Capítulo II

Ocho dioses se encontraban reunidos dentro de un templo dentro de Kalosis. Varios de los dioses miraban fijamente el pequeño recipiente que se hallaba frente a ellos. La sangre de ocho dioses de la muerte, la desgracia y la agonía total se hallaba dentro de la vasija blanca con adornos grises.

—¿Estás seguro de eso? — pregunto Anya con serenidad mientras extendía su mano hasta una flor para marchitarla.

—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Anya? — respondió el hombre de cabellos negros. — Jamás he hecho esto antes. No tengo ni idea de lo que puede pasar.

—No lo sé — dijo la chica mientras se cruzaba de brazos. — Es tu vasija y se supone que tu debes saber cómo funciona.

—¡Cállense! — vociferó Apollimy con voz potente. — Mientras más sigan discutiendo menos verán lo que está pasando.

Ambos dejaron de lado sus berrinches de niños pequeños para mirar directamente hacia donde estaba la vasija. Un aura celeste comenzaba a cubrir la vasija mientras la sangre de los dioses subía hasta desbordarse y dejar a la luz un hermoso cuerpo cubierto por mantas.

Los ocho dioses se acercaron y observaron como la luz dejaba ver el cuerpo de un niño pequeño, quien comenzaba a abrir los ojos lentamente. Sus cabellos celestes caían libremente sobre sus hombros y su frente.

Cuídalo, Hela — la voz del mundo llenó el lugar. — Solamente la fuente puede destruirlo. Ha sido creado por destructores y destruirá estrellas y dioses.

—Traerá el Taliki — afirmó Hela mientras sus cabellos blancos caían sobre su cintura.

—Y será quien nos destruya a todos nosotros… — dijo fríamente Anya.

—Es mejor que nadie lo cabree — dijo secamente Apollimy. — Podría partiros la cara a mitad y seguirá igual de vivo.

—Sí fue creado por la fuente significa que… — Hela miró a Hades.

El hombre simplemente asintió mientras que su mirada reflejaba algo nuevo….

Angustia.

Los rayos de luz dorados golpeaban de llenó su rostro. Su mente lo trajo directamente hacia la realidad. Al principio no estaba seguro en el lugar en el cual se encontraba. Sin embargo, después de unos minutos recordó donde estaba.

Los ojos celestes de Hyoga le hicieron recordar de golpe la razón por la cual estaban allí. No había nada que le recordara a las 9 de la mañana las razones por la cual en esos momentos estaba en una cama que no era la suya propia y porque ahora en vez de vivir en una mansión vivían en un castillo.

—Dormilón — le molestó Hyoga mientras le despeinaba los cabellos.

—Yo también te quiero, Hyoga — le dijo en tono sarcástico mientras miraba hacia afuera.

El esplendor de Inglaterra le golpeó por completo. Los arboles de pino que se alzaban enormes en la parte trasera del bosque le hicieron sentir herido. Extrañaba los cerezos de Japón y el calor incontrolable de Grecia. Sin embargo, lo último no era del todo cierto.

Pero los extrañaba a ellos.

Miró a los ojos celestes de Hyoga y sintió de nuevo el amor que lo ayudaba a seguir adelante en cada batalla. La esperanza y la compasión que brillaban ardientemente en aquellos ojos gélidos que lo habían salvado de tantas cosas. En especial de la soledad.

—Apúrate, pequeño — por última vez Hyoga lo miró y el amor se desbordó por los ocelos helados del hombre. Sin embargo, Shun no fue capaz de responder aquella mirada y la sonrisa invisible que se formaba en el corazón del rubio.

—¿Me esperarás para desayunar? — preguntó con aparente inocencia.

—Lo haré — le dedicó una sonrisa de medio lado.

El rubio se levantó de la cama y observó a Shun unos momentos mientras se quitaba las sábanas. Había un sello en su espalda, sobre el lado del corazón, el cual jamás había visto antes.

—Shun — lo llamó Hyoga y el peliverde lo miró seriamente.

—¿Si? — preguntó mientras se frotaba un ojo.

—¿Qué es ese símbolo que tienes en la espalda? — le preguntó seriamente. Él, mejor que nadie, sabía que aquellas marcas no pertenecían al sello que regularmente se le hacía a los Cazadores.

Shun lo miró y tragó duro. No podía mentirle a Hyoga, pero tampoco podía develar lo que eso significaba. Desvió la mirada y buscó entre sus pensamientos la forma de decirle a Hyoga parte de la verdad sin ser afectado.

—Shun — volvió a llamarlo.

Una mujer de hermosos cabellos negros miraba fijamente hacia la diosa de la sabiduría griega. Sus ojos avellanas contrastaban con el color caramelo de su piel y demostraba la dignidad y la ferocidad que transmitía la diosa de la agonía atgyptian.

—Athenea — su voz sonó dulce, cómo la muerte.

—¿Qué quieres Agriosa? — le preguntó mientras la miraba como si fuera un despojo de la naturazleza.

—Dile a tu estúpido hermano que lo libere — reclamó furiosa mientras su mirada cambiaba a un color verdoso.

—No sé de qué me hablas — le dijo Athenea mientras hacía un gesto obsceno hacia la diosa con las manos.

—Dile al estúpido de Apolo que lo libere — dijo, manteniendo el rencor dentro del templo de Athenea en el olimpo.

—No quiero, puta — sus palabras fueron serias y duras.

Agriosa ya sabía que la zorra-sabia no lo haría.

—Ya le hiciste esto a Ari — le recordó furiosa.

—Le hice un favor — dijo Athenea, sentándose en un sillón. — Él no la amaba.

Agriosa se dio la vuelta y salió del olimpo en busca de su pequeño Taliki. La amenaza más fatal que tenían en esos momentos.

—Shun — volvió a llamarle Hyoga mientras lo tomaba por los hombros para que lo mirara.

—Hyoga, yo… — intentó desviar la mirada, pero Hyoga estaba empecinado en mirarlo y en descifrar la verdad desde sus ojos.

—Shun, soy tu hermano — sus ojos brillaron heridos. — No hay razones para que desconfíes de mí.

Shun se sintió completamente avergonzado. Sabía que el rubio tenía razón.

Pero si te lo digo, te irás — se recordó a sí mismo. — Y lo último que deseo es perder a la razón que me mantiene vivo.

—Me lo hice yo, Hyoga — y lo miró directamente a los ojos, mientras intentaba que su mentira fuera creída por el mayor de los dos.

Te quiero, hermano — las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos furiosas por haberle dicho esa mentira tan grande.

Y sin embargo, lo único que deseaba era protegerlo. No dejar que nadie se lo llevara de su lado. Y en especial, que jamás viviera el sentimiento de ser torturado una y otra vez psicológicamente. Tal vez, aquello que mantenía oculto era más que una simple tortura psicológica.

Al final, sé que me matarás — se dijo a sí mismo con amargura mientras escuchaba la voz jovial de Hyoga conversando con Christian, otro cazador, desde el pasillo.

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Hola chicos. Aquí está el Segundo capítulo y espero que les haya gustado. Cualquier duda o cualquier idea que me quieran dar (siempre serán bien recibidas) me las dejan en los reviews y yo veré que hago con ellas.

Adiós.