Ojo de Halcón

El primer día de mi estancia en Ishbal, un hombre cano y de aspecto aburrido, nos dio la bienvenida a las cadetes provenientes de Ciudad del Este, como buen militar nos indicó las órdenes del campamento, que ya ni siquiera recuerdo, mientras iba separando a cada fémina relegándonos a un escuadrón diferente cada una.

Suspiré pesadamente, había esperando estar en el mismo regimiento que Rebecca o alguna de mis compañeras de clases en su defecto; no nos fue posible, Rebecca y yo nos despedimos con un solemne apretón de manos, esperando volver a vernos con vida.

Mi regimiento, era liderado por el Teniente CoronelHorch, un hombre joven, aunque de aspecto cansado. El teniente ni siquiera me dio la bienvenida, y aseguro que no deseaba aprenderse mi nombre, hasta que no viera si tenía o no aptitudes para estar bajo su cargo, sin embargo si me brindó un escueto tour por el campamento que habría de ser mi hogar hasta que la guerra terminara. Él caminó entre los cuerpos de militares heridos y apesadumbrados, sin pestañear siquiera, yo desde mi postura impecable de militar le seguí mirando todo sobrecogida.

Mi trabajo era simple, limpiar el camino para que los Alquimistas Nacionales entraran al territorio enemigo. El primer día de mi llegada a Ishbal apenas una hora después de haber pisado el campamento, me cargaron de un pesado rifle, y me enseñaron una torre creada por los mismos militares, con el objetivo ya señalado.

Subí los escalones de la atalaya, con mi superior pisándome los talones, quería comprobar lo que había leído en mi expediente, si mi trabajo con las armas era tan superior, como presumían en ciudad del Este.

Intenté parecer profesional; sería, fría, analítica, pero cuando me tiré al suelo y tuve en la mira a un Ishbal, titubee.

Enfoqué la mirilla contra el campo de tiro, y fue entonces cuando vi al hombre, era un Ishbal ciertamente, pero era un civil, no traía armas, y su condición era deplorable, no debía ser más que un vagabundo, sin embargo, era la única persona en esa área, me detuve esperando indicaciones.

-¿Lo tienes en la mira? –Dijo mi superior mirándolo a través de unos enormes binoculares.

-Sí, señor –respondí con la garganta seca.

-Dispara –ordenó sin dejar de ver por los binoculares.

-Es un civil. –Respondí yo a sabiendas que mi respuesta no le salvaría la vida.

-Es un Ishbal –contestó como si esa fuera suficiente motivo para morir - ¡dispara, maldita sea!

-Sí, señor. –Contesté mientras volvía mi rostro sudoroso hacia la mirilla, ese hombre iba a morir y ni siquiera lo sabía, pensé en él y todo lo que iba a perder, familia, amigos, hijos, novia, y no tendría tiempo de despedirse.

-¡Dispara!

Cerré los ojos antes de jalar el gatillo; lo tenía en la mira no podía fallar, escuché el casquillo de metal caer al suelo, mientras mi superior exclamó satisfecho.

-Muy bien, Hawkeye, muy bien –Contestó él con una sonrisa, mientras yo sentía nauseas - han sido al menos 800 metros, estoy sorprendido.

Abrí los ojos mientras veía por la mirilla nuevamente, el hombre al que había apuntado anteriormente estaba tendido en el suelo, sin vida, una mancha rojiza se extendía bajo de él, me sentí horrorizada pero no tuve tiempo siquiera para pensarlo, 3 Ishbalitas más al ver a un compañero caído, se habían acercado a él, pude ver correr a uno de ellos seguramente en busca de ayuda, los otros dos examinaban el cadáver, quise gritarles que se alejaran que estaban en la mira, pero estada demasiado lejos, y aunque estuviera cerca, me habría fallado la voz.

-Dispara. –Escuché a mi lado y sin atreverme a poner objeción esta vez, así lo hice, dos disparos más seguidos de dos hombres de piel morena y ojos escarlatas, muertos en la arena.

Solo entonces, recibí solo una buena bienvenida, el Teniente Coronel Horch parecía muy satisfecho de tenerme en su regimiento, no se cansaba de decirlo, me presentó a mis compañeros, (que apenas se molestaron en voltearme a ver), como: "El Ojo de Halcón", mi nombre, era lo de menos, dudaba siquiera que lo supiera.

Pase los dos primeros meses en la guerra de Ishbal como francotiradora, dos meses en los cuales lleve una lista mental de todas las personas que había asesinado:

96 hombres, 33 mujeres, 21 ancianos.

A todos y cada uno de ellos suplicaba su perdón mientras jalaba el gatillo, un perdón que a sabiendas no obtendría nunca.

Y entonces tras dos infernales meses en esa ciudad desbastada, le vi.

Me agaché a ras del suelo, y eché sobre mis hombros mi gabardina blanca, empezaba mi turno en la torre que veía siempre con aprensión, miré de un lado a otro a través del cristal de mi arma; cazando, no era tan fácil encontrar los Ishbalitas menos aún cuando los alquimistas estaban en el distrito, era raro que los oriundos salieran si ellos estaban ahí, aún así no era tan extraño que existieran ataques sorpresas.

Mis ojos recorrieron el área, cuando me pareció notar un movimiento a espaldas de unos soldados, platicaban tranquilamente en un área de francotiradores, o los tipos eran unos idiotas, o unos soberbios, como fuera, como colegas militares no podía dejarlos morir.

Ni siquiera se dieron cuenta el momento en que un hombre en los huesos y evidentemente desesperado intentó atacarles por sorpresa, se giraron lo más rápido que pudieron, pero no era suficiente, un solo disparo, un casquillo en el suelo, y el Ishbal cayó al muerto sobre la arena.

Suspire.

97 hombres, 33 mujeres y 21 ancianos.

Deslicé pesadamente mis ojos del cadáver del Ishbal, hacia los dos militares a quienes les había salvado la vida, uno, el más alto, señalaba hacia mi torre, le pude ver hablar a su compañero por la mirilla, mis ojos se desviaron entonces al segundo militar, y su presencia, me dejó sin aliento: ahí, mirándome con indiferencia, estaba: Mustang-san.

Por unos segundos, el rifle tembló entre mis dedos y sentí el fugaz deseo de apretar el gatillo con él en la mira, estaba idéntico, sus ojos oscuros se encontraron con los míos, sin saberlo, a cientos de metros de distancia, no, algo había cambiado en él, su expresión, más altiva, su mirada, sus movimientos.

Algo había cambiado en él.

-Mustang-san. –Llamé a sabiendas de que él no me escucharía.

-Ahh... ¿Dijiste Mustang, el Mayor Mustang?–Y mi superior se volvió curioso, mirando a través de los binoculares -Sí, lo es... –Y luego mirándome con una sonrisa torva añadió- podré congraciarme con el viejo Grand cuando sepa que uno de mis francotiradores defendió a uno de sus alquimistas.

-¿Alquimista? –Y mis ojos regresaron hacia él, no tenía dudas de las habilidades de Mustang-san, pero no pude dejar de sorprenderme al saber que ya ostentaba el titulo de Alquimista Nacional.

-El más joven de todos, el Alquimista de la Flama –respondió distraídamente–fue un gran revuelo, generalmente los alquimistas, tienen al menos 30 años al presentar el examen, dada la dificultad del mismo, pero él lo presentó apenas graduado de la academia, deberá tener unos 24 o 25.

-22 –respondí yo, levantándome e ignorando la mirada curiosa que me profería mi superior. –Permiso, para bajar a tomar mis alimentos.

El Capitán miró por sus binoculares a los militares y luego a mí, interrogante, aceptó con desdén, antes de despedirme con una cabezada seca.

-Tiene 20 minutos, Hawkeye.

-Señor. –E hice un saludo militar, sin poder evitarlo volví la vista hacia atrás, esperando ver a Mustang y su compañero, el lugar estaba desierto, solo el cadáver del Ishbal permanecía ahí donde había caído.

Bajé con pesadez las escalerillas de la torre, que para mí se había convertido en poco menos que prisión, y me acerqué al deplorable campamento militar, ignorando los gritos de agonía de los militares heridos a quienes les operaban con sus burdos instrumentos quirúrgicos, y el olor de pólvora que reinaba en el ambiente.

No, no podía prestar atención en nada, si no quería que se me revolviera el estomago, me dejé caer sobre un pedazo de madera que hacía de banquillo, alrededor de una fogata, mis compañeros de tropa me ofrecieron una taza mugrienta de té. Algunos ponían algo de licor traído por supuesto de contrabando, negué con la cabeza cuando me ofrecieron la alforja con vino. Y sin más, tomé la bebida espesa y asquerosa:

-Hola... –Y miré de reojo a un militar que se acercaba hacia mí, con un brazo en alto a señal de saludo -gracias por lo de antes –Y solo entonces pude reconocerlo como el militar al que le había salvado la vida- fuiste tú quien disparó ¿no?

Y mis ojos se volvieron hacia él, mejor dicho, hacia su compañero que en silencio y guardando distancia, intentando pasar desapercibido, me miró distraídamente, parecía no reconocerme, no lo culpaba, iba vestida totalmente diferente a la última vez que me había visto, además de la capucha sobre mi cabeza, ocultaba perfectamente mi rostro.

Me levanté dejando mi asqueroso té a un lado, y sin molestarme en contestar al militar alto y de lentes, mi vista se fijo en aquel que me habían señalado como el: Alquimista de la Flama.

-Ha pasado mucho tiempo, Mustang-san... –Y pude ver su evidente asombro dibujado en su cara, sus ojos se posaron sobre mí, y sus labios formaron una mueca mal trecha, me pareció notar al militar de lentes mirarnos extrañados, negué con la cabeza –No, quizás, debería llamarlo ahora: Mayor Mustang... ¿Se acuerda de mí?

Y se mordió los labios, y sus ojos se apagaron con extremo pesar, susurró como para que solo yo escuchara:

-¿Cómo podría olvidar?

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Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen.

Ernest Hemingway

Gracias por leer.

María de las Mareas