Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, bla, bla, bla… la historia es mía, bla, bla, bla… no la tomes para traducirla o tomarla porque sí, sin mi consentimiento, bla, bla, bla… o te acuso con Aro Vulturi.
Disfruten, queridos querubines :D
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Beteado por Flor Carrizo, betas FFAD.
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Bella Swan's Brand New Acid Test.
(La prueba de fuego de Bella Swan).
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Capítulo 2: ¿Qué clase de brujería es esta?
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Estaba asustada.
No, estaba horrorizada.
Se suponía que en ese minuto teníamos que juntarnos Alice, Rosalie y yo, para así salir a dar "el giro que necesitaba mi vida". Lo cual, seguía pareciéndome una total y completa idiotez.
Sin embargo, si ganaba la apuesta, iba a poder librarme de la sociedad, podría sacármela de mis hombros de una vez por todas. Eso sonaba bastante apetecible, lo suficiente como para arriesgarme de esa forma.
Así que, íbamos ahora a introducirme de lleno en clases ridículas sobre feminidad o algo por el estilo.
— ¡Bells! —gritó Alice, lanzándose a mis brazos. Claramente, no iba a corresponderle. Era apenas domingo, habíamos acordado la apuesta ayer. No era como que iba a sentirme cómoda con mi suicidio social de un día para otro. No señor.
Pero, iba a comportarme. Iba a hacer las cosas bien, iba a ganar esa apuesta e iba a convencer a los demás sobre cuánto se equivocaban acerca de mí.
—Están en mi cuarto y no tocaron la puerta para entrar —saludé, con el sarcasmo brotando por mis poros.
—Ay, Bells —se quejó Rosalie. Se dirigió a mi armario, tomó mi bolso, y me lo entregó—, vamos a divertirnos, ¿sí?
— ¡No quiero divertirme! ¡Esto no es divertido, para nada! —Lloriqueé.
— ¿Alguien está arrepintiéndose? —Alice quería provocarme. Refunfuñé, quitándole el bolso a Rosalie.
—Lárguense de mi cuarto. Tenemos cosas ridículas de mujeres por hacer —reclamé.
Oí esos chillidos familiares de emoción, que me advertían severamente en lo que me estaba metiendo.
Renée nos detuvo en la puerta de entrada, una vez que habíamos bajado.
—Isabella Marie Swan —me llamó. Me acerqué a ella con paso tembloroso, esperando que no supiera lo que iba a hacer. De todas formas, era estúpido. Se enteraría de todo al verme volver a casa por la tarde. Eran las diez de la mañana, no tenía idea lo que estas chicas podían hacer en diez horas—. ¡Mucha suerte, pequeñas! ¡Ah! ¡Por fin voy a poder comentar sobre tonos de sombra para los ojos con ella! Muchas gracias, chicas —dijo de corazón.
Decía muchas.
Palidecí, dándome vuelta hacia mis delatoras.
— ¡¿Qué ustedes qué?! ¡¿Le dijeron a Renée?! —chillé con voz de soprano que, súbitamente, había hecho presencia en mis cuerdas vocales.
—Bella, Renée está de acuerdo —insistió Rosalie—, cree que es tiempo de que salgas a encontrar al verdadero amor. Además… ella auspició el embellecimiento y la peluquería.
—No, no, no. ¡Aquí nadie va a gastar dinero! ¡Esto es ridículo! Esto se cancela, me voy a mi cuarto —reclamé, al borde de la histeria.
—Belli-Bells, déjate consentir. —Renée me besó la mejilla, sonoramente, mientras me abrazaba por la espalda. Las ninfas diabólicas que estaban frente a mí se reían con ganas—. Eres una hija hermosa, así que te lo mereces. Ahora vete antes de que te arrepientas. —Nos echó a la calle, obligándonos a subirnos al convertible de Rosalie.
—Créeme que ya estaba arrepentida antes de que esto empezara —alcancé a decirle antes de que me cerrara la puerta en la cara.
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Sentí que mis extremidades iban a ser arrancadas brutalmente de mi cuerpo. Alice me llevaba por la izquierda, guiándome al área de zapatería. Rosalie, por el otro, quería llevarme a ver una blusa azul que según ella "combinaría con mi piel blancuchenta".
Fui primero con Rosalie porque era, francamente, la parte más llevadera. Primero podríamos revisar prendas de vestir, luego irnos a las zapaterías y, finalmente, iríamos a la peluquería, la parte que más me aterraba.
Estas dos creían que iban a poder manipularme fácilmente, diciéndome qué usar, cómo hacer y dónde hacerlo. Pero no pretendía dejarme llevar tan fácil.
—Ten, Bells. Esta es una bonita —dijo Rosalie. Me tendió una blusa con un escote pronunciado que parecía sacado de un café con piernas. Le miré con horror, devolviéndosela.
—Primero que todo, van a tener que aceptar mis condiciones —hablé con naturalidad—. Uno: nada de ropa vulgar. Todo lo que ustedes me ofrezcan tendrá que ser aprobado por mí. Dos: no voy…
—Bella, si fuera así no aprobarías nada —interrumpió Alice.
Le fulminé con la mirada, continuando con mi lista:
—No voy a usar tacos, así que vayan pensando en otra forma de hacerme lucir encantadora. —Alice y Rosalie gimieron notoriamente, me reí para mis adentros—. Y tres: ustedes van a traerme sus propuestas de ropa en quince minutos. Yo voy a ir por algo que sea de mi agrado, así que nos juntamos en el probador.
Se encogieron de hombros y partieron a cumplir con el cometido.
Preocupada por no saber qué esperar de las pequeñas demonios, traté de ir en busca de alguna prenda que llamara mi atención.
Me paseé por toda la tienda, pero me salté la parte de los jeans, porque no tenía ganas de fijarme en eso. Las chicas sabrían qué hacer con aquello.
Por lo tanto, me fui a la zona de camisetas, blusas y camisas.
Para cuando dieron los quince minutos, tenía cinco prendas entre mis manos.
Las chicas llegaron entusiastas, pero el corazón me subió al cuello cuando vi que ambas tenían la mitad de la tienda con ellas. Gemí audiblemente, mientras entrábamos al probador.
Dentro de este, al centro, había un par de sofás y revistas de moda. Alrededor de esta salita, estaba lleno de puertas que daban cada una a un probador diferente.
Las chicas se sentaron cada una en un sofá y depositaron la ropa que tenían para mí al lado de ellas. La mujer que vigilaba el probador se nos unió muy entusiasmada cuando mis amigas le hablaron de que estaban haciéndome un cambio de look.
En ese momento, supe que me esperaba un largo día por delante.
Rosalie me pasó dos jeans ajustados, a los que miré con desagrado desde el primer momento en el que mis ojos los captaron en el radar. Aún así, entré a regañadientes al probador, con la mejor de las expresiones de odio de todos los tiempos.
Luego de un momento, salí.
— ¡Mírala, por Dios! Se ve estupenda.
—No puedo creer que haya perdido el tiempo con esos pantalones llenos de bolsillos todo este tiempo —acotó Alice.
Entré nuevamente al probador con más y más prendas propuestas por ellas, hasta que finalmente me tocó el turno de exhibir lo que había visto yo.
—Me gustó esta camiseta —susurré saliendo por la puerta, luciendo una gris con diseños tribales.
— ¡Bella! Eso es igual a todo lo que tienes —habló Rosalie con desaprobación, rodé los ojos exasperada—. La idea era buscar algo que te haga ver más femenina…
—Y estilizada —corroboró Alice—. ¿Podrías mostrarnos qué otra cosa has escogido?
—Me gustó esto de aquí —indiqué dos camisetas más, una camisa a cuadros negra con blanco y una blusa verde.
— ¡Esa de ahí! ¡La blusa! —Rosalie me la quitó de las manos, analizando mi elección—. Creo que esto es lo único que apruebo. ¿Camisetas grises, Bella? ¿Estás bromeando? Son iguales a las que tienes. Lo mismo con la camisa. Me atrevería a decir que es una versión más holgada de la que usaste el jueves para ir a clases.
— ¡Ustedes dos son unas…! —refunfuñé una vez que entré nuevamente al probador para ponerme la ropa que usaba hace un rato.
Cuando salí del probador, la vendedora, de quien ya ni recordaba el nombre, Alice, y Rosalie, estaban discutiendo sobre qué hacerme usar.
—Bien, Bells. Hasta ahora hemos decidido que te llevas esto —dijo Alice, tomando diversas prendas que estaban apartadas—: Tres camisetas que puedes usar como básicos, cinco jeans, cuatro blusas o camisas, tres sweaters, dos polerones y todo este montón de cosas que me da flojera mencionar. —Indicó un montón considerable de ropa.
Luego de veinte minutos de discusión agotadora, llegamos a un consenso.
Si bien gran parte de la ropa no era muy mi estilo, tenía que admitir que al menos no era ropa fea. Tarde o temprano me acostumbraría, o eso creía.
Cuando fue el momento de ir a pagar, traté de irme lejos, porque no quería ni saber cuánto costaría la gracia.
Finalmente, llenas de bolsas, fuimos a la zona de custodia para dejar todo. Cuando estuvimos libres de nuevo, me llevaron a la zona de zapatería, como si el nivel de tortura fuera en aumento.
—Nada de tacos —les recordé cuando me senté a esperar que me llevaran sugerencias. Si no sabía mucho de ropa, no había forma de que me entendiera con los zapatos.
Luego de un minuto Alice y Rosalie llegaron con propuestas que, para mi sorpresa, no eran tan terribles.
—Podrían gustarte las flats —dijo Alice con entusiasmo, enseñándome muchos pares de zapatos monocromáticos y sin diseños, los cuales no tenían nada de plataforma.
—Um, lucen bien —aprobé, calzándomelas. La verdad era que eran bastante lindas—. Pero, ¿y la lluvia?
—Oh, Bella. No creas que vas a usarlas por el resto del año, ¿o sí? —Rosalie intervino—. Creo que deberíamos comprar dos pares de esas y muchas botas, más bien como de estilo militar… Creo que esas son perfectas para Bella.
—Opino igual. —Rió Alice.
Luego de otro largo rato de posar y hacerme la linda, además de caminar con los zapatos que me proponían, nos decidimos por tres pares de botas y flats.
Mi estómago rugió con fuerza una vez que dejamos todo en custodia, lo que nos recordó que eran las cinco de la tarde y tenía hambre.
El lugar de almuerzo lo propuse yo, en una sandwichería. Rosalie y Alice se miraron incómodas, porque insistían en que siempre quedaban todas chorreadas con las hamburguesas. Sin embargo, a mí no me importó y partí a pedirme una hamburguesa extra grande y con mucha, mucha cebolla.
— ¡Esto está tan rico! —Gemí, lamiendo el kétchup que caía por mi dedo índice.
Alice y Rosalie me miraban espantadas, aunque pretendí no hacerles caso.
— ¡Si no se lo comen tendré que entrar en acción! —bromeé.
Las chicas trataron de ingerir las hamburguesas sin chorrearse, sin embargo fue una tarea totalmente fallida cuando la mayonesa y el kétchup comenzaron a escurrir directo a las faldas de ambas. ¿Cómo era que no sabían comerse una hamburguesa?
A pesar de la antigua tortura en los probadores, me sentía de muy buen humor, porque una Bella con mucha comidita en el estómago, era una Bella muy, muy feliz.
Quince minutos después, estaba aburrida en el baño, mientras las chicas trataban de sacarse las manchas, para luego secarse las prendas con el secador de mano.
Cuando estuvimos listas con eso, fuimos por nuestras cosas a custodia. ¿Mencioné que ellas también aprovecharon la ocasión para llevar sus ahorros y así gastarlos todos? Pues bien.
Metimos de alguna forma la tropa de prendas al maletero y partimos a la peluquería, la parte final de la tortura.
—Bien, Bells. —Alice miró la hora, eran las seis y media de la tarde—. Creo que ahora va la parte final de todo esto. ¡Ah, y vamos a hacernos un masaje capilar con keratina! Eso va a ser tan relajante.
— ¿Un masaje con kera qué? —dije confundida. Alice iba a abrir la boca para explicarme pero le interrumpí de inmediato—: mejor ni me digas, eso fue una pregunta retórica.
Pasaron los minutos, hasta que llegamos al estacionamiento del lugar.
Ambas me empujaron adentro, por lo que miré confundida a todos lados, sin estar muy segura si de verdad quería cumplir con la fase final del cometido.
Una señora de aspecto muy amable nos saludó dentro:
— ¡Bienvenidas, chicas! A nuestra Beauty Shack. Mi nombre es Carmen. ¿En qué puedo ayudarlas? ¿Tienen reservación? —Ella esperó un momento, pero luego se lanzó a los brazos de Alice para darle un cálido abrazo—. ¡Allie! Hace tiempo no te veíamos por aquí. Eh… Rosalie, ¿cómo estás, cariño?
—Ah, sí. ¡Estamos haciéndole un cambio de look a nuestra amiga Bella! —explicaron las dos, presentándome con un gesto de la mano. Yo me limité a asentir y a hacer una seña con la mano.
—Bienvenida, Bella. Ya verás que no es tan aterrador. —Nos reímos juntas, alivianando la tensión que sentía en ese momento.
—Bella, ella es Carmen Denali. Estás en buenas manos —me animó Alice.
—Esto es como un negocio familiar. Trabajo yo, mi esposo, un par de amigas y mis hijas: Irina, Tanya y Kate. Ellas ayudan aquí a tiempo parcial, para luego seguir con sus vidas, probablemente en la universidad —explicó Carmen. A simple vista noté que podía confiar en ella, lo cual me infundió un poco más de confianza.
—Sí, ellas están en nuestro instituto —susurré muy, muy bajito. Carmen asintió—. Comparto unas cuantas clases con ellas, pero no sabía que su familia trabajaba aquí. —Observé los detalles del salón de belleza. Estaba rodeado de cremas para peinar, tijeras y muy buena iluminación. Si no fuera una peluquería, lo vería como un lugar acogedor. Lástima que ese no fuera el caso.
—Ven, Bella —me llamó Carmen—. Ahora vamos a llevarlas por el masaje capilar. Las tijeras pueden esperar.
Caminé pacientemente, a la par con Carmen y las otras dos engendras.
—Bella tiene un rostro muy bonito, pero no lo luce —dijo Alice. Rodé lo ojos exasperada, ya que era la decimocuarta vez que oía eso en el día—. No se maquilla, podría resaltar un montón sus facciones.
—Concuerdo con eso —comentó Carmen, dedicándome una sonrisa—, pero para eso estamos aquí.
Quería que me tragara la tierra.
—Tranquila, Bells —me animó Rosalie—. Esto es para mejor.
No respondí, porque cuando iba a hacerlo, Carmen deslizó una puerta corrediza semi-transparente, donde había tres personas.
De fondo sonaba alguna canción como de pasarela, acorde a los seres que estaban vestidos tan a la moda frente de mí.
Había dos chicas rubias, esculturales, altas, delgadas… Eran como primas de Rosalie o algo por el estilo, era tanto el parecido que me daba miedo. También había un chico de cabello un poco cobrizo, conversaban animadamente, dándonos la espalda. El chico usaba unos pantalones ajustados y una chaqueta de cuero negra.
¿Cómo era posible que tuviera tan buen gusto siendo hombre?
Posiblemente gay.
Aterrada, seguí recorriendo el recinto.
Estaba lleno de cremas para el cabello, peinetas, secadores de cabello, alisadores… Era como el emporio de la Barbie.
Entonces, los desconocidos se voltearon. Nos saludaron de beso en la mejilla. Las chicas entre sí se abrazaron y saludaron de beso en la mejilla, me petrifiqué en mi sitio. ¿Qué se suponía que hiciera?
—Ella es Bella —me presentó Alice a la rubia de risos fresas. Saludó con la mano, amistosamente. Sin embargo, a pesar de su amabilidad, no pude evitar tener un presentimiento, como si ella tuviera segundas intenciones.
—Soy Tanya —habló la chica. Con un ademán indicó a la chica que estaba a un lado, que lucía mucho más auténtica y dulce—, ella es mi hermana, Kate.
—Mucho gusto —saludé, sonrojándome.
—Ah, Alice. Creo que no conocían a Edward. Él es mi sobrino. Él y su familia vinieron a vivir aquí. —Indicó Carmen al chico. Él tenía los ojos verdes, un verde esmeralda muy profundo. Saludó con la mano y murmuró algo muy despacio. Seguramente era muy tímido.
Una vez que finalizaron las presentaciones, Tanya se fue con Rosalie, Kate se llevó a Alice, y me quedé con Carmen y Edward.
—Vamos a partir con los masajes, así que las chicas van a trabajar con Alice y Rosalie, y tú puedes ir con Edward. —Carmen se despidió con la mano y despareció por donde vino.
¿Así que el chico trabajaba aquí? Oh Dios mío.
—Mucho gusto, Bella. —Edward me ofreció la mano y naturalmente la tomé. Luego de haberlas estrechado, me guió al lavabo. Al lado mío estaban las chicas recostándose, listas para ser atendidas. Hablaban animadamente sobre temas misceláneos, pero entre Edward y yo había un poco de silencio.
Los dos éramos igual de comunicativos.
—Así que, Bella —saludó de nuevo. Indicó que me sentara para recibir lo-que-sea-que-fuera-a-hacerme—. Cuéntame de ti. —Me dedicó una linda sonrisa torcida. Cuando me recosté y comenzó a masajearme las sienes, suspiré audiblemente. Oh mi Dios, estaba bien bueno.
Bien, era momento de empezar a aplicar los encantos que no tenía.
—Eh… estudio en la secundaria de Forks con Alice y Rosalie. También me he topado en un par de clases con tus p-primas. Ah.
—Oh, eso es bueno. Voy a tener al menos unas cuantas conocidas cuando entre a clases. —Podía sentir la sonrisa en su voz.
— ¿Vas a entrar a nuestro instituto? ¿En q-qué año?
¡Tenía que dejar de tartamudear!
—Tercero.
Asentí. Esto iba a ser interesante. Cerré mis ojos cuando las yemas de sus dedos frotaron el shampoo en la zona lateral de mi cabeza.
—Ah, qué bueno. Las chicas van a poder guiarte bien. Son bien populares, así que al menos vas a poder encontrar a una chica linda con quién salir.
—Oh, esto, eh… —dudó un minuto, luego siguió con su trabajo. Esperé mientras decidía si volver a hablar—. Es que… es que soy gay, Bella.
Hice una pausa mientras los dedos de Edward seguían masajeando mi cuero cabelludo. Luego de unos segundos, mi mente comenzó a despotricar:
¿¡Gay!?
Por esto era que me resigné amorosamente, esta vida era una completa y soberana estafa.
¿¡Veo a alguien guapo que por fin encuentro guapo y resulta ser gay!?
¿Qué clase de brujería era esta?
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Bella es muy penosa XDDDD Eso es algo que me pasaría a mí jkshdkjsad
¡Quiero agradecerles a todas ustedes por sus alertas y sus comentarios llenos de cariño! Me alegra mucho que estén aquí, así que alístense para esta historia que estoy segura que les va a sacar muchas carcajadas :) Soy una comediante frustrada xd
¡Nos leemos el próximo miércoles! ^^
Mordiscos
-Vale
