenías dolores cuando estabas allí? – indagué inocentemente, pero no me atreví a pronunciar la palabra maldita.

- Allí…Aquí…Llamemos a las cosas por su nombre, Allison…Sí tenía, en el loquero también, y también me pasó lo mismo que esta tarde y también deseé morirme como esta tarde y…- se interrumpió en seco después de confesarme todas sus tribulaciones de corrido, casi sin respirar.

- ¿Y qué?

- Me hubiera muerto si no llegas a entrar en ese jodido lugar.

- Ya, seguro…

- Eres más lista…Al menos tú lo usabas para meter con tu…- otra vez callado.

- No le dije dónde iba. No le importa.

[…]

Sonó el teléfono. Me desperté amodorrado. Tenía una mujer que no me la merecía. No sólo no podía venir a casa sino que encima no me dejaba dormir. Descolgué el auricular resignado y dispuesto a no enfadarme.

- Te dije que no me telefonearas, Allison. – dije como si tuviera papas en la boca.

- No soy tu mujer – anunció una voz femenina desde el otro lado.

- ¡¡¡ Melissa!!! – grité sin reprimirme.

- Ya sé. No quieres que te llame a tu casa…Te entiendo…

- No es eso, y lo sabes…

- No te disculpes…Te ata corto…Hace bien…Si yo tuviera un marido como tú no te quitaría el ojo de encima…

- No seas boba…

- Recibiste mi email…¿o es que se te ha vuelto a caer el sistema operativo?

- No seas malpensada…

- Tienes que venir y lo sabes…La niña no puede esperar…Necesito el dinero. – dijo sin más.

- Claro…

- ¿Cuándo vendrás?

- Cuando me sea posible…

- Vale…Voy a colgarte.

- No creo que te preocupe la factura del teléfono…¿verdad?

No hubo contestación porque sabía que yo tenía razón. Había llamado a cobro revertido. Como siempre.