Manos pequeñas

Y pensar que todo esto empezó aquel día en que temí que la tapa del piano le aplastara los dedos a Rachel...

Capítulo 2

El viaje de vuelta a Princeton estaba siendo tranquilo. EL congreso de Nueva York había resultado tan tedioso como todos los demás, pero la última tarde de compras lo había pasado bien. Quién se lo iba a decir, había disfrutado yendo de compras. Estás perdido, Gregory House, se dijo. Había comprado las partituras y unas camisetas idénticas para él y para Rachel, negras (ya se imaginaba la cara de horror de Cuddy), con un pentagrama en blanco y los dos primeros compases de la canción New York, New York. Para compensar, también había comprado la típica I love (corazón) NY en color blanco con las letras en negro y el corazón rojo, para la madre y la hija. Esperaba poder conseguir la foto de las dos con las camisetas puestas. Sobre todo, porque se había asegurado que la de Cuddy era de tejido elástico y en una talla bien ajustada, con lo que el letrero luciría espléndido sobre una de las zonas de su anatomía preferidas por él.

Pero ahora su mente volvió a aquel día, casi un año atrás... Rachel, a sus tres años de entonces, se había convertido ya sin ninguna duda en la mujer de su vida. Los aspavientos iniciales que House había hecho cuando Cuddy se la dejó la primera vez, con menos de un año de edad, siempre estaban presentes a la hora de recogerla, pero ya no engañaban a nadie: "Otra vez a cargar con este microbio, esta pequeña parásito..." Él sabía, Cuddy sabía y la misma Rachel sabía que el tiempo que pasaba con ella era casi lo mejor de su vida. La pequeña y él mantenían en secreto, o ellos lo creían, esa realidad. Y no era otra que la mutua adoración.

Si algo hacía sufrir a House ahora era pensar en que algo malo pudiera sucederle a la niña. En realidad, la misma pesadilla de cualquiera que es padre. Por eso aquel día en que volvía de la cocina con el vasito de agua de Rachel y su vaso con hielo para servirse un whisky y vio a Rachel ante el piano se quedó sin respiración...

La niña sujetaba la pesada tapa del teclado con su manita izquierda, todo lo alto que su pequeña estatura le permitía, y mientras tanto tocaba con la derecha. House se quedó paralizado. Si se acercaba y la asustaba, era probable que la tapa se le soltara y le machacaría la otra mano. Pero si esperaba mucho, también era posible que el peso de la madera maciza de la tapa haría que se le cayera de todas formas.

Optó por acercarse con tranquilidad, y cuando estuvo a su lado, agarró él la tapa y la abrió por completo, dejándola apoyada atrás, de forma segura. Y entonces se dio cuenta de lo que Rachel estaba haciendo. Estaba tocando la melodía de la Canción de cuna de Brahms, la música que él había tocado para que se durmiera desde el día en que se ocupó de ella por primera vez hasta la fecha, durante todos esos días felices en los últimos casi tres años.

Y la estaba tocando completa. A veces se le escapaba una nota, y entonces retrocedía y los volvía a hacer con la adecuada. House no podía cerrar la boca. ¡Si tiene tres años! Ella le miró al terminar y le sonrió.

- ¿Es así, verdad? Él asintió con la cabeza, a la vez que acercaba la banqueta y se sentaba en ella, colocando a la pequeña encima de él.

- Ahora vamos a hacerlo juntos. Pero antes que nada, prométeme una cosa

- ¿Qué?

- Que antes de empezar a tocar, hay que levantar la tapa del todo, como está ahora. Así no se caerá y no te hará daño. Si antes se te cae encima de la mano te hubiera hecho mucho, mucho daño en los dedos. ¿Prometido? Al tiempo, le había cogido la mano y se la besó como un caballero a una dama. Esas cosas le encantaban a Rachel, que le abrazó con toda la amplitud y fuerza que sus bracitos le permitían.

- Prometido, no me había dado cuenta de eso.

La niña tenía un vocabulario y una forma de expresarse más correctos que los de la mayoría de los adultos. Sabía hacerse entender. Toda una mini-Cuddy.

- Entonces ¿cómo es que sabes tocar esa música?

- Es fácil, está en mi cabeza y sólo tengo que encontrar la tecla de cada nota. Un día me dijiste cómo se llaman las notas, ¿te acuerdas? Do-re-mi...

House no salía de su asombro, alguna vez había tenido a la niña en su regazo mientras tocaba, pero nunca creyó que le prestara tanta atención.

- A ver cómo lo haces otra vez

Rachel empezó a tocar de nuevo la melodía, ya sin titubeos, mientras House hacía el acompañamiento con la mano izquierda. Era increíble, pero tocaron casi toda la canción de manera fantástica.

- Nena, tú vales mucho... le dijo House al acabar, mientras la estrujaba en uno de esos abrazos de oso que Rachel siempre celebraba a carcajadas.

Aquel día, House descubrió que la microbio tenía un talento musical excepcional. Ni siquiera si fuera hija mía habría heredado tanto, pensó para sí mismo ¿o quizás sí? ¿o quizás él había contribuido a educar ese oído tocando para ella todos los días en que habían estado juntos?

De momento, todo el tema de la música continuaba, casi un año después de aquella reveladora tarde, siendo un asunto "privado" de ellos dos. Pero en un intervalo de tiempo no muy dilatado iba a dejar de serlo, y ambos esperaban ver la cara de pasmo de Cuddy cuando se enterara.