¡Hola! Volvemos esta vez con un capítulo que otra vez va por bloques de personajes. No llegamos a las diez mil palabras del anterior, pero sí es bastante largo, así que de nuevo recomendamos tranquilidad y tiempo para la lectura.
Gracias por leer la historia, y gracias por vuestros comentarios: blackstarshine, mArTa, CrissBlack, Ely Granger, Saya Asakura, Sabaku no Akelos, Corae, Yedra Phoenix, Clio84, Zory, emeraude.lefey
Que lo disfrutéis.
IDEALISMO
0. Cygnus y Orion
1. Bellatrix
2. Andromeda
3. Narcissa
4. Sirius
5. Regulus
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0. Cygnus y Orion
Grimmauld Place 12. Londres
Martes 13 de agosto de 1968
"No, Cygnus. No somos guerreros. Somos hombres de negocios. Vivimos de eso y por eso. Pero no encajo bien tener una sobrina…" Orión Black vaciló. "…unas simpatías tan explícitas…" añadió, a falta de un término mejor.
Cygnus se reclinó cómodamente en la butaca en verde oliva y bronce. Bebió un sorbo de vino élfico y no varió unos modales tranquilos pero severos. Su actitud le asemejaba más a su hermano Alphard, quien del mismo modo raramente perdía los estribos.
Su sobrina Bellatrix era más parecida en arrebatos de mal humor o de euforia a Walburga. Tal vez iba en los genes de las Black. Pero Orion desechó inmediatamente ese hilo de pensamientos, y procuró centrarse precisamente en Bellatrix.
"No veo motivos de alarma, Orion. Es curioso… sientes los mismos recelos que Druella, y Walburga sin embargo es más afín a mi. Pero yo soy su padre, y no tengo ningún inconveniente en que mi hija se haya unido a él, ha demostrado un compromiso, un idealismo y un coraje que, francamente, a nosotros nos ha faltado."
Orion sostuvo con serenidad la copa, intacta, que tenía en la mano. Sentado junto a su cuñado, observaba las llamas con preocupación. Alto, de cabello negro y semblante severo, su mirada gris reflejaba prudencia e inteligencia a partes iguales.
"¿Acaso no deseas que tus hijos sigan ese camino?" continuó Cygnus Black, mientras observaba con profesionalidad la textura de color teja, comparando su color a contraluz de las llamas, y comprendiendo expertamente que ese color era símbolo de vino añejo. "Bellatrix no habrá sido un heredero varón, pero no ha hecho nada para que yo lo lamente." Añadió con orgullo.
Orion miró de reojo a su cuñado, y captó enseguida el significado oculto. Personalmente, siempre había sospechado de ciertas envidias hacia el género de sus hijos, todos varones, con respecto a los de su cuñado, todas mujeres.
"No tengo ninguna duda de que mis hijos serían unos seguidores del Señor Tenebroso fieles, entusiastas y poderosos, Cygnus." respondió Orion con frialdad. "Mis hijos tienen ocho y siete años, y ya son capaces de controlar su magia sin ningún problema. No son dos estúpidos sangre sucia sin idea de por qué explota su plato de verdura si no se la quieren comer. Cuando crezcan no tendré ningún inconveniente en que luchen por lo que creen, por lo que creemos todos."
Cygnus sintió la mano crispada en la copa y dio un sorbo para simular tranquilidad. Después de todo, estaba en la Casa de los Black, en el feudo de la familia; otra muestra más de que la continuidad apuntaba hacia la familia de Orion, no la suya. Y sí, si los mocosos de Orion y su hermana querían seguir los pasos de Bellatrix, sería por méritos propios, no por sumisión hacia él o su primogénita. Había captado perfectamente el mensaje.
"En cualquier caso… yo no lamento financiar determinados… proyectos. No me importa manifestar mi simpatías." comentó Cygnus con calma, tratando de centrar el tema. "Quiero asegurarme de que mis hijas, y los hijos de mis hijas no tengan trato con esos sangre sucia en la escuela. Quiero asegurarme de mantener nuestro poder, nuestra magia, donde pertenece, en las familias mágicas."
Orion sintió tensar su mandíbula. En eso tenía razón. Tal vez ellos no tenían la edad, el coraje o las ganas de entrar en una lucha que pertenecía a la sangre joven, idealista y entusiasta como Bellatrix. Pero sí podrían dar su apoyo, contribuir a hacer realidad esa ambición.
"Llevas razón… esas estúpidas leyes para proteger a los muggles y sangre sucia..." Orion arrugó el ejemplar de El Profeta, que mostraba un artículo anunciando la preparación de proyectos para proteger a los muggles por parte de determinados sectores del Ministerio. Arrancó el periódico de la mesilla auxiliar y lo arrojó con rabia a las llamas. "Eso más que proteger, está causando la destrucción de nuestra pureza y nuestras tradiciones. Destruyendo eso, destruye lo que significamos, Cygnus, lo que significa la familia mágica más antigua, nuestra esencia. Nos destruye a nosotros."
Cygnus asintió despacio, con una sonrisa en sus labios. El cabello oscuro reflejaba las llamas, y sorbió su vino después de saludar a su cuñado con la copa.
"No podría expresarlo mejor."
"Aún así, tú hija hará la guerra a su manera." Orion devolvió el saludo con su copa a su cuñado. "Mis hijos harán la guerra, a la suya."
Orion se acomodó en el respaldo de la butaca, observando en silencio las llamas avivadas por el pergamino que acababa de arrojar. Pensando que sí estaría orgulloso y satisfecho de que sus hijos se unieran a la causa. Pero con habilidad, sin las estridencias de su propia esposa, y de ningún modo, las de su sobrina Bellatrix. Orion utilizaba la discreción y pasar desapercibido como un arma y como una defensa… y transmitiría eso a sus hijos.
Tenía la sensación de que sus hijos pasarían a la historia de la magia. Harían grandes cosas por ella.
Cygnus miró de hito en hito a Orion, tratando de descifrar la sonrisa secreta, ambiciosa, que se pintaba en su rostro.
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1. Bellatrix
Mansión de Cygnus y Druella Black
Bellatrix estaba tumbada sobre su espalda en su cama. La cabeza colgaba del borde, y estiraba los brazos hacia el techo, medio estirándose con descaro, medio provocando las miradas inquietas de sus hermanas, sentadas en la confortable alfombra y rodeadas de cojines.
Y estirar el brazo no sería motivo de inquietud, si no fuera porque de esta manera, intencionadamente casual, Bellatrix permitía que la hermosa manga de seda azul oscuro y semitransparente, cayera despacio, por su brazo.
En él, la Marca. No hacía falta describirla. Cuando la mostró a sus hermanas ambas exclamaron un grito similar, y pintó en ellas la misma expresión de horror, sorpresa y temor.
Una expresión que Bellatrix disfrutaba ver en los rostros de las personas por su mera presencia. Como hacía él. Con la gracia y la elasticidad de una bailarina, movió el brazo, como si danzara una melodía que sólo ella escuchaba. La mano acompañaba el movimiento.
Narcissa admiraba esa gracilidad. Todas ellas la habían heredado; pero en Bellatrix, el movimiento recordaba más a un bello baile de un duelo de varitas. La forma de agitar la mano, mitad danzarina, mitad guerrera.
Así era Bellatrix. Mitad bella, mitad luchadora. Incansable, idealista. Fiel y determinada.
Fiel a ellas, su familia y sus tradiciones, y fiel a él.
"Bella… creo que no debes ser muy obvia mostrando… eso…" susurró Andromeda, abrazada a un hermoso cojín con una complicada cenefa en plata. "Es… peligroso…"
Bellatrix rió con esa risa fría, musical, indiscreta.
"¡Qué gracia, Meda!" exclamó ella. Narcissa se encogió ligeramente y Andromeda frunció levemente el ceño, sin comprender. "Estarán los demás en peligro cuando la muestre. No yo."
Con la agilidad de un gato, Bellatrix se dio la vuelta, y quedó estirada boca abajo en el lecho, su cabeza asomando por el borde, su cabellera negra cayendo desordenada sobre sus hombros, y miró a través de sus pesados párpados a sus hermanas menores.
"Esta marca señala mi destino…" confesó a sus hermanas misteriosamente. "'Bellatrix tenía que haber nacido hombre'" imitó con una vocecilla burlona y despreciativa, que a Andromeda le recordó ligeramente a la de tía Walburga. "Pues se confunden. El hecho de haber nacido mujer, no va a cambiar mi carrera, ni mi vida."
Narcissa estaba boquiabierta. Ella tenía el orgullo de haber nacido mujer, y hermosa. ¿Qué necesitaba, una vida de peligro e idealismo? Eso no iba con ella. Narcissa sabía que tenía un deber con su familia, con su sangre y sus orígenes. Y pensaba cumplirlo, pero no del mismo modo que Bellatrix. Ella no tenía el enorme talento para el duelo, ni conocía tantos maleficios. Es más, los que conocía los había aprendido de su hermana mayor. ¡Por Merlín, si hasta la sangre le provocaba mareos, cómo podría seguir ese camino!
Pero Narcissa sabía que el día que se casara, sería una boda maravillosa. Con la gente que amaba, y con un marido perfecto. Que compartiera con ella esos ideales, y tal vez, fuese tan activo para ponerlos en marcha como era su hermana. Narcissa le daría apoyo, consuelo, fuerza y determinación. Pero nunca podría seguir sus pasos.
"Yo sólo me casaré con alguien que tenga esa fuerza tuya, Bella." Dijo con orgullo Narcissa. "Y tendré unos hijos que sigan nuestros pasos."
Bellatrix sonrió. Andromeda sin embargo permaneció en silencio, pálida, temerosa. No le gustaba el rumbo de la conversación. Bellatrix se acarició el brazo en un gesto que a Andromeda le empezaba a parecer más inconsciente que consciente, a pesar del poco tiempo que llevaba esa Marca.
"Pues mi marido lo llevará claro." Comentó la mayor de las hermanas con una engañosa calidez. "Dar un heredero es responsabilidad del querido primo Sirius. Si el gran don de la mujer es ser madre, entonces el mundo es más patético de lo que pensaba."
Andromeda y Narcissa se miraron brevemente, y no respondieron. Hacía tiempo que habían aprendido que no tenía sentido rebatir las opiniones crudas, irrefutables, de Bellatrix Black.
"Mi marido se tendrá que hacer a la idea de que no seré la esposa tierna y hacendosa, que lo aguardará con la mesa puesta. Deberá entender que… yo no seré la madre de sus hijos."
Andromeda bajó los ojos incómoda hacia el cojín. Narcissa tragó saliva. Ambas no eran estúpidas. Habían reconocido el significado implícito del asunto: Bellatrix se casaría según las reglas familiares, y estaba conforme. Bellatrix participaría activamente en sus ideales. Pero no tenía intención de ser madre y contribuir a esos ideales de esta manera. Y lo que es más, aceptaría que su marido incluso pensase en tener hijos sin ella.
Lo inquietante era que Bellatrix parecía estar dispuesta a aplicar en ella también esa misma norma.
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2. Andromeda
Hospital para las Enfermedades y Heridas Mágicas San Mungo
Viernes 16 de agosto de 1968
Andromeda se quedó en la recepción de San Mungo, hasta que su madre y su hermana Narcissa pasaron dentro del Hospital. Andromeda les había dicho que prefería quedarse abajo, que se sentía mareada. Cuando la recepcionista ofreció que un sanador le pasara consulta, Andromeda enseguida rechazó la proposición, alegando que sólo "necesitaba un poco de aire."
Prudente, discreta, obediente. Ésa era Andromeda. Druella no tuvo ningún inconveniente en que su hija mediana se quedara a esperarlas a ella y a Narcissa, mientras visitaban la nueva ala en la segunda planta que generosamente habían financiado. Druella confiaba plenamente en sus tres devotas hijas. Y si su hija mediana le pedía un poco de aire, Druella no iba a negárselo.
Tras asegurarse de que la recepcionista estaba lo suficientemente ocupada atendiendo y orientando a los pacientes, Andromeda salió a la calle. Se pegó a la sucia pared de ladrillo, bajo el cartel de Purge & Dowse, Ltd y aguardó con ansiedad. Aunque no había muchos muggles por la calle, Andromeda se sentía asustada cada vez que tenía que hacer algo como esto. Esquivar la mirada de su madre, y mostrar una naturalidad que no podía tener cuando estaba sola en el Londres muggle. En las raras ocasiones en las que podía hacer eso.
A los quince años, Andromeda era una jovencita con la misma obstinación de Bellatrix y la mesura de Narcissa. Esa mañana llevaba el largo y hermoso cabello castaño recogido en una cola de caballo, y se había puesto una túnica gris para pasar lo más desapercibida posible. El modelo elegido era tan discreto, que Druella y Narcissa arrugaron la nariz, en un gesto que las asemejaba aún más.
Se apartó pensando que si manchaba la túnica, tal vez su madre le haría demasiadas preguntas, todas relacionadas por el motivo que le impulsó a contaminarse de suciedad muggle…
"¡BUH!"
Andromeda dio un respingo y se giró, temerosa. Ted estaba detrás de ella, y le había dicho la exclamación en el oído. Pero ella sonrió de alivio al ver el rostro radiante y pícaro de Ted Tonks.
Ted la agarró del brazo y la llevó a un callejón más discreto. Cuando estaban allí, no soltó el brazo de Andromeda, y ella tampoco hizo ningún esfuerzo por desprenderse.
"¿Qué clase de saludo es '¡buh!'?" preguntó ella entre extrañada, curiosa y divertida. Ted siempre le sorprendía con extrañas teorías y respuestas a sus preguntas, y Andromeda nunca sabía si eran inventadas o eran simplemente "cosas de muggles"
"He hecho como un fantasma. Para una vez que no me oyes llegar…" contestó él, pensando en las veces que había tropezado o había tirado alguna cosa cercana y roto toda la sorpresa.
"¿Los fantasmas dicen '¡buh!'?" volvió a preguntar ella sonriente, como si le hiciese mucha gracia. "Nunca he oído al Barón Sanguinario decir '¡Buh!'…" añadió con un escepticismo burlón.
"Eso es porque vuestro fantasma es un amargado." Ted seguía aferrado al brazo de Andromeda, pero acariciándolo con delicadeza, como si se fuese a romper. Ted parecía no estar muy pendiente de lo que preguntaba Andromeda. Ella intentaba hacer comentarios para romper un poco la situación… sentía curiosidad cuando estaba con él, y cuando no estaba con él, sentía… ¿su ausencia?
"Me alegro que hayas podido venir, Ted." dijo ella suavemente, tratando de buscar algo que decirle. Era curioso… cuando estaban separados en Hogwarts, o cuando estaban pasando veranos separados como éste, imaginaba miles de situaciones, miles de cosas que le diría cuando pudieran verse clandestinamente. Pero cuando estaba ahí, se quedaba en blanco. "¿Qué tal el verano?"
Ted la miraba embelesado. Él tenía el rostro más moreno por el sol del verano, contrastando con el cabello castaño claro. Pero no respondió inmediatamente.
"Bien… pero estoy deseando tener dieciséis y poder trabajar."
Andromeda pestañeó, confundida. En su familia pocos tenían una profesión. Se negaba a admitir que lo de Bellatrix era una profesión. Más bien era una peligrosa vocación idealista.
"¿Por… qué…?" preguntó ella con timidez.
Ted había conseguido introducir su mano en la fina manga gris de Andromeda, sin que ella se percatara, y estaba acariciando el brazo desnudo. Para él, era más de lo que podía esperar, era la primera vez que tocaba, abiertamente, su piel. Generalmente era imposible acercarse a ella, rozarla. Era inalcanzable. Pero cuando estaba cerca, con ella, a solas, sentía que Andromeda era la persona más dulce y cercana que había conocido. Qué contradictorio parecía.
Y que él pudiera tocar su brazo era más de lo que podía esperar. Sentía ganas de tirar de él y abrazar a la chica más guapa y más encantadora de todo Hogwarts. De todo Londres. De todo el mundo.
"Necesito el dinero. Así mis padres no tendrán que preocuparse de mí. No quiero que me mantengan, quiero que tengan calidad de vida, y que no necesiten trabajar los fines de semana."
Andromeda no comprendía cómo podían estar tan apurados siempre de dinero. Él era hijo único, qué sentido tenía, si estaba en Hogwarts, si al menos nueve meses al año no tenía gastos directos.
Entonces Andromeda sintió las caricias en el brazo, en el brazo donde su hermana llevaba la Marca, la que representaba la declaración de que acabaría con todo lo que Ted era, su origen y lo que representaba. Y se asustó, y sintió un escalofrío que sólo se agravaba bajo el turbador efecto de las caricias en el brazo.
"Yo… te puedo ayudar…" dijo ella, entre temerosa e insegura. Ya sólo los pendientes que llevaba equivalían al sueldo de un mes que pudiese conseguir Ted en cualquier trabajo.
Pero Ted soltó su brazo y con la mano rozó la mejilla de Andromeda.
"No, Andromeda. Yo no quiero de ti tu dinero." contestó él, con el rostro extrañamente serio y sin apartar los ojos de ella, dejando la palma en la mejilla de ella.
Andromeda no apartó la mirada. Estaba feliz, curiosa, intrigada y anhelante. Eso era peligroso. Eso no podía ser bueno. No podía sentir lo que sentía.
¿Pero qué sentía?
De momento, miedo. Su madre, Narcissa… y si no la veían cerca podría ser malo. Muy malo, para ella y sobre todo, para Ted.
Por lo demás… más miedo. No quería pensarlo… pero lo cierto era que pensaba en el sangre sucia Ted Tonks más de lo que debería. Continuamente. Tanto, que no pudo evitar enviar una lechuza y comunicarle el día y lugar de su encuentro. Espontáneo, sin premeditación. Y se arrepentía, y a la vez no se arrepentía.
Miró los ojos color miel de Ted. Serio, preocupado, pero sin apartar la mirada intensa en ella, ni la mano.
"Debo irme, Ted." Susurró ella, apartándose.
Ted volvió a aferrar el brazo, interrumpiendo su precipitada despedida.
"Gracias por dejarme verte, Andromeda."
Andromeda sonrió levemente, y salió del callejón. Con el corazón latiendo fuertemente. Pasó al Hospital sin darse cuenta de su alrededor, y entró en el aséptico e impoluto recibidor de San Mungo. Su madre y Cissy bajarían enseguida. Se apoyó contra una pared, y no se dio cuenta de su entorno. Se tocó el brazo, ausentemente, como queriendo revivir el efecto de las caricias, sin sentir la piel de gallina esta vez.
"Te haré feliz, Ted Tonks." Se prometió a sí misma.
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3. Narcissa
"¡Vaya!. ¿A quién tenemos aquí, a la bruja más hermosa de todo el Reino Unido?"
Narcissa se apartó la capucha en color celeste de la cabeza, pero con toda la intencionalidad. Porque había reconocido esa voz, y sabía de qué manera captaría su atención. Efectivamente, primero captaría su atención apartando lo que ocultaba sus bellos rasgos. Y sabía el efecto que hacía el azul en su rostro pálido y su cabello rubio. Le daba un aspecto delicado, armonioso. Como una obra de arte que adorar y admirar.
Pero no quería quedarse en que admirara su envase; Narcissa sabía de antemano que iba a ver por allí a Lucius Malfoy, en San Mungo. Su padre llevaba enfermo varias semanas, y tenía que seguir un tratamiento semanal, estando su salud muy comprometida.
Cuando su madre le dijo que tenía que ir a visitar la nueva sala de rehabilitación en la segunda planta, Andromeda y ella se ofrecieron voluntarias para ir. Realmente Narcissa desconocía para qué habría querido su hermana ir, si ni siquiera se había movido de la primera planta, alegando "malestar". No la culpaba, Narcissa no se sentía cómoda entre tanto enfermo, pero sus padres financiaban generosamente el hospital, ganándose así las simpatías de determinados miembros de su staff y del propio Ministerio.
Con trece años, Narcissa había abandonado los rasgos de niña, y estaba empezando a asomar una joven mujer que ya estaba rompiendo corazones entre sus compañeros. Más incluso de los que ella imaginaba, a menudo no prestaba atención a las personas que tenía alrededor.
"Hola, Lucius. Qué sorpresa encontrarte por aquí."
Lucius tomó la mano de la joven y le quitó el guante con descaro. Narcissa no se movió, sentía el corazón latiendo con fuerza en su corazón. Lucius no despegó los labios, ni apartó sus ojos grises de los de ella. Cuando había apartado el molesto guante, Lucius besó la punta de los dedos.
Era inevitable. Siempre lograba dejarla sin palabras. Lucius entonces le dejó el guante en la mano.
"Siempre es un gusto encontrarte, Narcissa."
Ella sonrió, acostumbrada a los halagos. Y encantada de recibirlos de Lucius Malfoy.
"¿Qué tal tu padre?" preguntó con cortesía.
"En vigilancia. Las pociones que tiene que tomar huelen a demonios, y deben de saber aún peor."
Narcissa arrugó la nariz, imaginándolo. Un gesto similar al de su madre, y Lucius lo encontraba encantador, síntoma del exquisito gusto de Narcissa Black.
"¿Qué tal el verano?" preguntó él, con la mirada clavada intensamente en ella. Desafiante. Narcissa se obligó a que la turbación desapareciera, y se acercó a él, como dándole una confidencia. Pero sin rozar ninguna parte de su cuerpo.
"Mi hermana se ha unido al Señor Oscuro." susurró. "Es como imaginabas…" Narcissa sonrió con picardía. Sabía qué tenía que hacer para llamar la atención de Lucius. En realidad de cualquiera, sobre todo del género masculino. Desde que era muy pequeña lo sabía. "Qué inteligente eres…"
Lucius sonrió, mordiéndose el carrillo interno y no dejó de observar a aquella chica… mitad ingenuidad, mitad descaro. Tan hermosa como peligrosa. Y le encantaba dejarse embaucar con ella; inclinó la cabeza a un lado, sin dejar de mirarla, y sus largos cabellos rubios se esparcieron por sus hombros.
"¡Cissy!" En una de las salas contiguas y más próximas, Druella asomó la cabeza. "Nos vamos." La cabeza de Druella desapareció de nuevo, sin esperar respuesta de su hija menor.
Narcissa no apartó los ojos azules de Lucius. Pero sonrió de medio lado, como hacía su hermana Bellatrix, como hacían sus primos.
"Debo irme." Sin darle tiempo a contestar, Narcissa se dio media vuelta y se cubrió la cabeza con la fina capucha celeste, y volvió a enguantar la mano.
Lucius se quedó en medio del pasillo, admirando el andar tranquilo y estudiado de Narcissa Black.
"Ahora admiras a tu hermana… pero no será nada en comparación con lo que sientas cuando yo sea uno de ellos, Narcissa Black." susurró complacido.
Narcissa se apoyó en la pared, una vez perdió de vista a Lucius, y sonrió internamente.
"Espérame, Lucius Malfoy, antes de que decidas ese camino." susurró para sí misma, con una sonrisa satisfecha.
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4. Sirius
Grimmauld Place 12. Londres
Viernes 16 de agosto de 1968
"…entonces Giffrord, cuando parecía encontrar todo perdido, levantó la varita, y sabiendo que sus hechizos todavía no habían terminado con Hengist, convocó a cinco dragones y se materializaron allí, destrozando a pedazos al gigante Hengist de Barnton Alto."
En el dormitorio de Regulus, Sirius estaba tumbado en la cama, boca abajo, contándole una historia extraordinaria a su hermano menor, con los cabellos cubriéndole parcialmente los ojos grises, luminosos. Las pesadas cortinas de terciopelo estaban echadas, y aunque era temprano y era verano, la habitación estaba tan sólo iluminada por una lámpara con una vela, encima de la mesilla de noche.
Regulus miraba boquiabierto a su hermano mayor, sin apenas parpadear, totalmente inmerso en la historia de Giffrord Ollerton, el famoso cazagigantes del siglo XV.
"¿Qué clase de dragones eran?" preguntó con curiosidad Regulus, sentado a lo indio en la alfombra del suelo.
"Galeses verdes. Entonces abundaban como kneazles." contestó Sirius con una media sonrisa y fingiendo un absoluto conocimiento de la historia.
"Te lo estás inventando." respondió Regulus con suspicacia. "Siempre me cuentas historias que te inventas."
Sirius elevó la barbilla.
"No es cierto. No me inventé la leyenda de Lady Carmilla Sanguina."
"¿La que se bañaba en la sangre de sus víctimas?" Regulus frunció el ceño. "Eso no me gusta. No me gusta la sangre."·
Sirius volvió a sonreir y elevó una ceja.
"No se lo cuentes a madre, o te regañará. Ella adora hablar de la sangre."
Regulus elevó sus oscuros ojos.
"Eso es distinto. Ella habla de la pureza de nuestra familia, no de desangrar a gente."
"Bah, a mi me parece igual de escalofriante." contestó Sirius. "¿Te cuento otra historia?"
Regulus sonrió ampliamente, con los ojos brillantes de curiosidad.
Crack.
Antes de que Sirius pudiese empezar alguna de sus historias, Kreacher, el elfo doméstico de la familia, se presentó delante de ellos. Ambos dieron un respingo por lo inesperado, el ambiente oscuro y tenebroso para acompañar los cuentos, y la sugestión que éstos provocaban.
Sirius se incorporó con una rapidez felina y se puso delante de su hermano. Regulus sin embargo, se había puesto de pie y había cogido de la mesa el libro de Los dragones en la historia, dispuesto a lanzárselo al recién llegado.
"Amo Regulus…" contestó el elfo, arrodillándose frente a Regulus. Sirius suspiró aliviado y torció la boca, molesto por la interrupción. "Son casi las seis…"
Cualquier signo de malestar o disgusto que hubiera sentido Sirius, o cualquier rasgo de sorpresa o curiosidad por el elfo doméstico que hubiese sentido Regulus, desaparecieron inmediatamente.
Sirius miró a su hermano, y en dos segundos, salieron de la habitación a la carrera.
"¡Gracias, Kreacher!" dijo Regulus, antes de salir por la puerta.
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Ambos hermanos bajaron a toda carrera por las escaleras de la casa, a fin de llegar a la cocina a tiempo. Una regla incuestionable era estar en la cena a las seis en punto, exactamente. Ambos tenían gran práctica en bajar casi de dos en dos las escaleras, pese a su corta edad. Eran más altos que otros niños de su edad, aunque en el caso de Sirius era más evidente.
Walburga acababa de comprobar la colocación exquisita, impecable, de la mesa para la cena. Satisfecha porque las copas estaban en su correcta disposición, los cubiertos para el primer y segundo plato, los platitos del pan. Entornó sus oscuros ojos y sus facciones hermosas se contrajeron con dureza; este gesto, generalmente habitual en ella, reducía considerablemente el efecto de sus rasgos. Walburga tenía los rasgos armoniosos de los miembros de su familia, pero sus maneras severas no los beneficiaban.
El reloj del salón empezaba a tocar la primera campanada.
Crack.
Orion se Apareció delante y resopló con disgusto. Dio un beso en la mejilla a su esposa, y dejó El Profeta descuidadamente sobre el estante a la altura de su cintura, justo delante de la vajilla de porcelana. Segunda campanada.
"¿Qué tal por el Ministerio?" preguntó ella. Tercera campanada.
Orion se sentó en su lugar habitual y se recostó sobre el respaldo, con la boca abierta a punto de decir algo, los ojos grises fruncidos. Ni siquiera se había quitado la ligera capa de color gris oscuro y repulgo en azul marino.
"Los hay que creen necesario una ley de protección de muggles." dijo simplemente.
Cuarta campanada.
Walburga abrió la boca, estupefacta.
"¿Proteger?. ¿A los muggles?" Quinta campanada.
"¡¡¡Perdón!!!" gritó Sirius, presentándose en el comedor a la carrera, y frenando en seco. Regulus chocó contra su espalda, igual de acelerado.
"¡¡¡Perdón!!!" añadió el menor de los hermanos.
Sexta campanada.
Orion y Walburga miraron a sus hijos, demasiado contrariados como para recriminarles su entrada inapropiada. Al menos habían llegado a tiempo, y no habían hecho esperar, algo de muy mala educación, absolutamente incompatible con las maneras que ellos debían poner en práctica.
Sirius y Regulus estiraron la espalda y, como era costumbre, saludaron a sus padres.
"Buenas tardes." dijo Regulus.
"Buenas tardes." dijo Sirius, ambos hermanos formales y correctos.
"Buenas tardes, hijos" dijo Walburga con solemnidad. "Podéis sentaros. Pero no quiero volver a presenciar una entrada parecida. No es apropiado entrar a la carrera antes de la cena."
"Buenas tardes, Sirius. Buenas tardes, Regulus." contestó Orion formalmente. Walburga tomó asiento en el lado derecho de Orion, que presidía la mesa para mínimo dieciséis comensales. A la izquierda de éste, Sirius, como era habitual, y en el lado izquierdo de Sirius, Regulus.
A Sirius siempre le incomodaba cenar en una mesa tan grande. La distancia que había entre ellos era demasiada, ya que había espacio de sobra, pero sus padres preferían que nadie se estorbara.
La comida se colocó automáticamente sobre la mesa, y la crema de calabaza empezó a servir a Walburga, el cucharón yendo solo desde la flotante sopera hasta el plato. Sirius sintió que sus tripas sonaban, y se encogió levemente en su asiento. Ya sabía que, si el ruido se notaba, probablemente se quedaría sin postre.
"Pretenden que seamos como el retrato del tatarabuelo" pensó Sirius, no por primera vez. "A él tampoco se le oyen las tripas, ni llega tarde… No hagas esto, no hagas lo otro…"
La crema se iba sirviendo. Sirius escuchó a lo lejos los ruidos de la calle, unas risas muy lejanas de otros niños. Y sonrió para sí. Le encantaría estar allí, en la calle, jugando a la carrera. Había visto a algunos niños muggles desde su habitación, jugando con una quaffle blanca de manchas negras y a la que daban patadas y perseguían. Otras veces, tenían una quaffle en forma de melón y de color marrón, y se la llevaban y pasaban entre ellos a la carrera. Esto le recordaba mucho al quidditch, y a menudo llamaba a Regulus para que se asomara con él y los vieran juntos. Regulus observaba con curiosidad, pero en silencio. Sirius sonreía y procuraba entender las reglas. Una vez oyó a uno decir "no tienes ni idea de jugar al rugby, Tommy", así que supuso que eso era el quidditch para los niños muggles. A la quaffle de color marrón también podían darle una patada, como a la otra quaffle blanca y negra. Aunque ésta no la cogían con la mano.
Regulus perdía el interés, murmuraba siempre que le parecía mucho mejor volar en escoba y jugar al quidditch. Pero también se entretenía intentando averiguar las reglas, esto picaba su curiosidad.
Sirius no prestaba tanta atención al funcionamiento y a las reglas como Regulus y su mentalidad curiosa y analítica. Sirius sólo soñaba con poder unirse a ellos y descubrir por qué se reían tanto, por qué celebraban cuando pasaban los balones por lugares marcados con sus jerseys en el suelo y gritaban "¡gol!". Porqué hacían una melée y se echaban unos encima de otros, unas veces para pelearse, otras veces a modo de abrazo en grupo. Le parecía algo divertidísimo. Ni siquiera eso se hacía en el quidditch. Y no había padres que les recordaran que la paleta de pescado no se debía usar con el roastbeef. Que no había que partir el pan fuera del platito o se llenaría todo de migas.
Esos niños se sentaban en el suelo. Se manchaban de suciedad muggle, pero no les importaba. Y Sirius pensaba que él tampoco tendría inconveniente en mancharse. ¿Por qué iba a tenerlo? Menuda idiotez, luego con lavarse, listo. Además, tenía ropa más que suficiente como para llevar túnicas distintas cada día del año, y prácticamente no repetir ninguna.
Esos niños comían sandwiches y baguettes en el suelo. Se llenaban de migas, y no les importaba.
Una vez oyó a su madre referirse a ellos como "sucios muggles, repugnantes." Pero Sirius pensaba que simplemente eran como él deseaba ser: libre. No tener tantas reglas que coartaban todas sus actitudes, sus pasos, su manera de pensar y de sentir.
Sintió un leve codazo en su lado izquierdo. Regulus. Y notó que los leves ruidos desaparecieron.
"Gracias querido, esos salvajes me estaban dando jaqueca."
Sirius alzó los ojos, sus padres había empezado la crema de calabaza, Orion estaba guardando la varita y siguió comiendo a continuación. Ambos parecían estar de acuerdo en algo, pero muy disgustados.
"Pues como te iba diciendo, querida, y no va y me dice, 'vamos Orion, es cuestión de tiempo… tenemos que entender que hay que proteger a los muggles.'"
Walburga soltó con cuidado la cuchara, pero llevó la mano a la frente.
"Orion, por favor, me vas a hacer sentir mal. No quiero imaginar si esa ley sale adelante." Suspiró teatralmente, o al menos así siempre había imaginado Sirius que suspiraba su madre. "¿Proteger a los muggles?. ¿Y quién nos protege a nosotros, si puede saberse?. Tú dirás que no, pero entiendo que Bellatrix se haya unido a alguien que tiene la firmeza suficiente para oponerse a tantas sandeces…"
Sirius no prestó más atención, cualquier iniciativa de su prima Bellatrix no le interesaba lo más mínimo; pensó en esos niños, y tal vez podría estar equivocado, pero no veía mal que estuviesen protegidos de determinados magos. Ellos no tenían culpa de muchas cosas que sucedían en la sociedad mágica. Había magos y brujas que los repudiaban y odiaban sólo por ser muggles. Magos y brujas como los de su familia. Como sus padres.
Antes de evitarlo, las palabras salieron de su boca.
"A mí me parece muy bien que salga esa ley. Ojalá saliera, mejoraría la convivencia de todos."
Orion y Walburga miraron con idénticas expresiones a su hijo mayor; Orion detuvo la cuchara a medio camino, y como antes Walburga, la depositó despacio en el plato. Regulus, junto a él, abrió los ojos de par en par. Adivinando como una certeza universal, que eso era un error muy grave, y que eso suponía un castigo igual de grave.
Los padres de Sirius tenían la boca abierta en pura estupefacción.
"¿Qué has dicho?" preguntó finalmente Walburga, con una voz engañosamente baja y tranquila.
Sirius se movió en su asiento, como si ahora fuera consciente de que había hablado demasiado de sus ideales.
"Que… los muggles no tienen tantas posibilidades de defenderse de nosotros…" dijo, vacilando. "Ellos no tienen nuestra suerte… nacer de familias mágicas. Algunos incluso están indefensos… Yo no creo que sea justo." Añadió, exponiendo vacilante, pero valiente, su opinión.
"Sirius. Levántate ahora mismo y vete a tu habitación." dijo severamente Orion. "No quiero verte con libros, varitas de juguete, quaffles ni nada parecido. Te quedarás sentado o de pie, sin hacer nada. Pasarás ahí el fin de semana. El lunes volveremos a hablar del tema."
Sirius abrió la boca para protestar, pero sintió una presión en el pie, no dolorosa, pero recomendándole que no contradijera a sus padres. Regulus.
Al menos, había sido Orion el que había impuesto el castigo. Walburga no habría dejado a Sirius un fin de semana, probablemente habrían sido tres semanas seguidas.
Sirius alzó la barbilla con orgullo. Dejó la servilleta cuidadosamente doblada en el lado derecho de su plato, apartó la silla sin hacer ningún ruido, pero miró a sus padres con fijeza. El desafío brillando en sus grises ojos.
Cuando se marchó, Walburga se llevó la mano a la frente.
"¿Qué hacemos mal con él, querido?. ¿De dónde se sacará esas ideas?..." Apartó la mano y miró a Regulus. "Regulus, querido. Nunca sigas los pasos de tu hermano. Será tu perdición."
Regulus no contestó.
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5. Regulus
Tras la cena, y asegurándose de que sus padres estaban en el Salón, tomando un licor y escuchando la radio mágica, Regulus subió a su habitación asegurándoles que estaría leyendo.
Regulus siempre se las apañaba para engañar a sus padres a su conveniencia. Tenía muy buen trato con Kreacher, y éste respondía a su generosidad y buenos modales, a menudo sirviéndole con avisos o haciendo de espía. En ocasiones como ésta, Regulus le pedía tan sólo que le avisara si sus padres se dirigían hacia los pisos de arriba, para así poder burlar su estricta vigilancia.
De este modo, Kreacher no traicionaba a sus dueños, y se mostraba feliz de servir al joven amo Regulus. Sirius sin embargo ignoraba generalmente al servicial elfo doméstico, y la relación entre ellos era poco menos que distante.
Regulus tocó la puerta con suavidad.
"¡Sirius, soy yo!" susurró.
Sirius abrió la puerta de la habitación. Esta vez sus padres no habían puesto un hechizo para evitar que saliera; pero Sirius había aprovechado su falta de varita y conocimientos de hechizos para abrir puertas, por medio de otras técnicas efectivas: leyendo cómo poder hacerlo. Nunca sabía si podría serle útil en el futuro.
Tenía algunos libros escondidos debajo de una vieja tabla, bajo su cama. Sus padres nunca habían descubierto su escondite, y en él solía tener provisiones, especialmente pensado en la gran cantidad de castigos que había pasado allí. Pero esta vez sólo había una varita de regaliz dura, que sólo hizo provocarle más hambre.
También había leído de artilugios mágicos interesantes… ojalá tuviera una navaja de esas que abrían cualquier cerradura… ojalá el tío Alphard le trajera una de sus viajes…
"Te he traído comida…" susurró Regulus, entrando en la habitación.
"No debes estar aquí, Regulus." contestó Sirius algo estricto, pero como era habitual, conmovido porque su hermano arriesgara un fin de semana por traerle algo de comer. "Te castigarán también."
"No te preocupes, he pedido a Kreacher que me avise si madre o padre suben."
"Mientras no se Aparezcan…"
Regulus metió la mano debajo de la camisa para sacar la comida escondida. Parpadeó sorprendido, nunca antes se les había ocurrido que pudieran Aparecerse mientras había castigo…
"Nunca se Aparecen en los pisos de arriba." dijo Regulus. "Prefieren subir andando e ir revisando los rellanos. Si no, nunca verían nada de la casa. Y sobre todo a madre, que le gusta tenerla toda controlada."
Regulus siempre observaba las actitudes y costumbres alrededor. Algunas eran copiables, otras era mejor no imitar. De Sirius había aprendido que era mejor no vocear sus opiniones, sobre todo si de antemano eran claramente contrapuestas a las de su familia.
Sirius se tiró a la cama, y puso las manos en la nuca, apoyado contra el cabecero de madera. Cruzó las piernas estiradas, y miró con desafío a Regulus, que tenía un mendrugo de pan sin tocar, unas lonchas de jamón de York, un pedazo de queso y un pastel de crema algo deshecho.
"No he podido traer más sin que se dieran cuenta." dijo Regulus a modo de disculpa.
Sirius se incorporó de su postura indiferente, y sonrió a su hermano.
"Gracias, Reg, por jugártela por mí. Pero no es necesario… de verdad."
Regulus se sentó en el borde de la cama y apoyó la espalda contra el poste de la esquina, donde estaba recogida la cortina.
"No me importa, me las apaño para que no me pillen. No me parecería justo que te dejen sin comer, aunque les hubieras llamado sangre sucia." Regulus sonrió cuando Sirius empezó a comer a grandes mordiscos el mendrugo de pan y se llevaba el queso a la boca. "Si te viera madre con la boca llena, se enfadaría mucho."
Sirius se encogió de hombros, y tragó la comida que tenía en la boca.
"Me da igual lo que piense."
"A mí no, Sirius." contestó Regulus. "Si dicen esas cosas es por nuestro bien. Son nuestros padres. Nosotros tal vez no entendamos algunas cosas, sus ideales no tienen por qué estar confundidos."
Sirius masticó el jamón y volvió a comer el pan, que estaba casi terminado.
"¿Pero qué ideales, Reg?" respondió Sirius. "Sólo se miran su ombligo mágico y consideran al resto de mundo una basura decadente." Sirius resopló. "Como si esto no fuera ya lo bastante decadente. Son unas antiguallas." Añadió, encogiéndose de hombros y terminándose el pan y el jamón.
"Pero tal vez sepan que hay muggles que sí puedan y quieran hacernos daño. Y no nos lo han dicho."
Sirius resopló desdeñando la teoría. Se metió el último pedazo de queso.
"No es verdad. Ninguno tiene ni idea de lo que ocurre más allá de estas paredes."
Regulus observó a Sirius.
"Somos muy pequeños todavía… Tampoco sabemos mucho del mundo nosotros, Sirius."
"Por ahora." respondió Sirius. "Yo pienso comerme el mundo." Añadió, metiéndose el pastel de calabaza en la boca.
"Yo también." añadió sonriente Regulus. "Yo quiero saberlo todo de nuestras familias, de nuestras tradiciones, de lo que representamos. Tengo ganas de descubrir por qué madre y padre piensan que pertenecemos a la mejor familia mágica." Regulus miró a su hermano con ojos brillantes. "Quiero ser un mago con mucho talento. Y quiero luchar por la justicia y por lo que creo. Y quiero ser un héroe también, como Giffrord, y dar la vida por un bien mayor."
Sirius sonrió a su hermano. Al menos con él sí tenía muchas cosas en común. Demasiadas.
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El brazo es el hilo conductor de las atracciones en las tres hermanas. En Bellatrix, su devoción por Lord Voldemort, a cuya causa se ha unido como mortífaga.
Actitudes muy parecidas y muy diferentes entre Andromeda y Narcissa. En Andromeda, no hay esa solemnidad, pero sí clandestinidad. Pero tocan el brazo, de maneras muy diferentes. La actitud idealista y canalla de Lucius, que encandila a Narcissa. La actitud idealista y generosa de Ted. Y ellas, ofreciéndoles un apoyo también diferente. Narcissa, dando un apoyo más ambicioso, Lucius es un fin en sí mismo, pero es un medio para cumplir sus intereses. Andromeda, dando un apoyo más cálido, Ted es para ella un fin, y nada más. Son demasiado jóvenes para saber qué sienten, pero sienten algo. Y la juventud es idealista. Incluidos los Black.
Sirius y Regulus ya parten sus ideas, pese a su niñez. Cosas como ver fútbol o rugby, el tener unas normas de etiqueta asfixiantes, tener sueños de niños que quieren convertir en realidad… Y las ansias de libertad que siente Sirius, y su ingenio para huir de Azkaban… interesante que algo aprendiera por tantos castigos cuando era niño. Y en su talento, saber utilizar su mejor arma en prisión (ser animago ilegal), para escapar, siempre sabiendo una vía de escape. Aquí tan pequeño, aprovechaba para saber cómo escapar la próxima vez… Incluso anhelando la navaja para abrir cerraduras, como algo que él siempre hubiera considerado útil para un niño, por eso se la dio a Harry. Por cierto, hay mucho de la infancia de Harry en la infancia de Sirius, esperamos que lo hayáis notado.
Regulus tiene muchísimo más en común con Sirius de lo que parece. Como Orion al principio, o Andromeda, Regulus opta por el lado discreto. Bellatrix, Walburga y Sirius son mucho más vehementes, y no pueden contener sus ideas y no se avergüenzan de ellas. Regulus es observador, analítico. Tiene un código personal donde procura aplicar lo aprendido en su familia y lo que le cuenta Sirius. Es crucial para su desarrollo y su trágico destino.
Gracias por haber llegado hasta aquí. Besos y hasta el próximo... que será muy largo igualmente, y muy centrado en Sirius Black.
