Roxanne

Lancé un bostezo aburrido mientras miraba el techo del local de Madame con expresión adormilada, noté una mirada peligrosa que mi tutora me lanzó desde detrás de la barra y yo apresuradamente volví la vista hacia la escoba, seguí barriendo el piso del local.

Lancé un suspiro sin atreverme a dejar de barrer, algunas veces odiaba las vacaciones, si bien podía dejar la Academia Militar durante dos semanas, a veces no sabía que era peor, si el duro plan de estudios de los militares o el excesivo trabajo en casa de Madame.

Bueno, era eso o ir de visita a la casa Hawkeye, Madame había insistido; el primer año en que saliera de viaje, tal vez a Ciudad del Este, que ella pagaría mi pasaje de ida y vuelta, que debería seguir en contacto con aquellas personas importantes de mi niñez.

Con mejillas arreboladas negué su oferta rotundamente y ella, evidentemente sorprendida no volvió a insistir. Si tuvo alguna sospecha de si pasó algo entre Riza y yo, jamás me lo dijo.

Cerré los ojos y por unos momentos la vieja y descuidaba casona del maestro, acudió a mi recuerdo, muy a mi pesar sonreí con nostalgia.

Aunque he de admitir que la idea de Madame me tentaba, había tomado la decisión de no volver a Ciudad del Este, no podía volver a ver a Riza, ni pisar la casa del maestro, no después de nuestro último encuentro.

-¿Rooooooooooy? –Llamó encantadoramente una de las chicas de Madame sacándome de mis pensamientos, me volvía hacia ella, mientras con una sonrisa señalaba con una mano el teléfono del local.

-¡Te busca tu amigo, Maes!

Y yo haciendo una grotesca pantomima, me negué totalmente a contestar, la chica soltó una risita mientras daba una mala excusa del porque no contestaba al tiempo que yo me volvía hacia mi labor.

Hughes no se cansaba de invitarme a salir con él y su perfecta novia Gracia, pero la sola idea de pasar un día entero cual mal tercio de una enamorada pareja me ponía enfermo.

Madame insistía en que era un joven apuesto, que debía buscar una buena chica y pensar en sentar cabeza como mi muy "sensato" amigo Maes, reí entre dientes, ese era el sueño de Hughes, más no el mío.

Jamás llegaría el día en que Roy Mustang pensara en el matrimonio, ¡jamás en la vida!

-Buenas noches –Llamó una voz que yo no reconocía, tierna y seductora una extraña combinación que aún me pone los pelillos de la nuca de punta, yo me volví distraídamente.

-Buenas... –Y fui incapaz de terminar la oración, me quedé mudo, delante de mí, estaba una mujer desconocida para mí: ¡era preciosa! llevaba un vestido de ceñido oscuro y el cabello rubio y ondulado sujeto con un sencillo moño a su espalda, dejando que unos mechones cayeran graciosamente por sus hombros, sus ojos dorados se posaron en mi persona.

Río como si hubiera encontrado todo aquello muy gracioso.

-Tú debes ser Roy. –Y me regaló una sonrisa enmarcada en labios rosas y yo aún mudo, me quedé mirándola como un idiota, ignorando que ella lucía como una princesa de cuento de hadas y yo como un pobre chiquillo con apariencia de mal conserje.

Pude ver como movía su boca para decir algo más, pero cualquier palabra que pudo haber dicho, quedó ahogada tras una reverencia formal. – Ohhh –Y sus ojos se volvieron hacia detrás de mí - Buenas noches, Madame.

-Buenas noches. –Respondió mi tutora a mi espalda, encendiendo un cigarrillo con los ojos bien clavados en la mujer.

La preciosa rubia me echó un último vistazo antes de volverse hacia la puerta de entrada, un cliente había llegado y la mujer rápidamente entre risas y gorjeos se había encaramado a su brazo.

-¿Madame Christmas? – Pregunté yo con los ojos clavados en la pareja que ya ocupaban un sitio y pedían (a petición de ella por supuesto), la botella del vino más costoso.

-mmph –respondió ella apretando un cigarrillo entre los labios.

-¿Quién es ella? ¿Es nueva?

Los ojos de Madame se posaron en la mujer que había llamado mi atención y sin darle demasiado interés, contestó.

-Se llama: Roxanne, y si, es nueva.

-Ahhh –fue mi boba respuesta, mientras me volteaba a verla totalmente embobado, a los pocos segundos una bocanada de humo de cigarro me dio en plena cara, tosí hasta sacarme las lágrimas.

-¿Qué no tienes algo que estudiar, Royboy? –Cuestionó Madame mirándome de una forma que daba miedo -Sube a tu habitación y no me estés haciendo perder el tiempo.

-Pero...

-Sube.

Y me encaminé hacia mi cuarto cual perro regañado, subí las escaleras sin voltear atrás, tal vez si lo hubiera hecho me habría dado cuenta de que la chica nueva, sonreía con los ojos clavados en mí.

Las días siguientes a mi ocurrente comentario, fueron un verdadero infierno Madame insistía que debía de concentrarme en mis estudios de Alquimia, y yo por primera vez, prefería quedarme en la barra del local que encerrarme a leer. Tenía 19 años y aquello que saciaba mi curiosidad, no estaba en los libros.

Pasaba gran parte de mi tiempo mirando a Roxanne, me alegraba comprobar que más de una nuestras miradas se entrecruzaron; y ella sonreía coqueta, y yo con eso me bastaba para sentirme en el cielo, era bastante evidente que me tenía totalmente idiotizado.

De modo que una noche...

Había pasado buena tarde leyendo en mi habitación, hasta que el sueño pudo más que yo y caí rendido, lo siguiente que recuerdo fue a Roxanne llamándome suavemente, me había llevado la cena.

-Roy –susurró con una sonrisa con sus perfectos labios enmarcados en carmín, mientras yo me levantaba con rapidez. Había dejado sobre mi escritorio una charola con comida. Pero no se había limitado solo a dejarla y marcharse como hacían generalmente. Me volví a verla intrigado.

-Estás muy delgado. – Respondió ella a mi muda pregunta – debes comer algo.

-Gracias, pero no tengo hambre. –Contesté, aclarándome la voz en un par de ocasiones.

-Tienes que comer algo, Royboy. –Puso la charola sobre mis piernas. Se cruzó de brazos mientras yo me moría de vergüenza. ¡Detestaba ese mote!, era vergonzoso y solo se lo permitía a Madame por el lazo consanguíneo que nos unía, pero a nadie más, ¡absolutamente nadie más!

-¡Oye! –Gruñí, mientras hacía a un lado la charola y me ponía en pie – ¡Nadie te da el derecho de decirme de esa forma!

Me enfrenté a ella, aunque era visiblemente más joven que ella, era notoriamente más alto, a pesar de mi juventud. Esperé amedrentarle un poco con mi estatura pero obviamente no se atemorizó.

-Vaya, lo que dicen es cierto -sonrió de una forma increíblemente seductora - en verdad eres lindo.

Y se puso en puntillas para darme un suave beso en los labios, ante mi asombro.

Esperó unos segundos mi reacción, pero yo era solo un joven inexperto, así que mi reacción fue simple: quedarme como piedra en mi lugar con los ojos como platos, las mejillas coloradas y el corazón bombeándome a mil por hora.

-¿Te ha gustado? –preguntó ella con una ingenuidad que no iba con ella.

Sentía la garganta tan seca que solo respondí "si" con un movimiento de la cabeza.

Una suave sonrisa se dibujó en sus labios.

Al primer beso le siguió otro y otro más, cada uno más intenso que el anterior.

Aún recuerdo lo increíblemente paciente que fue ella conmigo, además de mis solitarias experiencias, apenas conocía nada sobre el sexo. Y ella fue una excelente maestra; tenía 33 años y yo solo 19.

Aprovechábamos cada momento a solas, conscientes de que cuando Madame se enterara no tendríamos ni un día más, ambos sabíamos que la dueña no permitiría que su sobrino se involucrara con una de sus chicas.

Pero aún así decidimos arriesgarnos. Madame no podría separarnos, no al amor verdadero o eso creía infantilmente en esos momentos.

Apenas amanecía, tenía a la preciosa rubia dormida a mi lado, y mi cuerpo adolorido me hacía recordar la maravillosa noche que habíamos pasado. Todo hubiera sido perfecto de no ser por una enorme figura sentada entre las sombras, el olor a humo de cigarro me hizo comprender perfectamente de quien se trataba.

-¿Madame? –pregunté con voz queda.

-¿Pasaste buena noche, Royboy? –Y sabía que estaba en serios aprietos.

Quería contestarle algo, de verdad que quería, pero las palabras se negaban a salir de mis labios. Me senté en el borde la cama con las sábanas cubriendo mi desnudez.

-Roxanne, ¿puedes dejarnos a solas? –dijo Madame a mis espaldas, Roxanne evidentemente había escuchado a Madame y le miraba con una expresión inmutable en el rostro, así que tomando apresuradamente su ropa y vestida con una sábana, dejo la habitación sin decir nada.

-Madame… esto… -Y bajé los ojos avergonzado.

-Sí, ya me sé esa historia –Y lanzó una bocanada de humo al techo antes de seguir - vas a decirme que estás enamorado de ella, que quieres casarte con ella y tener un montón de hijos a su lado, si Royboy, esa historia ya la conozco.

La miré sorprendido, si ella entendía todo cuando sentía por Roxanne, porque estaba ahí mirándome cual si hubiese cometido un delito. Madame lanzó una nueva bocanada de humo.

-¿Madame?

-Vas a convertirte en un buen hombre –Aseguró y su voz se tornó peligrosa - pero, para ello tendrás que esforzarte, el camino no es nada fácil. Y enamorarte de una cualquiera, no te ayudará en lo más mínimo. ¡¿Crees que te tomé bajo mi cuidado para que termines siendo un inútil que intenta encontrar el amor en un bar?!

Bajé los ojos hasta el piso, me hubiera gustado gritarle: que no necesitaba su ayuda ni sus consejos, que realmente la amaba, que yo cambiaria las cosas por ambos, pero muy en el fondo sabía que no era cierto; los ojos me picaban y sentí un profundo deseo de llorar, que reprimí apretando los labios, no lloraba desde hacía años.

-No, Madame –fue mi única respuesta.

-Ahh… -Se levantó de su lugar camino hacia mi lado y meció mis oscuros cabellos -sabía que esto iba a pasar, tarde que temprano iba a pasar, éste no es el mejor lugar del mundo para criar a un niño y después de todo ya eres todo un hombre, era evidente.

Moví la cabeza hacia el espejo no estaba totalmente seguro de a qué era lo que se refería, aún me consideraba un mero adolescente sin mucho que ofrecer, sin embargo el reflejo del cristal le dio la razón, las facciones redondas de las niñez se habían marchado, mi rostro estaba mucho más afilado, mi cabello caía elegantemente por la frente, ¡estaba alto! Mucho más alto de lo que creí. El reflejo me devolvió la imagen de un hombre adulto joven, desconocí en qué momento se dio semejante cambio.

-¿Qué será de ella? –Cuestioné, sabiendo la respuesta de antemano.

-Se irá por supuesto, pero no te preocupes –Añadió al ver mi cara de preocupación- tengo mis contactos, la tratarán bien. Sin embargo, ese será su castigo por haberme quitado a mi niño.

-Comprendo.

Fue lo último que pronuncie y ninguno de los dos dijo más, no sé en qué momento, me dejo solo Madame, pero cuando miré alrededor, ya no estaba.

Roxanne se fue ese mismo día, tal como prometió Madame Christmas y nunca volví a verla.

Siempre tuve la duda del porque una mujer tan guapa como ella, deseó estar conmigo, pero la visión que me ofreció el espejo tras hablar con mi tutora me dio la mejor respuesta, desde hacía tiempo que había dejado de ser un niño.

Los siguientes días me enclaustré en mi alcoba para recuperar el tiempo perdido, durante el día leía hasta que ya no podía más y por las noches, me acostaba con cuanta mujer pudiera ofrecerme el bar, chicas de Madame, alguna cliente despechada, no importaba, di buen uso de mi encanto natural, y la sutileza que aprendí de Roxanne, fue bien empleada, era díficil que cualquier mujer pudiera resistirse.

Podía ver la mirada de reproche de Madame tras la barra, pero como ya era una costumbre en nuestra relación ninguno de los dos dijo nada.

Fue mi muda protesta contra el despido de Roxanne, cualquiera que fuera mi razón, Madame no se opuso en esta ocasión, tal vez se había dado cuenta que no podía despedir a todas sus chicas, o tal vez estaba conforme porque mis estudios no se atrasaban ni un ápice o quizás y de esto último estaba más que seguro, estaba tranquila porque sabía que no volvería a cometer el error de enamorarme.

A los 19 años tenía más experiencia que la que muchos hombres pueden presumir de tener a los 30. Pero eso ya no me motivaba en lo más mínimo, Madame apenas prestaba atención a mi protesta y mis objetivos de mejorar en la Alquimia eran más fuertes que el de ocasionarle un disgusto a mi tutora.

¡Tenía que seguir aprendiendo! ¡Ser el mejor alquimista de toda Central! Se convirtió en mi objetivo principal.

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Lo que hoy siente tu corazón, mañana lo entenderá tu cabeza.
Anónimo

Muchas gracias por leer.

Maria de las Mareas