Disclaimer: Fullmetal alchemist creación original de: Hiromu Arakawa
Sentai
Pequeño
No podía decirse que tuviese grandes recuerdos de mi niñez, poco recordaba, alguna vez me dijeron que tal vez de manera inconsciente había dejado enterrado algunos recuerdos que fueran demasiado dolorosos y por esa razón, me negaba a recordarlo.
-Nahhh –. Fue mi respuesta; que tomada como altiva y desinteresada, fui catalogado de una forma incorrecta pero... ¡sinceramente no lo recordaba!
El primer recuerdo que tengo de mi niñez fue nada más y nada menos que la sorprendente y aterrante figura de Madame frente a mí, pero de ahí en más, toda mi infancia podía definirse como débiles manchones borrosos. Retazos de mi pasado que he mantenido con vida, gracias a mi obstinación de querer saberlo todo.
Podía parecer demasiado simple, pero la misma vida así lo es siempre, de modo que este soy yo, Roy Mustang y ésta mi vida:
Desde que tengo uso de razón viví en Ciudad Central al cuidado de la hermana de mi padre, Chris Mustang, mis progenitores murieron en circunstancias no muy claras, y siendo ella mi único pariente vivo accedió, -con no mucho entusiasmo- a encargarse de mí.
Aunque no recuerdo con exactitud en qué momento llegué a vivir a su casa, ni mi reacción al verme solo y pequeño con una mujer que aun cuando me convertí en un adulto me aterraba cuando se enfadaba. Tampoco recuerdo haberme sentido infeliz por ello.
Madame Christmas siempre ha sido una buena mujer, a pesar de su duro exterior, me consintió cuanto capricho se me venía a la mente y me ofrecía una libertad total de hacer cuanto quisiera; solo tenía dos reglas en las cuales no se doblegaba nunca, la primera era:
Llamarle Madame, siempre. Solos o acompañados, eso no importaba; tenía totalmente prohibido llamarle: "tía o mamá". Tiempo después supe que era para protegerme y protegerse de extorsionadores, el oficio de Madame no se limitaba solo al la atención de su pequeño castillo, el espionaje era otra de sus múltiples habilidades.
Y la segunda: Nunca preguntarle sobre mi padre y madre. Madame nunca ha sido una mujer sentimental ni mucho menos, pero aún así se negó a decirme nada. Así que yo obstinado desde pequeño, busqué con mis escasos recursos de infante algo de información, sin mucho éxito. Durante años lo único que supe de mis padres fue su nombre.
De ahí en más, no podía quejarme de mi infancia.
Si bien, sé que vivir en un bar (mi habitación estaba justo encima de), no fue algo muy común, tampoco me molestaba. Madame siempre tuvo el total cuidado de que no viera ni escuchara nada demasiado impresionante; además, pocas veces tenía tiempo para pensar en ello.
Madame es una mujer protectora y del mismo modo exigente, jamás hubiera aceptado tener por sobrino a un vago, así que desde que tuve uso de razón, me recuerdo estudiando. Fue inscrito en las mejores escuelas que Central podía poseer, por la mañana iba al colegio, por la tarde a clases particulares de cuanto pudiera a ayudarme a forjarme un mejor futuro.
Algunas personas me tenían catalogado como un genio, otros tantos como un arrogante, como fuera; nadie podía negar que tuviera un don natural para el aprendizaje...
-¡Ya llegué! –grité mientras traspasaba la puerta del bar, mientras las chicas de Madame, desde sus distintas ocupaciones, me saludaban con la misma ternura que una madre a su hijo.
-¡Bienvenido a casa, pequeño! –dijo una.
-Ya estábamos preocupadas por ti, Roy-boy –contestó otra, mientras yo me sonrojaba, odiaba el mote que Madame me había puesto.
-¡No me llames así! –respondí con los dientes apretados, emberrinchado como el niño que era, mientras caminaba hacia mi destino, escaleras arriba, a mi alcoba, pero antes siquiera pudiera dar un paso más, una voz seguida de una risita molesta, me detuvo.
-Ohh... así que tú eres el hijo de Chris, Roy-boy –Dijo un hombre de unos 50 y tantos años, le miré de reojo, tenía unas profundas entradas, el cabello cano, lentes redondos y un bigote ridículo; me observaba desde una mesa cercana, recargó su mentón sobre su mano con expresión divertida. Me acerqué al viejo, con evidente desconfianza.
-Pero no me mires así –respondió él al tenerme más cerca. –No voy a comerte, soy solo un viejo amigo de Chris.
-Madame –puntualicé yo, ofendido de la confianza con la que el hombre hablaba sobre mi tutora -¿Sabe que está aquí?
-¿Qué estás estudiando? –Preguntó él, ignorando mi pregunta, observando los gruesos libros bajo mis brazos, y sin esperar respuesta leyó el titulo que alcanzaba a asomarse por uno –"Historia de Amestris"... ¿te interesa la historia, pequeño Roy?
Si respondí o no, no lo recuerdo, seguí mirando al hombre en silencio, ciertamente confundido jamás lo había visto y no me tragaba la historia de que fuera amigo de Madame, aunque si no lo fuera, las chicas lo hubieran despachado de inmediato, no sabía que decir, el hombre siguió hablando como si yo hubiera contestado a su pregunta.
-Quien lo diría –dijo el llevándose una mano al mentón -Supuse que seguirías los pasos de tu padre, Roger.
-¿Mi padre? –Y parpadee un par de veces sorprendido al reconocer el nombre de mi padre, ignorando mis reservas anteriores -¿Conoció a mi padre?
-¿Cómo no hacerlo? –Y rió de esa forma suya tan exasperante –Si estuvo en mi regimiento cuando apenas era un cadete, un chico terco y... –Me guiñó un ojo con complicidad - muy enamoradizo –rió nuevamente - pero bastante habilidoso para la alquimia.
Y yo lo vi con ojos brillantes de pura emoción, era la primera vez que escuchaba algo de mi padre, bien podía estarme mintiendo, pero en ese momento le creí.
-¡Grumman! –Escuché a mis espaldas la airada voz de Madame. -¿Qué haces aquí?
-¡Hola, Chris! –Saludó el hombre con una mano en alto -¡solo pasaba a saludarte! –Y volviendo su mirada hacia mi –Y de paso conocía a tu pequeño Roy.
-Hablaremos en mi despacho –sentenció Madame apenas pronunció la última palabra, ante mi mirada de decepción, era la primera vez que obtenía algo de información de mi padre, intenté en vano seguirlos, puesto que apenas Madame me vio dar un paso contra ellos, me despachó sin miramientos- ¿Qué no tienes tarea que hacer, Roy-boy?
Y sin más me dejó ahí solo, mientras veía al viejo y mi tutora perderse tras una gruesa y oscura puerta de madera.
No había opción de entrar, ni siquiera escuchar tras la puerta, miré unos segundos la puerta cerrada antes de derrotado dirigirme a mi habitación, apenas preste atención en mis deberes, estaba impaciente, emocionado ¡quería seguir hablando con ese viejo!
Madame le había llamado "Grumman", lo conocía, era cierto, no había mentido...
Pero la cara que puso al verlo, me hacía dudar de si era realmente un amigo o no, tal vez y todo se trataba de una mera broma, tal vez y ese hombre de bigote ni siquiera había conocido a mi padre, pudo haberse inventado el cuento de que mi padre era militar y además alquimista, pero, algo muy dentro de mí, me decía que estaba diciendo la verdad.
Era solo un niño, tenía apenas 13 años (dentro de poco 14), y estaba desesperado por saber cualquier cosa de mis padres, si me hubieran dicho que mi padre y mi madre habían sido payasos de circo, lo hubiera creído sin dudar.
Cerré de golpe mis libros.
Y sin siquiera analizarlo, me dirigí hacia la planta baja donde detrás de unas puertas de madera tallada me encontré con la biblioteca particular de Madame, y tiempo después supe, también de mi padre. Me escabullí entre los estantes repletos de libros, y tras un par de horas metido entre el polvo de los viejos textos, encontré lo que estaba buscando, varios ejemplares (de mi padre seguro) todos referentes a la Alquimia
Tomé todos los libros que mis pequeños y flacuchos brazos pudieron cargar y me escondí en mi habitación, ¡estaba dispuesto a aprender Alquimia, así fuera lo último que hiciera!
Pasé los tres primeros meses de mi burdo aprendizaje como alquimista con la nariz pegada a los libros. Para mi sorpresa Madame jamás se opuso a mi enseñanza, es más parecía incitar a las chicas a que no me molestaran, con el objetivo de no interponer mis estudios, y si no fuera porque se presentaban en mi alcoba cada ciertas horas para llevarme ya fuera la cena o alguna merienda ni las hubiera visto.
Jamás había estudiado nada tan complicado, la alquimia era una ciencia que combinaba distintas áreas que yo creía imposibles, utilizaba signos y señales que habrían confundido a más de alguno, pero yo con mi fama de genio, fue difícilmente engañado.
Con el tiempo mis arduos estudios fueron recompensados, tras solo unos meses más tarde, pude lograr mi primera transmutación exitosa, (una hoja de papel convertida en una bonita ave de origami) que se llevó toda clase de vítores por parte de las chicas de Madame, y una sonrisa de irrefutable orgullo de mi madrasta.
-Mi pequeña ave de origami –pensé orgulloso mientras la miraba, antes de guardarla dentro de uno de mis primeros libros de alquimia, donde seguramente todavía descansara.
Mi primer de mis muchos éxitos como alquimista realizada 6 meses después de la llegada del viejo aquel Grumman al bar, fruncí la nariz, enfadado.
-Demasiado tiempo –reconocí sin darme el merito que me merecía, después de todo solo era un niño que había aprendido con pura fuerza de voluntad.
Avancé varios capítulos del mismo ejemplar, olvidando por completo el ave de origami, 100 páginas más, de lo que ya había estudiado, mis ojos recorrieron de arriba abajo las páginas del libro, mirando con frustración que apenas había comprendido dos párrafos.
Lancé un hondo suspiro, era el momento de hablar con ella.
Me dirigí al despacho de Madame vacilante, me detuve delante de las puertas de madera y toqué un par de veces, y no fue hasta que obtuve una respuesta afirmativa, me atreví a entrar.
Aunque había estado en esa habitación en innumerables ocasiones no dejaba de parecerme intimidatoria, a pesar de tener unos vagos toques de feminidad; flores en jarrones y cortinas de satín rosado, el fuerte y agrio carácter de Madame era el que dominaba, había una pared de extremo a extremo con estanterías llenas de libros, archiveros de frío metal oscuro del otro lado y en el centro un enorme escritorio de madera de pino acompañado de una silla presidencial en la que habitualmente encontraba a Madame.
-Buenas tardes, Madame –dije en voz bajita –Lamento interrumpirla.
-Siéntate, Royboy. –Dijo desde detrás de su escritorio, tal cual haría el director de la escuela después de haberte atrapado en una travesura.
-Gracias –respondí sentándome muy derecho sobre una silla de piel que rechinaba al menor de los mis movimientos.
Y entonces hubo un pesado silencio entre los dos, ella leía el periódico vespertino de Central y yo miraba de soslayo la habitación que ya conocía de sobra. Entonces en un movimiento rápido Madame cerró el periódico de golpe y fijo su total atención en mí.
-¿Sí?
-Quiero aprender alquimia.
-Lo estás haciendo –dijo ella tomando un cigarrillo entre sus dedos amarillentos a causa del tabaco.
Madame guardó silencio unos segundos mientras sacaba un encendedor y chasqueaba un par de veces, aspiro profundo el cigarrillo antes de preguntarme entre una nube de humo.
-No es suficiente. –dije yo reconociendo que había llegado a mis limites.
-¿Qué es exactamente lo que me estás pidiendo?
-Un maestro... un maestro alquimista.
Madame apagó el cigarrillo contra un cenicero, mientras lanzaba encima de nuestras cabezas una bocanada de humo.
-No es tan simple, Royboy, los maestros alquimistas, no aceptan discípulos así como así, son científicos y como tales son muy celosos de sus investigaciones.
-No me importa, yo haré que me acepte. –respondí seriamente.
Madame lanzó un prolongado suspiro, antes de prender un nuevo cigarrillo tras el chasquido de un encendedor.
-Estás destinado para grandes cosas, eres un buen muchacho –dijo Madame mirándome fijamente a mis oscuros ojos - tú padre también lo estaba y mira donde acabo.
-Esto no tiene nada que ver con mi padre –mentí, si no hubiera sabido que mi padre había sido alquimista, probablemente yo tampoco lo hubiera intentado.- Yo, quiero ayudar a la gente... sé que podré hacerlo, la Alquimia me ayudará a hacerlo.
-Puedes ayudar a la gente de otros modos –intentó Madame hacerme desistir, a sabiendas que el círculo de alquimistas, era muy cerrado no aceptarían así tan fácilmente a un mero chiquillo que empezó sus estudios de alquimia por medio capricho - los militares, ayudan al pueblo por ejemplo... pero...
-Entonces también me convertiré en militar, seré un Alquimista y seré un militar –sentencie con los ojos clavados en ella - ¡Y lo seré con su ayuda o sin ella!
Madame exhaló otra gran bocanada de humo.
No sé que vio en mí, tal vez me vio verdaderamente determinado, tal vez no quería lidiar con un niño caprichudo, tal vez al ser su único pariente vivo se sintió con la obligación de cumplirme todo cuanto pedía, no lo sé, fuera como fuera, contestó después de un rato de cavilaciones:
-Veré lo que puedo hacer.
Y fue todo, me despidió de la habitación con un gesto de su mano, y yo salí contento con mi logro, no lo había dicho, pero sabía que había logrado algo, si Madame hubiera estado en contra habría dado un: "No" rotundo. Pero iba a intentarlo, realmente iba a hacerlo, y si Madame se proponía algo, sabía que lo conseguiría.
A los dos días obtuve una respuesta a mi petición.
Madame me llamó a su oficina una tarde lluviosa de Junio. Traspasé la puerta esperando encontrarme con ella, pero esta vez, no estaba sola.
Enfrente de ella en una de las dos sillas revestidas de cuero, nuevamente estaba ahí, con sus incipientes entradas y su ridículo bigote pero en ésta ocasión no iba vestido como civil; llevaba un traje militar azul, un sombrero en su regazo y 3 estrellas en ambos hombros indicando su rango, que por la cantidad, no era nada bajo.
– ¿Me llamó? –pregunté desde la puerta.
-Sí, pasa... siéntate.
-Gracias –respondí incomodo; la mirada del hombre y la de Madame estaban sobre mí, atentos a cada uno de mis movimientos.
-Royboy, como seguramente ya lo sabes... este es Grumman, el Capitán Grumman.
-¡Hola, Royboy! –dijo él; tomó mi mano, subiendo y bajando de arriba abajo con tanta fuerza que por un momento temí que me desencajaría el brazo. –volvemos a vernos.
-Eh... esto...
-Seguro estarás preguntando qué haces aquí, Royboy. –dijo entonces Madame.
-Sí, honestamente... –me toqué el hombro con disimulo, estaba empezando a dolerme.
-Me pediste que buscara un maestro alquimista.
-¿Él? –Lo miré con escepticismo. Su grueso bigote, sus gafas redondas, su incipiente calvicie, ¡Ese hombre no podía ser un Alquimista!
Tenía un aspecto demasiado bonachón para serlo, demasiado bonachón para ser incluso miembro del ejército.
-No, no Grumman –Madame lo miró con fastidio -él es solo un viejo soldado que no se ha jubilado porque es un bobo ambicioso.
El hombre a mi lado estalló en carcajadas, al igual que Madame yo le miré de soslayo, si eso había sido un chiste no lo había comprendido.
-El yerno de Grumman, es alquimista, aunque él nunca quiso enlistarse al ejército, Grumman insiste en que es excelente en su área.
-Ahhh... –suspiró el hombre - si solo Berthold, no fuera tan idealista. –dijo él limpiando el cristal de sus gafas con un pañuelo.
-¿Berthold? –Repetí, la conversación se estaba convirtiendo en un completo rompecabezas.
¡¿De qué me estaban hablando?!
Actuaban como si yo conociera todo y a todos, el viejo me miró de reojo por encima de la montura de sus gafas sus ojos mostraron un cierto brillo de malignidad, entonces comprendí que bien podía ser un miembro del ejército, alquimista y asesino si se lo proponía, esa simple mirada me erizó la piel.
-Hawkeye el alquimista de la Llama. El será tu maestro, Roy Mustang.
0000000
En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda.
Muchas gracias por leer.
María de las Mareas.
