¡Hola de nuevo! Después de la pequeña introducción que fue el capítulo anterior, teníamos que empezar por el principio y esto, en la familia Black, equivale a un nacimiento. Los protagonistas de este capítulo, más que los cinco primos, son sus respectivos padres y lo que esperan ellos de los miembros más recientes de la familia. Ya habrá tiempo para decepciones y disgustos, por ahora es un acontecimiento feliz.
Pero antes de dejaros con el capítulo, nos gustaría agradecer la buena acogida que ha tenido el ff, y muy especialmente, a aquellas que dejasteis un rr: CrissBlack, blackstarshine, Sabaku no Akelos, Saya Asakura, Yedra Phoenix, SORTILEGIOS WEASLEY, Ely Granger, Corae y mArTa.
EL NACIMIENTO DEL HEREDERO
El timbre del número 12 de Grimmauld Place sonó con insistencia. Walburga Black alisó su bata de color morado, asegurándose de que no formara ni una sola arruga, y le hizo un gesto a Kreacher, su elfo doméstico, para que fuese a abrir. Mientras aguardaba a los visitantes, se permitió volver a revisar (sin moverse del sofá, aún estaba un poco débil) que el amplio salón estuviese en perfecto estado. Las cortinas verdes caían rectas hasta el suelo y el escritorio de Orion, tras muchas quejas por su parte, estaba por fin libre de papeles.
Walburga aún no se sentía demasiado cómoda en aquel lugar. Había sido la casa de sus suegros durante muchos años, ya que a Arcturus le agradaba la cercanía con el Ministerio. Ahora que oficialmente se había retirado – es decir, le había traspasado sus influencias a su hijo varón, Orion – había optado por abandonar la antigua mansión, que se consideraba el centro de la familia Black desde que Phineas Nigellus, director de Hogwarts, había establecido su residencia allí.
A pesar del honor que suponía ser propietarios de la mansión, Walburga había detestado el lugar en cuanto posó sus pies en él. ¿Por qué a un mago de tan elevada cuna se le había ocurrido vivir en medio de un barrio de muggles? Le repugnaba pensar que esos seres inferiores pasaban diariamente frente a su puerta y – sentía escalofríos sólo de imaginarlo – tal vez alguno decidiera un día hacer una parada para saludar a sus nuevos vecinos. Orion, deseoso de complacer a su flamante esposa, ya embarazada de su primer hijo, había hecho multitud de encantamientos repelentes de muggles, incluso algunos prohibidos por el Ministerio, para que no tuviera que preocuparse más por esa posibilidad que tanto la horripilaba.
Lo único que realmente le gustaba de ese salón era el tapiz que su padre, Pollux, le había dado hacía un mes. A diferencia de Orion, ella era la primogénita y eso le concedía derechos que sus hermanos no poseían, como el privilegio de heredar el antiguo tapiz con el Árbol Genealógico y el emblema de los Black. Pese a su abultada barriga, se empecinó en ser ella misma quien lo colgase en una pared bien visible, practicándole además un hechizo de presencia permanente para que no se despegara. Y ahora, debajo de la doble línea dorada que unía su nombre con el de su marido, había aparecido un nuevo miembro de la familia.
"¡Burga!.¿Qué tal estás?", preguntó un hombre de gran altura y aire distinguido entrando en el salón. "Por favor, no te levantes, ahora debes descansar."
Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
"Me alegro de verte Cygnus", respondió con suavidad. "Kreacher", dijo volviéndose hacia el elfo, "sírvenos té".
Tras Cygnus venía Druella, quien saludó a la convaleciente de la misma forma que su esposo. Sus hijas, en cambio, se mantuvieron a cierta distancia, mirando con curiosidad aquella estancia que pisaban por primera vez.
"Bella ha crecido mucho", comentó observando detenidamente a su sobrina.
"Cierto", concordó Cygnus, orgulloso. "Y no sólo físicamente. Ahora es ella quien elige su propia ropa, se niega a que compremos nada sin su consentimiento."
"Ya soy mayor, papá", dijo pomposamente la niña. "¿Dónde está el recién nacido, tía?"
Walburga sonrió por cortesía, pero le desagradaban los modales de Bellatrix. En su opinión, Cygnus era demasiado permisivo con sus hijas. Se notaba a leguas que las adoraba y ellas aprovechaban esta ventaja para hacer lo que les diese la gana. Ella nunca había sido muy maternal y tal vez eso influyera mucho en su visión de las cosas, pero no pensaba llegar al mismo punto que su hermano. Se levantó trabajosamente, ayudada por su cuñada, y los precedió escaleras arriba hasta la habitación del niño. En cuanto abrió la puerta, una vieja elfina doméstica, que portaba un paño de cocina anudado al cuello imitando un precario vestido, se interpuso entre la cuna y los recién llegados. Tardó unos instantes en distinguir el rostro de su dueña, pero reparó su error rápidamente, inclinándose hasta rozar la nariz contra el suelo.
"Ama Walburga, el señorito está durmiendo", dijo sin deshacer su reverencia.
"Está bien, Pinkle, sólo hemos venido a verlo".
Todos se sumieron de inmediato en un silencio expectante. Cygnus fue el primero en inclinarse hacia la cuna.
"¡Vaya! Es muy grande. Te habrá costado lo tuyo tenerlo¿eh, Burga?"
"Aún está bastante rojo. La verdad es que los recién nacidos son feísimos", comentó Druella.
'Envidiosa', se dijo Walburga. Lo llevaba pensando desde antes de que llegaran. Estaba segura de que Druella se moriría de celos. Al fin y al cabo, ella no había sido capaz de darle un varón a Cygnus y debía de estar carcomida por la envidia al ver que su cuñada sí lo había conseguido. El primer varón Black de su generación. Walburga aún no cabía en sí de gozo. Cuando lo vio por primera vez, sus mejores deseos empezaron a cobrar forma. Todas las familias de magos de Gran Bretaña estarían deseosas de cazar al heredero de los Black. No le faltarían pretendientes, ni contactos en el Ministerio. Podría dedicarse a la política, a los negocios, a lo que él quisiera. Y Walburga no tendría que molestarse en buscarle "un buen partido", porque "los buenos partidos" acudirían a él. Y mientras tanto¿Druella qué tendría? Tres hijas con un buen apellido, pero que siempre estarían por debajo del heredero. Pollux estaba exultante con su primer nieto y Walburga no dudaba que la mayor parte de su fortuna sería destinada a él. Todo el mundo hablaba ya de la noticia. Había sido anunciado a los cuatro vientos en El Profeta, en la sección de Sociedad; mientras que Druella se había tenido que conformar con una escueta nota cuando nació Narcissa.
Walburga miró a la menor de sus sobrinas. Era preciosa, casi parecía una muñeca. A sus cinco años, a diferencia de su independiente hermana mayor, aún permitía que la vistieran con vestidos llenos de volantes y lazos. Tenía el pelo rubio, y unos ojos de un azul muy intenso, como su madre. Era refinada y muy educada, de elegantes y estudiadas formas a pesar de su corta edad. Jamás protestaba, ni se mostraba cansada cuando acompañaba a sus padres.
"¿Quieres ver más de cerca a tu primo?", le preguntó.
Narcissa asintió, con una hermosa sonrisa ilusionada. Por primera vez, Walburga sintió algo de cariño hacia una cría, y le dio su mano para ayudarla a subirse a un taburete.
"¡Oh!", exclamó la chiquilla, "¡qué pequeño!"
Walburga sonrió con afecto. Tal vez, si su hijo así lo decidía, podría llegar a consentir un matrimonio con Narcissa. Aspiraba a algo más, por supuesto, pero no se opondría si ese era su deseo. A fin de cuentas, ella también era mayor que Orion, y les iba muy bien.
"Aún no me has dicho cómo lo vais a llamar".
"Sirius, se llamará Sirius, como el abuelo de Orion".
"Es un buen nombre", concordó Cygnus.
'Desde luego que sí'. La estrella más brillante del cielo. Lo más apropiado para alguien que iba a llegar muy alto, un mago que brillaría más que ningún otro.
Lamentablemente, Bellatrix interrumpió el curso de sus pensamientos al darle un empujón poco amistoso al bebé. Al instante, éste se echó a llorar.
"No se movía", trató de justificarse la niña. "Pensé que estaba muerto".
"Bella, creí haberte avisado de que no lo tocaras", la regañó su madre.
Mientras tanto, Pinkle ya había saltado a atender al pequeño. Lo sacó amorosamente de su cuna y lo meció con suavidad entre sus brazos, tarareando una especie de canción que ejerció en el bebé un efecto relajante casi inmediato.
"Tiene buenos pulmones", observó Cygnus.
"Desde luego que sí". Walburga se llevó teatralmente una mano a la cabeza y suspiró: "He tenido que aplicar un hechizo insonorizador a la habitación, porque hacía tres días que no nos dejaba dormir".
La puerta de entrada se cerró sonoramente, y un par de segundos después, se oyó la potente voz de Orion Black.
"¡Kreacher!"
Orion tardó unos minutos en subir las escaleras. Se había desecho de la capa y de las botas y lucía un aspecto desaliñado que hizo arrugar la nariz de su esposa.
"Llegas tarde", le recriminó antes de que le diera tiempo siquiera de saludar a los invitados.
"Lo sé", dijo con indiferencia. "Me he entretenido hablando con el Ministro". Alargó la mano hacia Cygnus y la estrechó vigorosamente. Druella inclinó levemente la cabeza.
"¡Hola chicas!.¿Ya habéis visto a vuestro primo?"
Narcissa movió su delgado cuerpo con soltura.
"Es muy pequeño", dijo "y no se parece en nada a ti".
Orion parpadeó, estupefacto. La inocencia de los niños siempre le había sorprendido, pero no pudo evitar buscarle a la frase una connotación muy diferente a la que en realidad tenía. Trató de sonreír.
"¿Tú crees? El abuelo Pollux ha dicho que es clavadito a mí".
"Está calvo", soltó Narcissa con lógica. "Y sus ojos son muy raros".
"Eso es porque acaba de nacer", la corrigió inesperadamente Andromeda. Se sonrojó cuando los adultos la miraron. Era la más callada de las tres y su intervención pilló a todos por sorpresa. "A mí me parece muy guapo", añadió en un susurro.
Tras un momento de estupefacción, Cygnus sonrió con orgullo.
"Claro que sí, hija. Tienes toda la razón". Miró a su hermana y a su cuñado y continuó, con un tono que a Walburga se le antojó arrogante. "¿Os habéis fijado en lo inteligente que es mi niña? Estoy seguro de que será una de las mejores de su curso".
"Slytherin la acogerá con ganas", comentó Orion, acariciando el pelo castaño de Andromeda. Walburga lo miró asombrada. No solía hacer muestras espontáneas de afecto. "Pero aún queda mucho para eso".
"Desde luego. A Bella, en cambio, ya le queda poco. Apenas dos años". Se volvió hacia su hija con nostalgia. "La echaremos mucho de menos. Es la alegría de la casa. Cuando está ella, nunca hay silencio".
Esta vez, Walburga ya no pudo contenerse.
"Espero que Sirius no sea ruidoso. Detesto los gritos".
Druella, mucho menos ingenua que su esposo, captó la insinuación y le dirigió una mirada acerada.
"Suele ocurrirle a las madres mayores. Una lástima que el pequeño Sirius no haya venido antes… Seguro que habrías tenido más paciencia".
"Eso me recuerda…", dijo Cygnus antes de que Walburga pudiera responder al ataque. "¿De dónde has sacado a Pinkle? Me suena haberla visto antes".
"Es una de las elfinas de la tía Cassiopeia. Quería venir a cuidar ella a mi hijo, pero no tiene experiencia con bebés, así que me prestó a Pinkle. El problema es que está medio ciega, la pobre."
La elfina seguía arrullando al niño con aquella extraña melodía y no dio muestras de haber oído nada.
"Y creo que un poco sorda", añadió Walburga. "Pronto no servirá más que como elemento decorativo, ya me entendéis".
Y así, entre risas, abandonaron la habitación y volvieron al salón para tomar el té.
Bueno, este ha sido un capítulo cortito, pero no os acostumbréis XD. Queremos llevar un ritmo de actualización de aproximadamente una vez a la semana, pero como este ha sido tan corto, probablemente actualizaremos en torno al domingo-lunes. Y eso sí, el siguiente compensará con creces, porque consta de más de diez mil palabrejas. Así que os recomendamos armaros de paciencia. O, si sentís que os agota, siempre tenéis la opción de leer cada día a un personaje XD Creemos que es mejor no romper la continuidad de un mismo tema, por eso preferimos subirlo todo de una vez.
Por último, en el profile vamos a ir colgando un índice y un pequeño resumen de cada capítulo, para que no liaros demasiado con las fechas.
Un besito a todos (todas) y ¡hasta pronto!
