CAPíTULO 9: HABLADURÍAS

No estuvo muy locuaz durante la cena. En varias ocasiones le sorprendí buscando mi mirada. Pero no había ninguna intención en sus ojos. Estaba meditando, pensando cómo iba a negociar con sus nuevas prioridades. Así que, me adelanté. Pero no como las otras veces. No para facilitarle las cosas, sino para ponerle cara a cara con su realidad.

- ¿Qué vas a hacer? – quise saber de forma directa, sin rodeos.

- Intentar no volver a abochornarme por…

- No me refiero a eso.

- Ya. Haré lo que hace todo el mundo.

- ¿Beber para olvidar? ¿Ignorar tus circunstancias?

- Cuddy.

- ¿Cuddy qué?

- Es más zorra que las gallinas. – dijo deslenguado-. Sabía cómo estaba. No sé cómo se ha enterado. Pero intuía que esto me iba a ocurrir.

- Wilson.

- No. Wilson no sabe nada de lo mal que he estado éste mes. No he ido a tocarle las narices.

- ¿Y no ha dicho nada? ¿No te ha buscado? – me extrañé.

- Los cabrones son como el Equipo A. Lo han maquinado todo.

- ¿Cuddy y Wilson?

- Sí, pero ella es aún peor. Ha contactado con mis médicos en Philadelphia. Aunque Wilson es amigo del director de la clínica, sabe que no puede comentar nada sobre los pacientes con él. Se arriesga a una denuncia. Cuddy, en cambio, sí tiene poder para indagar. Es mi empleadora. Y ya sabes, la ley ampara a los cabrones.

- ¿Y por qué crees que lo hizo?

- La mandé a paseo la primera vez que quiso visitarme. Según Wilson, se marchó llorando de allí.

- ¿Qué le dijiste?

- Yo, nada. Un enfermero le dio mi recado. Le hice saber que se podía haber ahorrado el viaje, que mi mano derecha iba de perlas y que no necesitaba sus servicios.

- Majadero…Me sorprende que sigas trabajando en su hospital, debería haberte mandado al infierno. – le dije bien claro.

- No podía, Cameron.

- ¿Ah no?. ¡¡¡Pero qué engreído eres!!! No eres imprescindible, ¿sabes?

- Nadie lo es. Pero no podía porque sabía que ya estaba en él – argumentó bajando la voz.

- No puedes seguir así.

- ¿Así, cómo? ¿Defecando por las esquinas? ¡¡¡Estamos de acuerdo!!!.

- Mira cómo tienes todo aquí. Necesitas a alguien que te ayude con la casa.

- Siempre me he arreglado bien solo…No necesito a una maruja que husmee en mi vida.

- Ya veo lo bien que te apañas. Ésta tarde en el baño no tuve esa sensación. – eso fue un golpe bajo. Lo reconozco.

- Quiero…quiero seguir teniendo el control, Allison. – se explicó sin reprocharme mi desfase - No quiero perder lo poco que tengo.

- Tienes más de lo que mereces. Y no estás solo…

- Todo el mundo está solo…Y no me vengas con que tú no, porque no te veo muy feliz con ése matrimonio de feria que te montaste.

- Si vas a juzgarme, me levanto y me marcho. – le advertí.

- Habías pensado en cancelar los fastos, pero no lo hiciste. Te pudo el miedo, preferiste seguir adelante antes que someterte al qué dirán.

- Tú me lo aconsejaste.

- Sí, pero no pensé que … - se interrumpió…¿Estaba diciéndome que no creía que hubiera sido capaz de casarme con Chase? – De todas maneras, no te amancebaste legalmente por mi recomendación.

- Estás en lo cierto. No quiero ser como tú. No quiero tener que arrepentirme por lo que no he hecho. – le miré el muslo, estaba peor – Eso está más inflamado. Tendrás que tumbarte y te daré unas friegas con alcohol de romero.

- Tengo bourbon y whisky, el romero no es una marca que me mole.

- Mientras estabas en la ducha miré tu botiquín. Nada que valga la pena. Lo tiré todo y llamé a la telefarmacia 24 h.

[…]

Llegaron con el pedido. Medicamentos básicos, vendas, gasas, guantes, betadine, agua oxigenada, esparadrapo, alcohol y un termómetro. Lo que todo el mundo en su sano entendimiento tiene en casa. Todos menos él.

- Cuando estés dispuesto – dije señalando su sofá.

- Estás de coña…

- No…Te voy poner a punto la pierna, y luego te tomarás media pastilla de ibuprofeno y te irás a dormir.

- No eres mi madre, no tengo que obedecer.

- Claro que tienes que hacerlo. ¿Por qué te crees si no que Cuddy me puso al mando?.

- Para saber cuánto aguantabas sin lanzarte sobre mi bastón.

- Si fueras un crío ella misma se hubiera encargado de ponerte en tu sitio y el dolor del trasero no sería por la diarrea…El problema es que eres un adulto que no se comporta como tal. Pero se acabó. O dejas que te ayude, o tendrás que llevar el despacho tú solo.

- ¿Estás diciéndome que dimites? ¿Otra vez? ¡¡¡Está visto que no hay dos sin tres!!!

- No me hace falta.

- No, claro. No necesitas dimitir, será peor, más humillante. Saldrás por patas. Como una ratera por la puerta de atrás, con nocturnidad y premeditación, porque te bastará con confesarle a Chase lo que has hecho hoy para que te veas obligada a marcharte por "problemas familiares". Y tu drama es que sabes que cambias un trabajo de cine por un matrimonio de mierda.

- Chase no dudará de mí – dije intentando convencerme más a mí que a él.

- No…Pero ya sabes, esto traerá cola…Si decides seguir, tendrás que estar conmigo, tendrás que vigilarme porque no te fías de que cumpla el pacto...Piénsalo. Te verán a mi lado fuera de la oficina y ya sabes cómo es la gente, como una imagen vale más que mil palabras, hablarán.

- Que hablen. Me da igual…- mentí.

- No es verdad. No aguantas la mentira. El doble juego, la mezquindad.

- Eso no es exacto, porque te aguanto a ti. – le increpé

- Dime, doctora, ¿Cuánto vale tu moral? ¿Menos que un matrimonio? ¿Más que Chase? – contraatacó con un misil directo a mis cimientos.

- O te quedas en calzoncillos o no me ves más – dije dando por terminada la contienda.

Por extraño que parezca se calló la boca y me dejó comenzar la operación de rescate, según yo. Acoso y derribo, según él.