Perro Militar
-¿Coronel Mustang? –Llamó mi asistente desde la puerta, mientras yo firmaba presurosamente unos papeles que había dejado se acumularan desde hacía un par de días, aunque juraría que el día anterior habían sido menos.
-Sí. –Respondí yo sin apartar la vista de mis documentos.
-Edward Elric, está aquí. –Y solo entonces me detuve, mis ojos se volvieron hacia mi asistente, ella de pie junto a la puerta se hizo a un lado para dejarlo pasar, detrás de ella estaba el pequeño rubio que reconocía a ese nombre, entorné mis ojos contra él, había pasado un año desde la última vez que lo había visto y no pude evitar sorprenderme al ver semejante cambio, además de haber dejado atrás la silla de ruedas en la que había estado postrado la última vez que lo vi, tenía un semblante arrogante y adusto con las manos cruzadas sobre su pecho me daba a entender que no estaba nada conforme con estar ahí.
Mis ojos rápidamente volaron hacia su pierna y brazo que sabía faltantes, habían sido remplazados, ocultos detrás de ropas negras y rojas, basto solo un movimiento para que el sonido del rechinido del metal apenas perceptible me hiciera comprender lo que pasaba.
Automails.
Sonreí, si mal no recordaba la anciana que lo había acogido era una excelente técnica de automails.
-Así que –Y crucé mis manos delante de mi - has decidido unirte al ejército, Edward Elric.
-No es que tuviera mejores opciones –Respondió el renacuajo de mal modo y yo tuve que luchar por no echarme a reír; ese niño era un insolente, atrás había quedado el chiquillo de ojos caídos y lastimosos.
-Veo que has reparado tu brazo y pierna. –Afirmé señalándolo con un movimiento de cabeza.
-La abuela y Winry son buenas en lo que hacen. –Y dobló su brazo para mostrarme que sus movimientos eran precisos.
-Eso veo –Y sonreí orgulloso de las agallas del pequeño, era bien sabido que los remplazos de alguna extremidad eran muy dolorosos, la recuperación e implementación de esas prótesis hacían llorar a más de un adulto, sin embargo ese niño lo afrontaba con la mayor madurez.
Y volviéndome hacia la teniente, llamé:
-Teniente ¿ha preparado todo? –Y ella con la eficiencia que la caracterizaba me entregó una carpeta con el nombre de Edward Elric, escrito en la pestaña.
-Sí, señor. –Y yo leí el expediente que ella me tendió con toda la información que sería requerida para que ese niño presentara el examen del alquimista nacional.
-¿Preparar? –Dijo él con una ceja en alto.
-Tuvimos que solicitar un permiso especial para que presentaras el examen de alquimista nacional -Expliqué yo distraídamente -no pensaras que un niño –Y pude ver su tensión cuando le recordé lo que era -podría entrar al ejercito así de fácil.
-Supongo que no. –Respondió el joven Elric sentándose delante de mí con aire fastidiado.
-Estoy poniendo en juego mi credibilidad como alquimista nacional –Y firmé un documento redactado previamente por mi asistente, en el cual yo me hacía responsable del ya fuera éxito o fracaso del jovencito de Rizembul - procura no hacerme quedar mal, pequeño.
Y el chiquillo se puso rojo de ira, me miró como si deseara matarme y perdiendo todos los estribos, gritó, poniéndose en pie de un salto:
-¿A quién demonios estas llamando: el ultra súper hiper mega renacuajo?
Y yo miré al rubio parpadeando sin creerlo siquiera, ninguna de esas palabras habían salido de mis labios, sin embargo el niño delante de mi me veía como si lo hubiera hecho en realidad, al parecer hacerle notar sobre su pequeñez ya fuera de edad o de estatura era una grave ofensa.
Sonreí.
Debía de admitir que era reconfortante ver que ese crío podía actuar tan irracionalmente como el niño de 12 años que era, y no como el adulto que había sido forzado a crecer prematuramente.
-Resulta evidente, pequeño –Dije yo haciendo énfasis en la última palabra, burlonamente. –Unos centímetros más abajo y sería imposible de verte por encima de mi escritorio.
Y el niño volvió a vociferar maldiciendo contra mi persona, antepasados y futura descendencia, mientras una sonrisa burlona se extendía por mi cara, definitivamente Edward Elric me haría pasar un buen rato.
-Edward-kun. –Se inmiscuyó mi teniente, ignorando nuestras actitudes infantiles, mi teniente me lanzó una mirada desaprobatoria como si no creyera que yo casi cercano a los 30 estuviera peleando con niño de solo 12 años, me crucé en brazos e hice un mohín enfurruñado -¿Está bien si te llamo así?
-Ahhh. –Y él dejo atrás todo su mal humor, llevó su mano detrás de la cabeza para rascarla torpemente. –Si, como usted desee.
Riza sonrió con gentileza.
-Edward-kun –Y me pareció notar en el tono de voz de mi teniente había una cierta dulzura que pocas veces había escuchado, irrefutablemente un tono maternal, miré con curiosidad a Hawkeye. - presentaras un examen psicométrico antes de tu evaluación como alquimista, hemos recobrado tus datos, así que solo deberás confírmalos antes de presentarte, ¿necesitas algo más?
Sonrió nuevamente, y el rubio se sonrojó un poco mientras miraba hacia otro lado evitando que lo viera.
-No... Nada, nada...
-Muy bien, iré a presentar tus documentos –dijo ella dirigiéndose hacia la puerta –Espera aquí. –Y Riza se volvió hacia mí con una ceja en alto, como si me quisiera advertir con la mirada que dejara de fastidiar al niño.
-Le agradezco mucho, señorita. –Contestó Edward poniéndose en pie y haciendo una reverencia.
-Teniente Riza Hawkeye –Le corrigió ella desde la puerta con amabilidad – Podrías llamarme Riza ahora, pero no te acostumbres, si logras el titulo de alquimista habrás de llamarme teniente.
-Tenga por seguro que lo conseguiré, teniente.
Y él sonrió sinceramente, la primera sonrisa sincera que veía en el rostro de ese chiquillo escandaloso, Riza salió por la puerta y solo quedamos nosotros dos.
El futuro alquimista guardó silencio con la mirada clavada en la puerta, como si hubiera olvidado por unos segundos donde estaba.
Reí entre dientes mientras recargaba mi cabeza en mi mano de forma aburrida.
-Es muy guapa, ¿no? –Dije yo al notar al niño tan ensimismado y él se volvió hacia mí con una expresión abatida, que rápidamente cambió por una mucho más desenfadada.
-No es eso, es solo que... ella me recordó a... –Y guardó silencio, no era necesario que lo dijera, la actitud de mi teniente irrefutablemente maternal le había recordado a su finada madre, después de todo solo era un niño. – Me recordó a alguien, eso es todo.
-Ya veo. –Respondí yo y luego llevando una mano hacia el pecho, respiré profusamente como si de verdad lo creyera –Realmente es un alivio, no es que deseara romperte la ilusión del primer amor, pero he advertirte que mi buena teniente no está disponible para nadie más.
-¿Es tu esposa? –Preguntó él alzando una ceja incrédulo.
-No –Y extrañamente decirlo me enfadó más de lo que debiera, me crucé el brazos - los militares no podemos relacionarnos sentimentalmente, entre subordinado o similares se considera un desacato a la ley anti fraternización.
-Comprendo –Contestó él mientras miraba el suelo: – Claro –Y luego mirándome con burla añadió: -ella es demasiado buena para ti.
-¿Demasiado buena para mí? –Y la mera insinuación del pesado chiquillo del cual fácilmente podría ser su padre me hizo enfadar - ¡¿Tu que sabes?!
-Sé lo que veo –Replicó él con sorna -Ella es hermosa y amable y tú solo un viejo militar pesado.
Y si el niño tenía un punto débil con las insinuaciones respecto a la altura, yo lo tenía irrefutablemente respeto a mi edad, aunque apenas tenía 27 años y estaba muy lejos de la vejez, era un tema en extremo delicado y clasificado como impronunciable delante de mí.
La puerta del despacho se abrió unos cuantos minutos después, Riza había entregado el papeleo correspondiente a los miembros de la evaluación de alquimistas nacionales, y si hubiera llegado un poco más tarde, quien sabe cuál habría sido el desenlace yo ya tenía puestos mis guantes blancos y el niño tenía las palmas de sus manos una enfrente de la otra, a una distancia mínima.
Riza suspiró, dejó una carpeta con los papeles de Edward Elric sobre mi escritorio y sin más preámbulos dio media vuelta y salió de la oficina como si no hubiera visto nada.
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Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras.
Giovanni Papini
Muchas gracias por leer
María de las mareas.
