¡Hola! Como ya anunciamos en el Capítulo anterior, compensamos que fue breve con este que es extremadamente largo. Así que antes id al baño, traed comida y bebida, y mejor leedlo cuando tengáis un rato tranquilo y sin prisas, porque merece la pena ir con calma. También podéis leerlo por bloques (hay cinco en total, uno por cada personaje).
Os recordamos que en el perfil Black Toujours Pur incluimos un resumen de los capítulos que vamos publicando, las fechas en las que se desarrolla cada uno de ellos y el título del siguiente.
A todos/as, os damos las gracias por la lectura, y muy especialmente a aquellas que nos dejáis vuestras impresiones, nos hacen siempre mucha ilusión :) CrissBlack, mArTa, Sabaku no Akelos, Ely Granger, Corae, Yedra Phoenix, Saya Asakura, blackstarshine
¿A PRIMERA VISTA ES AMOR?
1 (a). Black y Riddle
1 (b). Black y Lestrange
2. Black y Tonks
3. Black y Malfoy
4. Black y la libertad
5. Black y la responsabilidad
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1 (a). Black y Riddle
Mansión de Cygnus y Druella Black.
Domingo, 2 de septiembre, 1962
Bellatrix no dormía. No estaba nerviosa, mañana era su primer día en Hogwarts, pero eso no era estar nerviosa. Si tenía insomnio era porque quería. No quería dormir y punto.
Había bajado a la librería de su padre, a la que nunca podía acceder sola. Pero esta vez, a esas horas de madrugada, no había nada que evitara que entrara. Había tanto dentro que podía satisfacer su curiosidad. Pero estaba prohibido. Y nadie prohibía nada a Bellatrix. Nada era prohibido para Bellatrix.
"Magia del Antiguo Egipto I. Cómo prolongar la vida."
Bueno, no sonaba mal. Algo le decía que había algo interesante ahí. La vida eterna… Bella no se planteaba que fuera a tener una vida corta a los once años, pero tal vez merecía la pena curiosear el libro.
Se sentó en el suelo junto a la vela que había encendido. Abrió el libro por cualquier página, y fue precisamente por la que tenía una hoja dentro. O mejor dicho, se trataba de una fotografía. Vieja, en blanco y negro, algo descolorida. Antes de pararse a mirar a los que posaban, Bellatrix dio la vuelta a la foto.
"Septiembre 1941. Slytherin. T. Riddle."
Entonces miró a los de la foto. Era un grupo de Slytherins (intuía por la nota, porque no lograba distinguir las insignias). Habría unos veinte, tal vez más. Unos movían las cabezas y saludaban con las manos, otros estaban más quietos, pero pestañeaban y trataban de sonreír.
Bellatrix hizo cálculos mentales. Estaba segura de que en ese grupo estaría su padre, su tío Alphard, su tía Walburga, el tío Orion… pero no lograba reconocerlos. Era una foto en blanco y negro, y todos uniformados, en la que ni siquiera un Black destacaba especialmente.
Pero uno sí que destacaba. En el centro de todos los retratados, alto, moreno, con una sonrisa triunfal. Con la insignia de Premio Anual muy claramente reconocible.
Guapo. Muy guapo.
La miraba a ella a los ojos, intensamente. Bella abrió la boca, y puso el dedo sobre la cara del joven retratado.
Algunos de la fotografía… algunas mejor dicho, lo miraban con adoración. Estaba claro que era alguien importante para ellos. Bellatrix entornó los ojos. Tendría que preguntar a papá, o a sus tíos, si por alguna razón su padre no quisiera soltar prenda.
Y sintió algo en su pecho. No podía dejar de mirarlo. El corazón palpitaba fuertemente.
Olvidó que había querido leer el libro. Lo dejó descuidadamente en su sitio, recogió la vela y se fue a su habitación.
La fotografía se la llevó con ella.
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1 (b). Black y Lestrange
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Entrada al Gran Salón. Ceremonia de Selección de los alumnos de 1º
Lunes, 3 de septiembre, 1962
Bellatrix. La guerrera.
Nacida en la Antigua y Noble Casa de Black. Descendiente directa de Phineas Nigellus, y la primera de la siguiente generación. Ni sus hermanas le hacían sombra. Ella era la que heredaría el prestigio, la que llenaría las páginas de sociedad, la que estaría en boca de todas las familias mágicas del Reino Unido.
¿Envidia? No, de nadie. Al contrario. Todos la envidiaban a ella.
Hasta que nació él.
Su querida tía Walburga, seguro que había acudido a un tratamiento especial en San Mungo para quedar embarazada, era una vieja de 35 años, demasiados para tener hijos, incluso era demasiado mayor desde la perspectiva de los muggles y de los sangre sucia. Seguro que tía Walburga lo había hecho a propósito, tener justo ahora un hijo. Seguro que incluso le habían dado la oportunidad de elegir el sexo, para fastidiarla aún más.
O tal vez no tenía ningún problema de fertilidad, lo mismo el problema era del tío Orion, lo mismo era impotente.
Bellatrix rió en voz baja por el insulto. Entonces la tía Walburga habría conseguido quedarse embarazada de otro. Pero era bastante improbable. El niño era tan Black como ella.
Ya no había remedio. Malditos sean todos ellos. Habían tenido un varón.
Daba igual que ese niñato fuera el cuarto nieto de los abuelos Pollux e Irma. Ahora ese niño, su primo, sería el predilecto. Porque era Black, cien por cien, por parte de padre y por parte de madre. Y porque era varón, tenía ciertos privilegios que a ella, aun siendo primogénita, se le iban a negar ya de antemano.
Era injusto. Bellatrix pensaba que no podía estar discriminada por haber nacido mujer. ¿Es que ser la primera no contaba?
Pero no era solo ese niño. Encima, para arreglar las cosas, la tía Walburga se las había arreglado para tener otro hijo más.
Maldito sea él también.
Ahora empezaba Hogwarts. Bellatrix tenía muy claro qué tenía que hacer ahí. Uno, por supuesto, conseguir hacer de la vida de los sangre sucia lo más insoportable posible, sólo la raza mágica tenía derecho a aprender magia. Dos, demostrar a todo el mundo que era la primera Black que pisaba el Colegio en años, y que supieran bien todos y cada uno de ellos quién era ella. Y por último, conseguir que cualquiera de los herederos de otras familias supiese que ella era la heredera legítima de la familia Black. No un mocoso venido a más. Ella era la heredera de la familia a la que cualquier mago del Reino Unido querría pertenecer.
Se encargaría de recordárselo a todos, para que no hubiera dudas. Ella era la heredera y no unos niñatos que habían nacido con diez años de retraso.
Desde las escaleras donde aguardaban para entrar en el Gran Comedor esperó impaciente a que esa mujer, McGonagall… o algo así… terminara su insoportable discurso. Tal vez impresionara a los otros niños de 1º… o a los estúpidos Hufflepuffs de cualquier curso, pero ella no estaba impresionada en absoluto por una Gryffindor. Hacía falta algo más que un gryffindor para que Bellatrix agachara la cabeza.
Entonces se dio cuenta de que McGonagall había terminado lo que fuera que estaba contando y que estaba a punto de sacarla de sus casillas.
"Cotorra…" murmuró con desprecio por lo bajo.
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Mazmorras de Slytherin. Sala Común
Por supuesto. El Sombrero ni llegó a rozar su negro cabello cuando gritó "¡Slytherin!" Realmente podría haberse ahorrado un tiempo precioso si directamente se hubiese sentado en la mesa con los otros Slytherin, pero no, tuvo que quedarse hasta la letra "B" de Black, esperando a que unos sangre sucia delante de ella fueran seleccionados en Ravenclaw y en Hufflepuff.
"Asquerosos."
Pero Bellatrix sonrió, cambiando de parecer.
"No… no ha estado mal esperar. Así todo el Colegio ya se ha dado por enterado de que hay una Black entre ellos."
Se tumbó despreocupadamente en el sofá de la Sala Común. Sin importarle lo más mínimo si había otros estudiantes que desearan sentarse también. Llegó ella primero, ella se quedaba con el sofá. Así eran las cosas, el primero tenía todo, el último nada.
La Sala Común no estaba mal. Unas mazmorras, seguro que guardaban historias espeluznantes del pasado de Hogwarts. Decoración verde y plata. Iluminación misteriosa… parecía que el lago de Hogwarts tenía algo que ver en cómo matizaba la luz. En cualquier caso no era lo suficientemente interesante para Bellatrix, la decoración era más para su madre y Narcissa, no para ella.
Pero había un retrato de Salazar Slytherin sobre la chimenea. Esa mirada… era como si la hubiese visto antes, pero no sabía dónde ni a quién.
Todavía tumbada, miró fijamente el lienzo. Estaba segura de que los Black eran descendientes directos del mago más grande de todos los tiempos. La mirada oscura, el cabello negro ensortijado, la barba y perilla negras, la piel blanca, propia de su clase social en la época…
Ese retrato parecía traspasarla con la mirada. Pero a diferencia de otros, Salazar Slytherin no parecía dispuesto a moverse casi nunca, mucho menos conversar con los estudiantes.
"Hace mucho tiempo que no ha visto a un verdadero Black. Entonces sí hablaría más." Se dijo Bellatrix, ensimismada con el porte y lo que representaba el fundador. Admirándolo.
"Deberías levantarte e ir a tu dormitorio, y preparar las cosas, mañana empiezan las clases y será tu primer día." le interrumpió una alumna de 5º con la insignia de Prefecta en la túnica.
Bella alzó las cejas levemente.
"¿Está prohibido que me tumbe aquí hasta la hora de ir a la camita?" preguntó con una sonrisa sardónica.
"No..." contestó la prefecta, ligeramente sorprendida por la respuesta abrupta de una de primer año.
"Entonces lárgate y déjame en paz." Añadió Bellatrix, volviendo sus ojos al retrato, sin ninguna intención de seguir conversando con esa presuntuosa.
La prefecta se dio la vuelta, con los labios apretados, pero Bellatrix ni se molestó en seguirla con la mirada.
"Hola, Bellatrix Black"
Bellatrix, sin girar la cabeza, cambió la mirada que tenía puesta en el retrato y la posó sobre la voz que se había dirigido a ella. Por el respaldo del sofá que ella ocupaba se asomó un chico algo más alto que ella misma, que ya lo era de por sí. Cabello negro, ojos oscuros, mentón firme.
Miró al compañero con frialdad. Guapo, frío, distante. Podría ser su tipo.
Bueno, a decir verdad sí era su tipo. Volvió a mirar el retrato de Salazar Slytherin.
"Lestrange." respondió ella simplemente, sin cambiar la postura.
Rodolphus. Hijo de un antiguo compañero de su padre, Cygnus, en su etapa de estudiante en Hogwarts. Buena familia de magos de sangre pura, aunque por supuesto sin el abolengo de los Black. Empezaba 1º, como ella. No estaba mal. Rodolphus había sido siempre un compañero de juegos interesante.
Practicar un Incendio a los perros de los muggles que vivían más o menos cerca era un buen pasatiempo durante los últimos dos veranos que se había encontrado con él. La magia de menores de edad en las familias de magos de sangre pura no era fácilmente detectable, y aunque detectaran esa magia, las influencias de los Black eran demasiado poderosas para los funcionarios del Ministerio. Así que nunca había consecuencias de ningún tipo. Salvo para esos animales, claro.
Lástima que todavía no había logrado practicar magia con los dueños de esos perros…
Torció los labios… todo llegaría…
Y en cualquier caso, ni sus padres ni los de Rodolphus habían sido especialmente severos con respecto a practicar magia con muggles. Eran igualmente animales. Así que sin rencores…
"Black." Volvió a decir Rodolphus. "Ahora empieza la cuenta atrás. Dime¿tienes intención de permanecer Siempre Pura, como las buenas niñitas Black?" le preguntó con una mueca, apoyado en el respaldo del sofá y asomándose hacia la niña.
Bellatrix sonrió y se desperezó desafiante. Sabía que ese gesto provocaba la admiración de los chicos, incluso de aquellos mayores que ella, y Rodolphus no era una excepción. Se conocían bien. Bellatrix sabía que él era consciente de que ella estaba deseando crecer y dejar de ser una cría. Se incorporó del sofá. Puso su cara frente a Rodolphus, con impertinencia.
"¿Desde cuándo he sido una buena niñita, Lestrange?"
Se echó a reír, y con agilidad, se bajó del sofá y cruzó la Sala Común para ir a sus habitaciones.
"¡Black!" gritó Lestrange, apoyada la espalda en el sofá para ver cómo se alejaba ella. Bellatrix miró a Rodolphus por encima del hombro, sin girarse hacia él. "Cuidadito con las malas compañías."
Ella esbozó una medio sonrisa y subió a su habitación. ¿Qué malas compañías podría haber allí, un lugar dirigido y supervisado por un adorador de muggles?
Ojalá conociera a alguien que sí dirigiera, y no adorara a los muggles.
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2. Black y Tonks
Estación King Cross. Londres
Martes, 1 de septiembre, 1964
"It's been a hard day's night, and I've been working like a dog, it's been a hard day's night..."
Ted Tonks acababa de despedirse de su madre, que había insistido en acompañarlo a la estación por su primer día de colegio. Para un matrimonio de clase trabajadora como los Tonks, el recibir la noticia de que su único hijo era un mago fue un auténtico shock. Habían tenido varias entrevistas con unos cuantos magos adultos para poder convencerse de que lo que decían era cierto. Ted podía estudiar en una escuela de hechicería... Hogwarts.
Siempre habían imaginado que, a costa de grandes sacrificios, Ted podría incluso ser alguien con un gran futuro, podría ir a la universidad, pero también sabían que podría ser un camino demasiado duro para él. Era posible que en el mundo "mágico" (como ellos lo llamaban) Ted tuviera mayores oportunidades. Y decidieron aceptar el desafío de enviar a su hijo a un lugar desconocido para ellos hasta entonces.
Según sonaba la pegadiza canción en su cabeza, Ted se daba cuenta de que el día anterior sí que había sido un día duro para sus padres. Mejor dicho, todos los días eran duros. Su madre había insistido en ir con él a la Estación esa mañana, y aunque estaba acostumbrado a hacer las cosas por su cuenta, Ted agradeció que ella faltara por unos momentos al trabajo para ir con él.
Los días eran duros porque sus padres trabajaban y pasaban muchas horas fuera de casa, en el East End londinense. Ted había estado mucho tiempo al cuidado de una tía, durante esas ausencias, y también había pasado mucho tiempo fuera de casa, con los chicos del barrio. Era independiente, pero también era responsable. Sabía que ser admitido en una Escuela como Hogwarts era un regalo que le había hecho la vida, y no quería depreciarlo. Por él, por sus padres.
Tal vez si fuese mago las cosas serían mejores para su familia. Sonrió con alegría. Ahora ya se explicaba por qué conseguía siempre un lápiz cuando lo necesitaba, aunque en realidad había llevado encima siempre un bolígrafo. O por qué era un bolígrafo lo que aparecía en su bolsillo cuando lo necesitaba, aunque en realidad lo que había portado hasta entonces era un lapicero. Quería esforzarse mucho para conseguir una de esas bolsas de ayuda que sabía que concedía Hogwarts... así sus padres no tendrían que preocuparse de su manutención ni de que fuera a ser una carga extra el pertenecer a un colegio tan especial.
Su madre le había dado un abrazo y le había pedido que se cuidara, que escribiera y que aprendiera mucho. Le había dicho que papá y ella estaban muy orgullosos de él. Y se marchó como todos los días a su trabajo en las cocinas de un restaurante en Knightsbridge.
Tenía el carrito lleno con los libros y túnicas de segunda mano, y aunque sabía que podía llevar una lechuza, tuvo que conformarse con llevar un hamster como mascota. Tal vez otro año ya pudiera permitirse una lechuza...
... Como la que justamente acababa de pasar junto a él, una hermosísima lechuza de color gris y negro encerrada en una jaula, y abrió la boca con admiración. Iba colocada en un carro que empujaba una niña algo más alta que él, y a la que no logró ver, ya que iba encapuchada. Tras ella acudían con paso rápido dos adultos envueltos en unas elegantes capas de terciopelo azul oscuro y bordados en las mangas de color plateado.
Uno de los adultos llevaba de la mano a una niña, cuya cabeza rubia iba al descubierto. Y cerraba la comitiva una tercera niña, que iba a unos metros de distancia, con dificultades evidentes para empujar su propio carro.
Ted entendió que esas personas también iban al "Andén 9 y 3/4"… por su aspecto, sobre todo. No había conocido a nadie como ellos. Tenían que ser mágicos.
Uno de los adultos, el que llevaba a la niña rubia de la mano, se giró hacia la rezagada. En ese momento, Ted pudo verle el rostro encapuchado de terciopelo. Vio que se trataba de una mujer de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios y largos. Muy guapa, aunque de aspecto demasiado severo para su gusto...
"Andromeda, date prisa o perderás el tren." dijo la mujer secamente, y siguió andando sin esperar respuesta de la chica, llevando de la mano a la niña rubia, que a todas luces era la pequeña de las tres.
Ted se fijó en la primera niña, la que iba más adelantada. Parpadeó sorprendido cuando comprobó que tanto ella como los dos adultos (entendía que los padres) y la chiquita rubia desaparecían delante de una columna, sin que aparentemente nadie alrededor se hubiera enterado de nada. Como si desaparecer en una columna, como fantasmas, fuese lo más común del mundo.
"Guauuu..."
La última niña se quedó atascada y empujaba el carro infructuosamente. Parecía que éste no quería moverse. Junto a ella, otras personas (adultas y niños) pasaban de largo como si ella no existiera; casi todos llevaban capas, sobreros puntiagudos o una extraña combinación de ropa actual con otra ya pasada de moda. Y Ted se preguntó cómo nadie era capaz de ayudarla, cómo era él el único que se había percatado de las dificultades que tenía. Algunos incluso parecían reírse de la situación. Eso era demasiado para Ted.
"¡Yo te ayudo!" dijo de pronto Ted, abandonando su propio carrito y acercándose a ella.
"No... no hace falta..." murmuró la niña en voz baja, empujando sin éxito su carrito. "Yo puedo sola..."
Ted entonces pudo mirar a quien pretendía ayudar: La niña más bonita que había visto nunca, y había visto unas cuantas en su barrio, no en vano había pasado mucho tiempo jugando en la calle cuando sus padres pasaban todo el día trabajando. La tal Andromeda (qué nombre, es único, como ella...) pensó Ted, tenía el rostro con forma de corazón, cabellos y ojos castaños, piel pálida, y unos labios extrañamente carnosos... las inglesas no tenían así los rasgos... Esta chica parecía extranjera.
Sólo su aspecto demostraba que Andromeda no era de su entorno, no era como nadie que hubiera conocido hasta entonces. Su túnica de color verde, la capucha que enmarcaba su rostro... Sólo acertaba a mirarla con la boca abierta.
"¡Eres un muggle!" exclamó ella con cierto tono de desprecio y temor, cuando se dio cuenta de que él la miraba fijamente, y se apartó instintivamente de él.
"¿Qué soy qué?" preguntó Ted confundido. Definitivamente tenía que ser extranjera. "Sólo quiero ayudarte..." dijo, mientras se agachaba a una de las ruedas del carro. Éste se movió con facilidad una vez Ted se incorporó y echó a la papelera un trozo de cartón. "Por algo no podías empujarlo, tenías un cartón enganchado en una rueda." sonrió a Andromeda, que lo miraba fijamente, entre el rechazo y la curiosidad. "Soy Ted."
"Yo..." empezó a decir ella.
"Eres Andromeda, lo he oído." terminó por ella Ted, sonriendo, pensando erróneamente que ella iba a presentarse también. "¿Vas también a Hogwarts?. Es mi primer año, y no sé mucho de allí, sólo que hay escaleras que se mueven, y cuadros que hablan… ¡Y fantasmas!. ¡Puedes imaginártelo!. ¡Es como ir a Disneylandia, pero en real!"
Andromeda asintió con la cabeza distraídamente, pensando todavía que no debía hablar con ese muchacho, vestido con ropa muggle… ¡Un muggle!... Entonces se acordó de sus padres, de lo que dirían si la vieran ahí plantada... y sobre todo, con él, y se acordó de que si se retrasaba perdería el tren.
"¡Tengo que irme!" exclamó Andrómeda de pronto, empujando el carro, que efectivamente se movía con mucha facilidad ahora. Entonces sintió un pinchazo en el pecho, y giró la cabeza. Vio que Ted recogía su propio carrito y miraba alrededor confundido, incluso parecía dolido. Y se preguntó por qué estaba solo.
"Oh pretty woman... That you look lovely as can be... Are you lonely just like me?"
Por alguna razón, la canción que tanto sonaba en la radio se le metió de pronto en la cabeza, y Ted olvidó a los Beatles en un santiamén. Pero no dejó de mirar a la muchachita que se había apartado tan deprisa de él.
Andromeda miró de soslayo la columna que daba paso al Andén, y tomó una decisión. Nunca había conocido a nadie que hablara con tanta franqueza, sin conocerla. Y cuando la hablaban porque ya sabían quién era, tampoco era con franqueza. Pero este niño no sospechaba nada de su apellido. Seguramente no sabría qué es ser una Black. Y la realidad era que ella tampoco sabía qué era ser... un muggle, o un hijo de muggles. Nunca había conocido ninguno. Y sintió curiosidad. Y tal vez… remordimientos.
Se acercó al niño que acababa de ayudarla.
"Is she walking back to me...? Yeah, she's walking back to me..." canturreó Ted en voz baja, sonriendo según veía aproximarse a Andromeda.
"Sígueme, pero de lejos. No deben vernos juntos." le susurró apresurada Andromeda, frunciendo ligeramente el ceño cuando le escuchaba cantar y sonriendo con tanta sinceridad. Algo se agitó en su interior. Se desconcertó, y volvió apresurada a su carro para introducirse en el muro que llevaba hacia el Andén 9 y 3/4.
Ted sonrió y fue detrás de la chica. Pero entonces no sabía que esa frase que ella le había susurrado acababa de resumir la relación que mantendría en los años venideros con Andromeda Black. La mujer que amó desde el momento en que la vio por primera vez.
"Oh, oh, Pretty woman…"
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Aula de Transformaciones
Lunes 7 de septiembre de 1964
Andromeda Black llevaba apenas una semana de clases, y se dio cuenta de que tendría que poner mucha atención en las de Minerva McGonagall, la Jefa de la Casa de Gryffindor. Primero, le habían enseñado que Gryffindor era casi tan malo como Hufflepuff. Segundo, que Gryffindor odiaba a todo lo que fuera Slytherin. Y en tercer lugar, Bella le había dicho que McGonagall "era una vieja solterona amargada que seguramente estaba frustrada por no haber conseguido entrar en Slytherin".
Encima, según Bella, McGonagall impartía unas clases "que no tenían ningún tipo de utilidad práctica, a menos que pudieras aprender a transformar muggles en magos de sangre pura, algo que era completamente imposible..."
Pero Andromeda era prudente, y pese a que estaba orgullosa de pertenecer a Slytherin, había podido tratar con unos pocos estudiantes de otras Casas, por supuesto de sangre pura, y tampoco le parecían tan distintos a ella. Sería a lo mejor que el paso de los años era lo que determinaba las diferencias entre las Casas.
"Bien, prestad atención." McGonagall tocó con su varita un busto de un dragón. "Draconifors"
La cabeza del dragón de piedra se movió de un lado a otro; todos los estudiantes abrieron la boca sorprendidos. Andromeda abrió los ojos de par en par. En casa no se estilaba mucho lo de hacer encantamientos de Transformaciones, y la verdad, presenciar la transformación de una cabeza de dragón de piedra a uno real era algo simplemente maravilloso.
El dragón expulsó fuego que no parecía tener ningún tipo de efecto. Todos los estudiantes de la clase lanzaban exclamaciones de sorpresa. La Profesora volvió al dragón a su estado original con un toque de su varita.
"Ahora quiero que realicéis algo parecido. Simplemente se trata de transformar estos palillos que os voy a entregar, en simples alfileres, con el hechizo que os comenté la semana pasada. La fase Uno de Vera Verto"
Andromeda escuchó murmullos decepcionados. Incluso ella misma se sintió defraudada. ¡Había sido tan excitante lo del dragón! McGonagall movió su varita hacia los palillos y éstos fueron repartiéndose entre los alumnos de la clase. En un minuto todos los estudiantes agitaban sus varitas sobre sus respectivos palillos, con resultados más que pobres. La joven Black no sabía por qué, pero miró a Ted Tonks, alumno de Hufflepuff; Transformaciones era una de las pocas clases en las que coincidían. Ted estaba callado, concentrado. Andromeda vio que agitaba su varita sobre su palillo y en un segundo creyó ver un brillo plateado.
Un alfiler.
Era increíble. Andromeda frunció el ceño, entre extrañada, sorprendida y admirada. Un hijo de muggles, con ropa de segunda mano, desgarbado... ¿había conseguido transformar el palillo? Miró alrededor. Nadie más parecía haberlo logrado. Ni siquiera el tal Edgar Bones quien, por lo que había visto en las pocas clases que había tenido con él, se las arreglaba para conseguir todos los puntos posibles para Hufflepuff. Apretó los labios, y Andromeda lo intentó de nuevo.
"Uno, Vera Verto"
Nada. Sólo tenía delante un palillo de madera.
Sintió la mirada de Ted y se la devolvió. Ted le sonrió, y Andromeda no supo cómo reaccionar. Apartó la mirada, pero volvió a fijarse en él. Ted le hizo un gesto con la mano, y comprendió que quería que imitara ese movimiento con su varita.
Era la forma de agitar la varita para que el hechizo saliera correctamente.
"Uno, Vera Verto"
El palillo se hizo mucho más delgado, pero seguía siendo de madera. No era un alfiler, pero al menos, algo se había transformado.
"Excelente, señor Tonks. Veinte puntos para Hufflepuff." Andromeda vio que McGonagall miraba al muchacho con los ojos ligeramente entornados tras las gafas, como decidiendo algo en cuestión de segundos. "Dígame, señor Tonks ¿se atrevería con el dragón por cincuenta puntos?"
Andromeda miró a Ted, boquiabierta. La clase detuvo los encantamientos, y miró expectante a Ted.
"Me gusta mucho transformar... incluso sin puntos lo intentaría" dijo poniéndose de pie, sonriendo a la profesora. Ella asintió y se encaminaron hacia su escritorio, donde reposaba el busto del dragón.
"Pfff... menudo pelota..." Andromeda escuchó a Walden Macnair en el pupitre detrás de ella, también en Slytherin. "Un sangre sucia... de Hufflepuff..." añadió con absoluto desprecio. "Me encantaría que lo intente... y que lo consiga, sólo para que ese dragón lo achicharre vivo."
Se oyeron unas risas cómplices.
"O al menos que achicharre esa ropa de mierda que lleva." añadió Jugson. "Tendré que tomar prestada la ropa de mi elfo doméstico y donársela por caridad, viste mucho mejor que ese sangre sucia."
Algunos compañeros volvieron a reírse por lo bajo. Andromeda frunció el ceño. McGonagall estaba yendo con Ted hacia el escritorio al principio de la clase, y no pareció oír los comentarios. No sabía por qué, pero Andromeda no sentía ganas de que Ted acabara abrasado, no sentía ganas de reírse con sus compañeros de él, y sí sentía ganas de echarles en cara que no todo el mundo había nacido entre algodones ni lo tenía todo tan fácil.
Como ella.
Sintió un pinchazo que no supo interpretar. ¿Culpabilidad? No... Andromeda Black no podía sentir vergüenza ni culpabilidad por sus orígenes... las cosas no funcionaban así en su familia, en su mundo. Pero miró a Ted. Incluso en la distancia, Ted se fijaba en ella, brevemente, y a continuación siguió las instrucciones que le comentaba McGonagall. Ted levantó la varita, y Andromeda escuchó el hechizo.
"Draconifors"
El dragón movió la cabeza, y su aspecto pétreo desapareció para dar lugar a un dragón de brillantes escamas verdes. Escupió fuego, en apariencia inofensivo. Al cabo de unos segundos, el dragón volvió a su forma original.
El grupo de Hufflepuffs aplaudió con entusiasmo. Andromeda sonrió brevemente, y sintió muchas ganas de unirse a ellos también. Pero no lo hizo. Los Slytherin no aplaudían.
¿Por qué no?
Porque los Slytherin no aplauden. Juzgan a otros, deciden qué es blanco y qué es negro. Por eso.
"Felicidades, señor Tonks. Cincuenta puntos para Hufflepuff." los aplausos se hicieron más ruidosos.
"Esa vieja pelleja seguro que ha ayudado al sangre sucia." resopló Macnair. "Para justificar que merece estar estudiando magia con nosotros. Y luego dicen que no toma favoritos..."
Andromeda se sintió ofendida. Era lo que decía Bellatrix de McGonagall, pero a decir verdad, no le había parecido que hubiese tomado preferencias. A ella le daba la impresión de que McGonagall había notado que para Ted, transformar un palillo no había sido un gran reto, y le propuso algo más.
Y desde luego, estaba segura de que todo el mérito era de Ted, y sólo de él, no de ninguna ayuda misteriosa por parte de la profesora. Procuró no mostrar ninguna indignación, pero captó la mirada que Ted le había dirigido a ella, sólo a ella, en cuanto le otorgaron los puntos. Y la sonrisa que le había lanzado, antes de volver a su pupitre con sus compañeros de Casa.
"Ese pedazo de mierda no me cae bien... no me gusta nada..." Andromeda escuchó a Macnair, mientras otros compañeros de Casa reían por lo bajo, comprendiendo la amenaza implícita. Y aunque tampoco ella dijo nada, a ella tampoco le gustaba nada... ese comentario.
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3. Black y Malfoy
Callejón Diagón. Londres
Martes, 24 de agosto de 1965
Narcissa Black. Ya tenía diez años. Ya tenía los dos dígitos, ya estaba en el mundo de los adultos… Había aceptado ir al Callejón Diagón con su madre y sus hermanas porque le habían prometido una nueva falda, de las que tenían mucho vuelo. Porque si no, no iría allí. Aunque se quedara sola en casa, le daba igual. No le apetecía ir, y punto.
Así que esperaba encontrar una falda de su gusto, y de paso, lo mismo podía conseguir una blusa o una capa a juego… El truco solía funcionar mejor con papá, no con mamá, pero habían ido las cuatro solas. Así que tendría que esmerarse si quería llevarse algo más que una falda a casa…
Entraron en la tienda de Madam Malkin, que estaba muy concurrida, dada la proximidad del inicio de curso. Druella posó la mirada en las túnicas que serían apropiadas para Bellatrix y Andrómeda, que empezaban cuarto y segundo respectivamente. Además, Bellatrix podía ir a las excursiones a Hogsmeade, y tenía que llevar ropa lo suficientemente variada.
"Mamá, quiero mi falda".
"Ahora, Cissy. Primero tengo que mirar las túnicas de tus hermanas." Respondió Druella, mientras repasaba unas prendas expuestas en los percheros. Bellatrix ya se había encargado de revisarlas personalmente, después de todo, desde que apenas tenía diez años ya era capaz de escoger su propia ropa.
Andrómeda miraba la ropa sin tanto interés; desde que estaba en Hogwarts ya no le importaban tanto esas cosas. Había gente muy agradable con túnicas sencillas… incluso de segunda mano... A diferencia de Narcissa con respecto a la ropa (y con respecto a todo en realidad), no se dirigió a la percha de las túnicas más sofisticadas y costosas.
Por esto solía ser sencillo con ella, según Druella Black; para Andromeda en general cualquier túnica era correcta. Cualquier túnica digna de ellas, por supuesto.
Narcissa se sentó en uno de los sofás preparados para la espera de la clientela. Druella, consciente de que había mucha demanda y las dependientas estaban saturadas, optó por escoger personalmente lo que era apropiado, sin esperar a ninguna empleada. Narcissa observó alrededor.
Había un chico rubio, que estaba junto a un hombre alto, de mirada severa, y cabellos rubios y largos. Se fijó especialmente en la ropa que llevaban. El adulto iba con una pesada capa de terciopelo verde oscuro. El niño llevaba una capa negra sobre una camisa blanca. Narcissa sonrió. Le gustaba, tenían estilo, como su propia familia.
El hombre conversaba con una dependienta, mientras otra recogía las prendas elegidas. Entonces se fijó más detenidamente en el chico en cuestión. Rostro afilado, elegante. Ojos claros, piel pálida. Y sonrió. Sí, definitivamente le gustaba.
Entonces vio que un niño más pequeño, de pelo negro, revuelto y gafas se había puesto al lado del muchacho elegante y rubio. Narcissa había visto que el niño se había soltado de la mano de la que era su madre… o su abuela, por la edad que aparentaba.
El chico rubio miró al niño, que arrastraba una escoba, muy mal envuelta. Narcissa interpretó que el niño no había esperado a llegar a casa para abrir el paquete.
"¿Tú juegas al Quidditch?" le preguntó con una sonrisa burlona y escéptica el chico rubio.
"Sí. Juego al Quidditch, y vuelo bastante bien. Aunque a mamá no le gusta." Respondió el niño moreno.
"Ya, apuesto a que no." Lucius miró a su padre, y se volvió al niño. "Yo sí puedo volar lo que quiera, pero me asquea no poder llevar mi propia escoba a Hogwarts. Pero conseguiré una en un santiamén" añadió, viendo que un niño más pequeño que él tenía su propia escoba. "¿Te la han comprado tus padres?" preguntó con un tonito curioso, que incluso en la distancia no escapó a Narcissa.
Sonrió. Había pensado lo mismo que ella. La señora esa podría ser su abuela.
"Sí." Dijo el niño simplemente.
"¿Son de los nuestros?" preguntó directamente el mayor.
"Sí te refieres a si son magos" respondió con frialdad el niño de gafas. "Sí, lo son. Toda mi familia es de magos, aunque no sé qué importancia tiene." Añadió. Miró a la que era su madre, y pareció que no quería hablar más. "Adiós." El niño se fue.
El muchacho rubio no dijo nada, pero alzó las cejas, y pareció tomar una decisión. Probablemente relacionada con la escoba. Narcissa quería una falda, el chico quería una escoba. Sí, definitivamente, ese chico le gustaba.
"Mamá…" dijo Narcissa, sin dejar de observar al chico.
Druella estaba comprobando una túnica delante de Andrómeda, que parecía estar bastante aburrida.
"De verdad, mamá, que me basta la túnica más sencilla…" murmuraba Andrómeda.
Pero Druella estaba concentrada en comparar las túnicas.
"No. Te llevarás una autoplanchable y autorreparable, por si tiene algún desgarrón. No irás como una miserable mestiza..." respondió Druella, comparando las piezas.
"Mamá…" volvió a llamar Narcissa desde su asiento, contemplando todos los gestos del rubio.
Sin dejar de mirar la prenda, su madre respondió.
"Dime, Cissy."
"¿Quiénes son ésos de ahí?"
Druella miró a su hija menor e inmediatamente hacia donde la niña estaba observando con interés.
"Recuérdalo: no mires fijamente, Cissy. Hay que ser más discreta." comentó Druella en voz baja, y contempló con discreción al adulto, que acababa de despachar con la dependienta, y al muchacho que iba con él y sonrió educadamente. "Son Abraxas y su hijo Lucius. Son Malfoy" dijo complacida.
Abraxas Malfoy sintió la mirada de Druella e inclinó la cabeza elegantemente. Lucius imitó el gesto, y levantó la cabeza con orgullo. Narcissa esbozó una breve sonrisa. Si su madre aceptaba esa pareja, entonces no sería malo fijarse en Lucius…
Malfoy… Sí, conocía el nombre. Era una antigua familia de sangre pura. Vivían cerca de ellas, por Wiltshire, eso había leído en El Profeta, aunque nunca antes los había visto. Abraxas se acercó a saludar a Druella, seguido de su hijo.
Lucius miró a Narcissa, que todavía estaba sentada con la cabeza alta, y esbozó una breve sonrisa.
"Lucius Malfoy." Le dijo él, todavía de pie. Ella continuó sentada en su sitio, muy dignamente, como le habían enseñado que tenía que hacer.
"Narcissa Black."
El apellido, como no podía ser de otra forma, fue inmediatamente reconocido por el muchacho.
"¿Vas a ir a Hogwarts?. ¿Estás eligiendo las túnicas?" preguntó él.
"No… iré el año que viene."
Lucius pareció ligeramente decepcionado. Pero antes de que respondiera, Abraxas, besó elegantemente el dorso de la mano de Druella, a modo de despedida.
"Vamos, Lucius, no queremos entretener a las damas."
Lucius miró satisfecho a Druella, y a las hermanas de Narcissa, que estaban a unos pasos apartando la ropa que habían elegido. Perfectas, como él y su familia.
Narcissa lo miró con una breve sonrisa, y los ojos brillantes. Se sabía admirada, pero esta vez quería esforzarse especialmente porque él no fuera ninguna excepción. Como si Lucius le leyera la mente, se acercó a su oído.
"Te esperaré en Hogwarts, Narcissa Black."
Narcissa abrió los ojos de par en par. Pero él ya se había ido tras su padre. Mirando… no… admirando su caminar, orgulloso, elegante. Se sonrojó por primera vez en su vida, cuando Lucius giró la cabeza y le guiñó un ojo. Abraxas recogió un paquete de la dependienta, y salieron de la tienda.
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4. Black y la libertad
Estación de Hogsmeade. Escocia
Miércoles, 1 de septiembre de 1971
Sirius bajó de un salto al andén, y se colocó despreocupadamente la túnica que hacía tres minutos se había puesto, cuando el novio de su prima Narcissa, un prefecto de Slytherin de 7º, les había dicho que tenían que ponerse las túnicas para la ceremonia.
James bajó de un salto detrás de él, y Sirius le sonrió. Entre ellos habían bajado otros estudiantes y estaba seguro de que James no se había dado cuenta de que él también había dado un salto. Por primera vez en su vida conocía a alguien con quien podía hacer buenas migas. Incluso si acababan en Slytherin, ahora no le importaría si era con James.
"Llevas la túnica puesta de pena" le dijo James con una sonrisa burlona.
"Pues la tuya no te cuento…" respondió Sirius.
"Ahora vendrá ese primo tuyo y nos dirá que no vamos vestidos apropiadamente" dijo James, con un soniquete imitando al prefecto rubio.
Sirius resopló, mirando alrededor, buscando la cabeza de Malfoy o la de su prima.
"No es mi primo," contestó Sirius. "Aunque da lo mismo, Narcissa es su novia, y sí lo es, y es exactamente igual que él."
Allí estaban, Lucius Malfoy y Narcissa Black, yendo con los alumnos que no eran de primero hacia otra parte del andén. James los miró brevemente.
"Menos mal que no te pareces a ellos. Él me suena de algo... de Quidditch, o tal vez una tienda del Callejón Diagón… no sé…" James se encogió de hombros brevemente, olvidando el tema.
Sirius sonrió satisfecho. Definitivamente se entendía al cien por cien con James. Con la única persona que tenía ese tipo de conexión era con Regulus, pero éste tenía un gran defecto: era muy influenciable, incluso por él mismo. Siempre quiso que Regulus tomara sus propias decisiones, y estaba seguro de que sería así a partir de ahora, cuando al año siguiente empezara en Hogwarts y se librara por fin de la presión de los Black.
Tomó aire profundamente. De presiones Sirius sabía un montón. Ahora por fin era libre. En casa todo tenía unas reglas, unas formas, unos propósitos. Todo estaba precalculado, todo estaba decidido, por otros, no por él mismo. Nadie se cuestionaba porqués, cómos, para qués. Era así, era la forma de los Black, y eso era suficiente para cualquiera, incuestionable. Pero no para Sirius.
"¡Los de primer año, seguidme por aquí por favor!"
James y Sirius abrieron la boca sorprendidos. Tenían delante al hombre más grande que habían visto nunca. Pero tampoco parecía un gigante, sabían que éstos vivían lejos de los humanos y no todos podían hablar su idioma.
"¿Nos recibe un salvaje?"
Sirius escuchó detrás a un chico que se había juntado con otros; al igual que él con James, debían de conocerse al menos del viaje en el tren.
Los niños que estaban más cerca del hombretón comenzaron a caminar detrás de él, y antes de poder emprender la marcha, Sirius se dio la vuelta hacia quien había dicho eso de "salvaje".
"¿A ti quién te ha dicho que es un salvaje?"
"¿Estás ciego, o qué?" le respondió el otro con impertinencia.
James miró a Sirius y se dio la vuelta para ver a quién se enfrentaba.
"Ah, no… tú no estás ciego, es ése." Se autorrespondió el muchacho impertinente, señalando a James y sus gafas. Los otros que le acompañaban empezaron a reírse.
"¡Muy bueno, Evan!" dijo uno de ellos entre risas.
Pero antes de que Sirius respondiera, James sonrió con descaro.
"¿Quieres que te conteste habla chucho que no te escucho, o me encargo directamente de tu lengua?"
El tal Evan elevó las cejas escéptico.
Sirius sonrió. James no se iba a quedar corto en responder a esa pandilla de presuntuosos. Y él tampoco. Efectivamente, el grupo de niños sacó sus varitas, pero Sirius y James ya habían usado las suyas, en perfecta sincronía.
Evan cambió la expresión sardónica por otra de extrañeza.
Sirius le había cambiado el color de la lengua a un tono azulado. James le había hecho engordar la lengua.
"Por bocazas…" murmuró Sirius con una sonrisa burlona. Aparentemente nadie, salvo ese grupo, se había percatado del enfrentamiento, todos seguían más adelante al hombretón.
"Saben hacer magia… éstos no son muggles…" susurró uno de los chicos, impresionado.
"Me-laz-pagaguéiz…" acertó a decir Evan.
"¿Cómo has dicho?" preguntó inocentemente James, a continuación echando a andar sin preocuparse de que estuviese dándoles la espalda.
Sirius se rió burlonamente, caminando junto a James.
"Lo mismo también estamos sordos y todo…" y se apartó el negro cabello de la cara. "Nos veremos en Hogwarts… listillos"
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Lago de Hogwarts
"¡Sólo cuatro por bote!" gritaba Hagrid a los impresionados niños.
James y Sirius hicieron lo posible por no coincidir en el mismo bote que la panda del tal Evan. Pero sí que coincidieron con la pelirroja guapa que habían conocido en el tren, a la que Sirius cedió el paso cortésmente para que subiera primero, en el bote, haciendo una burlona reverencia, perfecta imitación de las que había visto en las múltiples fiestecitas de su familia a las que había asistido.
Enumeró mentalmente. Malfoy reverenciando a su prima Narcissa. Rodolphus Lestrange reverenciando a su prima Bellatrix. Nott reverenciando a su madre. Su tío Cygnus reverenciando a su tía Cassiopeia… Todos reverenciándose los unos a otros… Pero James no hizo ningún gesto especial, aunque entró directamente detrás de la pelirroja, interrumpiendo el paso del chico que la seguía inmediatamente, ese moreno de pelo sucio que parecía soñar con estar en Slytherin, según había comentado en el tren.
"Otro listillo. Menudo año que me espera…"
Al igual que James, Sirius tampoco le cedió el paso al tal Severus… o algo así es como le llamó la pelirroja en el tren. Ese niño pareció disgustado, porque la niña no acabó sentada con él. En la fila del bote, James se sentó junto a ella y Sirius detrás con su amigo con cara de pocos amigos.
El viaje era lento, en las oscuras aguas del lago. Sirius respiró el aire nocturno de los bosques, y sintió la humedad en la piel y los huesos, pero no le molestó en absoluto. Era tan distinto de Londres, donde se había criado… Empezaba a impregnarse de sensaciones distintas a las que estaba familiarizado. Y eso le daba alegría. A pesar de los niñatos que tendría que soportar ese año…
Entonces de entre las colinas pudieron divisar la enorme silueta oscura del Castillo de Hogwarts. Sirius abrió la boca impresionado. Pocas cosas impresionaban al muchacho, pero nunca hasta entonces se había dado cuenta de cuánto. Le habían enseñado que era el heredero de los Black, que ser Black era lo más grande a lo que podría aspirar nadie en el mundo mágico, que por sus venas corría pura magia, que era especial…
Pero se sintió diminuto e insignificante en comparación con esa inmensidad mágica. Las luces de sus ventanales. Las colinas que lo flanqueaban. El reflejo del Castillo en el lago, que no hacía sino incrementar sus proporciones bajo un interesante efecto óptico.
"Es impresionante…" murmuró a su amigo James, inclinándose hacia delante para hablar con él.
Ahora sí que iba a llevar una vida alejada de los Black, de sus tradiciones, fanatismos, expectativas, ambiciones y prejuicios. Aquí sería libre. Aquí construiría su vida, como él la quería, a su manera, no como la habían diseñado por él de antemano. No a la manera de los Black.
"Sí lo es…" murmuró James. Sirius apartó la vista del magnífico Castillo y se fijó en el muchacho de gafas; alzó las cejas levemente cuando comprobó que James no estaba contemplando el Castillo embobado, contemplada embobado a la pelirroja junto a él, que a su vez sí estaba impactada con la imagen de Hogwarts, ignorando a James.
Sirius esbozó una sonrisa maliciosa, y le dio una palmada en la espalda para devolverlo a la barca.
James pestañeó, saliendo de su ensimismamiento, y miró hacia Hogwarts. Pero aunque la visión era impactante, estaba claro que había otras cosas, y otras personas, que ya eran incomparables para él.
"Ojalá Regulus estuviera aquí…" murmuró Sirius.
"¿Quién es Regulus?" preguntó James girando la cabeza hacia Sirius. "¿Tu gato?. ¿Tu lechuza?"
Sirius miró a James como si su cabeza se hubiese transformado en una bludger. El tal Severus, junto a Sirius resopló ligeramente y su expresión se hizo más agria todavía. Sirius simplemente lo ignoró. James actuaba como si ese personaje no estuviera delante de ellos.
"¿Gato?. ¿Lechuza?. ¡Regulus es mi hermano!" contestó Sirius.
James pestañeó, era una respuesta inesperada.
"Oh… perdona… con ese nombre, y como yo soy hijo único…" pero pareció un poco contrariado, claramente desconcertado porque desde que se conocían había algo en lo que no coincidía con Sirius. Éste no era hijo único.
"Regulus vendrá el año que viene. Y sentirá lo mismo. Se sentirá libre por fin… como yo."
James no respondió, parecía más bien que Sirius había hablado en voz alta. Y prefirió dejarle tranquilo con sus pensamientos. Ya habría tiempo de descubrir qué quería decir con eso… y volvió a mirar hacia delante, hacia el Castillo donde tantas cosas les iban a suceder.
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5. Black y la responsabilidad
Grimmauld Place 12. Londres
Miércoles, 22 de diciembre de 1971
El Tapiz.
No hacía falta añadir más a esas dos palabras. No hacía falta que Walburga dijera El Tapiz de la Noble y Antigua Casa de Black, porque El Tapiz, de entre los innumerables que había dispuestos por todas las plantas de Grimmauld Place, sólo se refería a uno en concreto. Lo demás quedaba sobreentendido. Walburga lo había heredado de su padre, para disgusto de su cuñada Druella, que deseaba sentir el poder como la matriarca de la familia en calidad de esposa del hermano casado de Walburga, Cygnus. Irma, la madre de éstos últimos, nunca había estado especialmente interesada en el Tapiz, y la costumbre decía que era la mujer Black, de sangre o consorte, la encargada de mantenerlo y cuidarlo.
Cygnus no había cuestionado la decisión de su padre, y Druella tuvo que claudicar. Huelga decir que Alphard no tenía ninguna intención de casarse, y mucho menos, encargarse él personalmente del Tapiz.
Solucionado. Walburga, la primogénita y única descendiente mujer de Pollux e Irma heredaría el Tapiz. Y además, era lo que ella deseaba. Desde que era una niña.
Era el referente de la familia. Era un símbolo de poder. Ahora se sentía plena. La Casa de los Black, (pese a encontrarse en el corazón de Londres, la ciudad más poblada de muggles de todo el Reino Unido), y el Tapiz ahora eran suyos. Incluso dentro de la familia, Walburga personificaba todos los ideales de los Black. Y dos claros símbolos de poder. A lo que había que sumar su particular triunfo.
Había dado a luz a dos varones. La perpetuidad de la familia, hasta donde ella podía alcanzar, estaba garantizada. La vida había sido generosa con Walburga, pero la deuda estaba saldada, Walburga había puesto de su parte también.
El Tapiz siempre había estado en el Salón, un lugar preferente. Un lugar desde el cual las visitas, propios y extraños, pudieran contemplarlo y admirarlo nada más llegar. Hasta que se dio cuenta de que también era un lugar privilegiado... para su hijo Sirius. Con tres años había reinterpretado el hechizo Flagrate y había añadido sus particulares marcas de fuego con la varita de Orion. Eso enfureció a Walburga, que tuvo que arreglar el desperfecto (sin mayores consecuencias); las únicas marcas de fuego que podía mostrar el Tapiz serían las que ella añadiera: aquellos expulsados o desheredados de la familia. Nada más mancillaría ese tesoro preciado.
Hasta el momento, Walburga no había tenido que ocuparse de añadir ninguna marca más. Las últimas no habían sido obra suya: una hermana de su bisabuelo Phineas Nigellus; su tío-abuelo Phineas; su tío Marius; y una prima de su padre, Pollux.
Walburga se aseguraría de que nada volviera a estropear el Tapiz. Y no tuvo más remedio que empezar por trasladarlo a un lugar "más seguro", pero igualmente privilegiado. Un salón de la Casa, sólo reservado al Tapiz. Pero perfectamente cuidado de visitas inesperadas e indeseadas. Y eso incluía a su hijo Sirius, y por añadidura, Regulus.
Sirius realmente no volvió a mostrar ningún interés en el Tapiz. Walburga sospechaba que su hijo mayor ni se acordaba de cómo era, aunque sí se encargó durante años de recordarle a Sirius que "casi lo echó a perder", como si añadir pequeños circulitos ("mira mamá, bludgers"), hubiese sido el equivalente a mil Incendios. No obstante Sirius continuó sus pequeñas obras de arte por muebles, cortinas, alfombras y tapicerías de sofás y sillones.
Regulus, sin embargo, sí sentía curiosidad por el famoso Tapiz. Del que todos hablaban pero que estaba tan protegido y era tan misterioso, que no podía entrar a verlo. Ni a escondidas, ni suplicando, ni como un premio por buen comportamiento. Madre era firme y obstinada, y jamás daba su brazo a torcer.
Pero el día que Walburga supo que Sirius, su mayor esperanza, su primera gran aportación a la familia Black era... un Gryffindor... muchas de sus esperanzas y proyectos se derrumbaron. Y Regulus lo notó. Y sin embargo, el menor de los Black seguía considerando a su hermano una persona extraordinaria. Era sobre el que todo el mundo hablaba y comentaba, sobre el que otros criticaban, sobre el que todo el mundo recordaba tras cualquier reunión o fiesta a la que asistían. Ahora ya tenían algo tangible que criticarle... ya que jamás eran capaces de encontrarle otro tipo de defecto fundamentado; no en vano Sirius Black era tanto o más Black que ellos: obstinado, constante, orgulloso, impaciente, hábil y sobre todo, con un enorme talento mágico y una agudeza especial. Por ese motivo ningún Black podía echarle en cara más defectos, salvo el de pequeño terrorista y Gryffindor.
Sirius había llegado esa misma mañana por las vacaciones de Navidad. Walburga lo recibió con frialdad. No podía creer que su hijo fuera un Gryffindor. Su hijo mayor, descendiente de Blacks tanto por ella como por su padre, no había sido aceptado en Slytherin. Una humillación. Así que Walburga optó por mostrar aquello que Sirius parecía decidido a dar la espalda. Y aprovechar para que Regulus supiera lo que ahora se esperaba de él.
"Regulus..." dijo Walburga, entrando en el Salón donde estaba Sirius hablando animadamente con su hermano menor. Éste levantó los oscuros ojos hacia su madre.
"¿Sí, madre?" dijo Regulus, poniéndose en pie.
"Acompáñame." dijo ella, y se dio la vuelta sacando la varita. Sirius frunció levemente el ceño. Walburga no era de las que se cortaban usando la magia, y eso incluía los castigos. Sirius los conocía bien. Y si algo había hecho Regulus, Sirius tenía que averiguar qué era, y si no era justo, impediría que su hermano acabara castigado gratuitamente. Regulus miró a su hermano sorprendido; obviamente no tenía ni idea de lo que se proponía su madre.
Entró por el pasillo junto a las escaleras. Al fondo, las otras escaleras que daban a la cocina y los aseos del sótano. Y la puerta del Tapiz. Regulus abrió los ojos de par en par, y notó por el rabillo del ojo que al final del pasillo Sirius se había asomado cuidadosamente para espiar lo que ocurría con madre. Pero Regulus no se movió, no quería que Walburga se diese cuenta de la curiosidad de Sirius.
Walburga murmuró un hechizo no verbal, y la puerta se abrió de par en par. Pasó primero ella, y Regulus entró en la habitación, que no esperaba que estuviese a oscuras. Y percibió que estaba un poco más fría que el resto de la Casa.
La sala tenía varios ventanales en la pared derecha, cubiertos por dobles cortinas. Bloqueando la luz de la calle. Regulus quedó quieto, mientras su madre agitaba la varita y permitía que los cortinajes se abrieran. Parpadeó para que sus pupilas se acostumbraran a la fuerte luz del día. El suelo tenía una alfombra sobre el parquet, como en toda la casa. Y la alfombra estaba muy nueva, se notaba que poca gente la pisaba. Cuando la habitación quedó totalmente iluminada, Regulus abrió la boca de par en par.
Nunca había visto una habitación con las paredes tan ornamentadas. Tenían un color verde azulado, y por todas las paredes (excepto las de los ventanales) unas ramas marrones se cruzaban por todas partes. Las ramas no desembocaban en hojas ni frutos... bueno... no del todo. Entre ellas había rostros, envueltos en hilos de oro. Debajo, letras de oro.
"¡Es increíble...!"
Era cierto, el Tapiz era técnicamente, formalmente, impecable. Pero de fondo, Regulus sabía que Sirius siempre había tenido sus dudas sobre él y su significado.
Walburga sonrió con satisfacción. No había esperado menos, aunque su experiencia previa con Sirius le había hecho ser muy escéptica con respecto al primer encuentro de su hijo menor con el Tapiz de los Black. Pero afortunadamente todavía tenía un hijo que no iba a decepcionarla. Regulus, su pequeño rey.
"Regulus, lo que estamos viendo es nuestro Árbol familiar." y señaló una pared, que mostraba el escudo heráldico. Regulus lo conocía, por supuesto, pero nunca había visto ninguno tan hermoso, ni tan rico: los perros sosteniendo el escudo con una espada y dos estrellas, sobre el lema familiar, La Noble y Antigua casa de Black. Toujours Pur.
En ese momento Regulus miró a los dos perros. Sirius, podría ser uno de ellos. Sirio, el Can Mayor. Y estaba convencido de que madre había elegido ese nombre muy concienzudamente. Y también por una de las estrellas. Sirius, la estrella más brillante del cielo.
No había duda. Madre tenía calculado incluso el nombre de su hermano mayor. Regulus nunca había caído en la cuenta. Hasta que contempló el Tapiz.
"Se remonta a la Edad Media. Ha pasado de padres a hijos desde hace siete siglos." Walburga lo miró con adoración, una expresión que Regulus raramente había presenciado en su madre. "Representa lo que somos, Regulus. Nuestros orígenes, lo que nos diferencia de otros, incluso de otras familias mágicas. Aquí están representados todos los miembros de nuestra familia. Y los que están marcados, han deshonrado siglos y siglos de pureza y magia."
Miró a su hijo, orgullosa.
"No olvides nunca quién eres, Regulus." le dijo con absoluta devoción y orgullo.
El niño negó maravillado con la cabeza. Y se acercó un poco más a la pared para admirar la exquisita filigrana y el delicado bordado. Parecía nuevo, estaba cuidado con delicadeza. Era asombroso, teniendo en cuenta que era tan antiguo. Si era así, es que verdaderamente era algo importante. Y era de la familia, y para Regulus, los suyos, su familia, eran lo primero, eran algo vital.
Alargó una mano.
"No lo toques." ordenó algo áspera Walburga. Regulus retiró inmediatamente la mano y las puso detrás de la espalda. Se sintió hechizado, pero de pronto, sintió el peso de los siglos, el peso de esas paredes, la presión de la familia... encima de él. Y se asustó. Echó un paso hacia atrás. Walburga no pareció darse cuenta, estaba ocupada arreglando una porción del Tapiz que tendría algún pequeño desperfecto. Pero Regulus se sintió cada vez más oprimido. Atraído por el Tapiz, y a la vez repelido por él. ¿Era mágico?
Algo en su cabeza le hizo acordarse de Sirius... de las discusiones que tenía con sus padres antes de irse a Hogwarts... de cómo su hermano rechazaba mucho de lo que ese Tapiz representaba. Trago saliva, temeroso. Regulus no era un niño miedoso, incluso cuando jugaban al escondite cuando eran muy pequeños, no tenía ningún miedo de esconderse en los armarios más oscuros, ni en las habitaciones más apartadas de la Casa. Ni debajo de las camas, aunque Sirius siempre le dijera que había boggarts. No tenía miedo.
Pero ahora sentía algo parecido al miedo, no estaba seguro. Y algo dentro de él agradeció que Sirius pasara las navidades con ellos en Casa, no en el Colegio.
Walburga terminó de arreglar el trocito de tapiz, y lo miró con aprobación.
"¿Qué son esas marcas, madre?" preguntó Regulus en voz baja, señalando unos agujeros negros, pequeños, sobre algunos nombres.
"Los expulsados de la familia. Squibs y traidores a la sangre..." dijo ella con repugnancia, como si mencionarlo fuera tabú.
"Pues qué pena... me habría encantado conocerlos. Seguro que madre ha olvidado mencionarte que los mejores Black no suelen estar representados en ese tapiz, Regulus."
Sirius había hablado con tal impertinencia desde el umbral de la puerta, el negro cabello sobre los ojos, y sonriendo desafiante a su madre, que se había vuelto hacia él con rabia. Lo que faltaba... que la influencia de Sirius fuera cada vez mayor sobre Regulus. No podía permitirlo. Regulus estaba agobiado. Hogwarts sólo había incrementado la desafiante postura de Sirius, nunca antes había soltado frases tan ácidas, menos directamente a madre. Y encima estaba la influencia atrayente y repelente del Tapiz...
"Lo que me faltaba, lecciones de un niño de once años, y Gryffindor." dijo Walburga con frialdad. "Lo próximo que harás será presentarme a una sangre sucia como novia. O una muggle, que para el caso es lo mismo..."
Sirius sonrió con mayor malicia.
"Cuando quieras, madre; candidatas no me faltan."
Regulus contempló la escena. No quería de nuevo discusiones. En esos tres meses la Casa había estado tranquila... demasiado. Había echado tanto de menos a Sirius, era una parte esencial de Grimmauld Place, y de su vida. Y ahora que estaba allí, el ruido volvía a casa, y lo agradecía, pero no quería ese ruido, el tipo de ruido que suponía las discusiones familiares.
"Madre..." dijo Regulus, esperando calmar los ánimos, volviendo al tema predilecto de Walburga Black, para que olvidara sus enfrentamientos con Sirius. "¿Podré entrar otra vez a ver el Tapiz contigo?"
Eso pareció funcionar. Walburga dejó de contemplar a su hijo mayor entre decepcionada e irritada, y relajó su expresión cuando se dirigió a Regulus.
"Claro, Regulus. Ahora puedes irte a jugar." dijo ella, dando por finalizada la visita. Dirigió la varita hacia las cortinas para cerrarlas y así evitar que la luz afectara sus colores. Regulus notó que el calor que había entrado desde el pasillo volvía a neutralizarse por algún hechizo de su madre, sin duda una temperatura más baja colaboraba en la adecuada conservación del Tapiz.
Regulus salió del cuarto, seguido de Sirius. Cuando creyó estar lejos del alcance del oído de su madre, se volvió hacia él.
"¿Por qué siempre provocas a madre, Sirius?. Acabas de llegar, no lo estropees, por favor."
"Algún día entenderás que todo esto..." dijo Sirius, moviendo el brazo hacia la Casa. "...es un espejismo. Tradiciones, purezas, manías, obsesiones, prejuicios... Eso oculta mucho más, Regulus. Y no seremos libres hasta que no nos desprendamos de esas cosas..."
"Esas cosas... son parte de nosotros..." dijo Regulus, aunque sin mucha convicción.
"Regulus, tú lo has notado." los ojos grises de Sirius parecían entender. Regulus quedó rígido, sus oscuros ojos, tan parecidos a los de su madre. "Yo sentí lo mismo el día que me hizo la presentación formal madre. Sirius, saluda a Tapiz. Tapiz, saluda a Sirius. Los Black aman más un pedazo de lana bordada con oro, que a las personas. Y yo no creo en nada de eso."
"Pues yo creo en ti, Sirius. Pero... también creo en la familia..." dijo vacilante Regulus.
"Yo también creo en la familia. Pero mi idea de familia no es ésta, Regulus." añadió con amargura el mayor de los hermanos. Sirius revolvió el negro cabello de su hermano y borró cualquier rastro de dolor.
"Si a la de diez logras averiguar dónde me he escondido, te enseño un hechizo nuevo... cómo engordar la lengua de los bocazas..." le dijo Sirius a su hermano, intentando recuperar el buen humor, recordando el maleficio que aprendió de James en Hogwarts.
"¿Ya no las pintamos azules?" respondió Regulus, de nuevo muy ilusionado por volver a jugar con Sirius, como siempre había sido, antes de que él se fuera a Hogwarts.
"Claro. Pero ahora serán azules, y más grandes." dijo Sirius con malicia.
Regulus sonrió. Un reto. Adoraba los retos.
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Walburga, Minerva McGonagall, Orion, Cygnus, Alphard... coincidieron en sus años de estudiantes con Tom Riddle en Hogwarts, y Bellatrix lo sabe al ver la fecha de la fotografía.
La canción que canturrea Ted al principio de su bloque es A Hard Day's Night de Los Beatles, fue número 1 de las listas de éxitos en el Reino Unido en 1964, (julio), año en el que Ted empezó en Hogwarts. La que Ted canturrea al final es Pretty Woman de Roy Orbison... fue número 1 precisamente en septiembre de 1964.
El hechizo "Draconifors" que realizan McGonagall y Ted aparece en el videojuego de Harry Potter y El Prisionero de Azkaban. Sirve para transformar en dragón a pequeños bustos de piedra, por un brevísimo periodo de tiempo, y conseguir de éstos una pequeña llamarada. No hay nada que indique que Ted fuese tan extraordinario en Transformaciones, pero nos gustaba la idea de que Ted o Andromeda lo fuesen, si luego tuvieron una hija tan especial :) Tiene más misterio que el "sangre sucia" tenga ese talento, y mezclado con una sangre mágica tan pura como la Black, resultara en una metamorfomaga.
En el libro no aparece, pero sí en la película de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Cuando salen del Sauce Boxeador, Sirius Black mira el Castillo de Hogwarts, iluminado en la noche, y le dice a Harry que recuerda la primera vez que cruzó sus puertas y que desea volver a hacerlo como un hombre libre. Se puede hacer la comparación de su visión de niño, libre e ilusionado, con la del adulto proscrito… Y en el fondo parece que sigue guardando el mismo espíritu.
Gracias por haber llegado hasta aquí (¡tiene mérito, 10.500 palabras!). ¡Hasta pronto, y besos para todos/as!
