Niño

Miré la precaria carreta que nos había servido de transporte con enfado, había pasado al menos una hora sentada en las toscas tablas de la que estaba compuesta, y la idea de volverme a montar a ella no me emocionaba en lo más mínimo, menos aún llevando falda militar, me acaricié el puente de la nariz con desgano, odiaba de corazón a aquel que sugirió que las mujeres debíamos vestir con la ropa de gala militar cuando existieran misiones de reclutamiento militar, en el caso de los hombres, los trajes eran prácticamente iguales, en el caso de las mujeres, el diseño variaba solo un poco cambiando los pantalones por faldas largas.

Una mano masculina y enguantada se extendió delante de mi nariz, y yo levanté los ojos solo para encontrarme con un Roy Mustang sonriendo seductoramente.

-Permítame, teniente. –Y yo pasé por alto su gesto, apoyé mis manos sobre la carreta y subí a ella impulsada solamente por mis brazos.

-Le agradezco, teniente coronel, pero como ve –Y sacudí el polvo y astillas que se pegaron en mi ropa- no era necesario.

Y él me regresó la mirada con un rictus en su ceja, si hubiéramos estado solos seguramente habría hecho un gran escándalo, miró de reojo al guía de la precaria carreta y cualquier opinión que tuviera se la guardó para él.

-¿Van a venir estos niños? –Pregunté apenas empezó a andar la carreta y la casa de los Rockbell se hacía cada vez más pequeña a la lejanía.

-Lo harán. –Y pareció olvidar su enfado por unos segundos.

-Pareces muy confiado –Respondí yo - ése chico, Edward, parece como si no fuera a recuperarse nunca.

-¿Eso crees? -Y me miró de forma arrogante -Debiste haber visto sus ojos, tenía el irrefutable brillo de la determinación –Su sonrisa se amplió - me recordó a mí, cuanto tenía su edad.

Y encontré divertida su observación, alcé las cejas:

-¿Insinúas que ese niño podría ser como tú?

Y el rió con esa posee de Casanova eterno.

-No sea insensata teniente –Y sacudió sus mechones oscuros con galantería - ese niño jamás podría ser como yo.

Y yo luché por no sonreír.

-Ciertamente, teniente coronel, después de todo, ese niño realizó una transmutación humana con solo 11 años, supongo que compararlo con usted es ser injusta con el pequeño Edward-kun.

Y las palabras de elogio para él mismo quedaron ahogadas tras una mueca maltrecha, él me miró sin poder evitar hacer un puchero y fingiendo estar preocupado en saber en cuanto tiempo más llegaríamos a la estación de tren, me dio la espalda.

Aproveché ese momento para sonreír, a veces el teniente coronel actuaba como un niño de once años, sin embargo aunque sus acciones infantiles (que no eran pocas) podían sacar de quiso a más de alguno, no podía negarse que era una persona ciento por ciento confiable y de fiar, de no ser así, jamás hubiera aceptado regresar al ejercito y estar bajo su mando.

0000000000

-¿Así que finalmente ha decidido elegir este camino? –Y él me miró tras el enorme escritorio de cedro con las manos entrelazadas.

-Si –Respondí ignorando como aún las cicatrices en mi espalda empezaban a doler bajo las vendas, se nos había otorgado a los heridos de guerra, incapacidad por tres meses, yo volví al ejército solo 20 días después de que él, quemó mi espalda. –lo escogí por mí misma y me puse este uniforme por mi voluntad.

-¿Cuál es su especialidad? –Preguntó él por mero protocolo ambos sabíamos perfectamente cuál era mi especialidad.

-Armas de fuego –respondí, sin dejar de verle una sola vez, él miraba distraídamente su correspondencia, una carta rosada, inclusive ahí aún recibía las cartas de sus admiradoras, sonreí con desdén -son buenas, a diferencia de una espada o un cuchillo no deja la sensación de que una persona muere en tus manos.

Y sus ojos se clavaron en mí, la carta a medio abrir quedó olvidada.

-Eso es un engaño –Contestó él mirándome con esos profundos ojos azabaches - ¿así que pretende engañarse a sí misma y continuar ensuciándose las manos?

-Correcto –Y accedí con mi cabeza- nosotros los soldados debemos ser los únicos que se ensucien las manos y derramen sangre, debe ser suficiente que solo nosotros pasemos por algo como Ishbal.

Entrelazó sus manos intentando parecer profesional, pero delante de mí, no me parecía tener a un militar de alto rango, lo veía como a ese viejo amigo que pasó cuatro buenos años bajo el techo de nuestra casa.

Cerró los ojos con pesar y lanzó un suspiro.

En ese momento pensé que me despacharía, que me gritaría que el maestro Hawkeye no hubiera querido jamás eso para mí, podría haberse inventado cualquier excusa para correrme del ejército, en ese momento él era Mayor, y yo solo un Sargento recientemente ascendida, sin embargo, no lo hizo.

El mayor Mustang se levantó de golpe y apoyando sus manos sobre su escritorio decretó mi cargo.

-Será mi asistente. –Y yo le miré en silencio –Quiero que cuide mi espalda –Y yo le miré como si fuera solo un lenguaje privado que solo nosotros dos podríamos entender - ¿entiende? Confiare mi espalda a usted, significa que podrá dispararme en cualquier momento, si me salgo del camino máteme con esas manos, le doy permiso para eso.

Y yo miré el suelo.

¿Matarle? Había sugerido... que lo matara si no era lo que yo pensara correcto... no... Lo había ordenado.

-¿Me seguirá? –Preguntó él tras unos segundos, y yo ni siquiera me detuve a pensar.

-Entendido. –Confiaba en ese hombre, del mismo modo que él lo hacía en mí -Si ese es su deseo lo seguiré hasta el infierno.

0000000000

-Teniente, hemos llegado a la estación –La voz de mi superior me sacó de mis cavilaciones, el camino no me había parecido tan largo y penoso como la primera vez, miré a mi alrededor, dándome cuenta de que era cierto, frente a nosotros una campirana estación de tren se extendía ante nosotros. -¿Se encuentra bien, teniente? –Preguntó él mientras se bajaba de la carreta de un brinco - Está un poco pálida.

-Sí, perfectamente, teniente coronel. –Contesté yo, sin prestarle atención, el guía ya se había adelantado a nosotros y lo podía ver en la taquilla comprando los boletos para regreso a la ciudad del este.

-Tal vez el viaje la haya agotado, podríamos descansar un par de horas antes de partir.

El moreno miró el enorme reloj de la estación pasaban 20 minutos del medio día, si mi memoria no me fallaba el tren de regreso a casa, arribaría en menos de 15 minutos, me acerqué hacia el borde de la carreta.

-No hace falta señor, Rizembul no tiene tanta demanda ferrocarrilera, como ciudad del Este, si perdemos este tren habremos de esperar hasta mañana.

-No me importaría compartir un cuarto de hotel por una noche con usted, teniente. –Contestó él con una sonrisa coqueta.

Y yo le miré enfadada desde mi lugar, no podía creer que ese mismo hombre que me hubo confiado su espalda era el mismo perverso que hacía cualquier declaración inapropiada a la menor oportunidad.

-Aunque dudo que en este pequeño pueblo exista un hotel, estoy segura que a nuestro eficiente guía le importará. –Respondí molesta, mirando desde mi lugar la altura de la carreta definitivamente odiaba las faldas militares.

-¿Podría hacerme el honor, teniente? –Y nuevamente la mano enguantada de él, se posó frente a mí, yo de pie sobre la carreta era mucho más alta que él, tuvo que levantar su mano por encima de su cabeza, cerré los ojos y lancé un suspiro, teníamos poco tiempo, todavía faltaba entregar la carreta a su dueño original y abordar el tren, alargué mi mano hacia él.

-Le agradezco, teniente coro... –Pero ni siquiera me dejó terminar mi oración, en un movimiento que me tomó por sorpresa el alargó sus manos asiéndome firmemente por la cintura, y como si no pesara más que una pluma me bajó de la carreta hasta el piso.

-¡Ya está! –respondió él, sin siquiera darme tiempo para discutir, miré por unos segundos al moreno, él a su vez, me miraba con esa expresión de chico listo que tanto me fastidiaba, y yo le fulminaba con la mirada, miré con disimulo a mi alrededor, solo estaba el viejo soldado que hizo de guía, que ni siquiera nos prestaba atención. –No nos ha visto nadie, teniente.

-No por ello deja de ser inapropiado, señor.

-Lo tomaré en cuenta para un futuro... –Y luego sonriendo como si ya lo esperara añadió- ahora por favor, podrías bajar tu arma. –Y yo enarqué una ceja con una sonrisa torva en mis labios, aunque nuestro trabajo en la actualidad era en su mayoría prácticamente administrativo, mis habilidades con las armas no se había deteriorado ni un poco, en una fracción de segundo había tenido el tiempo suficiente como para sacar mi fiel pistola del arnés a mi cadera, y empuñarla contra el abdomen de mi superior, bajé la pistola y la aseguré antes de volver a cargarla en su funda.

-Andando teniente coronel, debemos regresar a ciudad del este.

00000000000000

En la adversidad una persona es salvada por la esperanza.
Menandro de Atenas

Gracias por leer

María de las Mareas.