Elysia
Miré el camino agreste que se desdibujaba rápidamente a través de las ventanas del tren, apreté mis manos en puño, sin importarme arrugar un papel entre mis dedos, moví mi rodilla con nerviosismo, tamborilee mis dedos contra el apoyabrazos de mi asiento.
¿Por qué demonios el tren no iba más rápido?
-Teniente Coronel –Dijo una voz que conocía de sobra a mi lado, y yo me volví a ver a mi subordinada, ella apoyó una fina mano sobre mía por apenas unos segundos en señal de mudo apoyo.
Y yo dejé de tamborilear mis dedos con nerviosismo, miré nuevamente el comunicado que me había entregado Havoc apenas había llegado a mi oficina en Ciudad del Este.
Urgente, Maes Hughes, Hospital Militar.
Seguido del número de cuarto y la dirección de un Hospital Militar en Ciudad Central, donde residía.
Nada más; no se nos informó de su estado, o cual era el motivo para estar hospitalizado, sin embargo, Havoc me informó que se utilizaron las líneas militares, y que habían hecho inca píe en que era extremadamente urgente, no se me podía culpar por pensar lo peor.
Doblé el papel apresuradamente mientras por las ventanas veía los edificios enormes y las calles de concreto, no tardaríamos en llegar a Ciudad Central.
Bajamos de tren, sin que este estuviera totalmente parado, un eficiente guarda de vías, intentó detenernos, pero yo ostenté (como no) mi grado militar, seguido de mi título como alquimista, ninguno hizo el menor intento de detenernos nuevamente.
Llegamos al hospital apenas 4 horas después del comunicado que llegó a nuestra oficina de Ciudad del Este, el viaje en tren era largo, pero esperaba que no fuera demasiado tarde.
Traspasé las puertas del edificio militar con pasos presurosos, ignorando toda clase de cortesías, siempre me ha ufanado de ser un caballero y jamás pasar una puerta sin no dejar antes pasar a una dama, como en el caso de Hawkeye. Esta vez, la dejé en la entrada, y no fue hasta llegar a la recepción que me detuve.
-Teniente Coronel Roy Mustang -dije atropelladamente –Vengo a ver a Maes Hughes.
Y la guapa recepcionista, (que en cualquier otro momento hubiera intentando seducir), sonrió, me dio indicaciones del cuarto y cómo llegar:
Seguir derecho por el pasillo de la izquierda, doblar en el primer recoveco subir las escaleras, y girar en el primer pasillo hacia la izquierda.
-Ahí podrá ver la habitación del señor Hughes, es la primera puerta a su dere... ¡Oiga!
Ni siquiera la dejé terminar, pasando por alto mis modales tan bien enseñados por Madame, me eché a correr, ignorando la voz de Hawkeye a mis espaldas y la reprimenda de la recepcionista, después de todo estaba en un hospital.
Llegué al cuarto de habitación tras seguir la ruta que me indicaron y apenas confirmé el número entré como un bólido.
-¡Hughes! –Y mi voz se quebró en la última palabra, me faltaba el aire.
Y el mismo me respondió.
-¡Oy! –Levantó su mano a señal de saludo – ¡Roy, viniste! –Y mi mejor amigo me sonrió alegremente.
Casi sentí que las piernas no me sostenían, ahí frente a mí, estaba Hughes perfectamente sano he de añadir, a su lado, su esposa Gracia en cama, y una bebe entre sus brazos.
-Buenas tardes, Mustang-san –me saludó su mujer, con un hilillo de voz, se veía a simple vista, agotada.
-¿Qué... qué... demonios?
-Shhhhh –me mandó callar él – ¡vas a asustarla! –Contestó mientras señalaba con el dedo índice al pequeño manojo de sabanas que se movían pausadamente entre los brazos de su madre.
-¿Estás bien? –Pregunté yo, conteniendo la nota histérica que quería salir de entre mis labios.
-¡Mejor que bien! –Respondió él, con alegría y luego añadiendo como si no fuera evidente dijo: -¡Soy padre!- y yo me sentí como si me hubiera echado un balde de agua fría, me dejé caer en un mullido sillón para la visitas, estaba agotado. Hawkeye a los pocos segundos entró, miró todo como si ya se lo esperara y luego fijó su vista en mí.
-Ahh... teniente, lo lamento.
-No tiene de que disculparse, señor, pero le aconsejaría no volver a echarse a correr nuevamente – Añadió ella con firmeza - le recuerdo que éste es un hospital.
-Sí, lo sé... lo lamento.
-Mayor Hughes –dijo ella volviéndose hacia la pareja -Gracia-san, muchas felicidades.
-¡Gracias, Hawkeye! –Contestó él, con una sonrisa que yo tenía deseos de borrarle de la cara.
-No te ves ni siquiera sorprendida. –dije yo, mirándole desde mi lugar de forma nada grata.
-Si el Teniente Coronel –contestó ella mientras se sentaba a mi lado - hubiera entrado con normalidad, podría haberse dado cuenta que estaba entrando en la sección de maternidad.
-Ella tiene razón, Roy –dijo Hughes con una sonrisa que me estaba enfermando.
-Hughes. –Y le lancé la peor de mis miradas, que él tomó por supuesto a broma.
-¡Vaya! –Dijo él poniendo una mano en el mentón, como si hubiera encontrado un impresionante hallazgo –Veo que poner urgente en el mensaje si fue bastante eficiente.
Y yo sentí deseos de gritar, había hecho un viaje en tren de 4 horas, con el estomago hecho un nudo, pensando que mi mejor amigo estaba agonizando o algo aún peor, me puse en pie de un brinco, enumerando sus faltas.
-¡Usaste las líneas militares para informarme del nacimiento de tu hijo! – Alcé la voz con el orgullo herido - además mentiste a un superior, podrías ser sancionado por...
-Hija –me interrumpió con una sonrisa de orgullo en el rostro.
-¿Qué?
– ¡Es una niña!... mira –Y alargó sus brazos hacia su esposa, donde el puñado de cobijas se movió un poco, tomó con la torpeza de padre primerizo a la bebé y se volvió hacia mí. –Aún no se las he presentado como debería, ella es: Elysia Hughes... ¡di hola, Elysia!
Pero evidentemente su hija no me contestó, así que miré a la criatura, se veía aún más pequeña entre los brazos de él, jamás había visto un recién nacido, y no pude evitar sorprenderme de lo feo que son los bebes cuando nacen, estaba rojiza, hinchada, poco menos que calva y sus ojos (igualmente hinchados) firmemente cerrados.
-¿Verdad que es preciosa? –preguntó él, con una sonrisa boba en el rostro, y yo por mera cortesía moví la cabeza de forma afirmativa, mientras seguía examinando la pequeña recién nacida.
-¡Cárgala! –dijo Hughes, alargando sus brazos hacia mí y yo di un paso atrás como si me hubiera sugerido cargar un virus mortal.
-No –negué rápidamente.
-¡Anda, cárgala! –Insistió él, mientras yo di un nuevo paso hacia atrás.
-No soy bueno para eso. –Negué rotundamente.
-¿Qué harás cuando tengas tus propios hijos? –Preguntó él mirándome por encima de sus gafas, y yo tomando una pose altiva, contesté:
-Si el improbable día de que yo tenga hijos llega, mi mujer habrá de cárgalos. –Finalicé alzando la nariz.
Y pude ver en sus ojos una expresión de malignidad, nuevamente había caído como un tonto.
-¿Y qué tal tú, Hawkeye?
Y yo sentí deseos de incinerar a Hughes en ese mismo instante, aunque él no sabía en su totalidad todo lo que había pasado entre Riza y yo, tenía sus sospechas, y no dejaba pasar por alto cualquier situación para sugerirlo.
-Ahhh –y Hawkeye me miró a mí y luego a Gracia, como si buscara la aprobación de alguien –No sé cómo hacerlo. – Pero él ya depositaba a la pequeña bebé entre sus brazos.
-Es fácil, solo sostén bien su cabeza –Dijo Gracia desde su lugar, mientras yo veía a mi teniente, tomar a la bebé como seguramente hubiera hecho yo, con manos torpes como si temiera hacerle daño si la apretujaba más de la cuenta.
-Lo haces bien, Hawkeye. –Felicitó Hughes y en voz baja golpeteándome las costillas con un codo, añadió -¿no crees, Roy?
-Voy a encontrar la forma de vengarme, Hughes, lo sabes. –respondí yo en voz igualmente baja, mis ojos seguían prendados en Riza ella miraba a la bebé y yo me sorprendí de lo delicada que lucía, una sonrisa se extendió por mi rostro.
-Algún día me lo agradecerás. –Replicó Hughes, y mi subordinada entonces se volvió hacia nosotros, con una expresión benevolente en el rostro.
-Es una bebe hermosa, Mayor. –Y sonaba sincera, yo miré a la pequeña bebé entre los brazos de Hawkeye, y la vi de otra forma, su pequeña nariz, su piel suave, las pestañas diminutas, sus manitas firmemente cerradas, la pelusilla rubia sobre su cabeza, Riza tenía razón, era hermosa.
-Tal vez. –Respondí con una sonrisa extendiéndose por mi rostro.
Y ella, sin decir más, depositó nuevamente a la pequeña Elysia entre los brazos de su padre.
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Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a saber exigir con todas sus fuerzas aquello que desea.
Paulo Coelho
Muchas gracias por leer.
María de las Mareas
