Herido
Salí de la habitación de hospital tan rápido como mis heridas me lo permitieron, no podía permanecer en ese cuarto un segundo más, miré a Havoc; estaba derrotado, cansado, furioso.
-Furioso.
¿Pero con quien lo estaba realmente?
¿Conmigo, consigo mismo, con la hermosa chica que le había paralizado?
-Solo... déjame aquí, por favor. –Había dicho en un arranque de histeria, antes de que Riza le obligara a soltarme, casi lo lamente, casi hubiera deseado haber recibido un puñetazo en la cara, casi.
-Te estaré esperando en la cima.
Él sollozó, pude escucharlo inclusive a través de la puerta cerrada y yo, no pude hacer nada más que alejarme de ahí como un cobarde, de haber podido me hubiera echado a correr, di un par de pasos presurosos contrarios a la habitación, cuando sentí un dolor lacerante en el abdomen, justo donde ésa maldita homúnculo me había atravesado la piel como si no fuera más que un trapo viejo que zurcir.
Vislumbre a unos cuantos metros una banca del hospital y me dejé caer pesadamente en la misma, involuntariamente llevé mi mano hacia mi costado, apenas habían pasado un par de días, era imposible que mis heridas se hubieran curado por completo, mucho menos que me dieran de alta. El aire me faltaba y el dolor era casi insoportable, pero gustoso lo aceptaría sin con ello pudiera cambiar el destino tan miserable de Havoc.
Golpee furiosamente las maderas de la banca del hospital, mientras me encorvaba de dolor.
Havoc además de Riza y yo mismo claro está, era uno de los mejores miembros en activo de mi grupo, sabía manejar armas excepcionalmente, pocos podían disparar con ambas manos, él lo hacía perfectamente, sus dotes como espía eran muy superiores a los de cualquier militar, no era posible que terminara de esa manera.
¿Es que nada me iba a salir bien?
¿Es que estaba escrito a que todas las personas que estuvieran a mi lado tuvieran un destino tan desdichado?
Terminar como un vil lisiado, jubilado antes de tiempo, una chica hermosa le había paralizado de la cintura hacia abajo, ni siquiera podía sentarse solo.
Todo por mi culpa, todo por seguirme, por acatar mis ordenes, por ayudarme en mi misión, tal cual como le había pasado a Hughes.
¿Quién sería el siguiente?
Falman, Fuery, Breda... Hawkeye.
Escuché el taconeo de unas botas militares detenerse a unos metros de mí.
-Riza.
Y la imagen de una rubia llorosa detrás de Alphonse Elric voló hacia mí. Jamás la había visto derrumbarse por nada ni nadie.
-Tus heridas podrían abrirse –dijo ella con tacto - por favor, no te esfuerces tanto.
No iba a permitirlo.
-Tráeme mi uniforme. –Contesté yo sin siquiera verla, sabía que no aceptaría mi mandato de buena gana.
-Todavía no estás en condiciones de salir.
Y yo la miré furiosamente, por saber que tenía razón, pero no por ello planeaba aceptarlo, si ella quería detenerme la única forma que lo haría sería que me encadenaran, porque yo no iba a seguir un segundo más tendido en una cama de hospital, cuando había monstros tan terribles como los Homúnculos caminando libremente por Central, cuando uno de ellos había dejado paralitico a Havoc y quizá otro más había matado a Hughes.
-Tráemelo. –Gruñí, dejando bien en claro que esa era una orden y no iba a aceptar un: "No" por respuesta, sabía que ella no tenía la culpa, y que solo quería ayudarme, pero no podía estar más ahí.
-Sí, señor. – Contestó ella remarcado bien claro el señor, antes de marcharse a por mis ropas y claro el papeleo correspondiente para agilizar mi salida del hospital, podía haber regresado a la habitación que compartía con Havoc, sin embargo, no me sentía con la suficiente fuerza como para encararlo, así que sin nada más que hacer, me quedé ahí sentado y esperé.
20 minutos más tarde, su rubia persona apareció con un alta medico, un traje militar bajo el brazo, totalmente nuevo, (traído en algún momento por Breda a petición de ella) acompañada de una enfermera robusta y nada atractiva, que extrañamente se parecía mucho al Mayor Armstrong. Me estremecí.
-¿Teniente?
-Tengo sus ropas y la alta médica –Contestó ella con frialdad, era obvio que no estaba nada de acuerdo con mi decisión. –Pero solicité que cambien sus vendajes antes de salir, para evitar cualquier infección, señor.
-Comprendo. –Y la mujer nos guió hacia una habitación vacía, donde procedió a cambiar los vendajes.
Intentaba no ver a Riza pero me era imposible, tenía el semblante frío y sereno del que hacía gala, pero estaba pálida como un muerto, sus ojos recorrían mi abdomen desnudo, y me pareció notar preocupación en sus mirar, sabía que las heridas producto de las quemaduras que yo mismo me había causado aún estaban recientes y no serían una visión nada agradable.
La enfermera puso algún medicamento de olor de fuerte en mi lesionado abdomen y yo no pude hacer otra cosa más que dar un respingo esperando que todo acabara pronto, apreté mis labios, para no soltar un gruñido de dolor.
Me pareció notar como Riza volvía su rostro hacia el lado contrario, me extraño, ella no era una mujer que se dejara impresionar una mera simpleza como una herida de batalla.
Miré mi reflejo en la puerta metalizada de la habitación, e inclusive yo me sorprendí de lo grave que lucían, nunca me habían herido de ésa manera.
Tenía una fea y mal formada cicatriz diagonal de al menos unos 10 centímetros de longitud, producto de un arma punzocortante, rodeado de unas marcas rojizas y ampollas blancuzcas en donde podían verse pedazos de piel en carne viva, y al contraste donde empezaba a sanar habían pequeñas partes suaves y rosadas que cicatrizaban por encima de las heridas, intenté volverme para ver mi costado pero la enfermera me lo impidió colocando sobre la herida un par de gasas y vendas nuevas, habrían de sanar en un par de semanas.
-He terminado. –Dijo unos minutos más tarde la mujer, que tomó todo su arsenal medico y salió de la habitación, Riza masculló un gracias de forma apenas audible, y yo no recuerdo siquiera si dije algo, por unos segundos ninguno de los dos se movió o dijo nada.
-Tengo aquí su uniforme, señor –Susurró Riza poniendo delante de mí la camisa blanca que usaba siempre debajo de mi chaqueta militar.
-Gracias –Contesté mientras la tomaba y en un movimiento suave que no dejó de ser brusco para mi precaria situación, solté un quejido por el solo hecho de estirar mi brazo a lo largo.
-Coronel. –Y Riza se acercó hacia mi preocupada y yo me detuve, encaré mis oscuros ojos en los de ella, le vi morderse un labio, parecía querer soltarme un discurso del porque, no debía de abandonar el hospital. Sin embargo yo negué a ninguna de sus palabras dichas y Riza suspiró, podía ver en sus ojos la respuesta que yo necesitaba: "si esto es lo que tú quieres"
-Permíteme ayudarte.
Y tomando un extremo de la camisa alargó la manga de la misma, como si fuera un niño pequeño me ayudó a vestirme, por supuesto que yo no lo pensé dos veces; contrario a lo que pudiera pensarse, no había nada excitante en la situación, cada leve movimiento me producía malestar y ella estaba más que consiente de ello, el simple hecho de cerrar la camisa delante de mí me escocía.
Maldije en voz queda cuando la camisa estaba perfectamente colocada sobre mis hombros y empecé a abotonar apresuradamente los botones de la misma, habría de acostumbrarme al dolor si es que quería salir del hospital ése mismo día.
Vi de reojo a Riza, tenía una mirada ausente, sus ojos brillaban de forma sospechosa, por un momento me sentí como un niño, otra vez, Riza tenía esa misma expresión cuando su padre negaba tomar sus medicamentos o cuando le veía decaer producto de su enfermedad, esa mirada de impotencia ahora estaba clavada en mi.
Reí forzadamente, aunque la situación no tenía nada de cómica.
-¿Algo le resulta gracioso, Coronel?
-Es una lástima –contesté yo sonriendo sin ganas. - ¿no lo cree, teniente?
-¿Qué es una lástima, Coronel? –Preguntó extendiendo la chaqueta militar detrás de mí, como los caballeros cuando tienen el abrigo a una dama.
-Aunque lo he soñado en más de una ocasión - Y deslicé con cuidado mis brazos dentro de ella. - Jamás espere que la primera vez que estuviera semidesnudo frente a ti, fuera gracias a estar medio moribundo.
Y a pesar de que ella estaba de espaldas a mí, pude sentir su tensión, sabía que había dado en el clavo, pude escuchar la frialdad impregnando cada una de sus palabras:
-No podría calificar sus heridas como las de un moribundo, coronel, ciertamente son de gravedad, pero están muy lejos para clasificársele de esa manera. –Y añadió soltando con demasiada fuerza la casaca, ahogué un gemido, apresuró sus pasos hacia donde el resto de mi uniforme descansaba y tomando los pantalones, añadió: -Y si tiene tanta fuerza para hacer esa clase de comentarios inapropiados –Me lanzó los pantalones directo a la cara –Supongo que también la tiene para terminar de vestirse por su propia cuenta.
-Teniente. –Y su mirada había dejado de ser la de una mujer frágil y débil, llorosa y devastada que quien me encontré apenas unos días atrás; sus ojos estaban resollando fuego puro, sonreí ampliamente, jamás estuve más orgulloso de ella.
-Esperaré afuera –Y salió dando un portazo.
Reí para mí mismo, logrando lastimarme, no tenía más remedio que terminar de vestirme solo, algún día debía de aprender a guardar silencio.
000000000000
No quiero pensar porque no quiero que el dolor del corazón se una al dolor del pensamiento.
Emilio Castelar
Gracias por leer
María de las mareas.
