Decisiones

-¿Qué harás de ahora en adelante? –Me preguntó Mustang-san apesadumbrado con las manos ocultas dentro de su gabardina.

-Pensaré sobre ello –Respondí sin atreverme a verlo a los ojos - pienso que de alguna manera seré capaz de vivir por mí misma.

-Ya veo... –Y sacando una de sus manos de dentro de la gabardina me entregó una pequeña tarjeta de presentación -si algo pasa, puedes visitar a las autoridades milicias en cualquier tiempo, probablemente estaré en la militarizada de por vida.

-¿De por vida?

-Sí.

-Eso es mucho tiempo. - Reconocí volviendo al presente mientras jugueteaba distraídamente con la tarjeta de presentación entregada a mi persona hacia al menos seis meses atrás.

-Por favor, no mueras. –Supliqué como si estuviera en él, la decisión de vivir o morir, y él me miró con expresión temerosa.

-No digas cosas tan siniestras. –Y su voz tembló en la última silaba.

Y yo reí con nostalgia, mientras recorría mi hogar pausadamente, confirmando no olvidar nada.

Odiaba admitirlo pero le extrañaba, en esa enorme casona vacía, sin más compañía que los libros de alquimista de mi padre y viejos trastos sin valor, la presencia de Roy Mustang, me hacía más falta que nunca.

Apreté los labios.

Todos a quienes conocía y quería se habían ido ya, dejándome esa indeseable sensación de vacío, miré la tarjeta de Mustang entre mis manos... pero por alguna extraña razón me lastimaba más el abandono del joven cadete, que la misma muerte de mis padres.

Me detuve frente a la puerta del despacho de mi padre, conteniendo el impulso de tocar antes de pasar, suspiré cansinamente mientras traspasaba el umbral, recorrí la habitación con la vista, Mustang había tenido la atención de limpiar su escritorio para evitar dejar cualquier rastro sanguinolento, aún así el olor a muerte y sangre estaba presente en el ambiente, o tal vez fuera solo mi imaginación.

Recorrí el lugar mirando con desprecio los anaqueles repletos de papeles, libros y pergaminos, una extensa colección que cualquier alquimista hubiera deseado tener, en mi caso esos libros no significaban nada más que la ciencia que había llevado a mi padre al borde de la locura.

Me senté en la silla de cuero tras el escritorio, intentando ponerme en su lugar, miré a un lado y a otro, sintiéndome incomoda, no, definitivamente no lo comprendía, dejar al lado a su única hija por esa obsesión con la alquimia, no, me era imposible entenderlo.

Y deslicé mis finos dedos contra la madera del escritorio, repasando en algo que no había visto, acomodada entre varios otros papeles pulcramente alineados, estaba una carta con mi nombre, elegantemente plasmado en el papel, la reconocí enseguida como la letra de mi padre.

Di vuelta para revisar que aún sello en laca seguía inalterable, y sin esperar un segundo la abrí, esperanzada con encontrarme unas últimas líneas dedicadas solo para mí, dentro venían varios papeles de tamaño considerable, los desdoblé con cuidado, llevándome una desilusión.

Ninguna carta o palabra hacia mi persona venía dentro, en su lugar, tenía entre mis manos la escritura de la casa, en algún momento, (desconozco si Mustang le había ayudado para su cometido) mi padre me había dejado como dueña absoluta de esa casa, el papel estaba notariado, por lo cual su valor era irrefutable.

Guardé las escrituras dentro del sobre, dejándolas en el mismo lugar de donde las había tomado, por un segundo me sentí tonta de esperar cualquier clase de atenciones por un hombre que jamás las tuvo hacia mí estando en vida, menos aún muerto; si bien le agradecía el ofrecerme dicha propiedad, le hubiera agradecido mucho más, algunas palabras de consuelo, así tuviera que vivir bajo un puente.

Me levanté de la silla con pasos pausados, dirigiéndome hacia los libreros de mi padre, recorriendo con la mirada las estanterías de pared a pared; ahí no había nada más que conocimientos, ningún sentimentalismo, ningún indicio de tener una familia, ni una foto de mi madre o mía, o por lo menos de Mustang, que le regresó su vitalidad durante su estancia.

No había nada.

Me mordí el labio inferior y entonces desconociéndome por unos segundos, tomé los libros más cercanos a mí y los tiré al suelo, seguidos de otros y otros más, estaba molesta, pero no solo por la muerte de mi padre, eso solo había sido la gota que había derramado el vaso, estaba molesta por todo:

Por ser una repudiada en ese pueblucho, por haber perdido mi madre a una edad que ya ni siquiera la recordaba, por haber sido dejada atrás por Mustang, por la indiferencia de mi padre y su investigación marcando por siempre mi espalda.

Tiré y tiré los libros y no paré hasta que la mitad de una estantería estaba vacía, no me importaba en lo absoluto si se maltrataban, o se rompían, para él habían sido sus mayores tesoros, para mí no eran más que basura, la ciencia que me había arrebatado a mi padre.

Dejé caer un último libro de la estantería más alejada contra el suelo, levantando una nube de polvo. Y yo me dejé caer el piso junto con él, el libro se abrió por la mitad, saliendo de dentro de sus hojas un par de fotografías que salieron disparadas hacia distintos lados de la habitación.

Con pesadez alargué mis dedos hacia las impresiones, sorprendiéndome.

En una fotografía estaba mi madre, joven y hermosa, no debía de tener más de 19 años, sonreía hacia la cámara de forma afable, llevaba el cabello largo hacia la cintura y un vestido blanco, luciendo como una princesa.

En la otra estaba mi padre todavía joven, mi madre igualmente hermosa a su lado, y envuelta en un manojo de cobijas, estaba yo, apenas un bebe de meses.

Miré con aprensión las fotografías.

-¿En qué momento cambio tanto?

Me era imposible pensar en él como el hombre fuerte y sereno que la imagen que entre mis dedos me mostraba, recordaba desde siempre a mi padre como débil y enfermo, decayendo aún más tras la muerte de mi madre.

Apreté las fotografías entre mis dedos, girándolas esperanzada en encontrar la fecha en que se habían tomado. Alcé las cejas al notar que al contrario de la foto de mi madre, en lugar de una fecha, venía un círculo de transmutación, lleno de signos inconexos. Seguido de su nombre furiosamente garabateado.

Elizabeth Hawkeye

Entorné mis ojos.

Solo entonces lamenté no comprender la alquimia, de haberlo entendido su incurable enfermedad y su más aún extraña muerte, habría tenido más sentido; pero para mí en ese momento, él solo había logrado arruinar una de las pocas fotografías que tenía de ella, mancillando su recuerdo con su malsana obsesión.

Guardé ambas fotografías dentro de una de las bolsas de mi blusa, dejando atrás el despacho de mi padre.

Llevé nuevamente mis ojos hacia la tarjeta de presentación, observe en su letra su nombre y dirección militar, me pregunté tontamente si me hubiera dado la tarjeta tras haberlo besado.

Las mejillas se me colorearon al recordar los últimos momentos que compartí con él.

Probablemente no.

No lo culpaba por marcharse y dejarme, después de todo era mi decisión haberlo besado y no me arrepentía, y él tenía algo mucho más importante que seguir, un sueño por el cual estaba dispuesto a dar su vida.

-Podría morir algún día en el lado del camino como una basura... –Y él sonrió como si la sola idea de verse agonizante en una zanja le causara gracia - Incluso así, si pudiera convertirme en una piedra fundadora de este país y ser capaz de proteger a todos con estas manos, pienso que sería feliz... perdón... terminé hablando de mi ingenuo sueño.

Y le miré rascar con torpeza su nuca, avergonzado miró hacia otro lado, aún actuaba como un niño.

-No, pienso que es un sueño maravilloso.

Y lo creía en verdad, desconocía si Berthold Hawkeye hubiera estado de acuerdo con mi decisión, pero no había marcha atrás, solo había una cosa que si sabía: Mustang se marchaba al ejército y yo lo único que quería era que permaneciera con vida.

Él tenía una misión, yo también la tenía.

Entorné mis ojos, mientras me dirigía a la puerta principal, al lado había una pequeña maleta con mis pertenecías, aún dudaba sobre mi decisión de no informarle de mi ingreso a la academia militar, era la correcta, pero si se lo dijera, si le enviara una carta a la dirección que me proporcionó, estaba segura que se opondría, negué con la cabeza.

-No, lo mejor era no decirle nada.

- Lo siento, Mustang-san –Y tomé la tarjeta – pero no dejaré que mueras al lado del camino como una basura.

Miré el papel entre mis dedos, me había prometido ayudarme por si necesitaba cualquier cosa, no tenía a nadie más en el mundo, familia o amigos, alguien que velara por mí en alguna emergencia.

Aún así sin dudarlo, tomándola de las esquinas rompí en dos la tarjeta, no me interpondría nunca ante su sueño, no sería una lastre para él, y sin no antes echar un rápido vistazo, di la vuelta cerrando la puerta tras de mí.

"Si todo pereciera y él se salvara yo podría seguir existiendo; y si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo entero se convertiría en un desconocido totalmente extraño para mi"

Saga Crepúsculo.

Gracias por leer!

Maria de las Mareas