Elizabeth

Le vi salir de la entrada principal del hospital con porte seguro y arrogante, sonreía de esa forma tan suya de chico listo, sin embargo había algo en sus ojos que me decía que no estaba tan satisfecho de sí mismo como debería, me recorrí en el asiento del conductor y levanté el seguro de la puerta del copiloto de mi vehículo, mi superior no tardó en entrar y sentarse a mi lado.

-¿Coronel? –llamé mientras él se abrochaba el cinturón de seguridad y miraba hacia el enorme edificio del cual había salido, hacia apenas unos minutos.

-¿Contactó ya a Havoc, Teniente? –Preguntó él intentando parecer casual, sin embargo podía escuchar en su voz, un irrefutable tono de preocupación.

-Sí, señor. –Respondí yo, mientras arrancaba y miraba de reojo a mi jefe: –El Teniente Havoc está en estos momentos escoltando a María Ross hacia la frontera, con ayuda del señor Ling y el señor Fuu podrá pasar hacia Xing sin dificultad, Breda suplirá a Havoc, cuando consideren que el peligro haya pasado.

-No. –Dijo él, moviendo la cabeza de forma negativa. –Contacte a Breda, Teniente, posponga su encuentro con Havoc, quiero que él escolte a alguien más.

Y yo lo vi de reojo sin perder de vista el camino.

-¿A alguien más?

-Edward Elric y el Mayor Armstrong.

Y su respuesta me tomó por sorpresa, ninguno de los dos antes mencionados, estaban enterados del plan y por su propia seguridad tampoco debían de saberlo.

-¿Cómo dice?

-Los hermanos Elric y el Mayor Armstrong, estaban ahí –Contestó él mientras sacudía la cabeza y su tono de voz suave cambió por uno fuerte y petulante: - ¡solo serán un problema si se quedan en la Ciudad, no los quiero merodeando y haciendo preguntas por ahí!

Sonreí para mí misma, era obvio que el motivo real era mostrarles el verdadero destino de la "finada" María Ross, ya que de no ser así él como Coronel que era les hubiera podido encomendar cualquier otra misión que los alejara de la Ciudad, añadí con la cabeza.

-Comprendo, Coronel, le comunicaré al Teniente Havoc del cambio de planes a la brevedad.

-Gracias, teniente.

Y pude verlo mirar su puño cerrado con expresión cansada.

-¿Pasa algo más?

Y luego sin mirarme accedió con una cabezada seca.

-...tuve que propinarle un puñetazo a Acero –E intentó sonreír sin éxito, lo miré extrañada, aunque jamás lo admitiría el Coronel cuidaba (a su muy particular estilo) del pequeño Edward-kun, jamás le hubiera puesto una mano encima si no fuera por un motivo muy importante.

-¿Por qué?

- Si no lo hubiera hecho antes yo, ése enano me hubiera tumbado un par de dientes –Y luego riendo con desgano añadió –Se lo tiene bien merecido, ése niño... –Dijo él, como obligándose a recordar que había golpeado a un menor, al cual le ganaba con una cantidad considerable de años: -es un insolente.

Sonreí de igual forma que él, sin ganas:

-Siempre he creído que es un niño muy sincero. –Pero él ya no me escuchaba volvía a tener la vista clavada en la ventana, mirando hacia la calle, me era imposible de saber que era lo que estaba pensando, cerró los ojos como si hablar de ello, le causara un gran malestar:

-Tuve que decirles lo de Hughes.

Y yo pude ver como su puño cerrado temblaba de forma apenas visible, había intentado ocultarles el asesinato del General de Brigada Hughes, en una anterior ocasión, tal vez para no ser interrogado por los Elric y él mismo evitarse la desazón de hablar de su finado mejor amigo, o tal vez para evitarles el sentimiento de culpa, que debían de estar sintiendo en ése momento.

-Tarde o temprano se enterarían, Coronel.

-Pero esta no debía de ser la forma.

-No había otra opción, señor –contesté yo con voz suave y monocorde - la falsa acusación sobre María Ross, nos impedía actuar con tacto.

-Eso parece. –Dijo él desganado, y pude ver en el reflejo del cristal como su actitud se ensombrecía, era lógico; hacia solo apenas unos días había perdido a su mejor amigo, y en unos más había pasado a ser un repudiado por los militares, por los jóvenes Elric, por el Mayor Armstrong, personas dentro de los militares a quienes estaba segura, tenía aunque fuera un poco de estima.

Aproveché unos breves minutos en que me detuve frente a un semáforo en rojo, para buscar algo dentro de la guantera de mi vehículo, alargué mi brazo hasta encontrar un sobre amarillo y se lo tendí antes de arrancar.

El Coronel miró el sobre y luego a mí, con expresión extrañada.

-¿Qué es esto? –Preguntó él, mientras abría el sobre y sacaba una única hoja de él.

-El pedido oficial de mis vacaciones, Coronel - ¿Lo había olvidado? -Respondí yo, mientras veía como sus ojos pasaban de un lado a otro del papel, leyendo ávidamente lo que yo había redactado un par de horas antes, todo en pos de comprender que era lo que estaba pasando en Central, después de todo, Maes Hughes había sido asesinado hacía menos de un mes, María Ross, había sido calumniada injustamente, Vato Falman tenía una armadura con el alma de un asesino escondida en su apartamento, todos esos sucesos estaban relacionados de alguna u otra forma, y era nuestro deber averiguar ¿Cómo? Y ¿Por qué?

El accedió con la cabeza, mientras tomaba una pluma de la misma guantera de la cual yo antes había sacado el documento y garabateó su firma sobre el papel, ahora era oficial, tenía vacaciones por un tiempo indefinido, si es que a estar las 24 horas del día vigilando el departamento de Falman podían considerarse como vacaciones.

-Por un momento realmente lo hice... - Dijo él sonriendo y volviendo a guardar el papel dentro del sobre -aunque sería mejor que me lo entregaras mañana delante de todo el mundo, procura mostrarte realmente disgustada conmigo.

-No será difícil de lograr. –Contesté yo con una sonrisa y él me miró fingiendo enfado.

-Será extraño no tenerte en la oficina. –Añadió él con una sonrisa gentil y pude verlo intentar alargar su mano hacia la mía que descansaba en la palanca de velocidades, sin embargo la retiró un segundo después sin llegar a tocarme siquiera.

-Más extraño será comportarme como: Elizabeth, me sentiré como una de las chicas de Madame.

El Coronel rió de buena gana, y yo no pude evitar mirarlo con el ceño fruncido, aunque ya antes habíamos usado mi nombre clave para misiones secretas, siempre era extraño tomar el papel de una mujer totalmente diferente a mi persona, (vana y coqueta), pero lo comprendía nadie que me conociera podría llegar a sospechar que se trataba de mi.

-Entonces, aprovecharé cada segundo, Elizabeth.

Y la forma en que pronunció mi nombre clave para misiones secretas, me supo muy bien, aunque sabía que las coqueterías recibidas y hechas en el papel de Elizabeth, no eran más que una ilusión, (escuchadas por Havoc y Fuery), no negaría que era agradable hablar con él, dejando al lado el protocolo militar.

-Procure no pasarse de listo, Coronel. –Respondí yo frunciendo el ceño - no todas las chicas de Madame, saben usar tan bien como yo un arma.

El coronel rió entre dientes mientras contestaba de una forma que yo no pude hacer más que sonreír satisfecha:

-Ni siquiera militares con grandes habilidades en la alquimia, saben usar un arma tan bien como tú.

Algunas veces tenía que admitir que Roy Mustang era un hombre que hacía gala de una bien ensayada elocuencia.

-Los alquimistas –Respondí yo, sin dejar de sonreír - no deberían de limitarse solamente a sus técnicas, algunas veces situaciones fuera de su control, como "el clima" por ejemplo podrían menguar sus habilidades.

Y dicho eso guarde silencio, esperando alguna clase de berrinche o pataleta, sin embargo él me miraba con una sonrisa en dibujada en sus labios, como si encontrara todo aquello muy divertido.

-Siempre he querido saberlo.

-¿Qué cosa?

-¿Por qué: Elizabeth?

Y la pregunta me tomó desprevenida, sabía perfectamente la razón por la cual yo usaba ése nombre clave, me mordí los labios antes de contestar:

-Era el nombre de mi madre.

Y él me miró en silencio, y yo sentí como si su mirada me quemara, sabía que él no se reiría de mí, o me catalogaría como trivial por ello, sin embargo, decirlo me avergonzaba, me hacía sentir como si me tratara de una niña pequeña que se negaba a dejar la protección del seno materno, y utilizaba como bandera el nombre de su progenitora.

Miré de reojo a Roy, parecía confundido, y no lo culpaba, pocas veces había hablado de mi madre y estaba segura que nunca había mencionado su nombre, y él a pesar de haber vivido varios años en casa cuando no era más que un chiquillo, papá no le habría informado cual era el nombre de su difunta esposa, ya que él jamás había vuelvo a hablar de ella.

Después de un largo e incomodo silenció, él me preguntó:

-¿La extrañas?

Y su pregunta que si bien, estaba lejos de toda curiosidad malsana, no pude evitar ponerme tensa.

-No –Respondí yo con frialdad y pude notar como apretaba sin querer con demasiada fuerza la palanca de velocidades: -Es imposible extrañar a quien no se recuerda, Coronel, dejo esos sentimentalismos para las películas o novelas románticas.

Él guardo silencio unos segundos, parpadeó un par de veces y para mi sorpresa, rió como si encontrara todo aquello muy divertido, tuve que controlarme muy bien, para no contestar algo que resultara hiriente:

-¿Dije algo que le pareció gracioso, Coronel?

-Lo lamento –Contestó él sin dejar de reír - ¡no quería ser grosero! –Y yo le miré con fastidio –Es solo que jamás creí que encontraría alguien que compartiera tan bien mi punto de vista como usted, teniente.

Y ahora fue mi turno para sorprenderme:

-¿Cómo dice?

-No tiene importancia. –Respondió él negando con una mano –Disculpe si en algún momento le ofendí, teniente realmente no era mi intención –Y señalando por la ventana a una esquina con una farola poco iluminada pidió: - ¿Podría parar en aquella esquina, teniente?

-Aún estamos muy lejos de su departamento, señor. –Le recordé.

-Pero estamos muy cerca del bar de Madame. –Contestó él, con esa sonrisa perfecta enmarcada en sus labios.

-¿Coronel?

-He tenido un día terrible y los venideros no auguran nada bueno... –Y luego sin dejar de pasar por alto cada uno de sus movimientos, él desabrochó su cinturón de seguridad y recargó su brazo en el borde del asiento como si tratara de seducirme, le miré a la defensiva: –Se de buena fuente que a partir de mañana mi fiel asistente estará unos días de vacaciones, así que si me permitiera el honor, me gustaría invitarle una copa, para brindar por ella.

Enarque mis cejas doradas, ¿acaso había perdido la cabeza? ¿Porque hablaba de mí, como si no estuviera presente?

-¿Coronel?

-¿Qué dices, te gustaría acompañarme, Elizabeth?

Y entonces todo tuvo sentido, acerqué mi vehículo hacia donde él había sugerido, y me detuve, él me miró silencioso, yo mantuve las manos sobre mi regazo y no me atreví a levantar la mirada, hasta que él hubo abierto la puerta del copiloto, rodeó el vehículo y se colocó de mi lado de la puerta.

-¿Debo tomar eso como una negativa?

Y yo intenté decir algo, hacerle saber que estábamos actuando como niños y el cambiar mi nombre y actuar como lo que no éramos no cambiaba las cosas, éramos militares, compañeros de trabajo, superior y subordinada... un simple hombre y una mujer.

-¿Solo una, Roy-san? –Pregunté yo desconociendome por unos segundos, abrí la puerta de mi lado, para pronto él tomó la puerta y poniendo su mano delante de mí para ayudarme a salir del vehículo, por un fugaz instante estuve a punto de quitar la mano de enfrente de mi nariz, dejar ése absurdo papel que solo nos haría más daño.

Sin embargo, mi cuerpo actuó sin tomar en cuenta las decisiones de mi cerebro, alargué mi mano hacia la suya, sintiendo como él deslizaba sus finos dedos por mi mano, y me ayudaba saliendo de mi coche.

En un segundo él cerraba la puerta del coche y en otro más sus pálidos labios estaban puestos sobre mi mano de forma galante, no había olvidado mi pregunta, sonrió mientras se hacía un lado para dejarme pasar:

-Solo una, Elizabeth.

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La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo.
Friedrich Nietzsche

Saludos
María de las Mareas