Capítulo 27
Se enfrascaron de tal manera en la película que no se dieron cuenta de cómo poco a poco se había ido oscureciendo el día, hasta casi parecer de noche. Al terminar de verla y después de apagar la televisión fue cuando ella se dio cuenta de la oscuridad reinante.
-¡Vaya, parece que se ha nublado bastante! – comentó mientras se desentumecía.
-Si – dijo él – creo que se avecina una tormenta y de las buenas.
Y mientras decía esto se levantaba y se acercaba a la ventana para mirar al exterior.
-¿Hay tormentas mejores que otras? – preguntó un poco confundida.
-Ya lo creo. Ven Kate, abrígate bien que vamos a disfrutar del espectáculo en directo.
-¿Qué espectáculo? – preguntó sin entender de que iba la cosa.
-Ya verás, te va a encantar.
Se dirigió al armario de la entrada y se puso un chaquetón mientras le ofrecía otro a ella.
-Este te estará bien, es de Alexis, vamos.
Y tomando una manta del cajón de la mesa del salón se dirigió hacia el porche.
-Pretendes que salgamos con la tarde que hace, pero ¿es que te has vuelto loco? – dijo ella – después de la mojada de ayer, no pienso mojarme de nuevo, no me apetece pasar estos días con la nariz hinchada y colorada como un pimiento y los ojos llorosos.
-No vamos a mojarnos, confía en mí.
-Vaale – se dejó convencer ella sin saber muy bien a donde iban.
Salieron al porche que al ser bastante amplio quedaba resguardado de la lluvia. Se sentaron en el sofá y Rick los tapó a los dos con la manta.
-Y ahora, ¿qué? – preguntó ella impaciente.
-Mira hacia allí – dijo señalando el mar – y espera a ver.
Hizo lo que él le decía. Poco a poco el nublado cielo se fue poniendo cada vez más negro. A lo lejos se oían los truenos y se divisaban algunos relámpagos. Empezó a llover. A medida que se acercaba la tormenta, la lluvia era más fuerte. De pronto un rayo cruzó el cielo cayendo en el mar.
Al primero le siguieron otros muchos, cada vez más cercanos, que partían el cielo con su deslumbrante resplandor.
-¡Es alucinante, Rick! – dijo ella admirada – nunca había visto una tormenta en el mar, y menos desde primera línea de playa.
-¿Verdad que si? – le preguntó – me encanta venir aquí en verano y poder disfrutar de los baños en el mar, o alquilar un barco y navegar por ahí – siguió explicándole – pero la playa en invierno tiene un encanto especial y me gusta mucho poder pasear por ella o disfrutar de una buena tormenta como esta. Viendo otra por el estilo a esta fue cuando se me ocurrió la saga de Derrick Storm.
Ella lo miró sonriente.
-¡No tenía ni idea!, gracias por compartir esto conmigo.
-No me las des – le dijo con una gran sonrisa – me gusta contarte cosas de mi vida, lo mismo que me gusta que me cuentes cosas de la tuya.
Un rayo enorme cayó justo enfrente de ellos provocando un enorme ruido.
-¡Wow, ese si que estuvo cerca! – dijo ella, que no había podido evitar sobresaltarse.
-¿Te asustaste? – rió – y yo que pensé que nada ni nadie asustaba a la valiente inspectora Becket.
-¡Tonto! – dijo mientras le golpeaba cariñosamente el pecho.
Por toda respuesta, él la abrazó diciendo.
-Me encanta estar aquí con mis dos musas favoritas, tú, inspectora y esta tormenta – y se acercó para besarla cariñosa y apasionadamente.
Ella se dejó querer y así estuvieron un gran rato, abrazados, besándose a cada poco y contándose una y mil cosas mientras disfrutaban del espectáculo que la naturaleza les ofrecía.
Fue cuando Kate estornudó un par de veces, que decidieron meterse ya a la casa.
-Lo único que me faltaba es que me refriara – dijo contrariada.
-Ahora te tomas otro paracetamol antes de acostarte, y no te preocupes si te enfermas, que yo estoy aquí para cuidarte.
Al entrar se dieron cuenta que se había ido la luz. Ella entró muy decidida, pero se tropezó con un mueble, lanzando un quejido.
-¡Ay!, además de resfriada con un pie magullado – se quejó.
-No te muevas – dijo él riendo – voy a rescatarte.
Pero ella tozuda como era quiso seguir andando y volvió a tropezar, ya que la oscuridad era absoluta.
-¡Y ahora el otro pie!
-Pero, ¡Quieres estarte quieta! – le riñó cariñoso – yo me sé la distribución de la casa de memoria. Espera que te ayude.
Y colocándose junto a ella, la tomó de la cintura y la fue guiando hasta la cocina, donde la dejó instalada en una silla junto a la mesa.
-¡No te muevas que voy por unas velas!
Sacó una linterna y varias velas de uno de los cajones de la cocina, que fue encendiendo y colocando por diferentes sitios, para dar un poco de luz a la estancia.
-¿Tienes hambre? – le preguntó.
-La verdad es que si – respondió ella.
-Bueno, a ver que podemos preparar para cenar. Hoy tendremos que conformarnos con una cena fría.
-Como no vuelva la luz nos vamos a quedar helados – se quejó ella.
-No te preocupes, ahora cuando cenemos encenderé la chimenea, ya verás que bien.
Sacó varias cosas de la nevera y empezó a preparar unos sándwiches vegetales. Cortó un poco de queso y le sirvió una copa de vino. Él volvió a tomar agua.
Cenaron con apetito mientras seguían conversando. Terminaron la cena y lo dejaron todo recogido en el fregadero. Se había hecho tarde y Kate empezó a bostezar.
-Creo que voy a acostarme – dijo reprimiendo un bostezo.
-Puedes dormir en mi habitación – dijo de pronto él.
Ella lo miró un poco alarmada. Deseaba hacer el amor con él con desesperación, pero sabía que era un gran paso y quería ir poco a poco para no estropearlo.
-Al ver su cara, él no pudo evitar sonreír.
-Lo decía por la chimenea. Mi cuarto y el salón son las dos únicas habitaciones de la casa que la tienen. Tu habitación debe estar helada.
-¡Ah vale!, no me importa dormir en el sofá.
-De eso nada – protestó él – eres mi invitada y no vas a dormir en el sofá, ¡faltaría más!, ahí dormiré yo.
-Pero estás convaleciente.
-Ya has visto y comprobado lo cómodo que es, no me pasará nada. Anda vamos – dijo apagando las velas.
Y tomándola de la mano e iluminándose con la linterna fueron subiendo las escaleras hasta llegar a la habitación de él.
Él solicitó su ayuda para que lo alumbrase con la linterna mientras encendía el fuego de la chimenea. Enseguida la habitación se iluminó un poco y empezó a caldearse.
-Ahí guardo camisetas y pijamas – le dijo indicándole el primer cajón de la cómoda – elije lo que quieras.
Abrió el cajón y se decidió por un pijama de seda azul marino. Entró al baño para ponérselo y se llevó la linterna con ella.
Mientras ella estaba dentro, él aprovechó para ponerse su pijama y una sudadera encima, la verdad es que la temperatura había descendido bastante y hacía mucho frío.
Ella salió vistiendo su pijama y él se sonrió al verla. Le estaba enorme, la camisa le llegaba casi hasta la rodilla y los pantalones le hacían bolsas.
-Pareces un payaso, ¿estarás cómoda? – le preguntó – si quieres te subo tu pijama.
-Me gusta este, es muy suave… y es tuyo.
-¿Necesitas algo más?, si estás bien, me voy abajo para ir encendiendo la chimenea del salón.
-Te necesito a ti, Rick – dijo ella un poco nerviosa – quédate conmigo – no quiero dormir sola.
-¿Estás segura? – le preguntó dudoso.
-Si, por favor, quiero dormir contigo, necesito tenerte cerca, no quiero que estés solo durmiendo en un sofá, cuando esta cama es lo suficientemente amplia para los dos.
-De acuerdo – dijo él sonriente – vete acostando si quieres, yo voy a pasar un momento al baño.
Seguía lloviendo con intensidad. Ella se acostó sin saberlo, en la parte que usaba él. La cama era comodísima, pero estaba fría, así que se tapó encogiéndose e intentando entrar en calor. Rick se demoró un poco y cuando salió, ella estaba medio adormilada. Sonrió al verla encogida y se metió en la cama junto a ella.
-¿Tienes frío? – preguntó – ¿Te encuentras bien? – volvió a preguntar pensando que se podría haber resfriado y sentirse un poco indispuesta.
-Estoy bien – dijo medio dormida – pero tengo un poco de frío.
-Ven aquí cariño – le dijo mientras se acercaba – que voy a darte calor.
La abrazó atrayéndola. Ella se le arrimó relajándose. A Rick le parecía mentira tenerla así abrazada y en su cama. Kate sencillamente se sentía tan a gusto abrazada a él y con la cabeza apoyada en su pecho, que poco a poco se fue quedando dormida.
Rick le acariciaba el pelo y la espalda y le daba besitos mientras le murmuraba lo mucho que la quería y lo importante que era para él.
Ella se dejó arrullar por el ruido de la lluvia, y por la nana de sus palabras. Al poco rato, notó la respiración pesada de Kate, dándose cuenta que se había quedado profundamente dormida. A pesar de eso, siguió acariciándola y declarándole su amor en susurros, hasta que él también se quedó dormido.
CONTINUARÁ…
