Capítulo 10:

SÁBADO 4 DE FEBRERO

Becket se fuetemprano en la comisaría. No quería que Alexis se quedara sola, así que la invitó a ir con ella. No había podido hablar con su abuela la noche anterior, pero sí pudo comunicarse con ella esa mañana.

Martha se mostró preocupada y le dijo que volvería en cuanto pudiese. Después de hablar con su abuela la chica estaba más tranquila, aunque habían vuelto a hablar y Martha no había encontrado vuelo hasta el día siguiente.

Al llegar a la comisaría, Alexis le dijo a Becket que si podía ir a ayudar a la doctora Parish, no le apetecía estar allí. A Kate le pareció bien, si se enteraban de algo prefería que la chica no estuviera presente. Habló con Lanie que no puso ninguna pega en que Alexis fuera con ella.

Una vez allí lo primero que hizo fue llevarle el portátil de Castle al experto informático, explicándole lo que buscaban.

La noche anterior había estado cotilleando en los archivos de Castle, en el fondo de su alma había pensado que podía encontrar algo como fotos o películas subidas de tono y quiso borrarlas para no comprometerlo, pero si Castle consumía algún tipo de porno no lo guardaba en su ordenador.

Lo que encontró además del nuevo libro de Nikki Heat, eran muchos documentos con anotaciones e investigación para sus novelas. También encontró carpetas de fotos, pero estas eran todas familiares, la mayoría de Alexis, de Martha, de los tres y en una carpeta donde era evidente que descargaba las fotos del móvil además de fotos de Alexis y varias auto fotos sobre todo con su hija, le sorprendió encontrar algunas de ella, que le había tomado sin advertirlo, en comisaría, mientras hacía papeleo, hablando por teléfono, tomando café.

El experto informático le prometió que se haría cargo en seguida de eso. Ryan le comunicó que al preguntar en las comisarías de los diferentes distritos, una señora había denunciado haber visto el secuestro de un hombre hacía dos días, y que por la descripción que daba la mujer, coincidía bastante con Castle. Becket miró a su compañero.

-¿Alguien le ha enseñado una foto de Castle a esa mujer? – preguntó con sorpresa.

-No, que yo sepa – contestó su compañero – pero según me ha dicho la sargento Ramírez, que fue quien la atendió, la señora dijo que el hombre que secuestraron era alto, buen mozo, con el pelo castaño, unos bonitos ojos azules y una sonrisa encantadora – si ese no es Castle debe ser alguien que se le parezca bastante.

-Hablaremos con esa mujer, ¿de qué comisaría llamaron? – preguntó Becket.

-De la 18th – respondió Esposito – voy a llamar para que la citen y cuando sepa algo, ya te digo.

Al rato los llamaron de la 18th, habían citado allí a la señora para que fuera por la tarde. Ellos dijeron que irían a hablar con ella.

Cuando llegaron a la comisaría, los atendió la sargento Ramírez, una hispana de cuarenta y tantos años, alta y de negros cabellos peinados en una trenza. La sargento les sonrió amable y mientras los llevaba a hablar con la testigo, les iba explicando que la señora Potter, fue el jueves a media mañana para denunciar que había visto como unos hombres se llevaban a un joven muy atento que acababa de conocer.

-¿Se conocían? ¿Castle conocía a esta señora? – preguntó extrañada Becket.

-Mejor les dejo que hablen con ella – dijo la sargento Ramírez – y no se dejen engañar por ese aspecto de dulce abuelita.

La sargento no las llevó a la sala de interrogatorios sino a una acogedora salita de descanso, donde había un par de sofás, una mesa, varias sillas, y un mueble con la cafetera, además de una nevera y un microondas. La señora Potter era una anciana menuda, de cabellos blancos recogidos en un apretado moño. Estaba sentada en una silla y a sus pies dormitaba un perrito color canela.

-Buenas tardes señora Potter, soy la detective Kate Becket – se presentó – y estos son mis compañeros Kevin Ryan y Javier Esposito.

-Encantada jóvenes, pero siéntense, no se queden ahí de pie – dijo la anciana como si estuviera en su propia casa.

Se sentaron frente a ella y Kate le pidió amablemente que les contara lo que había visto. Al principio no estaba segura de lo fiable que podría ser la mujer, era bastante mayor, pero a medida que la señora iba hablando, los tres se dieron cuenta que decía la verdad.

-Verás hija – se dirigía especialmente a Becket – aunque tenga noventa y tres años, gracias a Dios poseo una vista y un oído excelentes. El pasado jueves saqué a pasear a Frida – señalaba al chucho, que por lo visto era una perra – la suelo sacar a una calle cerca de casa que no está muy transitada. Yo lo recojo todo después, ¿saben? , pero a Frida le gusta tener su intimidad.

Los tres se miraron pensando que a ver por donde les iba a salir la buena señora.

-Había por allí un muchacho que hablaba por teléfono. Iba de un lado a otro pero no terminaba de irse. Yo estaba esperando a que Frida terminara y se me cayeron las bolsas al suelo. El chico que hablaba por teléfono y que ya había terminado, se acercó a mí, y muy amablemente me dijo que no me agachara que él me las daba.

-Era muy apuesto, con esos brillantes ojos azules y esa sonrisa tan agradable, pero ¿saben una cosa?, ese hombre debía de tener problemas, porque se le notaba preocupado.

-¿Habló con usted? – preguntó Esposito – ¿Le dijo algo?

-Se puso a hacerle carantoñas a Frida, que ya había terminado de hacer sus cositas. A Frida no le cae bien cualquiera, pero ese hombre le resultó simpático, seguro que se trata de una buena persona.

-¿Qué más vio usted? – preguntó Becket impaciente.

-Verá señorita, cuando el muchacho jugueteaba con Frida estuvimos conversando un rato, pero le volvió a sonar el teléfono, estos jóvenes de hoy todo el tiempo enganchados a esas máquinas, se despidió de nosotras y se alejó para hablar. Yo me fui en la otra dirección, pero escuché de pronto que se acercaba un coche, era una furgoneta negra con los cristales oscuros. Se paró al lado del muchacho, se abrió y salieron unos hombres que obligaron al muchacho a subir con ellos, me pareció que lo apuntaban con una pistola.

Al escuchar eso Becket se estremeció.

-¿Está usted segura? – preguntó.

-Segurísima, como que me llamo Margaret Potter – respondió la anciana.

-¿Y nadie más estaba por allí?, ¿No la vieron a usted? – preguntó Ryan

-Ya les he dicho que esa calle no está muy transitada, y yo soy bajita, supongo que el contenedor de basura me tapó, y ocurrió todo tan deprisa que seguro que ni notaron mi presencia.

-¿Podría describirnos a los hombres? – preguntó Kate.

-Pues verás hija, solo los vi de espaldas, eran grandotes, uno calvo le sacaba por lo menos una cabeza y media al muchacho y casi era el doble de ancho. El otro, era un poco más bajo y más delgado y llevaba el cabello largo como una muchacha. Era rubio y lo llevaba recogido en una coleta. Los dos vestían de oscuro.

Apuntaron la dirección de la calle donde ocurrió el rapto y la dirección que tomó el vehículo. Siguieron interrogándola.

-¿Le dijo algo más el hombre al que se llevaron? – preguntó Becket.

-Bueno, como ya le he dicho, estuvimos un rato hablando, sobre todo de perros, me dijo que le encantaban y que había estado a punto de adoptar uno con su compañera, ¿ustedes conocen a ese hombre?

-Es nuestro compañero – afirmó Esposito.

-¿Su compañero? – preguntó extrañada – el muchacho me dijo que era escritor, no dijo nada de que fuese policía.

-Es escritor y asesor civil de la policía – dijo Kate ya segura de que la señora había sido testigo de primera mano del secuestro de Castle, y mientras le enseñaba una foto de éste que tenía en el móvil para que la anciana ratificara lo que ya sabían se despidió de ella, agradeciéndole su colaboración.

-¿No quieren saber la matrícula de la furgoneta? – preguntó solícita – pensé que sería un dato importante.

-¿Apuntó el número de matrícula? – pregunto Esposito nervioso – ¿Cómo no lo ha dicho antes?

-No me lo han preguntado, y no lo apunté porque no me hace falta, además de la vista y el oído, tengo una memoria excelente.

-No nos cabe la menor duda – dijo Ryan con una sonrisa.

Tomaron todos los datos, se despidieron de la anciana, diciéndole que volverían a contactar con ella si les hiciera falta. Además Kate le dio una tarjeta de visita con su número de teléfono por si recordaba algo más y así poder ponerse en contacto con ella.

Caramba con la abuelita – dijo Esposito – nos ha ayudado bastante.

Si – dijo Becket – ya tenemos algo por dónde empezar.

CONTINUARÁ…