Ishbal

Miré a mi compañera de cama en la academia militar, la morena sonreía cual chica enamorada que era, se miró en un espejo pequeño que teníamos entre nuestras pocas posiciones, la vanidad en la academia militar era un lujo, que solo algunas veces podían darse.

-Aún es temprano –dijo ella mirando su reloj de pulsera.

-¿Dónde lo verás? –pregunté por mera cortesía, sin despegar la vista del arma que desarmada sobre mi cama me encargaba de limpiar y aceitar. -¿Rebecca?

-En el parque central a las dos –contestó.

Y yo la miraba de reojo, la academia militar pese a sus exigencias no era una prisión, los estudiantes que así lo quisieran, podían salir los fines de semana, con su familia, amigos o en este caso un pretendiente, siempre respetando el toque de queda, el que no lo respetara, sería fuertemente sancionado, aún así Rebecca siempre se las ingeniaba para burlarlo.

Miré a la castaña a mi lado, que reflejada en el cristal de 5 por 5, remarcaba bien sus labios con un labial rojo carmín. Lanzó un beso al aire y sonrió satisfecha de su imagen.

-Este es el indicado, Riza, ¡ya verás!

-¿El indicado? –pregunté distraídamente, cada mes salía con un hombre diferente y cada mes, ese nuevo chico, era el indicado.

-¡Daniel es perfecto! –Y sonrió con sus dientes blancos y brillantes y enumerando con sus dedos se puso a contar lo que ya había recitado toda la semana: –es rico, alto, bien parecido, estudiante de últimos grados en la academia militar masculina, podremos casarnos apenas salga de la Academia y...

-Aja. –respondí mientras rearmaba mi pistola a una velocidad encomiable, sonreí satisfecha cuando con un ultimo click, comprendí que el arma había sido ensamblada correctamente, tomé de mi lado derecho, un cronometro parándolo en el acto.

30 segundos.

Fruncí la nariz insatisfecha mientras volvía a separar las piezas de mi pistola.

–Por cierto, Riza –dijo Rebecca sentándose a mi lado – siempre me he preguntado porque tú nunca tienes citas.

La última pieza de mi pistola cayó hasta el piso haciendo un ruido titilante, haciendo que Rebecca y yo miramos la pequeña pieza de metal a nuestros pies en silencio; no podía considerárseme una persona de manos torpes, menos siendo reconocida como una de las mejores en manejo de armas de mi clase, noté como una sonrisita de suficiencia aparecía en el rostro de Rebecca, mientras yo me encogía en hombros y me agachaba a recoger la pieza de metal.

-No conozco a nadie. –Respondí y tras un click, di por terminada el ensamble de mi pistola.

-¿En serio? –Dijo la morena incrédula de mis palabras -¿Me estás diciendo que con tus 20 años no hay un solo chico que te guste siquiera un poquito?

Y yo guardé silencio, sin poder evitarlo mi mente me jugó una mala pasada, y la imagen de Mustang-san, sonriendo de lado acudió a mis recuerdos. Negué con la cabeza.

-No, Rebecca –apreté los labios - no conozco a nadie que sea de mi total agrado.

-Buf- Y se puso en pie de un salto y con malas puestas como jarras dijo - ¡pues eso tenemos que arreglarlo inmediatamente! –Dijo la morena con esa misma sonrisa en sus labios – Llamaré a Daniel y le diré que traiga un amigo, podemos salir los cuatro y...

-No te molestes –le corté rotundamente, mientras me dirigía a la salida - no es necesario. Iré a practicar al campo de tiro.

-¡Que aburrido! –Chilló ella -es fin de semana y tú practicando en el campo de tiro.

-Quiero mejorar mis habilidades –Contesté desde la puerta.

-Ya, ya... –contestó ella con fastidio -mejor di que quieres escapar de esta magnífica oportunidad, ¡puede ser el amor de tu vida, Riza!

Y yo rodé los ojos, algunas veces Rebecca era simplemente desesperante.

-Suerte en tu cita, Rebecca Catalina.

Y sin esperar a que me dijera una palabra más, salí rumbo al campo de tiro.

A veces no entendía a Rebecca en lo más mínimo, pese a su desvergonzada actitud, era una estudiante sobresaliente, especialista en armas, igual que yo. Las dos mejores de la clase, nos elogiaban siempre las profesoras, y aún así, cuando se acercaba al fin de semana, actuaba como una niña, eterna enamorada de un chico nuevo cada mes.

Cada mes era uno diferente, cada mes uno era más perfecto que el anterior, cada vez uno más rico, alto, guapo o simpático.

Sonreí, algunas veces la envidiaba, ¿Por qué no podía ser más como Rebecca?

Ella miraba a todos los hombres siempre diferentes, y siempre (de ser rico) les encontraba al menos una característica que le gustara, yo en cambio miraba a los hombres y encontraba siempre una característica que me recordaba a él.

-¿Me estás diciendo que con tus 20 años no hay un solo chico que te guste siquiera un poquito?

Sonreí con desgano mientras tomaba un rifle y me colocaba en mi posición de tiro, pecho tierra.

-Si supiera.

Apunté a mi objetivo por la mirilla del rifle, una silueta blanca y negra en papel, me regresó la mirada.

-¿Qué diría Rebecca si supiera que tenía sentimientos hacia el ex alumno de mi padre y no eran propiamente mero cariño fraternal?

Lancé el primer disparo, traspasando la hoja de papel limpiamente.

¿Qué era un miembro del ejército dos años mayor que yo y seguramente algún día Alquimista Nacional?

Lancé un segundo disparo dando en el blanco, sin problemas

¿Qué le entregué la mayor investigación de mi padre por el mero hecho de estar enamorada secretamente de él desde que era una niña?

Lancé un tercer disparo, la bala apenas rozó el papel, me había salido de mi objetivo. Decepcionada bajé el arma de mi hombro y me levanté con pesadez, las manos me temblaban, sin razón aparente, no podía concentrarme, debía volver, sin embargo, si volvía en ese momento a mi cama, corría el riesgo de toparme nuevamente con Rebecca y seguramente insistirá otra vez en el asunto de las citas.

Negué rotundamente, prefería pasarme el día dando vueltas por las instalaciones de la Academia antes que volver a tocar el tema.

Una puerta a mi lado se abrió estrepitosamente, poniéndome en alerta, por ella salió un hombre que yo reconocí como el llamado King Bradley, el hombre más importante de nuestro país.

Llevé mi mano hacia mi cabeza con un saludo militar, entre sorprendida y extrañada que el Fuhrer de Amestris estuviera en las instalaciones de la Academia Militar Femenina de la Ciudad del Este. Pese a su imponente cargo, el hombre se tomó unos segundos para sonreír gentilmente hacia mi persona, antes de dirigirse a la mujer a su lado, la Directora de la Academia.

-Espero su selección, General.

-La tendrá esta misma tarde, señor. –Respondió la directora con un gesto marcial, mientras yo inmóvil a su lado, me sentí incomoda y fuera de lugar, como respuesta, él lanzó un gesto de asentimiento antes de calarse el sombrero y desaparecer de nuestro campo de visión. Apenas el hombre desapareció, toda la tensión de la Directora, pareció recaer sobre mí.

-¿Qué hace aquí, Hawkeye?

Y yo respondiendo con gesto militar, llevé la mano a mi cabeza.

-Venía del campo de tiro, General. –Si había una respuesta satisfactoria, debía ser aquella, puesto que la mujer, accedió con una cabezada seca.

-¿Ultimo año en la Academia, Hawkeye?

-Así es, General. –Respondí, con los hombros echados hacia atrás. La mujer llevó su mentón como si estuviera analizando algo, le mire recorrerme sin disimulo de arriba abajo, mi postura era impecable. Se tomó unos segundos extras, antes de volverme a hablar.

-Puede retirarse.

-Gracias, General.

Y me fui tan rápido como me fue posible, sin entender lo más mínimo lo que había pasado, esa misma noche, tendría mi respuesta, y no sería nada grata...

Pude sentir el jaloneo de las manos de Rebecca, sobre mis hombros.

-¡Riza, despierta, despierta! –hablaba en voz queda para no despertar a nuestra compañeras, pero en su voz se oía una evidente nota de histeria.

-Uhh... Rebecca, ¿qué pasa? –Susurré amodorrada, la miré de reojo, tenía las mejillas coloradas como si hubiera vuelto corriendo de la calle, y seguramente así era, no era la primera vez que Rebecca se las ingeniaba para burlar el toque de queda -Si es sobre tu cita, podemos hablarlo mañana.

-No, no seas tonta –rugió ella, mientras me enseñaba una misiva que había sido dejada en el tablero de anuncios en algún momento de la noche – ¡Lee esto!

Me tomó un par de segundos enfocar la vista con la oscuridad, apenas la luz de la luna se filtraba por las ventanas, tomé la hoja que había sido arrancada con violencia del tablero.

Lancé un bostezo.

Los estudiantes de últimos semestres próximos a graduarse, serán transferidos a Ishbal al frente como entrenamiento.

Miré a Rebecca incrédula, no era ningún misterio que estábamos en guerra con Ishbal, desde hacía años, de hecho, había oído que en la Academia de Central, se mandaba a los estudiantes próximos a graduarse al campo de batalla, pero nunca a las cadetes femeninas y menos de Ciudad del Este.

-No puede ser cierto –dije releyendo el papel, como si hubiera alguna equivocación.

-Está pegado en todas las vitrinas –dijo Rebecca con voz queda.

-Eso explicaría la presencia de King Bradley. –respondí en voz baja tras unos segundos de silencio. Pude sentir la mirada inquisitiva de Rebecca sobre mí.

-¿King Bradley? ¿Aquí?

No me molesté en responder, al igual que Rebecca la noticia me había tomado por evidente sorpresa.

Poco a poco todas nuestras compañeras fueron despertando, dándose cuenta de la desagradable realidad, habríamos de partir a Ishbal, lo más pronto posible, antes de que acabara esa semana, todo el personal femenino próximo a graduarse, habría de estar en Ishbal, o en camino a, en menos de 4 días.

La frívola cita de Rebecca y su pretendiente apenas unas horas antes, me parecían ahora muy lejanos.

En mi grupo, éramos aproximadamente 30 cadetes femeninas que partimos a Ishbal, desde la ciudad del Este, al menos 8 perecieron en el campo de batalla. Y otras más dejaron la milicia durante o poco después de la guerra en Ishbal, solo Rebecca y yo continuamos de mi generación.

Y a veces me pregunto, si el seguir en el ejército no fue un error.

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La guerra es la obra de arte de los militares, la coronación de su formación, el broche dorado de su profesión. No han sido creados para brillar en la paz.

Isabel Allende

Muchas gracias por leer.

María de las Mareas.