Risas
Risas. Cuando veía a Ginny sentía sus tripas bailar la macarena, su estómago subía y bajaba como un subibaja de plaza y sus entrañas pendulaban al máximo. Porque ella era graciosa, chistosa, imitadora, sarcástica y desfachatada. No se había avergonzado en aquella reunión del Cuartel de Aurors cuando mojó su vestido con hidromiel y no había conjuro que lo quitara, más bien había dicho que su hijo James la había babeado con besos a más no poder y sonreído como una madre enternecida. No se había avergonzado tampoco cuando en el aniversario número siete de los caídos en la guerra se le había roto el tacón y caminara renga. No se había avergonzado cuando Cho Chang los encontró en el San Mungo y comentó lo gorda que estaba. No, Ginny Potter había señalado a Harry, su anillo y su vientre y alegado que no se había tragado ninguna quaffle sino que estaba embarazada.
No se avergonzaba nunca y esa sensación de carcajadas diarias y bromas inesperadas de Ginny era algo que él jamás cambiaría. Vamos, además era madre de James Sirius, el bromista de la nueva generación de Hogwarts y hermana de los mellizos Weasley, dueños de la mejor tienda de chascos de todo Reino Unido.
Y es que cuando en Corazón de Bruja alegaron que "Ginny Potter era poco seria para Harry Potter" ella solo soltó una risita contenida y se lo pasó a Harry.
-Ya sabía yo que este día llegaría-masculló el auror apesumbrado. Ella le miró, seria. ¿Es que acaso pensaba que era demasiado bromista?- Eres demasiado divertida para este mundo, calabacita... incluso para estos idiotas.
Arrojó el periódico a un lado y la besó en los labios.
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