Casa
Miré a Riza de reojo, su figura perfecta perfilada por las llamas de la escueta fogata frente a nosotros, me recordó por unos segundos la última vez que la había visto, en su alcoba, con las rodillas sobre su pecho, con su espalda desnuda, ofreciéndome la investigación de su padre.
Hughes se había ido, ese loco e impertinente de Carmesí también, solo estábamos nosotros dos, tras más de 3 años nos habíamos vuelto a encontrar, en una situación, en la cual no hubiera deseado jamás.
Riza llevó su mano hacia una taza de té pringoso y bebió distraídamente, los dos en silencio, juntos, hombro con hombro, como hacía tantos años...
No, las cosas no eran ni siquiera parecidas a los tiempos en que estudie en la casona Hawkeye.
Ella tenía los ojos de una asesina, y no solo ella, yo también.
Riza vació su tasa, antes de volverse hacia mí.
-Yo también tengo que irme, Mayor –dijo Riza, tras un largo momento de silencio. –Solo me dieron 20 minutos, y no quisiera llegar tarde, se levantó del madero desvencijado que hacía de silla, y yo la imité.
-Permíteme acompañarte.
-No es necesario, Mayor.
-Insisto –Repliqué yo como cuando hacía de niño, y ella sabiendo que era terco desde la tierna edad de un infante, sabía que no podría hacerme cambiar de opinión así tan fácil, así, sin decir más empezó a caminar rumbo a la torre, conmigo pisándome los talones, no fue un camino largo, pero si incomodo, ninguno de los hablaba, pero al menos yo no lo necesitaba me bastaba con saber que Riza, estaba viva y a salvo en esa torre. Los francotiradores tienen menos posibilidad de morir, que aquellos que se encuentran en medio campo de batalla.
Apreté mis puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
-Aquí nos despedimos, Mayor –Se detuvo frente a la puerta de la torre.
-Sí, eso parece –Y miré la edificación con aprensión, antes de dirigirme hacia ella.
Riza, me miraba estoica y perfecta en su postura militar, esperaba dijera algo más, o se despidiera de mi con un saludo oficial, pero, no hizo más que tenderme su pequeña y fina mano como señal de despedida.
-Riza.
La tomé entre las mías, mientras ella me miraba pasivamente, entonces yo, imitando lo que hube hecho cuando era solo un infante, levanté su mano bien aprisionada entra la mía a la altura de mi boca, depositando un cálido beso en el interior de su muñeca, cerré los ojos y por un segundo me deje llevar, ahí debajo del olor a pólvora y muerte; estaba la Riza de verdad, aquella a la que había robado su primer beso, que actuaba siempre imperturbable, como si quisiera tener el control de todo, aquella que adoraba las manzanas y siempre compraba una para su padre y para mi, antes que para ella misma, aquella que me había besado tímidamente cuando me entregó la investigación de su padre y aquella que podía considerar mi mejor amiga.
Sonreí mientras abría perezosamente mis ojos, ahí frente a mí, estaba la visión más perfecta que jamás hubiera podido encontrar.
-Mayor –le escuché llamarme, pero no le contesté, levanté una mano hacia su mentón, tomándolo entre mis dedos enguantados. –Mayor. -Repitió consiente de mis intensiones, pero no me detuvo y sobra decir que yo tampoco lo hice.
Le besé apenas unos segundos y cuando me separé no pude evitar sentirme decepcionado, no fue como años atrás, dulce e inocente, en está ocasión, algo había cambiado, había sido como besar una pared; sus labios estaban fríos y agrietados por el polvo del desierto, sus mejillas pálidas, sin asomo de ningún tipo de rubor.
-Mayor –Y me miró de forma reprobable - le recuerdo que estamos en servicio.
-Lo lamento, Riza. –Y no solo me refería solo a eso–De verdad, lo lamento todo.
Y ella miró su atalaya, y luego a mí, se le estaban acabando sus 20 minutos, tal vez llegaría tarde, suspiro penosamente.
-No tienes de que disculparte.
-Tengo que –Contesté mientras llevaba una mano hacia mi cabeza - el maestro solo me pidió una cosa: cuidarte y lo he hecho increíblemente mal.
-Ya no soy una niña, Mustang-san. –Contestó ella, y la sonrisa por mis labios se extendió, miré sin disimulo a mi rubia colega, y luego lanzando un desganado suspiro, contesté:
-Créeme que lo sé.
Riza levantó una ceja, enfadada, esperaba que me reprendiera pero lo dejó pasar:
-Entré a ejercito por decisión propia y vine a esta guerra por mí misma –contestó con la seriedad que le caracterizaba- si el resultado no ha sido lo que esperaba eso es y será solo por culpa mía, ni tuya ni de mi padre, no te culpes por las decisiones de otros, yo y solo yo, soy la que tiene que afrontar las consecuencias de mis decisiones.
-Sería más sencillo –Y avancé hacia ella, intentando tomar uno de sus rubios mechones, ella dio un paso atrás, y yo bajé mi mano con desgano - solo rendirse.
-¡Eso es demasiado fácil! –Contestó con su ojos enmarcados en las largas pestañas doradas sobre mi- hemos hecho cosas horribles y dudo que algún día podamos pagar por nuestros pecados, pero rendirse no es más que la salida de un cobarde.
Apreté mis puños furiosamente, tenía razón, como siempre, era más pequeña que yo, por edad y estatura e inclusive rango militar, pero para mí, era más grande que el mismo Bradley, lancé una risotada cansada.
-Nuevamente te ofrezco una disculpa, Hawkeye –Fue la primera vez que empecé a utilizar su apellido. –he pensado en ti, como lo que ya evidentemente no eres.
Sonrió con desgano, y no sin antes abrir la puerta, se volvió hacia mí:
-Debo irme.
Susurró y se marchó sin mirar atrás, yo no pude hacer otra cosa más que imitarte, por el radio se nos informó que el último sector Dariha, sería invadido esa misma tarde, se rumoraba que eran los últimos sobrevivientes de Ishbal.
Caminé por los caminos poblados de cadáveres hacia donde un soldado con arma en mano, apuntaba. Me acerqué hacia él, mirando su presa, un hombre viejo, herido de bala en el abdomen, y un perro muerto entre sus piernas.
-Anciano –llamé –eres el último ¿hay algo que quieras decir?
Y el rió ante mi sorpresa, levantó sus ojos apagados y sin dejar de sonreír, solo dijo dos pequeñas palabras.
-Te maldigo.
Un chasquido de mis dedos y fue suficiente, me di media vuelta y yo informé a mi base, el último Ishbal muerto por mi propia mano, me maldijo, razón de sobra tenía para hacerlo.
Regresé a mi campamento con aire cansino, busqué sin querer alguna cara conocida, Hughes, Riza, alguien, nadie, ninguno de los dos estaba cerca, aunque no era creyente, recé una apresurada plegaria a Dios, porque ambos estuvieran con vida.
Me senté pesadamente contra una piedra enorme, seguro residuos de alguna batalla, y suspiré, la guerra finalmente había terminado.
Miré desde lejos a mis compañeros militares, todos sin excepción se les veía irrefutablemente contentos, jocosos, alegres, esperanzados, finalmente la idea de dejar esas tierras polvorientas, estaba a nada de ser solo un mero sueño.
La guerra había concluido, todos los distritos estaban bajo orden militar, nos había informado por todos los medios posibles, ¡Debía estar contento!
¿Entonces porque no lo sentía así? ¿Por qué no podía unirme a sus gritos de júbilo de mis camaradas?
¿Por qué me sentía tan ajeno cuando me invitaron un trago mis subordinados?
Sonreí con desgano.
Porque no sabía ni siquiera el nombre de ninguno de ellos.
Fabio, Charlie, Richard, Alberto, Denno, Alessandro.
Se presentaron ante mí, en el último día de mi estancia en Ishbal, todos y cada uno miembros de mi batallón, ni siquiera los conocía, eran ajenos a mí, si hubieran muerto durante la batalla ni siquiera lo hubiera sabido.
Me aseguraron que estaban contentos con mi actuación, orgullosos de haber sido protegidos por El Alquimista de la Flama.
Me despedí de ellos con un saludo militar. Con una sola frase escapando de entre mis labios.
-Gracias por sobrevivir.
Pero en realidad, no me importaba, solo había dos personas que realmente deseaba sobrevivieran, el primero, palmeó mi espalda con una sonrisa desganada en los labios, le vi a través de sus gafas rotas, en una mano llevaba aprisionada la única carta que hubo llegado a sus manos.
Y la segunda. Ahí pequeña y alejada de todas las celebraciones de los militares, estaba ella, a pie de un montículo con un madero cual tumba, me acerqué hacia Riza, sin siquiera despedirme de Hughes, él no intentó seguirme.
-¿No vas a regresar? –pregunté mientras ella seguía aplanando la tierra con sus manos. –Te van a dejar atrás - No me respondió, y entonces yo, mirando el madero con expresión apesadumbrada, miré lo que creí fuera más que un simple compañero.
-¿Es un camarada?
-No... Es un niño Ishabalita, le dispararon y le dejaron al lado del camino.
-Vámonos –y tendí mi mano hacia ella, ni siquiera se molesto en voltearme a ver -La guerra ha terminado
-No –Y sus ojos siguieron clavados en el madero –La batalla de Ishbal, no ha terminado dentro de mi... tengo que pedirle un favor, Mustang-san.
Y no pude pasar por alto, que había dejado mi titulo de Mayor por un lado, como si estuviéramos hablando nuevamente como hacía años atrás.
-Por favor, queme y triture mi espalda.
Y por unos segundos me quedé en blanco, ¿realmente me había pedido eso?, la pequeña imagen de Riza sobre el montículo de tierra, ofreciéndome su espalda, me confirmaba su petición, la sangre se agolpó en mi cabeza.
-¿Qué estás...? –Grité furioso - ¡No hay forma en que yo pueda...!
-Al menos –Y me pareció verla encogerse en su lugar apesadumbrada –Si no puedo reparar esto, entonces al menos evitaré que nazca un nuevo Alquimista de Fuego, así los secretos que tiene mi espalda, no podrán ser usados, y así podré dejar a un lado los vínculos con mi padre y la alquimia para llegar a ser solo Riza Hawyeke...
-...
-Por favor.
Y sus profundos ojos castaños se encontraron con los míos, me saqué de dentro de mí chaqueta militar mis guantes con el símbolo que el maestro, hubo dejado bajo mi cuidado. Me dio la espalda, nuevamente, y ahí esperando en silencio, lejos de cualquier militar que pudiera vernos y juzgarnos.
Un mero chasquido y cambiaria para siempre su vida, yo lo sabía, ella también, pero era apenas una pequeña parte del precio que ambos debíamos de pagar por nuestros pecados.
Un solo chasquido, había arrebatado vidas a inocentes en esa guerra, mujeres, niños, meros civiles. Pero nada de ello se comparaba con ésto, nada de ello, prometí protegerla, y ahora la lastimaría yo mismo con mis propias manos...
¿Dios, si de verdad existes... realmente me he equivocado tanto?
¡Yo... solo quería ayudar a la gente!
Riza me miró de soslayó, no pude evitar temblar, sus ojos dorados se postraron en mi, sonrió con gentileza, sabía que no me culparía, sabía que podía perdonarme...
¿Pero podría perdonarme alguna vez yo?
-Roy.
Cerré los ojos... un simple chasquido...
Riza cayó al piso mugriento de Ishbal, con quemaduras de tercer grado mancillando su piel, rápidamente contacté al único doctor de mi confianza en esa guerra un tal Knox, parecía ser el único medico decente entre todos, y tras asegurarme, que estaba en buenas manos, regresé a casa.
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Lo que dejamos atrás y lo que tenemos por delante no son nada comparado con lo que llevamos dentro.
Ralph Waldo Emerson
Gracias por leer.
María de las Mareas
