Capítulo 31

JUEVES 1 DE MARZO

Amaneció como el día anterior, fresco y soleado. Kate se despertó descansada y relajada. Esos días de asueto en Los Hamptons, dedicándose por primera vez en mucho tiempo a vivir en paz y a disfrutar de la vida, le estaban sentando de maravilla.

Había cogido algo de peso, y el sol había coloreado sus mejillas. El amor y la pasión que Castle le estaba prodigando la hacían sentirse tan importante y tan amada, que por primera vez en mucho tiempo Kate se dio cuenta que era completamente feliz.

Se volvió a mirarlo. Yacía boca arriba y dormía tranquilo. La primera noche que durmieron juntos fue la última noche que Castle tuvo pesadillas. Desde ese día había dormido tranquilo y feliz. También había recuperado el apetito y como Kate estaba más repuesto.

Miró el reloj de la mesilla y como era temprano aun decidió dejarlo dormir un poco más. Se acercó a besarlo, y luego se levantó y se metió en la ducha.

Terminó de arreglarse y bajó a preparar el desayuno. Le encantaba esa casa y poder cocinar mirando al mar. Estaba totalmente abstraída mientras preparaba unos huevos revueltos y no se dio cuenta que no estaba sola, hasta que sintió unos brazos que le rodeaban la cintura y la cabeza de Castle que se apoyaba en su hombro dándole los buenos días y un tierno beso.

Ella sonrió y giró la cara para responderle.

-¡Buenos días dormilón!, ¿descansaste?

-De maravilla, desde que estás en mi vida, duermo como un angelito – le dijo mimoso, mientras volvía a besarla.

-¿Angelito?, ya será menos – rió alegre – ¿tienes hambre?

-Un poco si – dijo él – veo que ya te has arreglado del todo.

Ella se volvió para servirle el desayuno y comprobó que él todavía estaba en pijama, con los pelos revueltos y descalzo.

-Pero, ¿Cómo bajas así?, te vas a resfriar.

-Me desperté y estaba solito – dijo poniendo puchero – me dio pena de mí mismo y bajé enseguida a buscarte.

-¡Ay que penita de mi niño! – dijo ella mientras lo besaba y le pellizcaba el cachete – anda siéntate a desayunar.

Desayunaron tranquilos, charlando. Kate le preguntó qué es lo que iban a hacer ese día y él le dijo que podían salir a navegar o ir a visitar un viñedo en East Hampton, Kate dijo que le gustaría hacer las dos cosas y él le dijo que no había problema, pues podían hacer las dos.

Kate decidió que ese día le apetecía navegar, y le preguntó.

-¿Acaso tienes un barco?

-¡Qué va! – respondió él – solo lo alquilo, es más cómodo, y aunque casi siempre suelo alquilar el mismo, puedo cambiar cuando quiero.

-¿Sabes navegar? – le preguntó curiosa.

-Tuve que documentarme para un libro y recibí algunas lecciones y si al capitán del barco le ocurriese algo sería perfectamente capaz de manejar el barco y llevarlo a puerto.

-¡Menos mal! – dijo ella con un alivio exagerado y sin poder evitar la risa – me alegra saber que estaré a salvo contigo.

-Conmigo siempre estarás a salvo, inspectora – la abrazó – además soy un experto poniendo chalecos salvavidas, y no digamos quitándolos.

Una vez que terminaron el desayuno, Rick subió a ducharse, a arreglarse y también aprovechó para llamar a quien solía alquilarle el barco, que era un viejo amigo. Bajó al rato con un tubo de protección solar, para que ella se pusiera en la cara. Se la ofreció y dándole un beso en la punta de la nariz le dijo:

-No quiero que se queme esa preciosa nariz tuya.

Cogieron el coche y él le dijo que iban a Montauk, que allí es donde siempre alquilaba el barco. Aparcaron en la calle principal y fueron a una coqueta tienda de alimentos, que preparaba bolsas de picnic por encargo. Se podía elegir entre varios surtidos. Eligieron dos distintas para poder compartirlo todo.

A Kate se le hacía la boca agua solo de ver las fotos de esas delicatesen y leer el contenido de cada una. Le pusieron todo en una coqueta cesta de mimbre con mantel y servilletas de cuadros, rojos y blancos. También llevaban agua y una botella de vino.

-¡Dios, Castle!, esto es una auténtica pijada, pero me encanta.

-¿A que si? Y ya verás lo exquisito que está todo.

Cuando fue a pagar ella abrió unos ojos como platos.

-Es carísimo – le susurró – ¿No hubiera sido mejor comprar unos sándwiches en una gasolinera?

-Pero mi vida – dijo sonriendo – que poco glamour.

-No es cuestión de glamour Castle, sino de no derrochar.

-No es derroche, solo son pequeños placeres de la vida que tienes que aprender a disfrutar sin agobiarte ni sentirte culpable – le dijo serio – esto no lo hago todos los días, solo a veces y hoy quería compartirlo contigo.

Ella lo besó y se disculpó diciéndole:

-No me hagas caso, ya sabes que soy así.

En ese instante le sonó el teléfono a Castle. Al ir a descolgar vio que quien llamaba era Lanie. Se lo enseñó a Kate, que puso cara de sorpresa. Descolgó.

-¿Doctora Parish?, ¿A qué se debe el placer de su llamada?

-Te llamaba para agradecerte el detalle que has tenido conmigo, es impresionante, pero ¿por qué chico escritor?

-Hombre escritor, Lanie, hombre escritor, y solo es una sencilla forma de agradecerte lo que has hecho por Kate y por Alexis.

-Bueno, para eso están los amigos, ¿no?, por cierto, ¿cómo estás tratando a mi amiga?

-Me parece que no tiene quejas, ¿quieres que te la pase?

-Ahora mejor no, dile que la quiero, que disfrute mucho y que ya hablaremos con tranquilidad. Dale un beso de mi parte.

-¿Y para mí no hay beso? – preguntó apenado – ¿a mí no me quieres ni un poquito?

-Un beso también para tí, chi... perdón hombre escritor.

Castle colgó y le dio a Kate el recado de su amiga.

Fueron paseando hasta el muelle. Había unos yates preciosos, algunos eran auténticos palacios flotantes. Allí como en toda la zona, el lujo estaba a la orden del día.

Kate se preguntaba qué tipo de barco habría elegido Castle, había algunos que eran cruceros en miniatura. Castle se paró delante de un bonito velero de casco azul. Era grande, pero bastante modesto en comparación con la mayoría de los que allí había.

Castle la ayudó a subir a bordo, donde los recibió el capitán, un alegre cincuentón de cabellos y barba, plateados y ojos azules.

Rick lo saludó alegre:

-¡Hola Mike!, ¿Qué tal estás?

-Rick, viejo amigo – le saludó el hombre efusivamente.

-Te presento a mi novia, Kate. Kate, este es Mike.

Los dos se estrecharon las manos cordialmente.

-Encantado Kate, será un placer llevaros a navegar.

Subieron al barco, dejaron el picnic en la pequeña cocina del mismo, y Rick le enseñó el interior de la nave, que además tenía un camarote, una especia de salita y comedor y un pequeño baño.

-Esto es precioso – dijo ella emocionada – es la primera vez que navego en un barco así, he estado en barcos más grandes de pasajeros, pero no en uno así.

-Me alegro de que esta primera vez, sea conmigo – le dijo él besándola suavemente – ven vamos a salir, ya verás lo bonito que se ve el pueblo y el muelle, a medida que nos alejamos de él.

El barco empezó a desatracar, era cierto lo que decía Rick, se veía todo precioso. Estuvieron la mayor parte del tiempo, asomados a la borda. Afortunadamente el día estaba bueno y la mar muy tranquila, así que pasaron una jornada muy agradable, comprobando Kate lo bonita que era la costa de esa zona y lo encantadores que eran los pueblos a los que se acercaba el barco.

A mediodía decidieron almorzar todas esas delicias que habían comprado. Pusieron el mantel sobre la cubierta y comieron y bebieron, mientras la suave brisa marina, les agitaba los cabellos.

Era ya media tarde, cuando pusieron rumbo de vuelta a Montauk. Rick salía del baño y cuando subió a cubierta, vio a Kate asomada a la proa, su silueta se recortaba contra la luz del sol. Era una vista preciosa. No pudo resistirse, así que se acercó a ella y poniéndose justo detrás cogió las manos de ella y le levantó los brazos, mientras él la tomaba por la cintura y con guasa le decía:

-Me moría por hacer un "Titanic" contigo – mientras intentaba emular la famosa escena de la conocida película.

Ella no pudo evitar soltar una carcajada ante la ocurrencia de Castle, y volviéndose hacia él, lo besó en los labios diciendo:

-A mí me hubiese gustado más emular la escena del coche en la bodega.

-A mí también, pero esto es muy pequeño y él único medio de transporte que hay dentro es la bicicleta de Mike, y no tiene que ser muy cómodo hacerlo ahí encima, pero si quieres luego cuando lleguemos a casa lo hacemos en tu coche dentro del garaje y nos imaginamos que estamos en un barco.

Ella siguió riendo.

-Te tomo la palabra y te confieso que nunca lo he hecho en el asiento trasero de un coche.

-¡Humm! – dijo él – otra primera vez en algo conmigo, esto me gusta. Es bueno crear recuerdos que sean solo de los dos.

-Es buenísimo – murmuró ella que se había vuelto completamente hacia él y lo besaba con pasión – ¿se te ocurre alguna otra escena de Titanic para emular?

-No dibujo muy bien, pero sí sé mirar con atención, si quieres te puedes desnudar para mí y posar, intentaré que no me salga un garabato – él le devolvía el beso y le susurraba al oído – mientras no quieras representar cuando el barco se hunde y me eches del tablón.

-Siempre he pensado que Jack también cabía en el tablón – dijo ella – nunca le perdoné a Rose que lo dejara morir de frío. Yo nunca te echaría, nosotros siempre juntos.

-Siempre – contestó emocionado, mientras la abrazaba.

Terminaron de ver como se ponía el sol y como este como una gran bola de fuego se ocultaba en el mar.

Llegaron a Montauk, atracaron el barco y después de recoger sus cosas, se despidieron de Mike, dándole las gracias por el excelente día de navegación y prometiéndole que cuando volvieran a pasar unos días en Los Hamptons volverían a quedar con él, para navegar.

Fueron a buscar el coche, y se dirigieron a la casa. Cuando llegaron, Rick usó el mando a distancia para abrir la puerta del garaje, Kate aparcó y él iba a abrir la puerta para salir cuando ella agarrándole por un brazo le dijo sugerente:

-¿Te parece un buen momento para terminar de vivir nuestro "Titanic" particular?

-¿Me estas proponiendo lo que creo?

-Sin lugar a dudas – le dijo con una sonrisa.

-Se quitó el chaquetón y se pasó al asiento de atrás.

-¿No es más cómodo salir y volver a entrar por detrás? – preguntó ella.

-Sí, pero es más emocionante pasarte así desde el asiento de delante – dijo él.

-Pues de acuerdo, allá vamos – y también se quitó su chaqueta de cuero.

Una vez atrás los dos, empezaron a besarse. Poco a poco el ambiente se fue caldeando, terminaron de quitarse la ropa el uno al otro, entre suspiros, besos y jadeos. Estaban cada vez más excitados, aunque el sitio era un poco incómodo, los dos estaban disfrutando de la experiencia.

Ella se subió encima de él a horcajadas y fue así como la penetró. Verla así, jadeando de placer y sudorosa, cabalgando encima suya, tenían a Castle a mil por hora. Sus alientos se mezclaban, al igual que su sudor. Los cristales del coche estaban empañados. Llegaron casi a la vez a un explosivo orgasmo, que los dejó agotados y satisfechos con ella dejada caer sobre el pecho de él.

-Esta ha sido alucinante, una de las mejores veces de mi vida – dijo ella.

-¿Ah sí? – preguntó él – ¿Cuándo fue la mejor?

-La primera vez que lo hicimos, fue tan maravilloso y sorprendente. Nunca nadie me ha hecho sentir lo que tú.

-Pues a partir de ahora prepárate amor mío, porque te prometo que cada vez va a ser mejor que la anterior.

-No me cabe ninguna duda.

CONTINUARÁ…