¡Hola! Bueno, pues aquí tenéis la segunda parte. Sí, lo publico todo de golpe porque son cuatro capis cortos y necesitaba terminarlo para sentirme realizada. En fin, este ya se sitúa en la saga actual del manga, la de Tartaros, y, como comprobaréis está escrito mucho antes de que el Cubo se convirtiera en una ballena monstruosamente gigante y voladora. En fin, ¡disfrutadlo!
The last song of the ice
Gray trató de abrir los ojos, pero el dolor era demasiado intenso. Lo notaba punzante en su cabeza, en el hombro izquierdo, en el costado derecho, como si la cicatriz se hubiera vuelto a abrir. Notaba el dolor en los ojos empañados por la sangre, en la garganta. Sentía las ganas de llorar amontonadas en su pecho, y las lágrimas lo herían profundamente aún sin estar a la vista. Sabía también que si se rendía y las dejaba fluir por su rostro habría perdido aquella batalla. Una patada lo hizo rodar hasta quedar bocarriba y un lamento escapó de su boca, formando una nube de vaho caliente. La sala entera estaba congelada. Notaba el suelo frío bajo sus dedos y bajo su espalda, y la sangre con la que se le pegaba el pelo a la frente empezaba a congelarse. Entre las paredes que quedaban de la batalla resonó una risa también helada. Gray consiguió separar los párpados lo suficiente como para ver su propio rostro sobre él, sonriendo con satisfacción, con los ojos muertos, inexpresivos.
Pero no era él. No era su rostro.
Algo muy dentro de él quería suplicarle a su padre que parase. Que acabara con todo aquello. Al fin y al cabo, era su padre. Silver. El rostro que recordaba entre niebla antes de dormir, el hombre para el que había cavado una tumba en la nieve fría cuando no era más que un niño. Ahora estaba allí, y no era el padre que Gray recordaba. Era un monstruo. Un demonio. Su magia de hielo superaba cualquier límite imaginado. Él acertó a morderse un labio roto. Ur hubiera odiado a Silver. Su magia…. Su maldición era muy parecida al Ice Maker, tenía la misma libertad… Pero su poder no radicaba en la imaginación, como le habían enseñado a Gray que debía ser, sino en la rabia, en la ira, en la venganza y sobre todo, en el dolor.
Silver no había tratado de ocultarlo nunca. No hubiera podido. "Tú mataste a tu madre. ¡Está muerta por tu culpa!". Gray aún lo escuchaba retumbando en su cabeza, y el dolor impreso en aquellas palabras le dolía más que nada, porque sabía que era verdad. Silver no se estaba tirando ningún farol, no era ninguna treta para bajar su guardia: era verdad. Quería matarlo, aunque fuera su hijo. Tan sólo quería reducirlo a polvo.
Gray apenas recordaba nada del día en que murieron sus padres, o más bien su madre. Lo único que había en su memoria era un grito desgarrador, pero no era de una mujer, sino de un demonio. Siempre había creído que pertenecía a Deliora, pero ya no estaba tan seguro. Ahora sabía que su padre era también un demonio de Zeref, una de las Nueve Puertas de Tartaros. No se había parado a pensar en qué lo convertía eso a él. ¿Era un medio demonio? ¿Un mestizo?
En aquel momento se sentía demasiado humano.
Llevándose una mano al rostro, hizo acopio de fuerzas una vez más para incorporarse. Tenía que ponerse en pie y ganar, sin que importara qué. Invocó en su mente los rostros de sus nakamas y la marca del gremio ardió en su pecho, insuflándole nuevas fuerzas. Consiguió así erguirse hasta quedar de rodillas, sujetándose el brazo inutilizado con el otro. Jadeaba por el esfuerzo, y aún era incapaz de abrir los ojos. "¡Vamos!" se dijo. En pie, una vez más. Lucha. Gana. Y vuelve a casa.
—¿Recuerdas su nombre?
Las palabras fueron más efectivas que cualquier tipo de magia. Gray se quedó estático en su posición. Su corazón palpitó una, dos y hasta tres veces, y luego el nombre se formó en sus labios. Lo susurró para el hielo, y luego fue capaz de decirlo en voz alta.
—Pearl. Pearl Fullbuster.
Silver sonrió con asco.
—¿Recuerdas su rostro? –Gray tragó saliva y asintió lentamente.- ¿Recuerdas lo hermosa que era? ¿Recuerdas su sonrisa en medio de la nieve, sus manos dulces, sus ojos? –Se abrazó a sí mismo. Claro que lo recordaba, y si no lo recordaba, era capaz de crear en su mente una imagen que se ajustara a ello. Era su madre. Y con eso tenía suficiente.- ¿Recuerdas que la mataste?
Gray alzó la vista para encontrar el rostro de su padre a escasos centímetros del suyo. No sonreía. No fruncía el ceño ni tensaba la mandíbula. Sólo lo miraba, frío como el hielo, esculpido en piedra. Pero sus ojos irradiaban un odio profundo y un rencor sin límites. El chico jadeó y negó con la cabeza.
Había dolor en su corazón, pero no culpa. Había dolor porque durante todos esos años había creído que su padre estaba muerto y que no tenía familia, que estaba solo, y sin embargo allí estaba… Y lo odiaba. Odiaba a su propio hijo. Y Gray sí recordaba a su padre cortando leña para el crudo invierno, riendo a la puerta de casa, subiéndolo en sus hombros para hacerle sentir mayor, sonriendo cuando su madre cantaba mientras cocinaba. Ése era el padre que él recordaba, y que de alguna forma había perdido, y sin embargo estaba frente a él.
Una lágrima solitaria cayó por su mejilla.
Silver se alejó unos pasos.
—Eres… tan débil, Gray. Tan frágil. Pero eso no me arruinará la diversión. Será un placer matarte, hijo.
—Tengo… -Las palabras salían solas de su garganta. Silver lo miró con desprecio, como si lo que saliera de su boca fuera veneno.- Tengo que volver con ellos. Tengo que volver con mi familia.
—Tú –dijo, escupiéndolo- mataste a tu familia. Estás solo.
Una estaca de hielo se formó en el aire, y la expresión de Silver se contrajo. Sonrió macabramente y abrió los ojos para no perder un solo detalle de la muerte de su hijo. Con un rápido movimiento de su mano, la estaca voló hacia la cabeza de Gray y él cerró los ojos con fuerza preparado para sentir el impacto. Notó frío, y luego escuchó el líquido caer al suelo.
Sin embargo, no estaba muerto. No podía estar muerto. El mundo seguía siendo demasiado brillante tras sus párpados como para estar muerto.
Levantó la mirada del suelo y se vio cubierto por una sombra. Una figura se combaba delante de él, reflejando la luz y dejándola pasar a la vez. La estaca de hielo estaba a dos centímetros de su nariz.
—No te dejaré… hacer daño… a Gray-sama.
Al reconocer aquella voz, Gray pudo por fin enfocar la imagen que tenía ante él.
Juvia estaba entre él y Silver, con la estaca de hielo clavada en un costado que se había licuado y los brazos extendidos en actitud protectora. Jadeaba, y su ropa estaba rasgada y tenía arañazos y alguna que otra herida sangrante en el cuerpo, signo de la batalla que el resto del gremio estaba manteniendo con los otros integrantes de Tartaros fuera del Cubo. Gray sintió una corriente de calor inundarlo, sabiendo que Juvia había ido allí sólo por él. Pero a la vez, el frío se apoderó de él como nunca lo había hecho. No había sido capaz de ganar aquella batalla solo, y aunque Fairy Tail le había enseñado que ninguno de sus miembros lucharía solo jamás, por personal que fuera, la presencia de la mujer de la lluvia allí sólo le provocó terror.
—Vete de aquí, Juvia. –Ella se arrancó la estaca del estómago la estaca de hielo y su cuerpo se volvió a solidificar, aunque la zona herida se quedó rodeada de esquirlas de hielo mezclado con algo de sangre. Ella contrajo el rostro de dolor y se giró brevemente hacia Gray, pero sin perder nunca de vista a su enemigo.- ¡Vete!
El mago de hielo comenzó a toser sangre y Juvia se arrodilló a su lado, preocupada. Gray sentía la garganta rota, y gritar tan sólo hacía que le doliera más. La cabeza le daba vueltas, y las sienes le dolían como si alguien estuviera presionándole la cabeza contra el suelo y sostuviera millones de toneladas sobre su cráneo.
—¿Oh? –La voz de Silver le heló la sangre a Gray.- ¿Quién es esta preciosidad, hijo?
—¿Hijo? –Juvia trató de ayudar a Gray a ponerse en pie, pero él aprovechó para colocarla a su espalda. Sin embargo, aún era incapaz de erguirse por completo.
—Déjala en paz –logró murmurar. Silver contestó riendo secamente.
—Vaya, vaya… ¿No nos vas a presentar, Gray? –Gray se mantuvo en silencio junto a Juvia, que los miraba a ambos confusa. Silver ignoró a su hijo y agitando la mano creó una rosa de hielo, con espinas incluso, y se la tendió desde lejos a la mujer peliazul.- Es un verdadera placer. Soy Silver Fullbuster, Devil Slayer, Demonio del Libro de Zeref –su sonrisa adquirió una sombra de regocijo que hizo que Gray sufriera un escalofrío- y el padre de Gray.
El nombrado alzó la vista lentamente para mirar a Juvia. Necesitaba ver su mirada, si lo contemplaba con asco o con incertidumbre, como cualquiera haría. Al fin y al cabo era el hijo de un demonio…
Pero Juvia ni siquiera lo miraba. Su vista desafiante estaba fija en la rosa de hielo que Silver aún sujetaba, sonriente. A Gray se le paró el corazón. ¿Acaso no lo había oído? ¿Por qué no se alejaba de él? Quería decírselo, repetirle que se marchara, que era… Eran, que ambos eran… peligrosos.
—No dejaré que le pongas un dedo encima a Gray-sama.
La firmeza en la voz de la mujer hizo que la sonrisa del Devil Slayer se torciera. Parpadeó un par de veces y tras un instante de silencio, rompió a reír. Juvia se sobrepuso a la confusión y cogió a Gray para ponerlo en pie. Él, sin embargo, no podía dejar de mirar a su padre, como si no existiera nada más en el mundo que aquella risa de ultratumba que parecía el preludio a una tormenta. Su corazón latía con fuerza y le costaba respirar.
—No –logró susurrar, pero ni siquiera él sabía a lo que se refería.
—¿No te parece maravilloso, Gray? –Intervino el hombre, aún entre carcajadas.- Tú mataste a la mujer que amaba… Y cuando estoy a punto de cumplir mi venganza, esta mujer se presenta aquí, delante de mí, delante de ti… Como si fuera una señal. –Se llevó una mano a la frente, aún con el rostro desencajado por el gozo.- ¡Qué ciego he estado! ¡Me estoy volviendo blando! –Se recorrió la cicatriz del rostro con dos dedos.- Demasiado humano. He olvidado mi naturaleza… He olvidado mi poder… He olvidado lo que puedo hacer como demonio. He olvidado que puedo hacer algo mejor que matarte… -Su sonrisa recordaba ya a la de un viejo payaso de porcelana, con los ojos desorbitados, sin párpados, y los dientes afilados. Era un rostro inhumano.- Casi olvido que puedo hacerte sufrir para toda la eternidad, causarte tanto dolor que la vida deje de tener sentido para ti. Podría maldecirte y mantenerte vivo para siempre, con los ojos siempre abiertos, contemplando cómo todo lo que amabas –la rosa de hielo se volvió negra y se arrugó en la mano de Silver, para después combarse y acabar estallando en esquirlas de cristal- se muere frente a ti.
—¡NO! –Gritó Gray de nuevo, esta vez sabiendo a qué se negaba.
Sus piernas funcionaron rápido, ignorando las heridas y la pérdida de sangre, pero no fue lo suficientemente rápido. Juvia se puso antes entre la corriente de aire frío y él y en un instante, no se movió más. Gray dejó escapar una nube de vaho que empañó el perfecto hielo cristalino en el que se había convertido la mujer. Su figura se alzaba ante él, de espaldas, con cada curva de su cuerpo, con cada cicatriz, con cada onda de su pelo convertida en hielo, como la superficie de un lago de montaña que jamás se descongelaba. Era una estatua perfecta, hermosa, maciza, no solo el exterior. No era una jaula de hielo, era un bloque de hielo. Los sentidos de Gray se agudizaron y su corazón y su respiración se pararon al unísono para dejar un par de segundos de silencio absoluto en los que tan sólo esperaba escuchar el latido del corazón de la mujer de agua. Pero no había nada. Nada.
Sólo hielo.
—¡JUVIA! –Sin importarle sus heridas o Silver, se colocó frente a ella, buscando su mirada, pero esta estaba congelada, desenfocada. Gray llevó una mano a su rostro y posó un pulgar sobre sus labios petrificados. No había en ellos ni un hálito de vida.- Juvia, Juvia, por favor… -Silver se echó a reír a sus espaldas. Gray se giró con fuerzas renovadas y en un instante empotró a su padre contra un muro semiderruido, con un antebrazo presionando su cuello. Sin embargo, la sonrisa socarrona de su rostro no se borraba.- ¡LIBÉRALA! ¡HAZLO!
El Devil Slayer se relamió interiormente.
—Tranquilo, no está muerta. Mi Zero Absoluto es capaz de mantenerla con vida unos cuantos minutos más.
—¡LIBÉRALA ENTONCES! –Gritó de nuevo Gray, escupiendo sangre a la barba descuidada de Silver. Él hizo una mueca de asco.
—Lo haré. Pero tendrás que darme algo a cambio. –El brillo de sus ojos sólo podía describirse como demoníaco.
Gray aflojó la presión en su cuello y se alejó un paso. Echó una mirada a la figura de la mujer congelada a sus espaldas y apretó los puños. Luego, sobreponiéndose al dolor, volvió a enfrentar a su padre.
—Lo que sea.
Silver sonrió con satisfacción.
—Bien. Muy bien, hijo mío. –Se acercó a él con suavidad y le puso una mano en el hombro, pasando a su lado. Gray sintió ganas de asesinarlo en ese mismo instante, pero se contuvo, consumido por la rabia.- Serás una estatua preciosa. Ella se quedará inconsciente cuando la libere, así que podré irme tranquilamente a acabar con el resto de tu estúpido gremio. Aun así, si alguien acabara conmigo, mi maldición jamás se desharía. Cuando te encuentren, ya estarás muerto. O más bien… congelado eternamente. ¿Conoces el Ice Shell? –Gray asintió.- Oh, claro, Ur te lo enseñó. Pues es mi maldición, mi Zero Absoluto, pero utilizada por un simple humano, un mortal, un débil, sucio y asqueroso mortal. –Su voz destilaba odio. No le gustaba que alguien hubiera robado el secreto de su magia hacía tanto tiempo.- Serás hielo para siempre. Nada podrá salvarte. –Dejó escapar una débil risita y se dirigió a Juvia. Gray apretó los puños hasta hacerse sangrar las palmas de las manos clavándose las uñas en ellas cuando lo vio tocándole el hombro a la mujer de hielo, deslizando su mano con gentileza por la línea de su cuello y delineando su rostro.- Si alguien sobrevive a esta guerra, y, la verdad, espero que ella lo haga… Podrá vivir para siempre lamentando tu pérdida. Llorándote eternamente. ¿Qué te parece? –Le sujetó el rostro con una mano a la chica por la barbilla, como si quisiera obligarla a mirarlo, aunque no pudiera hacer otra cosa, aunque no pudiera verlo.- ¿Le harías eso, Gray? ¿La convertirías… en mí?
—Sí, si eso le salva la vida.
—¿Tan egoísta eres? ¿Acaso llorar a tu amor perdido toda tu vida no te parece la peor de las condenas?
El mago de hielo tragó saliva para evitar que le temblara la voz.
—Sí. Pero no estará sola, como tú. Tendrá a Fairy Tail. Tendrá una familia. Jamás será como tú.
—¿Eso crees? ¿Crees que Fairy Tail la salvará? –Su hijo asintió y él sonrió triunfal.- ¿Trato hecho, entonces? Ambos vivos. Tú helado para siempre y ella rota.
La mirada oscura de ambos se cruzó, y por un instante fue la misma.
—Trato hecho.
—Bien. Pues que Fairy Tail –colocó su mano en la nuca de Juvia y su sonrisa cambió por completo- te salve del dolor si puede.
Gray ni siquiera pudo reaccionar.
Silver apenas empujó levemente la estatua de hielo, pero la gravedad hizo su trabajo. En la mente de Gray todo ocurrió a cámara lenta, pero era él el que estaba congelado, inmóvil. Juvia cayó hacia el suelo, y Gray casi pudo ver su pelo ondeando por última vez en el aire frío e invernal. "Reacciona", rezó. "Por favor. Por favor."
El ruido del hielo rompiéndose en mil pedazos contra el suelo resonaría en los oídos de Gray el resto de su vida. La imagen de Juvia partiéndose en esquirlas en cristal sería todo lo que vería en medio de la oscuridad cada vez que cerrara los ojos a partir de entonces. Y el sonido del último latido de su corazón la sinfonía que acompañaría sus peores pesadillas, la que tardaría en desvanecerse aun cuando despertara entre gritos con el pecho desgarrado de dolor.
—¡JUVIAAAAAAA!
Ay, mi pobre niño, lo que le he hecho. Ahora es cuando me llueven los insultos, y con razón xD Sigue leyendo si te ha gustado hasta ahora, anda (pls, pliserino). ¿Qué tal el angst? ¿Muy denso? A veces creo que me paso xD En fin, ¿reviews?
