Reina
Caminé pesadamente por las calles de Central, sintiéndome vacío.
King Bradley, había hecho una jugada majestuosa si tenía que ser sincero, aún estaba lejos de: "Jaque mate", pero no podía negar que su estocada me había tocado más de lo que quisiera, separarme de mi equipo, los más fieles y seguros subordinados que cualquier podía tener, no era fácil de aceptar, mucho menos agradable...
Mi caballo, paralizado de la cintura hacía abajo, jubilado antes de tiempo.
Mi torre, al este, conteniendo revueltas.
Mi peón, al sur, a enfrentarse a los horrores de la guerra.
Mi alfil. Al norte al mando de Armstrong.
Mi reina. En central, asistente personal de Bradley.
Y los recuerdos de una noche pasada acudieron a mí, como si fuera solo un mal chiste.
-Di mi nombre.
-Está borracho, Coronel. –Y la declaración, me tomó por sorpresa, por supuesto que había tomado un par de copas, pero lejos estaba de considerarme borracho, podía tomarme una botella entera de vodka y estar totalmente consciente de mis actos, no era de los perdían la cordura con solo un par de copas, y ella lo sabía.
-Solo un poco, teniente ¿acaso importa?
Y la tristeza con que me miró me oprimió el corazón:
-Por supuesto... todo esto es solo producto del alcohol...
Lancé una risotada áspera, volviendo al presente, mientras traspasaba con un "tilín" la puerta del Bar de Madame.
-¿Realmente crees eso? –Y ella no se atrevió a verme, miró la punta de sus zapatos, como si fuera lo más interesante del mundo...
-Tengo que creerlo...
Vanessa se colgó a mi cuello como era su costumbre, mientras canturreaba mi nombre.
-¡Roy-san! –Saludó la hermosa rubia mientras me propinaba un beso en una de mis mejillas.
-Vanessa –Respondí con falsa alegría. – ¡Cada que te veo estás más radiante!
Y ella acostumbrada a los halagos respondió con coquetería.
-Roooooy-saaaan, eres siempre tan amable. –Y encaramada a mi brazo me acompañó a la barra, mientras Madame me examinaba detenidamente parecía darse cuenta de que debajo de mi sonrisa dedicada a las damas, había algo más.
-Buenas noches, Madame.
Mi madrastra me miró y luego a Vanessa con expresión curiosa, llevó a sus labios un cigarrillo y antes de contestarme exhaló una enorme nube de humo por encima de mi cabeza.
-¿No deberías jugar solo con Elizabeth-chan?
Y yo riendo forzadamente, añadí recargando mi cabeza sobre mi mano intentando parecer casual.
-Elizabeth-chan, se fue con otro esta noche.
Y Madame alzó las cejas sorprendida, pero no le duró mucho unos segundos despues me fulminaba con la mirada como si yo hubiera sido el culpable de todo.
-Ohhh –Se inmiscuyó Vanessa con una sonrisilla traviesa: - ¡¿Entonces tengo una oportunidad?!
Miré inquisitivamente a Madame, antes de volverme hacía Vanessa y reír de esa misma forma, falsa y carente de cualquier alegría.
-En cualquier momento que lo desees.
Madame miró a Vanessa desaprobatoriamente, y luego sin dejarme de ver como si quisiera leer por encima de mí, hizo la pregunta de cajón:
-¿Qué quieres tomar?
-Aún estoy recuperándome así que nada de alcohol... –Contesté yo, recordando que la última vez que había bebido, había acabado a las puertas del hogar de mi teniente solo para hacerle al idiota: -Pediré algo especial, Madame. –Dije yo, deslizando mi petición por la barra, sabía que las chicas eran de fiar, no me traicionarían a mi o a Madame, pero era mejor no correr ninguna clase de riesgos.
Madame tomó el papel que había puesto frente a ella.
-Ohhh... –Contestó con una sonrisa de suficiencia en el rostro y sin decir más desapareció de mi vista unos segundos, preparando mi "orden".
Vanessa, aprovechando que mi madrastra y su jefa había desaparecido tomó ese instante para volver a encaramarse sobre mí.
Y yo agradecí sonriente sin dejar de ver de soslayo el lugar por donde había desaparecido mi tía, estaba consciente de que Madame no me frenaría como lo hizo cuando era un chiquillo pero tampoco estaba del todo de acuerdo, que me liara con cualquier chica del bar, lo pasó de largo, cuando entre en mi etapa adolescente de rebelde irresponsable, ahora con un importante objetivo dispuesto y una extraña relación con quien ella reconocía como Elizabeth, estaba más en desacuerdo que nunca.
-Invítame algo, Roy-san. –Dijo ella con esa eterna sonrisa delineada en lápiz labial nacarado, mientras jugaba infantilmente con su pelo, mis ojos volaron hacia su cabello suave y moldeado, dándole un aspecto delicioso, me perdí en el brillo dorado de su cabello que aunque no era igual, me evocó los recuerdos de cierta asistente.
-¿Rooooy-san? –canturreó ella, poniendo su mano fina y de perfecta manicura encima de mi rodilla, subiéndola con suavidad por encima de mi pantalón, acercándose peligrosamente a mi entrepierna.
Reí entre dientes.
¿Para qué seguir haciéndome del rogar?, estaba solo y herido (literalmente) así que dejando salir a flote mi arrogante ego masculino, (que se hinchaba de orgullo de saberme atrayente al ojo femenino), hice gala de mi bien sabidos dotes de seducción.
-Esta noche lo que desees, Vanessa. –Contesté yo, poniendo la mejor de mis sonrisas.
Alargué mi mano por encima de la barra y tomé la primer botella que encontré en mi camino, que Madame la apuntara en mi cuenta, tomé una copa pequeña para mi compañera antes de servir el liquido ambarino dentro de ella.
-¿Segura que lo que desee? –Dijo Vanessa con una sonrisa amable, pero irrefutablemente sensual, la chica sabía lo que tenía y sabía explotarlo al igual que lo hacía yo, pude sentir como con el con su empeine de su pie rozaba con suavidad mi pierna de arriba hacia abajo.
-Por supuesto. -Y sonreí de una forma que sabía atrayente.
Madame volvió a los pocos segundos, con mi "orden", escrita al reverso del papel que yo mismo le había dado, y apenas nos vio se detuvo en seco, pude sentir como clavaba sus fieros ojos oscuros en mí y luego en Vanessa, pero lo que sea que hubiera pensando lo guardo para ella misma, deslizó el papel sobre la barra como hice yo hacía unos pocos minutos y contestó:
-Aquí tienes, Roy-boy.
-Le agradezco mucho, Madame. –Contesté tomando el papel y guardándolo dentro de una bolsa escondida del saco, luego señalando la copa que yo mismo había servido a Vanessa, dije: -Por favor añádalo a mi cuenta.
-Por supuesto. –Y yo hice el intento de retirarme, pero me fue imposible, Vanessa nuevamente se había encaramado en mi brazo.
-Ohhh –Y me miró con esa expresión de damisela en desgracia que atraía a los hombres: - ¿pero te vas tan pronto?
-Temo que si, Vanessa, mañana tengo un poco de trabajo.
-Permíteme acompañarte –Añadió ella, sacando la lengua como si de una niña traviesa se tratase - no es bueno que un hombre despechado pase las noches solo. –Reí, la primera risa sincera de esa noche, esa chica sin lugar a dudas era algo único.
Usualmente hubiera dicho un: "no gracias". No estaba con ánimos de jugar a nada, había perdido a todos mis subordinados, había hecho el idiota delante de Riza, todo aquel en quien pudiera confiar de verdad se había ido, los problemas no hacían más que incrementarse en el horizonte... sin embargo...
Me encogí en hombros y contesté con naturalidad, sorprendiéndome a mí mismo:
-¿Por qué no? Madame, si me disculpa.
Madame se dio vuelta para no verme salir, sabía que lejos estaba de ser yo el niño al que podía reprender por salir con cualquiera de sus chicas, pero no por ello, debía de estar de acuerdo con mi decisión.
Alargué el brazo hacia Vanessa de forma galante, ella lo tomó y caminamos juntos hacía la salida.
En más de alguna ocasión cuando era solo un crío, escuché decir a mi tutora, cuando veía a un hombre despechado entrar al bar, comprar varias botellas de vino, enrollarse con cualquiera de las chicas.
-Un hombre despechado es sinónimo de un hombre idiota... pero es bueno para el negocio.
Bien, empezaba a creer que estaba en lo cierto...
Y con un "tilin" de la puerta, salimos juntos del bar.
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Besé a Vanessa en el asiento trasero del coche, sin dejarle casi ni respirar... ella tironeó de mi cabello mientras se sentaba a horcajadas encima de mí.
Exale ruidasamente cuando sentí todo el peso de la rubia sobre mi persona y ella pareció tomarlo como una inequivoca señal de que me resultaba agradable, ¡que equivocada estaba!, la posición no podía ser más incómoda, el apoya brazos del asiento trasero se clavaba en mi espalda y el frío cristal de la ventana me dolía en la cabeza, hice una mueca de dolor y yo tuve que agradecer a ese rincón oscuro de la calle que nos profería una disfrazada intimidad, que evitó que me viera, si bien, podía pagar un buen hotel, una habitación en el negocio de Madame, o inclusive llevarle a mi casa, no quería hacerlo, quería que fuera rápido, que todo terminara con la misma rapidez con que había llegado.
-Roy-san. –Suspiró ella bajo mis labios, mientras sentía como desabrochaba la hebilla de mi cinturón con habilidad.
Y yo como respuesta, apreté con urgencia uno de sus senos por encima de su ropa, la escuché gemir ruidosamente.
-Lamento no haberte hecho el amor, cuando me entregaste la investigación del maestro.
Bajé el escote de su vestido sin importarme ser cortés, un sostén purpura a juego con su ropame dio la bienvenida a su suculento cuerpo...
-Fui un cobarde... tuve miedo de perderte...
Levanté su falda a la altura de las caderas, un montoncillo de tela se arremolino en torno a su cintura, apreté sus nalgas asiéndole contra mí, Vanessa clavó sus uñas en mi espalda y lancé un ahogado suspiro... cerré los ojos dejándome hacer... disfrutando el momento...
-Quiero enmendar mi error... podría hacerlo aquí... ahora... en éste momento...
Y la imagen de Vanessa a horcajadas sobre mí, pareció disolverse en la oscuridad de la noche, una segunda rubia había tomado el lugar de la primera, y su hermosa sonrisa me dio una paz, que no había sentido en mucho tiempo.
-Di mi nombre. -gruñí con la voz cargada de deseo.
-Roy. -Susurró Riza con una voz suave y delicada.
Su cabello no era suave y moldeado como el de ella, sus manos no eran tan finas ni delicadas, ni su cuerpo frágil, ni olía a los costosos perfumes con que ella se embalsamaba. Pero era mejor de una forma que no sabía cómo explicar, en ése momento ya no besaba a Vanessa, a una mera desconocida de un bar, la estaba besando a ella, a mi Riza, y esta vez me correspondía, ella enredaba sus manos en mi cabello, ella gemía y mordía sus labios de excitación, ella era quien pronunciaba mi nombre, porque atrás quedaban los cargos de Coronel y Teniente, éramos solamente ella y yo, dos amigos que se habían estado engañando por demasiado tiempo.
-Roy.
-Riza. –Y su nombre se escabulló de entre mis labios, cuando el glorioso orgasmo me recorrió la espina, y yo apreté los mismos apenas una milésima de segundo después, dandome cuenta de mi error, como quien suelta una blasfemia en una iglesia.
-¿Roy-san?
Abrí los ojos, la imagen de Riza se había esfumado por supuesto, me encontré directamente con Vanessa mirándome con una sonrisa amable, ella bajó de encima de mí, mientras acomodaba su vestido y lo alisaba con sus dedos con tranquilidad, parecía estar más acostumbrada a ello de lo que yo creía.
-Lo lamento. –Dije yo, y lo sentía de verdad, Vanessa sin embargo no parecía molesta en lo más mínimo me miró como si encontrara todo aquello muy divertido.
-Realmente significa mucho para ti, ¿neh, Roy-san?
No era necesario que dijera su nombre, ambos sabíamos a quien se refería, y yo, sin atreverme a mirar a la preciosa mujer a mi lado, respondí, mientras recordaba la pieza de ajedrez que había tenido entre mis manos aquella misma tarde.
-Es mi reina.
Vanessa me miró con gentileza y como si fuera lo más simple del mundo, preguntó.
-¿Por qué no se lo dices?
Reí entre dientes:
-No es tan simple.
-Nunca lo es –Dijo ella mientras acercaba su rostro para besarme, pero apenas unos milímetros de pegar su boca contra la mía, pareció pensarlo mejor y poso sus finos labios sobre mi mejilla, parpadee un par de veces, sorprendido, y ella no me contestó, me seguía mirando de aquella forma, amable, dulce y divertida.
-Gracias. -Contesté yo, sonreí con gentileza, mientras alargaba mi mano hacia dentro de mi billetera, ella sin embargó negó con la cabeza, al tiempo que salía del vehículo.
-Esta va por mi cuenta, Roy-san.
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...a las flores de un día, que no duraban que no dolían, que te besaban, que se perdían, damas de noche, que en el asiento de atrás de un coche no preguntaban si las querías...
Joaquín Sabina.
Muchas gracias por leer.
María de las Mareas
