Celos

Examiné con ojo crítico el trío de manzanas que pasé a la dueña del puesto de fruta, que sin apartar la vista de la báscula donde pesaba las frutas, dijo:

-435 cents –Accedí mudamente mientras tomaba mi pequeña cartera, donde un par de monedas tintinearon penosamente, saqué todo su contenido, contando las escasas monedas que habían caído sobre la palma de mi mano.

-400 cents –dije en voz queda, mientras veía de reojo a la dueña del establecimiento, parecía empezar a desesperarse, lancé un hondo suspiro, mientras apretaba las monedas contra mi pecho. –Perdone, y de solo dos manzanas, ¿cuánto sería?

La dependienta malhumorada, quitó una y dijo luego con voz monocorde.

-310 cents

Y yo le entregue la cantidad anunciada, mientras ella a cambio me entregaba a mí la bolsa con solo dos brillantes manzanas dentro.

Una para papá, otra para Mustang-san.

Agradecí mudamente con un movimiento de cabeza, que no fue retribuido de ningún modo, y me dirigí camino a casa. Apreté la una bolsa marrón contra mi pecho, dando por terminadas mis compras semanales y ahora con los víveres moviéndose al ritmo de mis pausados pasos, me dirigí a casa.

Lancé un penoso suspiro.

Regresé por la calle principal –la única del poblado en el que vivíamos - sintiéndome observada.

Una pareja se detuvo en la esquina al verme pasar, escuché a la mujer cuchichear a mi espalda.

Seguí mis pasos, como si nada.

Un niño, de poco menos de 12 años, cambió rápidamente su camino, apenas me miró, parecía asustado por mi pequeña persona, tenía solo 15 años.

Cambié la vista de dirección hacia mis manzanas dentro de la bolsa.

Un par de chicas, pasaron a mi lado, sin importarles golpear mi hombro, -evidentemente lo habían hecho a propósito-, las manzanas hasta el tope de la bolsa, cayeron al suelo.

Levanté la mirada fastidiada y pude distinguir entonces a unas compañeras de colegio, dos de grados superiores, una más de un grado inferior, la cabecilla de las tres, era una chica de belleza impresionate, rubia de cabello largo hasta la cintura y ojos indigo, se rumoraba en el colegio, que estaba enamorada de un tal "Roy Mustang", uno de los tantos motivos por el cual su insolencia hacia mi persona era tan recurrente.

-Bruja –gritó la hermosa rubia, mientras el par a su lado se desternillaba de risa; ni siquiera las miré, me agaché a recoger el par de manzanas que habían rodado por el piso, y cuando levanté la vista, el trío había desaparecido tras una esquina, y yo limpie con mi ropa las dos frutas.

No era la primera vez que recibía ese tipo de detalles de los aldeanos o compañeras del colegio, al menos una vez por semana lo sufría.

Si bien sé que no debía extrañarme su comportamiento, no podía negar que me fastidiaba actuar indiferente, no le veía ningún caso hacer un gran alboroto de ello, desde que tenía uso de razón, la gente se apartaba de mi o mi padre, como si fuéramos portadores de alguna plaga.

Mi pequeño pueblo natal, no estaba familiarizado con la alquimia, desconocía sus utilidades o exigencias, solo sabían lo que veían, mi padre era poco menos que un desdeñado ermitaño seguramente loco, y su hija, no debía mejor que ello.

Emprendí mi camino a casa, esperanzada en no toparme nuevamente a mis compañeras de escuela, en todos los pueblos siempre hay al menos una familia repudiada, pues bien, en mi caso, mi familia, los Hawkeye, ostentábamos ese título.

Seguí mi camino, a casa, (por desgracia para mi debía dar vuelta en la misma calle que mis compañeras de colegio) di un par de pasos, cuando me detuve un alguien muy conocido recargado galantemente en una cerca impecable llamó mi atención.

-Mustang-san. –Dije para mí misma, consciente de que no fuera suficientemente alto como para que me escuchara, me detuve unos segundos, estaba algo retirado como para oírlo pero por su expresión corporal, podía deducir que estaba coqueteando, desde mi punto de vista, su cuerpo tapaba a la joven que seguramente recibía sus halagos.

Di un par de pasos más, motivaba por la curiosidad, y sin dejar de sorprenderme, tragué seco. La chica con la que el estudiante de mi padre hablaba tan animosamente no era ni más que menos, que la cabecilla de aquellas en el colegio que siempre me molestaban, la rubia de ojos azules.

Por un segundo la mente se me quedó en blanco, y el único deseo que tenía era el de lanzarle a la cabeza la manzana que había comprado para él, esperanzada en malograrle su cita.

-¡Mustang-san! –Llamé, desconociendo mi tono de voz, y sin importarme ser grosera me acerqué como quien no quiere la cosa, con la vista clavada en el joven de cabellos azabaches.

-¡Oh, Riza! –Y se volvió hacia mí con una sonrisa triunfante -¿Ya conoces a Roselind?

-Sí –Accedí mudamente con un gesto de cabeza - ya tengo el gusto – Y luego añadiendo gélidamente: -Mustang-san, la cena se servirá a las seis treinta, por favor, no llegue tarde. -E hice el intentó de retirarme, sin lograrlo.

-¡Sí! –Respondió él con esa sonrisa que me indicaba que parecía muy satisfecho de algo: -¡Esa bolsa debe ser pesada, Riza! Permíteme ayudarte.

-No es necesario, Mustang-san –Contesté, pero él ya cargaba la bolsa de papel marrón entre sus brazos.

-Insisto –respondió, mientras volvía hacia mi compañera de escuela –Roselind, un gusto –Y por primera vez, la vi directamente a la cara, tenía las mejillas y frente, rojas y una mueca desagradable malformada en sus labios, mentiría si no dijera que sentí un cierto placer culposo, la chica más hermosa del colegio y tal vez de toda la ciudad debería verme marcharme con el chico del cual estaba según decían "locamente enamorada", miré de reojo a Mustang a mi lado.

-Roselind –dijo él, cuando nos hubimos alejado lo suficiente. Le miré de reojo sin dejar de andar, en su rostro se veía un cierto aire soñador –Una hermosa chica, ¿No crees?

Lancé un suspiro antes de contestar con todo monocorde:

-Espero que no desees una respuesta a tu afirmación.

-¡Oh! –Y una sonrisa traviesa se extendió por sus labios -¿acaso me parece notar algo de celos?

Cerré los ojos antes de lanzarle la peor de mis miradas:

-No se vanaglorie tanto, Mustang-san –contesté con frialdad - mi desagrado hacia la señorita Roselind, no es meramente por usted.

El joven lanzó una risotada mientras llevaba una mano al pecho y fingiendo estar apesadumbrado dijo:

-¡Has herido mi orgullo masculino! –Y yo enfadada con su actitud, caminé deprisa, escuchando como unos segundos después Mustang apresuró sus pasos para no quedarse atrás - y puedo preguntar el porqué de tu desagrado, hacía la señorita Roselind.

-Puedes preguntar –Respondí sin dejar de caminar apresuradamente - porque ya lo has hecho, pero yo puedo reservarme mi respuesta.

-Por supuesto –Masculló él a mi lado - Supongo que el hecho de que sea una de las cabecillas de llamarte: "bruja", no tiene nada que ver.

Y yo me detuve, y él unos segundos después me imitó, habíamos llegado a casa, estábamos en frente a la verja que separaba nuestro jardín descuidado, de la calle, pero ninguno de los dos hizo el menor intento de entrar a casa, le miré inquisitivamente, no íbamos a la misma escuela, ni teníamos los mismos deberes, raras veces nos encontrábamos caminando juntos como ahora, lo único que podía deducir era:

-¿Me has estado siguiendo? –Pregunté con las cejas en alto.

Mustang como no quiere la cosa, llevó su mano detrás de su cabeza, rascándola torpemente.

-Te he visto más veces de las necesarias, es cierto –Y me pareció notar un cierto rubor iluminando sus mejillas- pero no, no te he seguido.

Entorné mis ojos, quería una respuesta directa:

-¿Cómo?

-Tengo ojos y oídos –dijo él, con una sonrisa de lado - además no son propiamente discretas, y luego adoptando una actitud de caballero galante, recitó:

"Me parece de pésimo gusto que una dama tan hermosa, llene su boca de palabras tan desagradables"

-Como bien se lo he hecho notar, hace apenas unos minutos –Y se volvió hacia mí, con esa misma sonrisa triunfante que me regaló cuando erróneamente pensé que coqueteaba con ella - no volverá a molestarte.

-¿De eso hablabas con ella? –Y le miré ladeando la cabeza, Mustang se encogió en hombros y abriendo la puerta del jardín, contestó:

-¿De qué más podríamos hablar?

Y apenas hubo pronunciado la última palabra, un papel rosado, atorado entre los gonces de la puerta, salió disparado hacia el piso, me agaché a recoger el papel, un olorcillo de perfume barato, me dio de lleno, sonreí con desdén, y un por segundo estuve tentada a romperla sin dársela siquiera, le tendí el papel al moreno, sin ni siquiera ver a quien iba dirigida, no era la primera vez que Mustang recibía cartas de admiradoras.

Él miró la carta, con expresión aburrida.

-Una pena que el remitente no sea el mismo que la mensajera. –Sonrió arrogantemente y acortando la distancia entre ambos, tocó uno de mis mechones dorados, apreté los labios.

-Mustang-san, guarde su distancia.

-Lo haré si recibo algo a cambio de mi valerosa intromisión el día de hoy. –Y luego como si fuera lo más evidente del mundo, dijo:- Intercambio equivalente.

-La vida no siempre se rige por las leyes de la alquimia, Mustang-san –respondí yo, sintiendo el calor de su respiración encima de las mejillas, luché porque mi voz saliera fuerte y clara: -además no era necesario que hiciera nada, yo bien podría haberme hecho cargo.

-Eres dura, Riza. –dijo él, notando en su mirar un brillito de irrefutable orgullo, yo lancé un aburrido suspiro.

-Si me disculpa, tengo que preparar la cena - Y poniendo una mano sobre su pecho intenté retirarle, él aprovecho mi movimiento, para tomar mi mano y besarla suavemente en el interior de la muñeca, una descarga eléctrica me sacudió apenas sus labios tocaron mi piel, él tenía 17, yo apenas 15, mis emociones estaban a flor de piel, pero puedo presumir que aún siendo una adolescente jamás le di el placer de mirarle como una más de sus tantas enamoradas.

-Agradecería que no hiciera eso, Mustang-san. –Y retiré mi mano con rapidez.

-Ahhhh... realmente eres dura, Riza.

Y me pareció notarlo de verdad decepcionado, y sin decir más, rompió la carta rosada y perfumada sin siquiera abrirla, tirándola al viento, que rápidamente lo desecho como la basura que era, yo me volví hacia la verja del jardín para que evitara ver la sonrisa que suavemente se posaba sobre mis labios.

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De cualquier forma los celos son en realidad una consecuencia del amor: os guste o no, existen.
Robert Louis Stevenson

Dulce Locurilla jajaja, y he aquí mi versión de las hormonas, Mustang me encanta a veces es tan infantil en la serie y luego tan maduro, en esta parte, es un niño enamorado y con hormonas saltarinas. Espero que te haya gustado el capitulo. Saludos!

diana carolina Hola me alegra que te haya gustado... en cuanto a Mustang, me encanta, pero debe de saber que Riza no será nunca otra más de sus fans. :) Así que no sientas pena por él, y de Riza, concuerdo contigo, ella, ciertamente tuvo una vida dura desde la infancia, y no pudo hacer más que fortalecerse y a todos adelante ella solita, por eso es uno de mis personajes favoritos, tmb me siento muy identificada con ella, y que agradeces porque continuo, te agradezco a ti por seguir leyendo mis locuras :D

lulufma Gracias, me alegra que te haya gustado, y no te preocupes por el review, te agradezco que aunque te estuvieran corriendo de la compu hayas tenido el tiempo para mandarlo! :D Saludos te mando un fuerte abrazo!

Muchas gracias por leer.

María de las Mareas