Guerra.
Me despedí del pequeño Edward-kun en la puerta de la casa con mi confiable perro en brazos, él se volvió alzando una mano como señal de despedida y yo le imité, siguiendo con la vista al rubio hasta que se perdió detrás de una esquina.
Sonreí con gesto abatido, mientras cerraba la puerta detrás de mí, por lo general no hubiera dejado pasar a un hombre a mi departamento a esas altas horas de la noche, pero sabía que el mayor de los Elric era confiable, me acerqué hacia la mesa donde habíamos hablado; de esa charla solo quedaban como testigos, un par de tazas ya vacías, solté a Black Hawkeye que para pronto encontró cabida en un rincón de mi sillón favorito.
Normalmente lo hubiera reprendido, tenía prohibido subir a los muebles, pero era tarde, estaba cansada y no había atendido a mi pequeño perro como debía en las últimas semanas, y las venideras no auguraban nada diferente, lo dejé pasar por esa ocasión, se lo merecía.
Tomé las tazas y las coloqué con cuidado sobre el fregadero, mientras una interrogante aún me carcomía.
¿Había hecho bien?
Contarle sobre Ishbal y sus horrores a una mente tan brillante, pero a la vez tan joven... conoció mi faceta oscura, mi pasado del cual no estaba nada orgullosa, él me había conocido solo como una asistente para mi superior, guardaespaldas, y poco más que una eficiente secretaria, ¿había hecho bien en decirle cual era mi especialidad? Francotiradora, asesina, matar desde lejos como una vil cobarde.
¿Había hecho bien?
Él me lo había pedido y yo había aceptado con suma facilidad, no cualquiera lo hubiera hecho, para algunos hablar de la guerra era poco menos que tabú, pero para mí no fue así, tal vez fuera porque sabía que ése niño era lo suficientemente maduro para su edad, tomaría la información recibida y le daría el mejor uso, o tal vez fuera que influenciada por mi jefe de tratar a "Acero" como un adulto, me motivaba a hacer lo mismo, o tal vez fuera un motivo más egoísta, contarle a alguien de mis penas que realicé cuando era poco más que una adolescente, serviría para aligerar mi carga, tal vez fuera solo eso.
Lavé las tazas distraídamente, enjaboné y vacié una cantidad considerable de agua sobre las mismas.
No era tiempo para vacilar, debíamos estar preparados, probablemente una guerra peor que la masacre en Ishval se avecinaba, y en ésta ocasión, no habría secretos, ni codicias personales ocultas, conocíamos a nuestros oponentes y lo que nos estábamos jugando, serían más que solo humanos, soldados o alquimistas.
Homúnculos.
Y la imagen de esa perversa mujer con garras afiladas, asegurando haber matado al coronel, acudió a mi recuerdo.
Me estremecí.
¿Cómo luchar con algo tan grande?
¿Cómo luchar contra el más fuerte, el más poderoso a la cima del país?
King Bradley.
Le había dicho a Edward-kun que podría matar a Bradley apenas bajara la guardia como su recién nombrada secretaria, pero de sobra sabía que no podría hacerlo, por supuesto no por falta de deseo, conocía de sobra sus impresionantes habilidades en la batalla (cualquier militar que se prestara de serlo lo sabía) el Fuhrer, era rápido y habilidoso con las armas blancas, el mejor de todo el país se rumoraba, me rebanaría el cuello antes de que yo siquiera apretara el gatillo, dudaba poderlo herir siquiera, dudaba que lo pudiera hacer el joven Elric, inclusive, lo dudaba del bien entrenado en batalla, el Coronel Roy Mustang.
¿Qué sería de nosotros si llegáramos a enfrentarnos a él?
Escuché que llamaron nuevamente a la puerta, fijé mi vista en un reloj de pared, era cerca la media noche, tal vez Edward-kun hubiera olvidado algo, pero tal vez no.
Me acerqué hacia un mueble cercano a la puerta, y me incliné un poco sobre él, debajo en una pequeña placa en la cual tenía escondida una pistola, oculta a los extraños, cargue el arma, con encomiable velocidad y poniéndome contra la pared, llamé con voz aparentemente en calma.
-¿Quién es? –Dije yo, apretando el gatillo de mi arma.
-Soy yo, teniente. –Y la voz a través de la puerta me tomó por sorpresa, sin dejar de apuntar a través de la madera, fijé mi vista por la mirilla.
-¿Coronel? –Dije al corroborar con la vista que efectivamente mi jefe estaba a la puerta de mi casa, bajé la pistola y abrí apresuradamente la puerta. -¡¿Qué está haciendo aquí?! –Gruñí, no era normal encontrármelo a media noche a la puerta de mi departamento.
Él no se molestó en contestarme, pasó como si lo hubiera invitado, con aire solemne y yo no pude hacer otra cosa más que verlo con desconfianza, en sus pasos se notaba cierta vacilación, que no era común en él.
-A partir de mañana serás la asistente de Bradley –Y sonrió de esa forma tan suya, luego volviéndose hacía mí, con repentina rapidez añadió: - pero esta noche, sigues siendo mía.
Alcé una ceja, mientras cerraba la puerta detrás de mí, dejé el arma sobre una mesita cercana poniéndole el seguro para evitar cualquier clase de accidente, pasé a su lado mientras un tufillo claramente reconocible me dio de lleno en el rostro, le miré furiosa, lo había dejado apenas un par de horas atrás a la puerta de su casa, a veces me sorprendía que fuera tan irresponsable.
-¡Esta borracho!
Él se encogió en hombros, antes de contestar como si hubiera hecho una gracia:
-Tal vez tomé una o dos copas.
-¿Coronel?
-O tres, o seis... o... –sonrió como un niño pequeño - ¿Quién lleva la cuenta?
-Aún se está recuperando de sus heridas. –Repliqué nada contenta con su contestación.
-No es nada, teniente –Dijo él riendo entre dientes - he pasado por peores situaciones que esta...
-¿Cómo llegó aquí? –Pregunté mientras me asomaba por una ventana cercana hacía la calle, esperando ver su coche, por fortuna no fue así: -¿No habrá manejado?
-Claro que no –Dijo él: - ¡jamás sería tan irresponsable! –Y luego como diciendo como si fuera lo más inteligente que habría hecho en el mundo añadió: - caminé.
Apreté mis puños hasta que los nudillos se volvieron blancos.
-¿Le parece prudente caminar a media noche?
-Teniente.
-¿Cuándo hay homúnculos por toda la ciudad?
-Teniente.
-Estando herido y borracho, ¡es una blanco fácil para el enemigo!
-Bradley no me matara... no ahora de momento... pudo hacerlo antes y no lo hizo... no lo hará ahora...
-Coronel... su actitud es tan... ¡Irresponsable! –Y escuché mi voz sorprendiéndome de mi misma ¡estaba gritando! no acostumbraba gritar, pero él se las ingeniaba para sacarme de mis casillas, Roy sonrió mientras recargaba su cabeza sobre su mano y añadía con ensoñación.
-Adoro cuando te enfadas, te ves tan guapa.
Contuve el deseo de soltarle una bofetada o algún comentario hiriente.
–Lo llevaré a su casa, coronel.
-Yo estoy muy cómodo aquí... ¿verdad, Black Hawkeye? –Contestó él acariciando con una mano la cabeza de mi perro, el cual se agazapó junto a él, moviendo la cola como señal inequívoca de estar feliz teniendo a él a su lado.
-Traidor –Pensé mientras veía a mi mascota con malos ojos.
-Pero yo no. –Contesté apretando los labios, mi pequeña mascota al notarme tan molesta no tuvo más remedió que saltar de su lugar al lado del Coronel y correr a esconderse debajo de mi cama, como hacía cuando había hecho algo mal: – ¡Ande! –Dije yo, haciendo un intento de levantarlo del sillón, por supuesto que fue en vano, soy fuerte, al menos más que el común de mi género, pero no podía cargar un peso muerto como el Coronel, solo por mera determinación, aún así no me iba a rendir con tanta facilidad, intenté varias veces levantarle sin conseguirlo, sobraba decir que me estaba enfadado de verdad.
Roy en cambio, parecía encontrar todo aquello sumamente divertido, me veía con esa sonrisa que me fastidiaba, y en un movimiento que me tomó por sorpresa me tomó de la cintura hundiendo su rostro en mi abdomen, el solo contacto me hizo estremecer.
-Teniente.
Y yo demasiado aturdida por su cercanía guardé silencio y me detuve.
-Lamento no haberte hecho el amor, cuando me entregaste la investigación del maestro.
Y su sinceridad me cortó el aliento.
-Fui un cobarde... –Añadió él, pude sentirlo como apretaba sus dedos contra mis costillas -tuve miedo de perderte... - Y el tiempo pareció detenerse, sentí como la boca se me secaba y las manos me temblaban como una chiquilla.
-Quiero enmendar mi error... –Continuó él y yo tan ofuscada estaba con su sinceridad que ni siquiera noté en qué momento desabrochó los últimos dos botones de mi blusa abriéndose cual abanico justo por debajo de mis senos, definitivamente aquel día no había sido el mejor para no usar sostén.
-Podría hacerlo aquí... –Y deslizó sus labios por mi abdomen, el contacto me erizó la piel - ahora... –posó un delicado beso poco debajo del esternón y tuve que morderme los labios de forma involuntaria -en éste momento...
-Coronel –susurré con los ojos entrecerrados, levantando mis manos hasta sus hombros en un patético intento de separarle, ni siquiera ejercí presión, me sentía frágil y a su merced, pero no de una forma desagradable, estaba en una especie de sueño, que no dejaba de saberme irreal, él abrió sus piernas y me encerró entre ellas, apenas si me percaté del hecho, estaba más concentrada en los movimientos de sus manos, una me aferraba con suavidad tras la espalda, la otra había encontrado un camino bajo mi blusa, subiendo por mi cintura, con dolorosa lentitud, ahuecándose en la base de mi pecho, apretando con suavidad uno de mis senos.
Y su suave tacto me volvió a la realidad, clave las uñas en su saco, sabiendo que de continuar el desenlace aunque agradable, tendría severas consecuencias.
-Coronel. –Dije cual un suspiro, y él pareció no escucharme.
-Di mi nombre. –Dijo contra mi piel y su aliento contra mi abdomen me hizo estremecer.
-No.
-Di mi nombre.
-Está borracho, Coronel. –Contesté yo, intentando poner una distancia entre ambos, Roy pareció notarse desganado con mi aparente desinterés y sin dejar de abrazarme (inclusive lo hizo con más fuerza) se levantó del sillón, quedando frente a mí con las manos bien firmes en mi cintura, depositando con gentileza un casto beso sobre mis labios, antes de contestar:
-Solo un poco, teniente ¿acaso importa?
-Por supuesto –contesté yo, frunciendo el ceño – esto... –y poniendo una mano entre ambos apreté su pecho a la altura del corazón –todo esto –Y mis labios temblaron, los ojos me ardían, me sonrojé como una tonta adolescente virginal, me sentí furiosa conmigo misma: -es solo producto del alcohol.
Roy pareció notarse sorprendido con mi declaración, soltó inmediatamente mi cintura:
-¿Realmente crees eso?
Y yo no me atreví a verlo, sabía que no era la única razón, clave mis ojos en la punta de mis pies.
-Tengo que creerlo.
Guardó silencio, también lo hice yo, cuanto tiempo lo hizo no estoy segura, pasado un tiempo, pude escucharlo decir, lo que esperaba pero internamente no deseaba:
-Me voy.
Y yo lo único que me permití fue escucharle:
Salir tras la puerta, cerrar dando un portazo, sus pasos perdiéndose a lo lejos a través del pasillo.
000000000000
Solamente pasaba diez minutos con el amor de su vida, y miles de horas pensando en él.
Paulo Coelho
Muchas gracias por leer.
María de las Mareas
