Enfermo
Me removí incomoda en mi cama, me había quedado dormida e inconscientemente había depositado todo el peso de mi cuerpo sobre mi espalda, aunque ya no me escocía como antes, no podría negar que aún me causaba cierta picazón, suspiré esperanzada de que estuviera sanando y no se hubiera infectado como temía.
Rodé sobre mi misma quedando de lado hacia la puerta de mi habitación, miré mi reloj sobre la mesita de noche, era apenas las 3 de la mañana aún faltaban un par de horas por despertar.
Podía ver el resplandor de una luz pasar por debajo de mi puerta, ni siquiera hice el intento de levantarme, sabía que mi padre gustaba de pasar las noches en vela en su estudio, y si me hubiera levantado para asegurarme que se encontrara bien, seguro me habría mirado con esos ojos apagados, y mascullado una respuesta indiferente, incitándome a salir de su despacho, siempre lo mismo.
Rodé hacia el lado contrario de la puerta, dándole la espalda. En el silencio de la noche, pude escuchar los terribles tosidos imparables de la enfermedad de mi padre.
Me tapé los oídos y cerré los ojos con fuerza.
Hacía ya 10 meses que Mustang-san había dejado la casa, y mi padre parecía haberse deteriorado en ese tiempo, como no lo había hecho durante los cuatro años que Mustang-san vivió bajo nuestro techo.
Nuevamente mi padre, se había recluido en su estudio, bajo sus pergaminos y sus libros, jamás lo admitió, pero la partida de Mustang fue un duro golpe para él.
Apenas me dirigía la palabra, comía más lo que esencial para sobrevivir y si no fuera porque sabía que ese hombre enjuto tras los gruesos libros de alquimia, era mi padre, ya no lo reconocería como tal.
Apoyé la cabeza contra mi almohada.
No, definitivamente él ya no parecía el mismo, simplemente era como si fuera otra persona, como si no le importara nada más en el mundo, como si estuviera muerto en vida.
Suspiré pesadamente, mientras mis manos inconscientemente se apoyaban en mi espalda, negué con la cabeza.
-No... Había algo que le importaba todavía... algo que valoraba más que su propia hija.
"La Alquimia de Fuego... la alquimia más fuerte"
Había dicho él con ojos brillantes de pura emoción, mientras yo, me apretaba los puños con fuerza, intentando no quejarme al sentir como si cuchillos hirvientes quemaran poco a poco mi espalda.
Fue muy rápido, mucho y cuando terminó, tenía una expresión jocosa, como la que no había visto nunca, me hizo prometer aún adolorida, que cuidaría su investigación con mi vida de ser necesario.
Temblé al recordar la mirada demencial de mi padre, un escalofrío recorrió mi espalda, jamás le había visto semejante expresión; obsesionado en una investigación en la que se le había ido la vida, una investigación en que la que yo misma me había sido forzada a querer.
Me aseguró que sus estudios traerían felicidad al mundo, ayudaría las personas y yo le creí.
Era demasiado ingenua.
Los tosidos quejumbrosos de mi padre, me sacaron de mi ensimismamiento, eran cada vez más fuertes y más seguidos. Me revolví incomoda en mi cama, y aun con ciertas molestias del tatuaje a mi espalda, me guíe orientada por sus toses.
Abrí la puerta de mi alcoba despacito, procurando no hacer ruido y envuelta en una chalina, llamé:
-¿Papá? ¿Estás bien? –Pero solo obtuve sus tosidos como respuesta, envalentonada seguí hasta su despacho. Donde podía escucharlo cada vez más claramente y mis pasos y mi voz cada vez más quedos.
Traspasé el umbral de su despacho, mirando a mi padre, estaba sentado detrás de su escritorio como hacía siempre, escribía en un pergamino sin dejar de toser e intentar contenerse con otra mano, un hilillo de sangre corría por su mentón hacia su blanca camisa, pero él apenas parecía haberse dado cuenta de ello.
-¡Papá!
Él como siempre levantó la vista con desgano y me miró, como yo había vaticinado, como si no fuera más que una extraña para él, hizo un gesto desdeñoso con su mano y me indicó que me retirara.
-Es tarde, Riza, vete a dormir.
-Pero... papá...
-Vete a dormir –Repitió él, sin dejar de escribir, y yo aterrada como estaba saqué coraje de donde no lo tenía, y me negué.
-Iré a traer un doctor. –Y sin siquiera esperar una respuesta, me di media vuelta me enfundé en una saco largo, sin quitarme la pijama siquiera, y aún con el pueblo en sumido en la más profunda oscuridad, salí en busca del doctor del pueblo.
Como bien había dicho, las personas no eran particularmente amables con nosotros, pero suponía que el doctor por su profesión podría hacer una excepción.
Toqué al menos 20 veces la puerta, antes de que abriera, y si bien pareció reacio a acompañarme al principio, tras asegurarle que mi padre estaba muy enfermo y necesitaba su ayuda con urgencia, accedió.
Regresamos a casa rápidamente, lo más que pudimos, mientras yo traspasaba la puerta del hogar temerosa de que en esos pocos minutos la salud de mi padre hubiera empeorado, pero no, él, seguía igual que como lo había dejado, seguía escribiendo, parecía no haberse percatado de que hija había salido en la madrugada en busca de un doctor, o que había un desconocido en la casa, él seguía escribiendo, como si nada pasara a su alrededor.
Me mordí los labios con impotencia.
Con ayuda del médico pasamos a mi padre, a su habitación, asegurándome que sería mejor para el paciente y para él más cómodo, reviso varias veces sus signos vitales, su presión, sus pulmones, y cada vez que pasaba el estetoscopio, por alguna parte de su cuerpo, su rostro no hacía más que contraerse extrañado.
Tras un par de minutos de una extensa revisión, el doctor se dirigió hacia mí y solicitó que saliéramos de la habitación, como solo se hace cuando es un caso delicado.
-Señorita Hawkeye –Y pasó una mano por su rostro sudoroso –No voy a negar que la salud de su padre es precaria.
-¿Se pondrá bien? –pregunté yo, mientras me restregaba las manos, nerviosa.
-Señorita Hawkeye –Y suspiró - lo mejor será que ayude a poner a su padre todas sus cosas en orden.
Me dio una receta para surtir en una farmacia cercana, asegurándome que la ayudaría con el dolor, pero que no podía hacer más, accedí distraídamente sin recordar con exactitud qué fue lo que le contesté ni tampoco en qué momento el doctor se fue.
En ese instante, todo se volvió borroso, como si fuera un breve momento en mi vida, que me negara a recordar.
Me recuerdo haber deambulado por la casa sintiéndome perdida, como un fantasma, solía pasar varias veces por la habitación de mi padre, me sentaba en un lado y en otro, lo veía dormir intranquilo entre espasmos esporádicos, sintiéndome totalmente ajena a él, consciente de que no sabía nada del hombre que se moría delante de mí.
Podía escucharlo decir entre sueños mi nombre, el de Mustang-san con más frecuencia, y tras tres eternos días mirarlo decaer con lentitud, me atreví a hacer lo que no me hube atrevido en una situación normal.
Busqué entre mis pertenencias, la pequeña tarjeta que deje para Mustang el día de su partida, hacia 10 meses atrás acompañado de un almuerzo, recordé como fui incapaz de despedirme de Mustang hace casi un año, y como despedí hice lo único que estaba a mi alcance prepararle un almuerzo para que no pasara hambre en su regreso a Central, cuando me levanté, el almuerzo ya no estaba, en cambio la tarjeta seguía ahí.
De un lado en mi letra perfecta, estaba el nombre de él, del otro, en su letra, el nombre de una mujer, una Madame Christmas, que residía en Central, también me había dejado un número telefónico.
Con dedos temblorosos, marqué el teléfono que venía en la tarjeta, y no sin haber dado al menos dos timbrazos, contestó una mujer con voz profunda y rasposa.
-¿Diga?
-Con... Mustang... –Respondí, mientras negaba suavemente con la cabeza –Roy Mustang.
-¿Quién le digo que le llama? –Respondió la voz por el auricular con cierto aire cansino.
-Riza Hawkeye.
Y tras un segundo de silencio que me pareció eterno, contestó con un tono de voz más amable.
-Roy se encuentra en la academia en estos momentos.
-Ya veo. –Respondí yo, mientras reconocía que era ilógico que estuviera en esa dirección, después todo el mismo había dicho que se marcharía a la academia militar.
-¿Deseas dejarle un recado? –respondió la mujer, en un tono que me pareció inclusive hasta maternal, por alguna extraña razón confíe en esa desconocida que me hablaba con esa mezcla extraña de gentileza y dureza por el teléfono.
-Sí... –Y por un momento guardé silencio, no sabía que decirle:
¿Qué lo necesitaba? ¿Qué mi padre estaba muriendo? ¿Qué la actitud del doctor no era particularmente alentadora?
No, no podía decirle eso.
-Dígale por favor que la salud del maestro Hawkeye, ha decaído bastante. Es todo, gracias.
Y sin decir más colgué, desconocía si mi mensaje llegaría algún día a los oídos del ex estudiante de mi padre, pero mi duda rápidamente fue desechada.
Al día siguiente a primera hora de mañana estaba Roy Mustang frente a la puerta de la casa, ataviado con ropas de militar, una mochila con sus pertenencias, profundas ojeras bajo los ojos y la expresión en su rostro de haber pasado la peor noche del mundo.
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Si las piedras hablaran, yo les pediría a estos lugares que me hablasen del pasado, que me dijeran si es verdad que este cuerpo destrozaba las montañas, si este corazón enfermo, no cesaba de palpitar, y esta boca de reír. Si estos sentimientos no conocían el dolor, y si esta imagen no era un adorno para cada corazón. Una vez más, ¡Que Dios perdone al tiempo!
Naguib Mahfuz
Dulce Locurilla Verdad?! Amo a Hughes, he de ser sincera el capitulo lo escribí antes de ver la ova de cuando Roy y Hughes están en la academia, en donde Hughes es más serio y mucho más frío y profesional, aún así, me guíe por mi gusto y dejé así el capitulo, espero que te guste la continuación. Saludos! :D
diana carolina jajaja… Gracias por leer y por el review, espero que te guste este cap.
Muchas gracias por leer. :)
María de las Mareas
