Después del anterior lo entenderé si alguien quiere matarme. Pero jolines, que no soy tan mala. ¡Disfrutadlo!
And the ice melted into tears
Todo estaba oscuro, negro, muerto a su alrededor. Sin embargo, veía su sombra extenderse en todas las direcciones, como reflejos macabros de sí mismo. La oscuridad era tan densa que casi parecía abrazarlo, pero con demasiada fuerza, agobiándolo, ahogándolo, como una amante vengativa y rencorosa. Casi parecía sonreír mientras él luchaba por respirar a bocanadas, sin ritmo, sin compás, tan sólo buscando el aire que le faltaba. No había oxígeno, sólo oscuridad. No había nada, y pronto ni siquiera él estaría allí. Un pitido empezó a inundarlo todo, taladrando sus oídos, y él quería llevarse las manos a ellos y cubrirlos para protegerse, pero no podía. Sus brazos no se movían. ¿Acaso…? ¿Tenía siquiera brazos? ¿Tenía cuerpo? ¿O ya estaba dejando de existir? Sí, tal vez fuera eso. Tal vez el dolor era tan inmenso que ya había empezado a hacerlo desvanecerse. Ya no tenía cuerpo, y ya no había dolor. Sólo vacío. El pitido siguió aumentando de volumen, acercándose cada vez más, hasta meterse dentro de él. Su conciencia se volvió tan frágil como el cristal, y la vibración de sonido acabó por romperlo. Se deshizo como polvo, pero no quedaron restos. Tan sólo… desapareció.
Y en ese instante, justo antes de perderse para siempre, algo tiró de él. Se le taponaron los oídos y de pronto podía respirar, como si sus pulmones recuperasen toda su capacidad, como si acabara de salir a la superficie del mar en el que se estaba ahogando.
Abrió los ojos. El pitido desapareció de sus oídos, y en su lugar se instaló un sonido más desagradable aún. Era una risa amarga, como podrida, y, desde luego, no había regocijo en ella. Era una farsa, era dolor, un dolor tan sordo como el que había evaporado el cuerpo de Gray cuando estaba en la oscuridad. Fue entonces cuando lo entendió.
Se puso en pie, dejando con cuidado en el suelo el rostro de hielo que había estado acunando entre sus brazos, no sabía cuánto tiempo. A su alrededor, el hielo que antes fuera el cuerpo de Juvia restallaba, azul como había sido su pelo, contra la blancura perfecta del suelo helado. Silver, a sus espaldas, guardó silencio, observándolo.
Gray levantó las manos y se las miró. Luego, sonrió. Y se echó a reír.
Silver tan sólo lo miró, vacío. Había convertido a su hijo en él; reconocía aquel dolor, aquel sentimiento. Y sin embargo no se sentía mejor. Gray sufría, como él, exactamente igual que él, y sin embargo no había nada en su interior que fuera mejor. Las heridas no sangraban menos, no había ni una pizca de felicidad o de alegría en su interior. No había satisfacción.
—¿Es esto? ¿Así te sientes, padre?
Sin saber por qué, Silver frunció el ceño. Hacía tantos años que no… Aquella palabra hizo que algo dentro de él se removiera.
—¿Quieres vengarte? No puedes hacerme sufrir.
—No –Gray se giró. Su rostro ya no parecía el del chico serio que llevaba siendo toda su vida. Era distinto, como si fuera otra persona. Un aura de hielo lo envolvió, arremolinándose desde el suelo-. Así que voy a matarte.
Silver recibió el puñetazo antes de darse cuenta de que Gray se había movido. No pudo reaccionar antes de recibir el siguiente. Entre el tercero y el cuarto, por fin pudo alzar los brazos para cubrirse, y fue entonces cuando notó el rodillazo en el estómago. Sintió una arcada y ganas de vomitar, pero aprovechó la fuerza del golpe para atrapar la pierna de Gray con sus brazos. La apretó con fuerza, buscó el fémur y con un golpe seco lo partió en dos. La pierna del chico se combó en un ángulo imposible y ambos se separaron unos metros. Silver abrió los ojos de par en par al ver a Gray de pie, frente a él.
"No debería ser capaz de sostenerse sobre la pierna rota". Entornó los ojos y entonces se dio cuenta. "No respira. No está respirando." Entonces, Gray se lanzó de nuevo hacía él, esta vez con dos afiladas cuchillas de hielo brillante empuñadas. Acostumbrado ya a su renovada e imposible velocidad, Silver fue capaz de anteponerse al ataque y lo paró sin dificultad. Frenó las cuchillas con los brazos, y, sin embargo, se clavaron en su armadura, pero sin llegar a tocarle la piel. Chasqueó la lengua, molesto, y entonces se dio cuenta de que la presión de las cuchillas había desaparecido. Gray las había soltado, y cuando lo miró, a apenas unos centímetros de él, sus manos ya formaban el gesto que daba lugar a su magia, el Ice Maker.
Una columna de hielo sólido impactó en el rostro de Silver y lo hizo volar hacia atrás. Él se repuso en el aire y se apoyó en el suelo con ambas manos, tratando de recuperar la postura erguida, pero Gray ya estaba sobre él. En un movimiento inhumano, Silver se giró justo a tiempo para esquivar la cuchillada que caía desde el cielo. Sin embargo, desprendía una afilada corriente de aire frío que le mordió el rostro. Silver se alejó, guardando las distancias, y se llevó una mano a la barbilla. Se miró la mano y vio sangre. Se molestó. Le gustaba su barba, y ahora quedaría mal por la cicatriz que dejaría aquel corte.
"¿Qué?", se dijo, de pronto. Se quedó paralizado y no fue capaz de parar la patada que Gray le dio con la pierna sana. Notó cómo se le rompían tres costillas. Su hijo volvió a posarse en el suelo, apoyándose en la pierna rota, y todo su cuerpo debería haber cedido, pero, sin embargo, fue capaz de girar sobre ella para volver a golpearlo con la rodilla de la pierna contraria, que aún estaba en el aire. Ésta impactó directamente contra su cabeza, rompiéndole la nariz y el labio, y en ese momento Silver se dio cuenta de que estaba con la espalda contra la pared. Su nuca golpeó, por la fuerza del impacto, contra el muro, y su visión se nubló por un instante.
"No lo mueve la adrenalina. No es el dolor. Es ira, rabia… Pero no deberían tener estos efectos sobre un humano. No debería ser capaz de llegar a tal extremo. Casi parece…"
Contemplando a Gray frente a él, fue cuando se dio cuenta. El aura helada que lo cubría era cada vez más visible, como una ventisca que se formase a su alrededor, formando una nube de pequeños cristales de hielo que se adherían a su piel, haciéndolo brillar y envolviéndolo como si fuera una armadura. El hambre de Silver aumentó, y su sonrisa volvió a emerger a su rostro.
—Al fin y al cabo, eres mi hijo. –Se puso en pie y escupió sangre a un lateral. La mirada desgarradora de Gray, que hubiera sido capaz de hacer que cualquier hombre muriera de puro terror, excitó a Silver.- Al fin y al cabo… tú también eres un demonio. -Sin hacer caso a sus palabras, Gray se lanzó de nuevo hacia él, pero esta vez Silver estaba preparado. Paró sus golpes con maestría, e incluso fue capaz de contestar. Con su sonrisa más macabra, comenzó a contraatacar, y sintió la mejilla de su hijo abrirse bajo el impacto de su puño, y esta vez sí sintió placer.- ¡¿Qué pasa, Gray?! ¡¿He despertado lo más oscuro de ti, lo más horrible que hay en tu interior?! –Tras un rápido intercambio de puñetazos, ambos se pararon a unos metros el uno del otro, contemplándose y evaluándose.- ¿He despertado al demonio que hay en ti? –Junto a Gray, Silver vio los trozos que quedaban de la estatua de hielo en la que había convertido a la mujer peliazul.- Pues has tenido mala suerte, hijo. Me alimento de demonios.
—¿Vas a comerme? –Gray sonrió. Silver no asintió, pero el rostro de su hijo despidió maldad.- ¿Igual que ibas a comerte a Deliora?
Silver abrió los ojos, sintiendo el impacto de las palabras de su hijo. El momento en el que el demonio escapó a su control y comenzó a destruir su aldea apareció de nuevo en su mente, y el dolor por la pérdida de Pearl resurgió dentro de él. Sintió un odio profundo hacia Gray, pero no por lo que hizo hacía tantos años, sino por la inexpresividad con la que hablaba de ella, de su madre, de su muerte.
—¿Me estás culpando?
—¿No eres un Devil Slayer? ¿No matas demonios? –Silver contrajo el gesto.- Entonces, ¿por qué no mataste a aquel?
—¡Porque intentaba protegerte! ¡Te protegí a ti y la perdí a ella!
Gray guardó silencio unos instantes.
—Cuando Deliora desapareció –dijo Gray, con su voz suavizada. El aura de hielo comenzó a ralentizar su ritmo a su alrededor- os busqué durante horas. Yo… Fui a casa. Excavé en la nieve con mis propias manos, pero no estabais. No había nada. Os había perdido para siempre, era todo lo que podía pensar. Luego, Ur murió, protegiéndome de Deliora, como habíais hecho vosotros. Llegué a pensar que estaba maldito, que Deliora me perseguía. –Miró los restos de Juvia y sus ojos se humedecieron.- Ahora sé que hay demonios mayores y más terribles.
—Y tú eres uno de ellos –contestó Silver, al que la historia comenzaba a irritarlo. Gray lo miró, confuso, pero sin tratar de denotarlo-. ¡Tú mataste a tu madre!
—Sí. –Sonrió con tristeza, y Silver se descolocó ante la confesión.- ¿Quién lo iba a decir, eh, padre? Un humano, un mestizo, tu propio hijo… Y tu peor maldición.
Silver se puso pálido, y la voz de Pearl inundó su cabeza.
"Es una bendición. Míralo, Silver. Nuestro hijo." El niño lloraba en sus brazos, mientras ella reía sin poder contener las lágrimas. Pearl adoraba a los niños. Ella no había sido maga, sino comadrona. Era joven, y aun así, era la mejor de la región. La llamaban desde todas las aldeas circundantes cuando a las mujeres encintas les llegaba la hora de dar a luz. Todo el mundo se extrañaba de que aquella mujer no tuviese un marido con el que formar una familia.
Cuando Silver la conoció, ella volvía en su carro a su casa. Él era entonces un "peregrino", un alma errante. Lo recogió y le ofreció cobijo para resguardarse de la ventisca. Silver recordaría aquella noche toda su vida. Sin saber por qué, confió en ella, hablaron, y él le confesó que era un demonio. Aún recordaba su sonrisa cuando ladeó la cabeza y le dijo que no sabía que los demonios fueran tan apuestos. Silver se descubrió a sí mismo desarmado por el brillo de los ojos de una mujer por primera vez en su vida. Aquel invierno fue duro, y Silver quiso pagarle a Pearl lo que había hecho por él, pero no tenía dinero. Cortó leña en su jardín y ella se lo agradeció dándole de comer aquel día también. Él cortó más leña para ella, y así comenzaron una rutina de agradecimiento y favores, hasta que Silver se quedó sin leña que cortar, llegó el verano y eligió quedarse en vez de partir y seguir su camino sin rumbo. El demonio perdido se convirtió en hombre a ojos de todos los vecinos, que por fin veían a Pearl con un hombre que la hacía feliz. Se casaron, y poco después ella se quedó embarazada. Gray nació, y se convirtió en el motivo de vivir de Pearl. Era feliz, y eso no le protegió de la muerte. Ni su sonrisa, ni sus ojos, ni su voz, ni su amor por su hijo, ni su amor a la vida la salvaron a ella. Sin embargo, Gray sí sobrevivió al desastre. Y Silver lo odiaba por ello. Si hubiera protegido a Pearl y lo hubiera dejado a él…
—…una estatua de hielo vivo. –Le susurró al aire, olvidando la presencia de Gray.- Condenada a llorar por siempre lo que más amaba.
Sus ojos se dirigieron al rostro de hielo roto de la mujer que había tratado de proteger a Gray y luego a su propio hijo. Ambos cruzaron sus miradas y entonces Silver sintió un pinchazo en su interior. Vio a Pearl muriendo en sus brazos, suplicándole que cuidara de su hijo, y al verlo frente a él se dijo a sí mismo que su madre estaría orgullosa de él. Sacudió la cabeza. Pearl estaba muerta, por culpa de Gray. Ella lo odiaría para siempre si matara a su hijo. Pero ya no podía hacerlo.
—¡Tu madre me odiaría si te matara! –Repitió en voz alta, más para sí mismo que para Gray.- ¡Pero ella no está aquí, no va a volver, y no puede odiarme!
—No –dijo Gray. Silver lo miró, y vio en él, por fin, un atisbo de Pearl, de la humanidad que ella le había dado y que sin duda era más fuerte que su mitad demoníaca-. Mi madre siempre ha estado aquí. Siempre me ha cuidado, igual que Ur. –Sonrió, se agachó y recogió el rostro de Juvia, que parecía una máscara de hielo. Lo acarició con cuidado y sus labios temblaron.- Ella también lo hará. Lo sé.
—Está muerta. ¡Están todas muertas!
Gray miró a su padre, y Silver se dio cuenta de que, de alguna forma, la situación de Gray le dolía más a él mismo que a su hijo. Él perdió a Pearl, y no era capaz de soportarlo, aunque fuera un demonio. Gray había perdido a su madre, a su maestra y a la mujer a la que amaba… Y era humano, un frágil humano. ¿Por qué no había enloquecido ya de dolor? ¿Por qué era más fuerte que él?
—Estás equivocado.
—¡Cállate!
Silver alzó una mano sin pensarlo, actuó solo, por instinto. Gray, con su semblante serio, se convirtió en hielo bajo su Zero Absoluto. El demonio respiró el aire gélido y el aire congeló sus pulmones y sus fosas nasales. Sentía el cerebro abotargado por el frío. Y aquello era imposible: era el demonio del hielo, no había ningún tipo de frío que pudiera afectarlo. Y, sin embargo, empezó a temblar. Se abrazó a sí mismo y dio un paso hacia la estatua de hielo en la que se había convertido Gray, impasible, para acabar con él. Se había cansado de tanto juego y de tanta palabrería, de tanta confusión, así que acababa de decidir que acabaría también con él. De todas formas, probablemente todo su gremio acabaría muerto, y al final él debería morir también.
Silver frenó un instante, golpeado súbitamente por una fuerte presión en el pecho, y no fue capaz de seguir avanzando. En ese momento, el hielo empezó a resquebrajarse. Primero las paredes, y las grietas se extendieron por el suelo hasta confluir todas en el punto en el que estaba la estatua de Gray. Estalló en esquirlas de cristal, y de su interior, Gray salió disparado como una flecha, aún con pedazos de hielo en el pelo y en las heridas, y sus manos formaron rápidamente el gesto que daba lugar al Ice Make. Silver no pudo reaccionar. Nunca nadie se había librado de su Zero Absoluto. Era imposible, era una maldición más poderosa que cualquier magia humana.
Dos grandes puños de hierro aplastaron a Silver entre ellos, que intentó pararlos estirando las manos. Sintió sus brazos romperse bajo su armadura y tosió sangre. Algo perforó su cabeza, un intenso y agudo dolor, y entonces notó la presencia de Gray detrás de él. Su rodilla impactó contra su espalda y Silver cayó al suelo, hacia delante, y cuando intentó mover los brazos para parar el golpe descubrió que no podía moverlos. Sus terminaciones nerviosas estaban rotas. Su frente impactó contra el suelo y notó cómo se abría la vieja herida que le causó Deliora hacía ya tantos años y que parecía haber cicatrizado perfectamente. Toda la sala del Cubo vibró con el golpe y el grito del mago de Fairy Tail.
Silver giró sobre sí mismo, quedando bocarriba. La sangre nublaba su vista, pero vio perfectamente la estaca de hielo que se dirigía hacia su rostro. Ni siquiera fue capaz de cerrar los ojos anticipando el impacto. Era hielo afilado y perfecto que lo perforaría entero. De quien lo empuñaba no vio más que sus ojos, y eran los de Pearl. Aquello le pareció justo.
"Moriste por mi culpa. Porque no fui lo suficientemente humano. O tal vez lo fui demasiado y me engañé a mí mismo."
La estaca se detuvo a apenas un milímetro de su rostro, y entonces notó que temblaba. Una gota de agua se desprendió del hielo y cayó en su rostro, dejándolo confuso, pues aún era capaz de sentirlo. Gray aferraba el arma con ambas manos, con la mandíbula y los hombros tensos. Entonces, cayó de rodillas y tiró la estaca lejos, que se rompió al contacto con el suelo. Él se llevó las manos al pecho y trató de aferrar el símbolo del hada bailando grabada en su piel.
—No soy como tú. Soy humano.
Había más dolor en sus palabras que en su cuerpo, precisamente porque no era como él. No era capaz de matarlo, de cobrarse la venganza. Precisamente el ser humano lo había condenado a cumplir la pena que Silver le había impuesto al matar a Juvia. Y precisamente ese dolor era su única opción a convertirse en el demonio que no quería ser y que latía en su sangre con toda la rabia de la pérdida, de la verdad y de la realidad. Sin decir nada más, se echó a llorar, sin ni siquiera fingir lo contrario. Silver notó cómo su conciencia se desvanecía, y el llanto desgarrado de Gray se mezclaba en su memoria con la primera vez que su hijo lloró, nada más nacer. Recordó las lágrimas de Pearl, y, por primera vez, recordó que él también había llorado. De felicidad.
Sus ojos se cerraron.
Cuando Gray recuperó el control de su cuerpo, le dolía todo. La pierna le ardía, más de lo que había hecho nunca, pero no había calor. Sólo el dolor de la mordedura de las llamas. Chilló y gritó, pidió ayuda. Le dolía la cabeza, pero nadie le oía. El cuerpo de su padre estaba tirado a su lado, bocarriba, con los ojos cerrados y el rostro pálido, inmóvil, inerte.
Gray miró a su alrededor, observando la sala. El hielo se empezaba a derretir y el suelo se mojaba. Le dolía todo tanto que quería llorar, pero sus ojos estaban secos. Entonces detectó los fragmentos de hielo azul esparcidos en el suelo y se arrastró hacia ellos. De rodillas, recogió de nuevo el rostro congelado de Juvia y lo contempló, mirándola a los ojos, buscando una respuesta en su mirada. Pero era ya imposible.
Gray se miró las manos, y recordó aquel día, cuando era un niño, en el que cavó en la nieve dos tumbas para sus padres. Con movimientos torpes y mecánicos, recogió todos los trozos de hielo azul esparcidos por el suelo de la sala y los agrupó, juntando cada mechón de pelo de hielo, el pequeño trocito que faltaba en sus labios, sus pestañas, su ropa, sus manos. Una de ellas estaba entera, y Gray la aferró con fuerza, buscando sentir el tacto de la piel de la mujer. Pero sólo era hielo, un hielo que había amado toda su vida y que ahora odiaba. ¿Sería capaz de volver a producir magia? ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría darle forma a su hielo sin pensar en ella, rota?
Se abrazó a lo que quedaba de su rostro, y en ese momento, mientras sollozaba, escuchó cómo alguien entraba en la sala. Una exclamación, y luego muchos pasos.
Pese a todo, Gray no pudo sonreír.
Los miembros de Fairy Tail lo rodearon. Erza se arrodilló junto a él, acongojada por los restos de Juvia, y trató de ponerle una mano en el hombro. Lucy se echó a llorar. Gazille comenzó a golpear una columna, hasta que la partió en dos de un cabezazo, acompañado por un grito de rabia. Natsu empezó a arder.
—¿Quién ha sido? –Sus ojos llameaban.- ¿Quién ha hecho esto?
Gray tardó casi un minuto en ser capaz de alzar la vista, pero miró de reojo el cuerpo de su padre.
Y entonces su corazón sonó de nuevo otra vez. Un latido, fuerte, seco, repentino.
El cuerpo de su padre no estaba.
Empezó a entrar en pánico cuando notó sus manos calientes. Se las miró, y vio que Juvia estaba llorando. Dos lágrimas perfectas caían desde sus ojos congelados por sus mejillas de hielo, dejando un rastro de agua. Gray sintió cómo se le cortaba la respiración y se le empañaba la vista. El mundo estaba oscuro. Le dolía la pierna, el brazo, el costado. Le dolía todo, y a la vez el dolor ya no importaba. Le dolía existir, vivir así, de aquella forma.
Entonces, Juvia siguió llorando. Lloró y lloró, hasta que su rostro volvió a ser agua. Al mismo tiempo, todo su cuerpo se derritió, escurriéndose entre los dedos de Gray. Él trataba de aferrarse a ello, pero sabía que no podría atraparlo. Sabía que ella lo hubiera querido así, ser agua, para siempre, como lo había sido Ur. Agua como la que llora el hielo.
Gray volvió a llorar, y sintiendo cómo llegaba el momento de decir adiós, se llevó a los labios el último pedazo de Juvia que quedaba entero: su mano. Besó su dorso trémulamente, y notó el agua dulce mezclada con sus lágrimas saladas. Había vuelto a echarse a llorar. Pero se negaba a despedirse.
—Gray…
Abrió los ojos, y vio cómo Erza se retiraba unos pasos. El mago miró el charco de agua y no estaba en el suelo, sino entre sus brazos. Temblaba, inconsistente, pero tomaba forma.
Gray volvió a respirar. Notaba la sangre golpeando sus sienes. Notaba el agua calando su cuerpo y calmando el dolor de las heridas. De todas.
—Gray-sama…
Era como si tuviera una burbuja en la garganta, pero era su voz. Fairy Tail estalló en vítores alrededor del cuerpo translúcido de Juvia, y Gray sonrió. Era él el que se había estado ahogando. Tragó saliva y quiso decir algo, pero su voz se rompió en sus pulmones y se echó a llorar como un niño pequeño abrazando el cuerpo de Juvia cada vez más sólido, más caliente, más cerca, más vivo.
Ya no había dolor, ni hielo en los ojos de la mujer.
Juro que releyéndolo para corregir faltas se me saltan las lágrimas. AY, Dios quiera que Hiro nos de mucha angustia y muchos finales felices. En fin. ¿A por el último?
