Capitulo 10: Esperanza
Cuando desperté a la mañana siguiente todo mi cuerpo estaba dolorido no sentía mis extremidades, ¿estaban ahí? No lo creía. Pero entonces me di cuenta de porque me había despertado, alguien había abierto la cortina, ¿quién? Me incorpore y miré quien había sido. Desde luego ¿Quién iba a ser? Era Tinette y cuando empecé a salir de debajo de la colcha casi me caigo en la puerta estaba la señorita Rottenmeier con su severa postura.
Al pasárseme el sobresalto bajé de la cama por la escalera evitando nuevas caídas. Y vi un conjunto de ropa muy similar al del día anterior sobre una silla, solo que en esta ocasión era de un tono azul muy claro el vestido y el delantal seguía siendo blanco. Cuando me vestí fui al dormitorio de Ángela y ella ya estaba levantada, le ayudé a peinarse y como el día anterior fuimos a desayunar, otra vez lo mismo durante todo el día, pero en esta ocasión después de la clase estuve un ratito con Ángela pero luego ella fue a dormir la siesta y yo tuve de nuevo clase con Edward, pero en esta ocasión la señorita Rottenmeier no estaba con nosotros así que Edward no tuvo que hablar de esa forma tan extraña del día anterior, fue una clase divertida y aprendí mucho con Edward, además me dijo que solo sería mi profesor por cumplir su promesa pero que la señorita Rottenmeier no podía saber que lo conocía porque si no lo echaría y no lo podría volver a ver. Me entristecí cuando me lo dijo y le prometí que guardaría el secreto, que lo haría siempre, solo para que él se quedara. No se lo dije ni a Ángela, era demasiado arriesgado, quería demasiado a Edward, el era mi ángel, mi protector, el me había salvado, si no fuera por él es posible que yo ya no estaría aquí.
Al terminar la clase Ángela me estaba esperando en su habitación.
-Hola Bella.
-Hola Ángela.
-Bella, te quiero mostrar una cosa.
-¿Qué es?
-Espera, ten un poco de paciencia.
-Vale- dije resignada.
-Tapate los ojos- dijo Ángela mientras me cubría los ojos con su pañuelo y lo anudaba para que no se cayera.
Me sentía frustrada al no poder ver nada pero también ansiosa de saber que deseaba mostrarme. Cuando Ángela me quito el pañuelo pude ver una gran fila de preciosas muñecas, algunas eran de porcelana, otras de trapo, quede fascinada y mi boca se abrió formando un gran círculo, habría cupido mi puño en su interior.
-Bella, puedes coger dos muñecas para ti.
-¿Puedo elegir cuales?
-Claro que sí.
Cogí dos muñecas de porcelana muy bonitas, sus cabellos eran dorados, sus ojos celestes y su tez blanquecina. Pero me di cuenta de que no era necesario arrebatarle a Ángela sus muñecas, y las deje de nuevo en su lugar.
-¿Por qué las dejas? ¿No te gustan? ¿Ninguna?
-No es eso, simplemente son tus muñecas y mejor que el que me regales alguna seria que las compartiéramos todas.
-No lo había pensado, pero es una gran idea, me gusta mucho.
-¡Sí!
-Y también podemos compartir otras cosas, todas las que quieras.
-¿De verdad?
-Sí.
-Eres muy buena Ángela, eres una gran amiga, como mis amigos de mi casa.
-¿Los amigos de tu casa?
-Sí.
-¿Cómo son? ¿Cómo se llaman?
-Tengo un amigo que se llama Jacob, el se encarga de llevar las cabras a los pastos mientras no esté nevado.
-¿Cabras? ¿Hay cabras donde tú vivías?
-Si muchas, son muy bonitas y divertidas.
-Yo nunca he visto cabras.
-¿Nunca?
-No, porque en la ciudad no hay y apenas he salido un par de veces de la ciudad.
-Un día tenemos que ir a mi casa y así visitaremos a mi abuelito y te presentare a mi amigo Pedro.
-Sería muy bonito, pero no sé si yo podre ir, el médico dice que no debo hacer viajes largos. ¿Está muy lejos la casa de tu abuelito?
-Un poco, me dormí en el viaje por lo que no lo se exactamente.
-No sé, cuando vuelva mi padre de su viaje podríamos pedirle ir.
-Si, por favor sería muy agradable.
-Se lo pediré.
Fue una gran ilusión para mí el saber que era posible que pronto pudiera volver a ver a mi abuelito y a Jacob, los echaba mucho de menos y apenas llevaba dos días sin ellos.
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