12 años

Cerré los ojos mientras sentía su cálido aliento, rozando mi cuello, suspiré y me removí en mi lugar incomoda.

Sus brazos cual serpientes enroscadas a mi cintura, se aferraron con delicadeza.

Y yo me removí nuevamente, era imposible, suspiré cansada, mientras bajaba mis dedos hacia la altura de mi cadera, intenté levantar los salientes de mi uniforme, pero su antebrazo me imposibilitaba la tarea.

Chasqué mi lengua y me moví otra vez intentando buscar algo de comodidad en mi postura en vano, el duro metal de mi siempre fiel arma, se clavaba furiosamente contra mi piel.

Suspiré por tercera ocasión.

-¿Todo bien, teniente? –Y su sonó amodorrada, ronca, giré apenas unos centímetros mi cabeza, pensé que dormía, pude verlo de reojo, aún tenía los ojos cerrados, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa traviesa que me hacía comprender que estaba bien despierto.

-No tanto –respondí indiferente, mientras sentía pasar sus dedos acariciar pausadamente mi abdomen. -Mi pistola.

E intenté soltarme sin conseguirlo, me pareció escuchar una risita a mi espalda seguida de un:

-Ya. –con voz ronca, sus brazos dejaron entonces mi agarre a la cintura, y pasaron hacia mi cadera, levantando parte de mi uniforme, llegando hacia donde había querido, las hebillas de la funda de mi arma, intenté ayudarle, pero él negó mi ayuda apartando mis manos un par de veces, deslizó con parsimonia cada cintilla con facilidad, como si tuviera mucha experiencia en ello. Una vez libre, deslizó las cintillas de cuero y el arma por ende y la tiró al suelo por encima de su hombro, como si no fuera más que basura.

Agradecí mentalmente el gesto, por primera vez en la noche mi cuerpo no iba a estar apoyado contra una dura superficie metálica y finalmente mi cadera podía relajarse al sentir la suavidad del colchón.

-¿Mejor?dijo él a mi oído.

-Bastante –contesté, tensándome al instante al sentir sus manos deslizándose por mi abdomen, me tensé al sentir como su camino no se detuvo en mi cintura, sino siguió subiendo hasta la altura de mis pechos, por debajo de mi chaqueta militar, con una mano libre soltó uno a uno los botones de mi chaqueta y con la otra aflojó el arnés por debajo de mis axilas donde sabía bien descansaban dos brillantes pistolas.

Se tomó más tiempo del que hubo empleado cuando se deshizo de mi primera arma y tenía la ligera sospecha que no era gracias al uniforme, pero lo dejé continuar, y solo hasta que hubo soltado mis pistolas y dejado por encima de la mesita de noche, dio por concluido su trabajo.

Depositó nuevamente una de sus manos por encima de mi cintura, y otra la dejó perezosamente encima de uno de mis senos, rodeé los ojos mientras tomaba su mano y la bajaba con un movimiento brusco, escuché su risa entre dientes, mientras apoyaba su mano a la altura de mi cadera.

-Insisto que te sería más cómodo sacarte el uniforme –Y sus manos volaron hacia la hebilla del cinturón –Podría ayudarte si así lo deseas.

-Aunque agradezco de sobremanera su desinteresada ayuda–Respondí sarcásticamente mientras me sacaba sus manos de encima–Temo que debo rechazarla...-el tono de voz se me suavizo - sabes que debo volver temprano a mi departamento, no quiero quedarme dormida.

Y sus brazos volvieron a enredarse alrededor de mi cintura.

-Black Hayate podrá sobrevivir una noche sin su ama.

Y una sonrisa triste se dibujó en mis labios, me alegre de tenerlo a mi espalda, su voz se oía apesadumbrada.

-No es solo por él, Roy.

Tardó un par de segundos antes de contestar.

-Sí, lo sé... lo sé.

-Duérmase, general –y él como respuesta besó delicadamente la base de mi cuello ahí donde debajo de mi blusa de cuello alto una gruesa cicatriz oscurecía mi piel.

Y el volvió a recargar su cabeza en mi cuello, sus manos sobre mi cuerpo, y yo, me quedé inmóvil en mi lugar, "duérmase, General" había ordenado, me gustaría poder hacer caso a mi sugerencia.

Unos segundos después pude escuchar su respiración suave y pausada, su aliento contra mi cuello, se había quedado dormido.

Y en la oscuridad de la habitación con la suave luz de la luna colándose por las ventanas, recorrí con la vista la alcoba que ya conocía de memoria, todo por no ceder ante Morfeo, su habitación como casi todo en su casa, era simple y minimalista de un lado, un armario, una mesita de noche, del otro un librero y un escritorio, sobre esta, una pizarra de corcho donde aprisionados debajo de tachuelas, descansaban diversos recortes de periódicos, algunos remarcados con marcador rojo, otros más olvidados y encimados, uno sobre otro; en uno con una fotografía impresa en grande, me pareció reconocer al Mayor Miles, y el Ishvalita sin nombre, me apretujé en sus brazos, no tenía que leer los encabezados para saber de que trataban dichos recortes.

Ishval.

Esa noche se cumplían 12 exactos años del fin de la guerra contra el pueblo de Ishval, cuando el último de los creyentes de Ishvala murió bajo las manos que en ese preciso momento me rodeaban.

Mis dedos se posaron suavemente sobre los de él.

Sonreí con nostalgia, mientras miraba los escritos a blanco y negro, sabía que él no había guardado dichos papeles, por mero sentimentalismo, sabía que esos papeles no hablaban más de las masacres cometidas contra los morenos de ojos carmesí.

Sabía que en esos recortes de periódico había esperanza, él se recordaba cada día, que los cambios podían ser ciertos, y en cada impresión, podía corroborar cuan ciertas eran sus suposiciones.

El pueblo de Ishval, hacía al menos 2 años que estaba restaurándose, con la sorprendente e inestimable ayuda de la mayor de los Armstrong, Olivier Milla y su fiel Miles, por supuesto no solo ella se podía llevar todo el crédito, mi actual amante había trabajado arduamente para ayudar a ese desdichado pueblo, se había ganado su confianza, y había brindado opciones a los de ojos escarlatas.

Dejar los guetos en las peores regiones de Amestris, fue posible, la reconstrucción de sus iglesias y el respeto a sus creencias, no era más ya un ingenuo sueño.

Ellos estaban avanzando, y me alegraba sinceramente, pero una ínfima parte dentro de mí, se lleno de congoja.

Ellos avanzaban.

¿Por qué nosotros no podíamos hacer lo mismo?

Y me giré en redondo para ver a mí pareja.

El general de división Mustang dormía plácidamente (ahora frente a mi), con una expresión serena en el rostro, retiré uno de sus mechones azabaches de su frente, y me recargué contra él, él en un acto reflejo amoldó su cuerpo al mío, aprisionándome contra su pecho, rodee su cintura con mis brazos.

¿Cuánto tiempo más íbamos a seguir ocultándolo?

-El que sea necesario. –Respondió esa vocecilla crítica y analítica dentro de mi cabeza.

-Ya –susurré a mí misma y el vaho le dio de lleno en la cara, se removió con suavidad y su esencia varonil, me dio de lleno.

Sabía la respuesta, la sabía desde hacía dos años que me apretujé en sus brazos, cuando tras la muerte de Bradley, y la victoria frente a los Homúnculos, me perdí por primera vez bajo sus sábanas.

Mientras la regla de anti fraternización de los militares no fuera abolida teníamos que seguir actuando como siempre, como dos meros y perfectos colegas de trabajo, el dar a conocerme como su amante -o viceversa- nos supondría en un aprieto, con serias consecuencias, la destitución de su cargo, el más serio de los inconvenientes, por mi trabajo ni siquiera mi preocupaba, no era mi cabeza la que perseguían los altos mandos.

Lo sabía.

Sin embargo el tener todas las respuestas no lo hacía más sencillo.

El hecho de tener que ocultar nuestra relación, frente a todo el mundo, no tarea ni grata, y mucho menos simple, fuera de esas cuatro paredes, éramos los dos perfectos trabajadores, superior y asistente, siempre con la coquetería desmedida de parte de él, la seriedad e indiferencia de parte mía, nadie podía asegurar lo que éramos en realidad.

Aunque Havoc y Rebecca, -eternos bocones-, en más de una ocasión habían acertado con sus suposiciones lanzadas al aire, habían descartado las posibilidades de que nuestra relación fuera algo más de lo mero profesional, tras mirar mi semblante serio y la mirada asesina de mi superior.

Tal vez ese era el castigo que debíamos pagar, por nuestros crimines pasados, tal vez el hecho de estar con él, y no estarlo debía ser mi penitencia.

Pasé por sus labios mi dedo pulgar, estaba totalmente dormido.

Deshice su abrazo, y me levanté con cuidado los movimientos más justos y exactos, tomé con cuidado las pistolas que él había lanzado por encima de sus hombros, me calce las botas y ajuste mi cacheta militar.

Miré por el rabillo del ojo, estaba lloviendo, sonreí al imaginar la cara que pondría al darse cuenta de ello cuando se despertara, casi me alegré de no estar junto a él cuando eso pasara, se comportaba como un eterno niño cuando el clima no era favorable.

Suspiré.

Me enfundé en mi grueso abrigo negro, y sin más abandone la habitación con un rechinido de los goznes de la puerta mal aceitados.

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Con dos en una cama, sobran testigos, cura y juez.
Joaquín Sabina.

Gracias por leer
María de las Mareas