Victoria
-¿Ganamos?
-Si... pero...
-¿Pero?
Y ella no me contestó, guardo silencio y yo temí lo peor, era imposible que hubiéramos ganado, no parecía una victoria real, el lugar estaba en el más profundo de los silencios, y solo podía escuchar los llantos apagados de una niña, que entre sollozos se disculpaba repetidamente...
-¿Qué pasa, teniente? –Pregunté yo, intentando aguzar mi oído.
-Edward-kun, ha recuperado su brazo –Explicó parca, mi teniente, y no era necesario decir más, si mal no recordaba el joven Elric, había traído de regreso el alma de su hermano, dando su brazo como pago, si el brazo había regresado, solo podía significar una cosa, que el alma de Alphonse se había ido, apreté mis puños, mientras guardábamos silencio, algunos ofrecían su ayuda, pude escuchar al jovencito proveniente de Xing, ofreció una piedra filosofal, un hombre del cual nunca había escuchado su voz, también ofreció otra, pero todas las opciones fueron rechazadas por Acero, se negaba a usar las vidas de las personas que habían creado la piedra filosofal, debo reconocer que admiré su temple.
El silencio se coló entre todos pero no duró mucho, un ruido extraño se escuchó de repente, algo se raspaba casi de forma monocorde contra lo que parecía ser el suelo, el lugar parecía una tumba, nadie decía nada, y nada salvo eso se podía escuchar, el sonido se detuvo de pronto y le siguió un golpeteo de metal y la voz de Acero.
-Esta será mi última transmutación, la última transmutación del Alquimista de Acero.
Escuché como le llamaron, pero nada más, luego nuevamente el silencio, habíamos ganado, aunque no lo parecía, habíamos vencido al llamado: "Father" y habíamos obtenido la victoria, pero aún así me sentía ajena a ella.
Me parecía todavía extraño que apenas hacia unos cuantos minutos atrás había sostenido a Riza entre mis brazos suplicando por qué no muriera desangrada, (por fortuna la aparición de la pequeña extranjera le salvó la vida), y más aún extraño era, cuando hicieron su aparición Bradley y Selim, los cuales me habían obligado a realizar una grotesca transmutación.
Después de eso, todo se volvió confuso, un manchón de sonidos y voces que no podía identificar, gritos y ataques que no sabía cómo responder, me era imposible reconocer el mundo solo con mi oído, era demasiado pronto para ello.
Me hubiera gustado tan siquiera ver una vez la cara del llamado Father, encararlo con mis llamas hubiera mucho más sencillo.
Pero era imposible, había perdido la vista, y la única forma en que vería el mundo de ahora en adelante sería por medio de mis otros 4 sentidos que habría de agudizar para saber lo que pasaba a mi alrededor, bajé mi cabeza sin dejar de pensar, que lo último que había visto antes de quedar ciego, era a mi reina entre mis brazos, en un carcho de su propia sangre, sonriendo hacia mí débilmente, asegurando que su momento aún no había llegado, mordí mis labios y apreté mis puños sintiendome desairado.
Un sonido extraño acalló mis pensamientos y escuché a mi lado a Riza soltar una exclamación sorprendida, seguida de gritos de júbilo y llantos apagados.
-¿Qué ha pasado? -Pregunté ceñudo, intentando agudizar mi oído en espera de obtener una respuesta auditiva. –Teniente ¿Qué ha pasado?
-Es... es...
-¡¿Qué es teniente?!
-¡Alphonse Elric! –Dijo ella sin poder controlar su sorpresa: –Ha regresado.
-¿Alphonse? –E intenté imaginar al menor de los Elric, el cual nunca había visto en persona, más que en fotografías cuando les visitamos en casa de esa vieja mecánica de automails, por lo que recordaba era muy parecido a su hermano, mismo color de ojos y cabello, pero su expresión parecía mucho más gentil, aún así me era imposible de imaginar al joven adolescente, (menos aún en el precario estado en que se encontraba) así que lo único que pude vislumbrar dentro de mi cerebro, fue a un Edward Elric en miniatura.
-Esta tibia. –Me pareció escuchar su voz entre el barullo y yo me sentí contento de eso, sabía que el jovencito era incapaz de sentir nada gracias a la armadura al cual estaba atada su alma, escuchar su voz amable, confirmaba que el pequeño había regresado.
-Teniente –llamé yo, sabiendo que a mi lado estaba mi asistente y de momento lazarillo para un invidente, y aunque no ordené nada más, Riza supo perfectamente que era lo que quería, acercándome hacia mí, tomó suavemente mi brazo y me guió hacia donde estaban los jóvenes hermanos Elric.
-Alphonse Elric –Dije yo al sentir como se detuvo Riza a mi lado.
-Coronel –llamó él en voz frágil.
-Has regresado –Dije yo incomodo sin saber exactamente hacia quien me dirigía - supongo que el atolondrado de tu hermano finalmente ha hecho algo bien.
Una risa amable y ahogada del jovencito se escuchó, seguida por supuesto de un gruñido que reconocí proveniente del mayor de los dos, luego un incomodo silencio:
-...coronel... esto... –Empezó a decir Edward, con voz atropellada: - yo lamento mucho lo que le pasó...
Suspiré de forma cansina, mientras fingía no darle importancia, esperaba ese tipo de comentarios después de todo, yo era uno de los más jóvenes militares, con un rango por encima de lo común para mi edad, nadie esperaría que mi brillante carrera en la milicia se viera afectada de esta forma.
-No tienes porque lamentarte, Acero, tú no hiciste nada.
-Si... pero...
-No te preocupes más por mí –Respondí yo sin importarme interrumpirlo - mejor preocúpate por cuidar bien a tu hermano... aunque no lo tomes como una excusa para evitar trabajar, te espero el lunes en la oficina, ¡bien temprano!
-Ah... eso... bueno... –Y el turno para sentirse incomodo ahora le tocó a él, empezó a reír forzadamente mientras decía de forma resignada: - ahora ya no soy alquimista, dejé mi puerta con la verdad, para traer a Al de regreso... ése fue mi pago.
Y finalmente yo pude entender sus palabras del porque esa sería su última transmutación, accedí mudamente con la cabeza, y la idea de entonces presentarme yo con la supuesta verdad para solicitar mi vista a cambio de mi habilidad como alquimista de la llama, se me presentó como una posibilidad, aunque no estaba seguro si estaba dispuesto a dejar de lado la alquimia.
-Ya veo... -respondí yo, tras unos segundos de silencio -entonces quiero tu dimisión en mi escritorio, lo más pronto posible, ya no eres alquimista estatal y dudo mucho que quieras enlistarte en el ejercito como un mero cadete.
Y pude escucharlo reír amablemente, me alegre con sinceridad de él, sabía que Acero nunca había estado contento dentro de la milicia:
-No, muchas gracias. –Contestó él, sabiendo entonces que esa era la despedida, nunca he sido un hombre sentimental, pero ciertamente iba a extrañar a ese par de chiquillos, alargue mi mano hacia ellos, sintiendo primero una mano frágil y esquelética tomarla, seguida de una pequeña pero fuerte, que se cerró en torno a la mía.
-Gracias por todo, Coronel.
-Buena suerte, Acer... Edward Elric.
Y sin más nos despedimos de los jóvenes Elrics esperando que tuvieran un buen regreso a casa, finalmente lo que habían buscado cuando comenzaron su camino hacia varios años, lo habían recuperado.
Riza nuevamente volvió a tomarme por el brazo guiándome entre escombros rehuidos que podía sentir al pasar bajo mis pies, el silencio entre ambos se sintió incomodo y solo unos segundos después ella comenzó a hablar:
-Coronel, tenemos que ir a un hospital.
Y yo accedí con un movimiento mudo de cabeza, sintiendo por fin todo el peso de la situación caer dolorosamente sobre mis hombros:
-Es cierto, estas herida –Contesté yo, de forma ausente - tienen que atenderte apropiadamente, la niña que te curó, dijo que apenas aplicó los primeros auxilios.
-No se preocupe por mi... –Respondió ella pausadamente -piense más en usted, por favor.
-Las heridas que yo tengo no son de importancia, teniente. –Expliqué yo tanteando inconscientemente las heridas en las palmas de mis manos.
-No me refiero a eso... sus ojos... tal vez... alguien, pudiera...
-Sabes que no hay ninguna posibilidad médica que me haga recuperar la vista –Expliqué yo con desdén –es el precio a pagar para los que se encaran con la verdad.
-Pero, coronel... tal vez...
-Basta ya de necedades, teniente... –Dije yo deteniéndome al instante y obligándole a soltar mi brazo con un movimiento brusco, escuché a Riza soltar un quejido ahogado: - ¡soy ciego, no idiota!
Pude escuchar a Riza respirar pesadamente un par de veces antes de contestar en voz inusitadamente baja:
-Sí, señor.
Y yo suspiré cansinamente, sabía que ella no tenía la culpa, y que solo quería ayudarme, pero no podía hacerlo, había perdido la vista y con ello toda posibilidad de llegar algún día al puesto de Führer. Mi sueño se había evaporado.
-Lo lamento, teniente.
-No tiene que disculparse, señor, soy yo la que está haciendo todo más difícil para usted.
-No digas eso. –Pero ella ya no me contestó, y yo sin duda lo tomé como una mala señal, me acerqué hacia ella sin saber si alguien podía estarnos viendo o donde estábamos exactamente, pero no podía dejar las cosas así, alargué una de mis manos hacia ella, tanteé con cuidado por su brazo y serpentee hacia arriba, hacia su rostro, pasando por su cuello y sus mejillas, sintiéndolas húmedas, y si era posible, me sentí peor de cómo me había sentido, apreté mis labios. –Nuevamente te he hecho daño, lo siento.
-No, señor. –Respondió ella con voz tenue, intentando alejarse, pero yo la tomé con mi otra mano por un brazo impidiéndole moverse.
-Esta situación es nueva y extraña y por supuesto no querida para mí... –Hablé hacia ella, sintiendo el vahó de su respiración darme de lleno en el rostro: -el futuro de la nación con que había soñado ahora solo puedo imaginarlo... teniente... por favor... discúlpame si me comporto como un imbécil.
-Coronel...
-¡Vaya! esto no es algo que se ve todos los días. –Escuché en voz muy cercana a nosotros, y solo el tono amargo y sarcástico de la oración me erizó los pelillos de la nuca.
-¿General Armstrong? –Llamé yo mirando hacia donde había escuchado la voz.
-Mustang, Hawkeye. –Respondió ella arrogantemente, y pude sentir como Riza se tensaba a mi lado, escuché el golpeteó de sus botas y supuse realizó un saludo militar, yo en cambio adquirí una actitud más relajada, por primera vez me alegré de no poder ver nada. –Al parecer le gusta saltarse las reglas Mustang, ¿debo recordarle sobre la ley anti fraternización del ejercito?
-No será necesario, general, la conozco de sobra... solo estoy agradeciendo a mi teniente por ser una excelente ayuda para este pobre invidente.
Y supe a pesar de que no podía verla, que la rubia me miró con desagrado:
-Demasiado efusivo para ser un simple agradecimiento.
-Soy una persona amable.
-Te aprovechas de tu situación, Mustang –Replicó ella con frialdad - te patearía tu petulante trasero si es que tuvieras vista para verlo... ¡Alex! –Dijo en voz fuerte y me hizo suponer que el Mayor no podía estar lejos.
-¿Hermana? –Y su voz cercana me hizo confirmar mis sospechas.
-Lleva a Mustang y la teniente a un hospital, necesitan atención –Ordenó imperiosa - ¡Y no te demores! Todavía hay mucho por hacer aquí.
-Sí, hermana.
Riza agradeció el gesto nuevamente con un saludo militar y yo me limite a guardar silencio, cualquier cosa que dijéramos estaba de más, ella me tenía un cierto desprecio de toda la vida, y yo no iba a luchar por contradecirle, después de todo, no era el afecto de ella de quien buscaba, Riza volvió a acomodarse a mi lado para guiarme por el camino y esta vez ninguno de los dos volvió a decir nada.
00000000000000000
Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos.
Antoine de Saint-Exupery
Muchas gracias por leer.
María de las Mareas
