Hawkeye

-¡Por favor!

-Te he dicho que no, ¡ahora lárgate!

-¡Hawkeye-san, se lo ruego! –Escuché desde mi habitación mientras me disponía a hacer mis deberes, no sabía que era todo ese alboroto, papá discutía con alguien eso era seguro, si bien no era nada nuevo, me intrigaba ver quién era el que lo hacía enfadar; su voz me era desconocida.

Salí de mi alcoba y seguí orientada por los gritos que se hacían más fuertes a cada paso; venían desde el vestíbulo, me detuve a unos pocos metros de mi padre, ocultándome entre las sombras sin que nadie se percatara de mi presencia. Y miré alrededor. Papá con su figura encorvada y su cabello suelto hasta la espalda, estaba de pie en la puerta principal, con una mano firmemente aferrada al pomo de la misma y los ojos clavados en una figura alta y flacucha frente a él. Me moví unos centímetros para poder ver al causante de tal alboroto.

Era un joven apenas mayor que yo. Cabello oscuro, piel blanca, ojos negros, nunca lo había visto antes, aunque no podía asegurarlo, sus rasgos no eran especialmente distintivos. Me quedé ahí en mi "escondite" escuchando la discusión, esperando ponerme al corriente.

- Hawkeye-san, le ruego me acepte como discípulo. – El chico hizo una profunda reverencia a señal de respeto.

-Nunca he enseñado a nadie, niño. –Dijo mi padre cruzándose de brazos -Y no sé porque ahora tengo que cambiar de opinión.

-Pero, Grumman-san –Intentó explicar él sacando un papel arrugado de dentro de sus ropas, me sobresalte al oír ese nombre, era el apellido de soltera de mi madre, estuve a punto de decir algo, pero temerosa de la reacción de mi padre, me quedé en silencio, mirando como hipnotizada el sobre que el chico mostraba, al parecer como su último recurso.

-No me interesa nada de lo que tenga que decir ese viejo arrogante de Grumman. –Escupió mi padre con desdén. – ¡Ahora vete!

Y dicho lo último lo echó a la calle y cerró la puerta tras de él, el cielo crujió con una voracidad que solo una buena tormenta podía ofrecer. Y por unos segundos el silencio reinó en nuestro hogar.

-Padre -Me atreví a hablar desde mi lugar, mi padre se volvió a verme sorprendido, era obvio que no me esperaba ahí -¿Qué fue todo eso?

-Un chiquillo de Central que ha estado siguiéndome desde ayer. –Explicó él.

-Dijo que traía una carta... ¿De Grumman-san? –Le recordé en el improbable caso que lo hubiera olvidado.

-Ese perro de Grumman –volvió a vociferar mi padre, era obvio que reconocía el nombre, no del mismo modo que yo -¡no debería de meterse donde no le llaman!

-Pero...

Mi padre tosió estrepitosamente, ante mi mirada de preocupación, mientras hacía un gesto con la mano indicándome que estaba bien, me pareció ver un hilillo sanguinolento salir de su boca, pero tapo tan pronto sus labios, que no pude estar del todo segura.

-No te preocupes por él. Por ninguno de los dos. –Puntualizó mi padre, mirando con disimulo por la ventana.

-Comienza a llover. –Dije mientras me ponía en puntillas tras el cristal, el chico que antes mi padre había despachado sin miramientos, estaba en medio de la acera con una expresión de perro extraviado; estornudó ruidosamente mientras escondía la cabeza dentro de la capucha de su abrigo, acción que de poco le serviría contra la tormenta que se aproximaba, volvió a estornudar.

Mentiría si dijera que no sentí pena por él.

Pude escuchar a mi padre suspirar pesadamente y abrió la puerta con pereza

-¡Eh, niño! ¿Tienes donde pasar la noche?

-No. –escuché.

Y entonces para sorpresa mía y seguramente más de él, vi como mi padre se hacía a un lado y con un lánguido movimiento le indicó que entrara.

-¡Gracias! –Respondió y entró corriendo con una sonrisa radiante en el rostro. Casi arrollando al único adulto en esa habitación que no dejaba de mirarlo con desconfianza.

-Dale algo de ropa mía para que se cambie –Ordenó papá dirigiéndose hacia mí, sin siquiera molestarse en presentarnos - Y también... –olisqueó al muchacho con desagrado, musitó: -muéstrale donde está el baño.

-¡Muchas gracias, Maestro Hawkeye! –Contestó él haciendo una reverencia aún mayor que la primera.

-¡Aun no te he tomado por alumno, mocoso! -Gruñó él, dándonos la espalda y alejándose, dejándonos solos.

Aunque no quise armar ninguna nueva disputa, sabía que papá había aceptado al joven desde el momento en que lo dejo entrar a casa.

Papá aunque era un buen hombre, no era sin embargo, delicado o gentil, si él decía: "No", era: no, estuviera quien estuviera afuera aún en la peor tormenta del siglo.

-Por favor, sígame. –Le pedí cortésmente, mientras le guiaba por nuestra casa caminando en silencio, podía ver los ojos curiosos del moreno deslizarse de un lado hacia otro, me detuve en una puerta de madera indicándole que habíamos llegado a nuestro destino - aquí está el baño, enseguida le traeré ropa.

-Gracias. –Respondió él, mientras yo salía y buscaba algo de ropa en el armario de mi padre. Papá era un hombre bajito y delgado, (últimamente más), pero era un hombre adulto y ese chico era apenas poco más que un niño, dude que encontrara algo que le sentara bien, pero aún así, rebuscando entre sus pertenecías encontré algo que pensé le quedaría. Regresé al baño a los pocos minutos con todo lo necesario para que nuestro inquilino se cambiara.

-Señor –llamé sintiéndome boba, tendría cuando mucho unos 13 años - traigo algo de ropa. –Y toqué la madera con los nudillos cerrados, nada. Pegué la oreja a la puerta, pero solo podía escuchar el agua de la ducha cayendo, que al parecer ahogaba mi voz. Toqué en 3 ocasiones seguidas con el mismo resultado.

Lancé un hondo suspiro. Tendría que aguardar.

Esperé pacientemente a que el agua del grifo dejara de caer, jamás me atrevería a entrar a un baño cuando había un desconocido dentro. Apenas me percaté del silencio, volví a repetir la operación, esta vez, abriendo el muchacho la puerta a los pocos segundos.

Como era evidente no se había cambiado, aún brillaban algunas gotitas del vital liquido por su piel y sus oscuros cabellos, una toalla blanca atada alrededor de su cintura cubriéndolo.

Aunque estaba frente a un chiquillo flacucho sin ningún atributo físico el cual admirar, no pude evitar encogerme cohibida al verle.

-Traje su ropa, señor –Dije con voz trémula, poniendo frente de mi, la ropa para el joven. Que no sin antes sonreír gentilmente, agradeció.

-Le agradezco mucho, señorita –Respondió él haciendo una reverencia, mientras sujetaba con una mano la ropa, y con otra la toalla, dispuesto a no correr ninguna mala jugada.

Le miré sorprendida, apenas tenía 12 años, y vivía en un poblado limitado en toda clase de gentilezas o formalidades, jamás me había llamado nadie "señorita".

Hice una reverencia, mientras salía a pasos apresurados, excusándome, con servir la cena.

El moreno salió del baño a los pocos minutos ataviado con la ropa de papá, le quedaba algo grande pero no se quejo, es más se le veía contento y emocionado de estar bajo el mismo techo con papá, sin poder evitarlo sonreí, desde que tenía uso de razón, no había visto a nadie tan emocionado por el simple hecho de estar al lado de mi padre.

-Así que Mustang ¿eh? –dijo mi padre, mientras terminaba de leer la carta que el moreno le había dado con antelación.

-Roy Mustang a sus órdenes, Maestro Hawkeye. –respondió el chico a toda prisa, mi padre, dobló la carta que antes el joven le había dado, y la guardó dentro del bolsillo de su pantalón.

-¿Por qué quieres aprender alquimia, Roy? –preguntó él, después de las apresuradas palabras del joven.

-¡Para ayudar a las personas! –Dijo él hinchándose el pecho orgullosamente –Creo firmemente que la alquimia puede ayudar al pueblo, a los Amestris a las personas que son importantes para mí. –Terminó el llevándose el dedo pulgar a su pecho, y yo le miré con mis ojos infantiles, absolutamente asombrada, sus palabras sonaban sinceras para mí y debieron parecerle también a mi padre; fijé mis ojos en el hombre a enjuto a la cabeza de la mesa, dio una cabezada seca antes de hablar.

-El hecho de conocer a Grumman –Advirtió mi padre - no te ayudará en lo más mínimo, procura no mencionarlo otra vez en esta casa, yo te enseñaré lo básico de alquimia a cambio de tu trabajo duro, te convertirás de mi asistente y habrás de ayudar en todo lo que necesitemos Riza o yo. ¿Está claro?

-Por supuesto, Maestro Hawkeye. –Y los ojos le brillaron de pura expectación, su sonrisa no podía ser más grande.

-Empezarás mañana por la mañana.

Y sin decir más, mi padre se levantó de la mesa, sin haber probado prácticamente la comida, se dirigió a su despacho y en lo que quedaba de ese día, no volvió a salir, dejando solos a nosotros dos.

-¿Tú eres Riza? –dijo él, mirándome con esos profundos y curiosos ojos azabaches, le miré una fracción de segundo, sin levantar la vista de mi cena.

-Así es.

-Roy Mustang, a sus servicios, Riza-chan - Saludó con una galantería a la que nunca acabaría de acostumbrarme nunca, aún con el paso de los años.

Nunca nadie me había hablado con tal gentileza, con tanta galantería, era un niño, pero desde pequeño supo utilizar su encanto natural, me sentí incomoda por el gesto, me era extraño. Procuré mostrarme distante. Por lo que utilicé su apellido, de modo que con el tiempo se volvió una costumbre.

-Mustang-san. –Respondí volviendo a mi cena, una sopa insulsa de cebada.

Aunque ninguno de los dos, mi padre o yo, lo aceptó ni aceptaría nunca, la estadía de Mustang fue como una bocanada de aire fresco que entró a nuestra casa, el velo de lúgubre tristeza que había dejado la muerte de mamá fue retirado con tanta sutileza que apenas lo percibimos.

Papá como no había hecho en meses, dejó de encerrarse en la biblioteca con sus investigaciones.

Se tomó su papel de maestro muy en serio, incluso su salud me parecía que había mejorado, a veces inclusive salía acompañado de Mustang al jardín, otras veces al campo, y otras más simples se quedaban en casa. Si bien nadie podía negar que Mustang era un dolor de cabeza en muchas ocasiones.

-¡Arrogante y testarudo mocoso! - Escuché a papá decir en más de una ocasión. Seguido siempre de un portazo.

Tampoco podía negarse que era un alumno ejemplar, tenía una facilidad para la alquimia envidiable, y podía ver en el rostro de papá el orgullo que ello le causaba.

Yo por mi parte, había encontrado en él, un compañero.

Aunque no íbamos al mismo colegio ya que él estudiaba en casa.

Pocas veces teníamos tiempo para pasarlo juntos, él estaba siempre ocupado con sus gruesos libros de Alquimia, y yo con mis deberes del colegio y el cuidado de la casa.

Pero los pocos minutos al día que pasábamos juntos, nos parecían más que suficientes. Podíamos hablar de trivialidades, él me miraba mientras preparaba la cena, o yo lo veía en sus burdos experimentos de alquimia, muchas otras veces permanecíamos juntos y en silencio.

Habíamos llegado a tal punto de nuestra amistad en que podíamos saber lo que quería decir el otro con un solo vernos a los ojos, un movimiento, una mirada.

Aunque nunca lo acepté, no podía negar la evidente realidad, en Roy Mustang, había encontrado a mi mejor amigo.

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Él es mi amigo más querido y el más cruel de mis rivales, mi confidente y el que me traiciona, el que me apoya y el que de mí depende; y lo más espantoso de todo: es mí igual.

Gregg Levoy

Lulufma, concuerdo contigo, hay una gran cantidad de fics, y cada uno es diferente, yo voy a tomar la historia, como pocos he visto que lo hacen... (al menos de ellos), un capitulo desde el punto de vista de él, otro desde el punto de vista de ella, una disculpa si el primer capitulo quedó muy largo... pero los siguientes no lo serán tanto... ese fue el más largito... tmb... No voy a demorarme en escribir la historia, porque por fortuna el fic ya lo tengo escrito casi en su totalidad, soy rara... escribí el final antes de empezar el fic jajaja... así que publicaré lo más pronto posible el fic, que espero que te agrade :D

Diana Carolina. Gracias, espero que te guste este capitulo. X3

Muchas gracias por leer :)

María de las Mareas

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