Ciego.

Recargué mi cabeza en la cama y dejé que la enfermera en turno levantara las vendas sobre mi hombro y cuello, la mujer accedió mudamente con la cabeza mientras las soltaba poco a poco.

-¿Molestias? –Preguntó ella, mientras acercaba una especie de mesita con ruedas hacia al lado de mi cama.

-Las normales –Respondí yo al tiempo que notaba como sacaba de dentro del mueble varios productos de curación.

-¿Irritación, dolor, pulsación?

-No.

El olor a agua oxigenada y alcohol llenaron de pronto la habitación y mi compañero de cuarto se removió incomodo en su lugar.

-¿Teniente? –Llamó él, y devolví mi mirada hacia mi lado izquierdo, él no me miraba como usualmente hacía, pero no porque no quisiera, si no porque no podía; sentado con los ojos pálidos y la cabeza ligeramente inclinada hacia mí, vi a mi superior el Coronel Roy Mustang.

-Estoy bien. –Respondí, y pude ver como una sonrisa se extendía por su rostro. –Están curando mis heridas. –Expliqué sintiéndome obligada a informarle de cualquier eventualidad por muy pequeña que fuera.

-Ya –Respondió él, y pude notar como movía su cabeza de forma tal vez inconsciente hacia cualquier lugar donde escuchaba un sonido; la puerta de la habitación al ser abierta, el garabateo contra el papel de los expedientes, el tintineo de las tijeras al cortar las vendas.

Debía acostumbrarse a cada sonido que lo rodeara, distinguirlos y aprender de ellos, ya que esa sería su nueva forma de ver el mundo. Apreté los puños, sintiéndome impotente.

-Bien –Dijo entonces la enfermera volviéndose con indiferencia a su otro paciente, sus manos pasaron habilidosamente por las vendas en sus manos, revisando cualquier posible infección, cambió algunas, y al igual que hizo conmigo revisó los puntos vitales, apenas unos minutos después se dirigió a mi superior: –Todo está muy bien, Mustang-san –Dijo ella con voz monocorde - si sigue progresando de ésta manera, podrá ser dado de alta muy pronto.

-Me alegro –Respondió él y una sonrisa seductora apareció entre sus labios.

Lo miré un segundo y luego mis ojos volaron hacia la enfermera, esperando su reacción, la mujer se detuvo unos segundos para ver a su paciente masculino sin percatarse siquiera de mi, sus ojos escrutaron con curiosidad sus brazos perfectamente trabajados, su cabello oscuro cayendo con elegancia por su frente, su rostro suave y perfecto, su nariz, labios, pómulos.

Nadie que lo conociera lo negaría, era un hombre atractivo, sin embargo, los ojos de nuestra enfermera se detuvieron en los de él, carentes de visión, una sonrisa lastimera acudió a sus labios, y yo tuve que controlarme para no correrle a patadas, casi me pareció ver lo que estaba pasando por su cabeza.

-Es muy guapo, pero... ciego...

-Con su permiso. –Dijo ella tras unos tensos segundos, antes de salir de la habitación dejándonos solos a nosotros, sabía (por lo mucho que había visto hacerlo antes) que el coronel tras esa sonrisa, solía tener cuando menos una cita o el número telefónico de alguna fémina como mínimo, en éste caso solo obtuvo indiferencia, miré de reojo a Roy, intentando adivinar que era lo que pasaba por su mente, pero su semblante era insondable.

Me pregunté si esa mujer conociera toda la historia del como uno de los más respetados miembros de ejército había terminado totalmente ciego, lo vería de esa misma forma lastimera.

-Quizás no... Quizás si...

-Tenía voz agradable –Dijo entonces él, sacándome de mis pensamientos: -¿Era guapa, teniente?

Y yo espiré enfadada, ciego o no ciego, el coronel siempre iba a ser incorregible.

-No comparto los mismos estándares de belleza que usted, Coronel... temo que mi opinión no sería acertada, pero debo admitir que no era fea.

Él rió entre dientes como si encontrara todo aquello muy gracioso.

-¿Cree que si la invito a salir, aceptaría, teniente?

Y yo apreté los dientes antes de contestar fingiéndome indiferente.

-Desconozco, coronel, habrá de hacer la prueba usted mismo.

-No es necesario preguntarle, teniente. -Respondió él rápidamente, sonreía pero no era la sonrisa de siempre, se le veía triste, apesadumbrado. - Ambos sabemos la respuesta.

-Coronel... no... quise decir...

-Supongo teniente, que son las desventajas de ser un ciego, nadie querría salir con semejante carga. -Y dicho eso, soltó una carcajada carente de toda alegría.

Y por un segundo quise abofetearle, gritarle que estaba actuando como un imbécil, aunque seguramente ya lo sabía, me senté en el borde mi cama quedando directamente frente a él, aunque sabía que no podía verme.

-Eso es porque hace esas preguntas a las mujeres incorrectas, coronel.

Roy sonrió, desconozco si supo de mi presencia, si podía ver algo en aquella inmensa oscuridad, o si mi voz, o mi olor lo guiaron, sea como fuera, él me imitó sentándose en el borde de la cama, directo hacia mí.

-Es cierto -Accedió él con un movimiento de cabeza - pero las mujeres correctas, son inalcanzables.

-No todas las mujeres correctas son inalcanzables. -Respondí sabiendo que estábamos que esa sesión de preguntas y respuestas inocentes nos llevarían a un terreno peligroso.

-Tú lo eres.

Su respuesta me dejó muda por unos instantes, sabía que tenía razón era totalmente inalcanzable, así como lo era él conmigo, no por gusto propio por supuesto, pero no podíamos negar lo que era evidente, mientras los dos estuviéramos en el ejercito, tener una relación fuera del ámbito profesional era simplemente imposible.

-Nuestro trabajo así lo exige. -Respondí sintiendo la garganta seca.

Y él guardo silencio como hice yo hacía apenas unos momentos atrás, parecía estar pensando muy bien sus próximas palabras y yo lo miré sintiéndome extrañamente ansiosa.

-...Es decir... que si no fuera por nuestro trabajo, ¿aceptarías formalizar una relación conmigo?

Y por única vez me alegré de no que no pudiera verme, di un respingo por dicha pregunta, nunca dejaba de sorprenderme.

-Somos demasiado viejos para esas boberías de noviazgo. –Le respondí pasivamente, aunque realmente a nuestra edad no podría considerársenos realmente viejos.

-No me refiero a un noviazgo. –Contestó él negando con la cabeza.

-¿Entonces?

-Si nuestro trabajo no fuera un impedimento ¿aceptarías casarte conmigo, Riza?

Y no pude evitar notar que el "teniente" brilló por su ausencia y mi nombre pronunciado de sus labios, sonó encantador, no podía recordar la última vez que me había llamado por mi nombre, debía ser hacía más de 10 años, 12, 14, ¡ni siquiera lo recordaba!

-¿Qué caso tiene responder esa hipotética pregunta? –Pregunté con un hilillo de voz.

E intentó fijar su mirada en mí.

-Lo he pensando mucho ultimamente, una persona privada de la vista, no... mejor dicho... un alquimista, no puede estar en las líneas militares, por mucho que así lo desee. La jubilación, aunque me parece muy cercana a los 30 años, puede ser una posibilidad... y... honestemente nunca me lo había planteado... pero... casarme... y formar una familia, parece factible... una hipotética respuesta, es solo lo que necesito... para mi hipotética situación... ¿Te casarías conmigo?

Y yo no pude hacer otra cosa más que guardar silencio, nunca había recibido una propuesta de matrimonio, hipotética o no, sabía que cualquiera que fuera mi respuesta, generaría un cambio de planes en él, y yo tenía el poder de alejarlo de los militares para siempre y permanecer a su lado, ya no más como una asistente de trabajo, si no como su pareja, compañera y mujer.

Y por un segundo me imaginé vestida de blanco, con él a mi lado, aceptando la bendición de un sacerdote por encima de nuestras cabezas.

Podríamos ser muy felices los dos juntos, nos conocíamos desde hacía tantos años y desde que era poco más que una niña había tomado una decisión respecto a él, decisión que había acatado y aceptado con la madurez que otorgan los años, la cual era de permanecer a su lado por siempre, con vista o sin vista, sin brazos o piernas, cualquier cosa que le faltara, no importaba, por la simple razón de que le amaba.

-Amaba a Roy Mustang.

Apreté mis labios de forma casi inconsciente, lamentablemente darme cuenta de la verdad, logró que mi inconsciente me jugara nuevamente una mala pasada, en está ocasión, me imaginé a los dos juntos en una acogedora casita en las afueras de la ciudad, con un bonito pórtico y un amplio jardín donde un par de niños, jugarían libremente, nuestros hijos, de él y míos, de los dos, seríamos una familia, una verdadera familia.

Sentí un nudo en la garganta y unas inmensas ganas de llorar, la vida que nunca tuve de niña, podía hacerse realidad a su lado, con el hombre que había conocido de toda la vida, con más defectos que virtudes y aún así amaba.

-¿Riza? -Llamó él con voz queda, y yo volví a la realidad, mirándome sentada en la cama frente a él, con las manos entrelazadas en mi regazo, los ojos quemándome dolorosamente y un nudo apretando con fiereza mi garganta.

-No.

Respondí finalmente y pude ver como él miraba hacia la nada, frunciendo el ceño

-...No me casaría contigo.

Roy tragó en secó y sonriendo tristemente contestó:

-Ya veo... ¿puedo preguntar el porqué?

-Porque... eso significaría que tendrías que dejar al lado tus anhelos... y no puedo permitirme tal acto de egoísmo. -Contesté yo, pude sentir como una lagrima rodaba por mi mejilla, sin embargo mi voz no cambió ni un instante su tono ni fuerza, restregué mi mejilla con el dorso de mi mano.

-Ni siquiera en las hipótesis, acepta casarse conmigo, teniente. -Dijo él, pero no parecía decírmelo a mí, parecía estárselo diciendo a él mismo.

-Lo siento... pero creo que se está dando por vencido muy pronto, coronel, todavía hay mucho que hacer, y el camino para convertirse en Führer no es sencillo... pero nada que valga la pena lo es... -Y tomando una gran bocanada de aire, continué: -además, ambos sabemos que casarse y formar una familia, nunca será su sueño prioritario, señor.

-¡¿Eso crees?! -Contestó él poniéndose de pie en un solo movimiento, podía ver sus manos como puños furiosamente apretados, estaba molesto -Si quiero llegar a la cima, es para proteger a aquellos que son importantes para mí... Tú...–Y aún sin ver pudo señalarme con un dedo índice de forma acusante y aunque sabía de su precaria condición me sentí intimidada, Roy abrió la boca y boqueó como un pez fuera de agua, parecía que iba a soltar algún largo discurso, pero en algún momento cambió de parecer y solo atinó a decir: –Tú... jamás vuelvas a decir eso.

Y dicho eso, se sentó sobre el borde de la cama, parecía cansado y enfadado, desconocía si conmigo o consigo mismo, pero eso de momento no importaba.

-Coronel. –Intenté llamarle, pero él no me respondió, así que era mi momento de hacer mi jugada, él se había arriesgado, también podía hacerlo yo.

Así que dejando mi lugar frente a él, me puse en pie, solo para acercarme y sentarme a su lado en la cama, él ni siquiera se movió, mejor, así que tomando coraje, me incliné un poco hasta descansar mi cabeza sobre su hombro, pude sentir como él respingó con mi acercamiento, pero ya estaba hecho y no iba a echarme para atrás.

-Si después de que llegues a la cima -Dije yo, sintiendo el rostro extrañamente caliente: - Todavía quieres casarte conmigo, yo... te prometo que lo pensaré. – Finalicé yo, permitiéndome saborear el momento, pude sentir la mano del Coronel y mi mejor amigo recorrer con parsimonia mi espalda, y no se detuvo hasta que se llegó a mi hombro, acariciando mi brazo con un movimiento suave de su dedo pulgar, pronunció las mejores palabras que hubiera querido escuchar.

-Gracias, Riza.

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Aunque tengamos la evidencia de que hemos de vivir constantemente en la oscuridad y en las tinieblas, sin objeto y sin fin, hay que tener esperanza.
Pío Baroja

Gracias por leer.
María de las Mareas.