Academia militar

Miré las enormes puertas de hierro forjado de la academia militar antes de traspasarlas, bajo mi brazo derecho, una carpeta llena de mis documentos personales, bajo el izquierdo, una maleta con mis escasas pertenecías.

-Nombre y asunto -llamó un guarda aburrido, desde detrás de la puerta.

-Roy Mustang –contesté yo seriamente –Alumno de primer ingreso, señor.

El hombre bajó su lista hacia una carpeta aprisionada con un broche.

-Sí, aquí está –respondió el tachando mi nombre, al tiempo que daba la orden que la puerta fuera abierta. –Llega temprano –dijo él apenas traspase, la plática informativa para los de primer ingreso será en el salón 15 B; segundo piso del primer modulo a la izquierda –Y señaló un edificio a varios metros de distancia.

-Le agradezco –respondí sinceramente y seguí.

Como bien había dicho el guarda, había llegado temprano, casi no había ningún estudiante dentro del salón, un par de muchachos que parecían conocerse hablaban en un rincón, otros más permanecían alejados y solitarios, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, igualé a mis compañeros, y me senté lo más alejado posible, mientras veía como poco a poco el salón se iba llenando de futuros militares.

Unos minutos antes de la hora citada, entraron dos hombres ataviados con uniformes militares, el más viejo, un militar entrado en años de aspecto severo, saludó con sus manos bien firmes a sus espaldas.

Se presentó como el Comandante Wagen, director de la academia en aquel entonces, y un respetado soldado según sus exactas palabras, escuché a mi lado a un joven reír.

-Sí, seguro –dijo en voz queda hacia nadie en particular - tal vez debería decir el porqué fue degradado dos rangos. –Miré de reojo al joven alto de lentes seguido de mí, llevaba las manos dentro de los bolsillos de los pantalones, y una barba descuidada con apenas unos pelillos mal puestos sobre su rostro, giré mi cara con desdén, fastidiado con su actitud.

Años más tarde, supe que Wagen había sido efectivamente degradado dos rangos por actitudes lascivas con su secretaría a quien fácilmente le duplicaba la edad, como lo supo mi compañero de clases desenfadado y desgarbado, en aquel entonces, todavía lo desconozco.

La plática de bienvenida terminó unos pocos minutos más tarde, tras leernos las reglas de la escuela.

No se toleraba el alcohol, ni las actitudes irresponsables, tampoco se permitía el acceso a miembros del sexo femenino ajenas al personal militar, las llamadas personales estaban restringidas a excepción de que el desempeño personal fuera excepcionalmente bueno, lo cual se consideraba un premio que muy pocos podían presumir.

Las diligencias diarias habrían de empezar desde las 5:00 de la mañana y se extendían hasta las 22:00 horas. Durante la mañana realizábamos actividades de instrucción militar; de 11:00 a 13:00 actividades de Educación Física y el resto del día tras un almuerzo asistiríamos a clases correspondientes al programa de Formación Académica.

El joven asistente del director pasó a mi lado y me entregó una carpeta grababa con el sello de los militares (como iba haciendo conscientemente hacia todos), dentro venía la agenda de los nuevos reclutas. Miré con asombro como el programa se extendía por tres hojas. Alcé las cejas sorprendido, sabía de las exigencias de los militares, pero la realidad superaba por mucho mis expectativas.

El director masculló un:

-Háganos sentir orgullosos –En un tono de voz aburrido y monocorde que nada tenía que ver sus palabras con su expresión, antes de salir del aula, dejando solo a su asistente, que con un semblante igualmente aburrido que el de su superior pidió que lo siguiéramos.

Así lo hicimos la veintena de estudiantes de nuevo ingreso, saliendo del aula en el más profundo de los silencios, caminando por los enormes pasillos de la academia, sin saber siquiera a donde nos dirigíamos, puesto que él nada decía y nosotros todavía jovencitos inexpertos nada preguntábamos.

Unos minutos más tarde, nos detuvimos frente a un edificio enorme, de altas ventanas y colores ocres, abrió la puerta:

-Sigan por favor –Y quedando él junto a la entrada nos instó a pasar, mentiría si no dijera que me sentí como oveja al matadero.

-Aquí es donde dormirán –Dijo el asistente encendiendo las luces y señalando el lugar con una cabezada seca, permitiéndonos examinar el lugar.

De un lado y otro de la pared había un par de hileras de literas blancas, todas perfectamente alineadas una seguida de la otra, un par de ventanas simétricamente colocadas a media pared, y unas mesas del mismo blanco brillante al lado de cada litera.

Pude notar como varios de mis compañeros miraban el lugar decepcionados, parecían no estar acostumbrados a las cosas simples. Yo en cambio, gracias a mi estadía con el maestro Hawkeye, me había habituado a tener solo las cosas más elementales y si bien me hubieran dado solo un par de mantas y un pedazo de suelo para dormir, yo hubiera estado más que satisfecho.

Sonreí mientras adelantaba mis pasos, hacía la litera más alejada.

Como no recibí ningún tipo de regaño, supuse evidente que cada quien seleccionaría su lugar, tomé la cama de abajo, mientras escuchaba los pasos apresurados de mis compañeros a mis espaldas, cada uno eligiendo su propia lugar.

Deposité mi maleta sobre la litera, con un suspiro, había sido un largo día; medité, pero antes siquiera que pudiera pensar cualquier otra cosa, una maleta pesada voló literalmente a unos centímetros de mi cabeza, cayendo limpiamente sobre la cama encima de la mía.

Me volví enfadado, a encarar al inconsciente que había lanzado su equipaje; a mi espalda, estaba nada más ni nada menos, que el mismo muchacho de lentes y barba desaliñada que había estado al lado mío en el discurso de bienvenida.

-¡Pido la de arriba! –dijo él con una sonrisa y sin esperar respuesta saltó ágilmente como un niño enorme hacia la cama de arriba.

Intenté decir algo, pero apenas abrí la boca, el asistente del director nos mando callar.

-La cena se servirá a las 1800 horas. Mañana a las 0500 horas empezara oficialmente su primer día como cadetes. Es todo.

-Sí, señor. –Dijimos todos al coro, mientras el militar salía por la única puerta de acceso y nos dejaba a todos solos, listos para desempacar y empezar con una nueva etapa de nuestra vida, me volví hacia mi cama, desde mi lugar podía ver las piernas de mi nada grato compañero de litera colgando desde el colchón superior, rodé mis ojos mientras procedía a desempacar mis pocas cosas, el uniforme militar que Madame tuvo a bien comprarme hacía apenas el día anterior, un par de calcetas, ropa interior, y muy dentro aprisionada hasta el fondo de las maleta una carta que no tuve el valor de entregar. Miré mi propia caligrafía con pesar: "Riza Hawkeye".

Releí la carta que Madame había enviado, la había leído al menos cien veces en todo el día y toda la noche, no importaba las veces que lo leyera no iba a cambiar, di vuelta al papel esperanzado de encontrar algo más ahí, nada, acompañado de un boleto de tren, había solo un párrafo.

-Las inscripciones a la academia militar serán la siguiente semana.

Miré como hipnotizado la carta; incrédulo, ¿habían pasado ya cuatro años? Realmente habían pasado cuatro años desde que llegué con el maestro Hawkeye y Riza. Y conté mentalmente los años mientras me llevaba una mano a la cabeza.

¡Era muy pronto! ¡Demasiado pronto! Lancé un penoso suspiro, si bien, sabía que Madame respetaría mi decisión de ingresar o no a la Academia Militar, esa no era una decisión en la que pudiera echarme hacia atrás, desde antes de cruzar la puerta del umbral de los Hawkeye, sabía que quería ser un militar, alquimista nacional o no, eso el tiempo lo diría. Pero convertirme en un militar, para ayudar a la gente, a mi pueblo, eso no estaba en discusión.

Aún así la mirada de desaprobación que me dio mi maestro en la cena, cuando le informé de mi decisión de entrar a la Academia, y los sinceros ojos castaños de Riza evidentemente preocupada por mí, me hacían dudar si estaba tomando o no la decisión correcta. Ninguno dijo nada, ninguno hizo el menor intento por detenerme, pero, sus miradas me decían más de lo que pudieran haber dicho con palabras.

El cielo se estaba tornando plomizo, apenas había dormido un par de horas, pronto amanecería y el tren de regreso a Central partiría con o sin mí, más valía no seguir retrasando lo inevitable, me levanté pesadamente de mi cama y tras tomar la maleta al lado de la puerta de mi habitación y tomar dos cartas previamente escritas, salí.

Me detuve frente a la puerta del maestro, intenté tocar la puerta, pero apenas unos centímetros antes, desistí, la salud del maestro había empeorado considerablemente y despertarle al alba, no hubiera sido propiamente correcto, me incliné y pasé la carta, con una buena suma de dinero, enviada por Madame -como agradecimiento- por debajo de la puerta.

Me detuve en la oscuridad del corredor de esa lúgubre casona.

El cuarto de Riza, estaba al final del pasillo, apreté con fuerza la carta entre mis dedos. Solo eran un par de metros, había recorrido toda la casa tantas otras veces como podía recordarlo, pero en esta ocasión, no podía, simplemente no podía hacerlo, negué con la cabeza mientras guardaba la carta dentro de mi maleta. Di media vuelta. Dirigiéndome hacia la salida, recorriendo por última vez la casa que fue mi hogar durante 4 años.

La biblioteca, el vestíbulo, el comedor, la cocina, y me detuve ahí donde años atrás había robado el primer beso de Riza, sonreí con nostalgia y recorrí la mesa de la madera con los dedos, chocando mi mano a los pocos segundos contra algo que usualmente no debería de estar; al final de la mesa, un pequeño paquete blanco envuelto cuidadosamente en un pañuelo, había sido dejado. Me acerqué con curiosidad, notando como encima de este había una nota, con mi apellido escrito elegantemente en el.

"Mustang-san"

Ni una palabra más ni menos, y fruncí el entrecejo al tiempo que desdoblaba el pañuelo con curiosidad mirando su contenido, dentro; había una brillante y jugosa manzana y dos emparedados, junto a un termo de lo que estaba seguro era té.

Sonreí antes de volver a atar el pañuelo (no sin cierta torpeza) y tomar el desayuno que bien sabía, quien me había dejado, garabatee al reverso de la tarjeta el teléfono y dirección de Madame, seguida de una simple palabra:

"Gracias"

Y sin atreverme a mirar atrás, dejé la casa Hawkeye.

Volví a la realidad, tras un enorme suspiro, avergonzado de haber sido tan cobarde, como para no haber entregado la carta a la que pudiera catalogar como mi única amiga de la infancia, que digo solo de la infancia, de toda la vida y miré con enfado la carta como si ella fuera la culpable de todo, hice el intento de romperla en dos, pero por alguna extraña razón, cuando el papel empezó a ceder bajo mis dedos me detuve, mirando la pequeña rasgadura del papel en su centro, por alguna extraña razón, no podia hacerlo, miré la carta con resignación y sin atreverme a hacer nada más, procedí a alisar con mis manos los bordes arrugados del papel.

-¿Riza Hawkeye? –dijo una voz molesta por encima de mi cabeza. Y escondí la carta en un acto reflejo, volviendo mi vista hacia arriba. Con una sonrisa boba y una expresión igual, el muchacho de lentes que me había estado fastidiando toda la mañana me saludó alegremente –¡Oy! Me parece que no hemos sido presentados, Maes Hughes.

Y desde la litera extendió su mano, mientras yo le saludaba con desgano, alzando mi brazo:

-Roy Mustang.

-Roy –dijo él con toda la confianza del mundo, saltando desde la litera: – ¿Y? ¿No vas a enviarla? –Y señaló con un movimiento de cabeza la carta que aún escondía entre mis manos.

-No es asunto tuyo, Hughes –poniendo énfasis en su apellido.

-Vamos, vamos, no tiene nada de malo escribir un par de líneas a la novia. –Rió él como si estuviera contando un chiste un muy gracioso.

-¿Novia? –Y la simple insinuación me puso la carne de gallina, el tipo realmente era muy molesto, no sé ni porque me molestaba en explicar nada: - ¡Ella no es mi novia!

-¿En serio? –Dijo él mirándome por encima de sus lentes de forma superior –Pues parece... nunca vi a nadie más acongojado por una mujer, a menos que...–Y luego guardó silencio y me miró con evidente lastima, como si me hubieran diagnosticado una enfermedad terrible e incurable -Te ha dejado, es eso, ¿cierto?

Le fulminé con la mirada, el tipo era un completo fastidio.

-¡Escucha, Hughes! -Me puse en pie de un brinco.

-Maes.

-¡Hughes! –Repetí ignorando el hecho de que había hablado –No sé si tu plan es acabarme la paciencia o si eres un idiota sin remedio... pero... ¡¿me estás escuchando?! –gruñí al verlo meter su mano dentro de su maleta. Resultaba obvio que apenas me estaba prestando atención.

-¿Quieres ver una foto de Gracia? –Y sin esperar una respuesta mía, sacó una fotografía de dentro de la maleta. Y la movió cual trofeo delante de nuestras narices.

-¡¿Qué?!

-¡Gracia y yo vamos a casarnos apenas salga de la academia!

-¿Gracia?

-Gracia, mi novia –y remarcó la última palabra como para no dejar lugar a dudas - ¡es la mujer más perfecta del mundo! tal vez la conozcas, es la hija del dueño de la Floristería que está justo en la esquina, apenas hemos salido un par de semanas pero sé que ella es la indicada, es tan perfecta, tan bella... tan...

No me moleste en prestarle atención.

Y ni falta que me hizo, esa perorata siguió y siguió durante años, y solo fue remplazada cuando la feliz pareja contrajeron nupcias como aseguró el primer día que le conocí, y nació su primer y única hija: Elysia Hughes.

Aun no sé porque ese ruidoso y fastidioso chico de lentes, se volvió mi mejor amigo, pero así fue.

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No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Antoine de Saint-Exupery

Sofia.- Muchas gracias, Sofia, espero te agrade la continuación.

Guest Tmb considero a Roy muy infantil, entre 29 y 30 años que tiene en la historia y se sigue comportando como un niño, (peleándose con "Acero" cuando casi le dobla la edad jaja) sin embargo cuando hay que ponerse serios lo hace, y con eso se ha ganado un cachito en mi corazón, Roy y Riza, tienen una historia muy bonita, amigos desde niños, fiel subordinado y jefe, evidentemente sienten algo el uno por el otro… es una lastima que la mangaka no hubiera profundizado más en su pasado, tendría un éxito! Pero bueno, para eso siempre están los fics. Muchas gracias por tu review, espero que te guste este capitulo

diana carolina.- Gracias por leer Diana Carolina, me alegro que te haya gustado, espero que te guste este capítulo.

Dulce Locurilla .- Me encanta hacer sufrir a Roy, ¿no se nota? Jajaja… sin embargo nunca hay que perder la esperanza, tarde que temprano sus intentos habrán de dar frutos, :D Gracias por tu review, espero que te guste la continuación.

lulufma.- Wiiii, gracias por ponerme en favoritos, aunque todo el mundo diga que no se necesitan reviews o cosas lindas para escribir nunca está de más recibirlos, :P y respecto a tu comentario, lamento mucho decirlo, pero la parte de la infancia de Roy y Riza, ya quedó atrás, como veras... ahora va a ser un poquitito de la adolescencia/adulto, es que ya quería sacar a Hughes, amo a ese mono, es tan divertido escribir cuando aparece él :D, en fin, espero que te guste el capitulo, muchas gracias por tu review, y claro por leer. :)

Muchas gracias por leer.

Maria de las Mareas.