Hughes
Me dejé caer contra mi antigua cama como un chiquillo que regresa al hogar tras un día terrible, y ese ciertamente lo había sido.
Me aflojé la chaqueta deslizándola por mis brazos, arremangue sobre los codos las mangas de mi camisa, lancé a quien sabe donde mi sombrero militar; cerré los ojos y aspiré bien profundo, el olor a cerrado de la habitación inundó mis sentidos, pero yo extrañamente me sentí en paz.
-Le agradezco mucho, Madame –Respondí yo intentando sonreír, sin conseguirlo, no pude mirarla, no quería ver a nadie, me pareció escucharla suspirar y luego en el más brusco pero a la vez amable de sus tonos, contestó.
-Ésta será siempre tu casa, Roy-boy. –Y pude escucharla dejar una bandeja de metálica sobre la mesita de noche: -Come algo –Y entonces supe que había dejado algo de comida sobre una bandeja metálica para mi, ni siquiera me moví para confirmar mis sospechas, Madame cerró la puerta tras de sí unos segundos después, dejándome solo en la más completa oscuridad.
Y yo apreté los puños.
-Come algo –Había dicho y yo reprimí deseo de contestar que de lo único que tenía ganas era de asaltar su bodega de vinos, de buena gana me habría emborrachado hasta no saber de mí; pero debía regresar a primera hora de la mañana a Ciudad del Este, y pasarme el día siguiente en cama con una terrible resaca, no estaba dentro de mis planes.
Así que en la oscuridad solo y sin más compañía que mis viejos enseres personales. Hice lo único que podía hacer: pensar.
Me llene de impotencia mientras rememoraba los acontecimientos de ese día, y me repetía una y otra vez una frase dentro de mi cabeza que ya empezaba a perder el sentido.
-Eso no podía estar pasando.
A sabiendas de que por mucho que lo negara, no cambiaría en lo absoluto la realidad.
Hughes estaba muerto.
Sentí como los ojos me ardían, una sensación de vacío dentro de mi pecho, me hizo llevar una mano hacia el mismo.
Asesinado y abandonado en una cabina telefónica como un pedazo de basura, sobre un charco de sangre y una foto de su familia a su lado.
Y me mordí los labios, un gruñido apagado se escapó de entre ellos.
La imagen de su pequeña Elysia y su adorada Gracia, presentes en su funeral volaron hacia mí, la hija de la que siempre estuvo tan orgulloso jamás volvería a ver a su padre, y su esposa aún joven para ser una viuda, habría de sacar adelante a su hija completamente sola.
Aún me parecía escuchar el ruido de la tierra golpeando contra el ataúd, y su hija llamándole a gritos, demasiado pequeña para entender los misterios de la muerte.
Llevé mis manos hacia el puente de mi nariz, limpiando la humedad que quemaba en mis ojos, no era tiempo para llorar.
Alguien le había arrebatado la vida a mi mejor amigo, y yo lo encontraría, así se me fuera la vida en ello.
Hughes no era ningún inútil, no en vano había sido un sobreviviente en Ishbal, tenía suficientes conocimientos de defensa personal como para mantener a raya a un criminal, eso sin contar sus afiladas cuchillas escondidas entre sus ropas.
¿Entonces quien había sido capaz de matarlo a sangre fría?
Intentó comunicarse en un desesperado intento conmigo, y lamenté no haber atendido con mayor rapidez el teléfono, pensar que llamaba solo para hablarme de su hija, como siempre hacía, producía tales cantidades de culpa que me estaba agotando física y anímicamente.
Podría haberlo ayudado.
No sabía ni siquiera como, el estaba en Central, yo en la Ciudad del Este, pero estaba seguro que podría haber hecho algo.
El confió en mí en los últimos segundos de su vida, y yo le falle.
Podría haberlo ayudado.
Un par de golpes en la puerta me sacaron de mi ensimismamiento y sin moverme volví mis ojos hacia la puerta de la habitación.
-Coronel. –Llamó Riza a través de la madera, y yo levanté mi cuerpo apenas unos centímetros, alargué mis dedos hacia una lámpara al lado sobre mi mesita de noche, y sin incorporarme totalmente de la cama, contesté:
-Adelante, teniente. –Y la puerta se abrió entrando por ella la única persona que tenía autorización de verme en tan penoso estado.
Pude ver como los ojos de Riza examinaba mi persona, y casi lamenté haber encendido la luz, debía de tener una expresión terrible, puesto que guardó silencio al verme.
-¿Pasa algo?
-Nada en absoluto –Respondió ella haciendo gala de su postura firme y luego sacando de dentro de su chaqueta militar me enseñó -He comprado los boletos para el primer tren de vuelta a Ciudad del Este, saldremos a las 4 y 30 de la mañana.
-Le agradezco mucho, teniente. – Y sonreí con desgano, la primera parte de mi plan estaba ya en marcha, ahora solo debía encontrar una forma de lograr mi transferencia a Central. Ya me las ingeniaría para obtener el favor de parte de Grumman.
Clavé los ojos en ella mientras Riza inspeccionaba la pequeña habitación en la que nos encontrábamos, mi vieja habitación, Madame la había dejado tal cual la recordaba, aunque realmente no había mucho que mirar, una cama una mesita de noche, un librero y un escritorio, su inspección no duro mucho, Riza volvió la vista hacia los boletos antes de dirigirse a mí.
-Dejaré su boleto con Madame. –Dijo Riza tomando el picaporte de la puerta, dio un par de pasos atrás, para dirigirse a la habitación que sabía le había preparado Madame con anterioridad.
-Si no le molesta, me gustaría que lo guardara usted, teniente. –Respondí yo, con los ojos clavados en su rubia persona.
-Si así lo desea –Y luego con una sonrisa triste, añadió - con su permiso, me retiro.
-No te vayas –Dije yo y mi voz sonó patética y débil.
-Coronel. –Y me miró insegura desde su lugar.
-Es una orden, teniente –Contesté yo utilizando mi última carta, a sabiendas de que eso no me ayudaría en lo más mínimo si ella realmente no se quisiera quedar -No te vayas. –Repetí y mi voz sonó tal cual como mi aspecto, cansada y frágil.
Riza me miró unos segundos en silencio, como si estuviera debatiendo entre quedarse o irse; la primera opción fue la vencedora, traspasó la puerta cerrando tras de sí, poniendo el pestillo para que nadie pudiera entrar y molestarnos, pude verla mirarme tristemente, yo me erigí en la cama, mientras ella se sentaba a mi lado, con los labios apretados y una expresión de profundo dolor dibujada en su rostro.
-Lo lamento –Dijo ella como un susurro alargando sus dedos hacia mi rostro, el contacto me erizó la piel, estaba helada, Riza acarició mis cabellos oscuros, y yo aprovechando el gesto, tomé su mano con la mía, guiándola, pude sentir temblor cuando deposité su mano sobre una de mis mejillas, cerré los ojos y me dejé llevar.
Abrí los ojos unos segundos después, solo para notar su mirar sereno en mi persona, y sin saber bien porque lo estaba haciendo, me incliné sobre ella y la besé tranquilamente, Riza respondió a mi beso, con gentileza, sin preguntas o negaciones, esa noche no.
Besé nuevamente sus labios, antes de separarme, sabía de sobra que ella no se opondría a ninguna de mis exigencias esa noche, lo sabía desde el momento en que ella había cerrado la puerta tras de sí, quería ayudarme, hacerme sentir mejor, había perdido a mi mejor amigo y ella hubiera hecho cualquier cosa que le hubiera pedido, sonreí desganadamente, sin embargo no quería solo compasión.
Deslicé mis dedos por sus mejillas, tocando su suave piel, fijándome en sus pómulos.
-Está muy delgada, teniente. –Contesté al notar la fragilidad de su rostro - ¿Has comido algo?
-Podría preguntarte lo mismo. –Respondió ella mirando la charola con mi cena al lado de mi cama.
Y yo reí entre dientes.
-¿Me acompañaría a cenar, teniente? –Dije yo, alargando mis manos hacia la charola, examinando la cena; un racimo de uvas, un par de bollos dulces, una sopa - ya fría - y una botella de vino tinto, sonreí con desgano, lo único que me tentaba de esa comida era el vino.
-Será un placer. –Respondió al tiempo, que yo sacaba el corcho de la botella (previamente aflojado) con los propios dientes, y le echaba un profundo trago.
Riza me miró de forma reprobable, pero antes de que pudiera decirme nada, alargó su brazo hacia la botella y la tomó para evitar que me la bebiera toda en un segundo sorbo.
-Tengo buena resistencia etílica, teniente –contesté yo, tomando los bollos le di un gran mordisco al mío y el otro se lo entregué a ella - no en vano crecí en un bar.
-No lo dudo, Coronel –Respondió ella mientras alejaba la botella lo más posible de mi - pero prefiero alejarle las tentaciones.
Riza mordió el pan, al tiempo que pasaba la lengua por sus labios de forma inconsciente retirando las migas que habían quedado en ellos, una sonrisa torva se dibujó en mis labios.
-Tú, con una botella de vino en mano –Y recorrí mi cuerpo hacia ella, quedando a solo un palmo de distancia - sola en mi antigua habitación, eres la mayor tentación que hay.
-¿Desea que me marche? –Contestó Riza enarcando una ceja.
-Jamás en la vida, teniente. -Y volví a besarla.
Pasamos la noche en vela, sin hacer nada más que hablar; sentados sobre la cama con la cabecera de la misma a nuestras espaldas, esporádicamente me permitía beber un poco, y ella un par de ocasiones tomó un pequeño sorbo.
Hablamos, mejor dicho, hablé con ella como no había hecho en años; las palabras salían de mis labios, sin detenerse y las horas de esa noche no me parecían suficientes, hablé de todo: de Hughes, de los militares, de los hermanos Elric, la piedra filosofal, pero jamás de nosotros.
Y ella pacientemente me escuchó, ocasionalmente asentía, ocasionalmente tomaba mi mano en un mudo apoyo, ocasionalmente me besaba la frente, como lo hacen los viejos amantes.
Y yo lamenté que la noche no fuera eterna. A las 3 de la madrugada Riza bajó de mi cama, asegurando que era mejor que el tiempo nos sobrara para llegar a la estación de tren, y yo estuve de acuerdo con ella muy a mi pesar, me ajusté el traje de militar, busqué mi sombrero mientras ella soltaba el broche de su cabello, una cascada de pelo rubio cayó por detrás de su cabeza, y yo me detuve, pocas veces tenía la oportunidad de verla con el cabello suelto, me sorprendí de que lo llevara tan largo.
Riza distraídamente alisaba su pelo con sus dedos.
-¿Pasa algo, Coronel? –Preguntó ella, para mi sorpresa pensé que no se había dado cuenta de mi mirada, sonreí torpemente.
-Nada, teniente. –Contesté mientras me acercaba a ella, la tomé entre mis brazos y ella pacientemente apoyó sus manos sobre mi pecho, me miraba con ojos tristes, ambos sabíamos que en el momento en que dejáramos ese cuarto íbamos a ser nuevamente jefe y subordinado, dos militares que se conocían, se soportaban, se toleraban, y trabajaban bien juntos, nada más.
No podía ser, nada más, casi me podría asegurar que ella pensaba lo mismo que yo.
Apreté los labios con impotencia, de buena gana habría gritado a los cuatro vientos que amaba esa mujer, pero el mero hecho de hacerlo me hubiera valido una degradación o inclusive mí puesto en el ejército, suspiré, no podía, no ahora.
-Riza –Susurré, antes de besarla por última vez esa noche.
Riza sonrió bajo mis labios, no dijo nada, ni tampoco yo; Hawkeye dio un paso atrás y abrió la puerta tras ella, la magia se había esfumado.
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Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior.
Frida Kahlo
Gracias por leer.
María de las Mareas.
