Lo primero, nos gustaría agradecer a la gente que nos leéis y aguantáis estoicamente los inmensos capítulos que traemos. También agradecemos inmensamente cada review, porque estamos viendo que os interesa lo que os contamos y sois auténticas expertas en reconocer hasta el más mínimo detalle insinuado. Resulta muy gratificante. Lo dicho, muchas gracias a: Zory, CrissBlack, petalos-de-rosa, blackstarshine, Evianae (Corae), Sabaku no Akelos, mArTa, Ely Granger, Yedra Phoenix, McMafis y Clio84.

El eje de este capítulo, como habréis deducido ya, es Sirius. Más concretamente, cómo pasó de ser conocido como "otro Black" fuera de la familia - y dentro de ella, como el heredero de Walburga y Orion - a ser, pues eso, "el Gryffindor". Es otro capítulo considerablemente largo, que abarca desde finales de agosto hasta las Navidades de 1971. Tomadlo con calma ;p


EL GRYFFINDOR

Hyde Park. Londres

Domingo, 29 de agosto de 1971

Regulus viró su escoba y descendió velozmente para evitar las ramas de un árbol. Se inclinó hacia delante y, haciendo un último esfuerzo, alcanzó la quaffle que Sirius le había lanzado con bastante fuerza y mucha mala baba.

"¡Sí!", gritó con alegría, levantando la pelota roja por encima de su cabeza. "¡Y el gran Regulus Black la atrapa de nuevo!"

"Oye, Reg", dijo Sirius, que se las había arreglado para ponerse a su altura. "Si no fueras tan flacucho, podrías llegar a convertirte en un gran guardián".

Regulus alzó una ceja. Curioso comentario para un chico que, a sus once años, era largo y estilizado como el palo de una escoba.

"¿Y quién quiere ser un guardián?", preguntó con petulancia. "¡Yo seré buscador!"

"¡Id acabando!", gritó Orion desde el suelo. "Tenemos que volver a casa".

Los dos hermanos sabían muy bien lo que significaba esa señal. Aún podrían disfrutar otra media hora de vuelo antes de que su padre terminara de leer la edición semanal de El Profeta y se aburriera de estar allí. Y sin Orion Black, no había hechizos de ocultamiento y por tanto, no había quidditch.

El menor de los Black echó un breve vistazo a su padre, sentado en un banco a cierta distancia de ellos. Y allí, a tres metros del suelo y alejado de todo el mundo, su voz no sonó tan ridícula como lo hacía en su cabeza.

"Te echaré mucho de menos cuando te vayas".

"Y yo echaré de menos mi escoba", respondió Sirius con añoranza. "¿No crees que es una norma estúpida que no podamos llevarla hasta segundo?"

"Hablo en serio, Sirius".

Sirius lo miró fijamente. El ceño fruncido, los oscuros ojos con un brillo triste… Sonrió y giró la escoba para acercarse más a él. Le revolvió el pelo con cariño.

"Yo también, enano. Pero antes de que te des cuenta, será Navidad. Y yo estaré de nuevo aquí, con cientos de anécdotas que contarte".

"Ojalá pudiera ir contigo. Va a ser el año más aburrido de mi vida". Bufó con disgusto. "Solo con mamá y papá".

Sirius soltó una carcajada.

"La verdad es que no te envidio".

Con un ágil movimiento, le robó la quaffle a su hermano menor y la movió entre sus manos con habilidad.

"Vamos a ver de qué eres capaz, buscador".

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Grimmauld Place 12. Londres

Martes, 31 de agosto de 1971

La cena en casa de los Black era sagrada. Desde que Sirius tenía memoria, ésta se celebraba en la cocina, exactamente a las seis de la tarde. Ni un minuto antes y, más valía que ni un minuto después. Sólo había dos razones para faltar a ella: estar agonizando en la cama o estar castigado. Sirius siempre había sido un niño fuerte que rara vez se ponía enfermo y, sin embargo, le había tocado varias veces irse a la cama sin cenar. Cada vez que se atrevía a manifestar una opinión discordante con la de sus padres, cuando causaba terribles destrozos al mobiliario de la casa o cuando defendía a su hermano de manera noble y no siempre merecida, sabía lo que vendría después. Una noche en vela tratando de acallar los sonidos de su estómago. Kreacher, el elfo de la familia, tenía terminantemente prohibido acercarse a los castigados y el pobre lo pasaba casi tan mal como ellos, obligado por sus propias leyes a autocastigarse cuando no acudía a su llamada.

No había cosa que más fastidiase a Sirius que una prohibición. Era algo bastante contraproducente, como estaba empezando a notar su padre (su madre aún no quería verlo), pues inmediatamente ese obstáculo hacía que sus deseos por superarlo aumentaran. Sirius era un luchador nato. Pero también era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que aún tenía mucho que aprender. Las cosas cambiarían cuando fuese a Hogwarts, eso seguro. Y ni los injustos castigos de su madre ni los disuasorios hechizos de su padre volverían a dejarlo sin acceso a la despensa.

Aquella tarde, no obstante, no había nadie penalizado por su comportamiento. Iba a ser la última cena que celebrarían todos juntos en varios meses. A Sirius eso le daba igual. No iba a echar de menos la rigidez de su madre ni el ambiente cargado y asfixiante que se respiraba en la mansión Black. Al día siguiente se encontraría lejos de todo aquello, empezando una nueva vida en un colegio con el que había soñado durante años, en el que había depositado sus esperanzas y sus ansias de libertad. Si no fuera por Regulus, habría estado completamente feliz. Sabía que su hermano lo echaría muchísimo de menos, incluso antes de que él se lo dijera. Y temía que, sin su "pésima influencia" (pues así la denominaba su madre), el chico se echara a perder. ¿Casi cuatro meses solo con sus padres y un elfo servil que hacía todo lo que le ordenaba la ama Walburga? Para volver loco a cualquiera. Dudaba mucho que él fuese capaz de resistirlo, cuantas y más su influenciable hermano menor. ¿Y si cuando volviera no podía reconocerlo? ¿Y si cambiaba tanto que ya no podrían entenderse nunca más?

"Mañana irás con tu padre a King's Cross", anunció Walburga, mirándolo fijamente sobre su sopa de verduras. "Yo no soporto estar mucho tiempo entre muggles". Arrugó la nariz con asco, como si su comida apestara. "Sé que es tu última noche aquí, pero no quiero que os mantengáis", miró alternativamente a sus dos hijos, "despiertos hasta tarde. Por lo que a mí respecta, como si fuera una noche normal. No quiero oír ni un solo murmullo¿entendido?"

Los dos niños asintieron. Regulus intimidado y Sirius con aburrimiento.

"¿Puedo ir yo también a la estación?", preguntó el menor, esperanzado.

"No", intervino tajantemente Orion. "No pienso tratar de lidiar con dos chiquillos revoltosos y absolutamente fascinados por lo desconocido. Bastante tendré con Sirius".

"Pero…", trató de protestar Regulus. A su padre aún se atrevía a contradecirlo algunas veces.

"Tú te quedarás aquí y no hay más que hablar", ordenó Walburga, inflexible. "Si te levantas temprano, podrás despedirlo mañana".

Regulus agachó la cabeza, claramente disgustado, pero no se atrevió a replicar.

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"Eh, Reg", lo llamó Sirius cuando pasó delante de su habitación. "Ven un momento".

El niño se aseguró de que su madre no estuviese por el pasillo antes de entrar. Cerró la puerta con cuidado y notó una punzada en el pecho cuando vio el baúl cerrado a los pies de la cama.

"He pensado que, mientras tanto, podrías quedarte con esto", susurró Sirius.

Le extendió un objeto pequeño envuelto precariamente en un trapo de tela. Regulus lo desenvolvió con curiosidad y cuando vio de qué se trataba, miró confundido a su hermano. Éste le mostró lo que tenía en su mano y sonrió.

"¡Los espejos gemelos que te regaló el tío Alphard!". Alzó una ceja con suspicacia. "Madre lo oye todo. Si nos ponemos a hablar, se enterará. A ti te dará igual, porque te irás a Hogwarts, pero yo me quedaré aquí y tendré que aguantarla".

Sirius se rió quedamente.

"No es para ahora, tonto. Yo me llevaré el mío a Hogwarts y así, cuando quieras hablar conmigo, podrás hacerlo sin ningún problema. Como cuando nos castigaban separados".

"Oh", musitó Regulus, entendiendo por fin a lo que se refería. "Gracias".

"No te emociones tan pronto", dijo simulando indiferencia. "Cuando entres en Hogwarts tendrás que devolvérmelo".

Regulus sonrió con alegría. Cuando fuese al colegio no lo necesitaría. ¡Sólo un año! Ya no le parecía tan lejano. Miró el espejo embelesado y luego alzó la vista. Sirius lo observaba con una sonrisa complacida.

"Buenas noches, enano", susurró revolviéndole el pelo.

"Buenas noches, Sirius".

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Gran Salón. Ceremonia de Selección de los alumnos de 1º

Miércoles, 1 de septiembre de 1971

"Black, Sirius", llamó la profesora McGonagall, levantando la vista del pergamino.

A Sirius el tiempo se le había pasado volando. Estaba impaciente por ser seleccionado, pero a la vez sentía cierta reticencia. Le habría gustado apellidarse de otra forma, para así poder tener unos minutos más para hacerse a la idea. Avanzó con la cabeza alta y paso ligero hasta el taburete y se sentó con decisión.

Sintió una punzada de rabia al oír los murmullos de los alumnos que estaban sentados en las mesas, bajo el techo encantado de estrellas brillantes. No supo bien interpretar si, para variar, eran de admiración, respeto, envidia, desprecio o lo que fuese que siempre su apellido provocaba en otros.

Un segundo después, notó el peso del Sombrero Seleccionador sobre su cabeza. Y una voz dentro de ella que difería bastante de la suya.

"¿Qué tenemos aquí? Otro Black…"

El chiquillo arrugó la frente. Él era Sirius. No otro Black. Detestaba que lo clasificaran de esa forma, aunque ya debería haberse acostumbrado.

"¿Quieres destacar?", murmuró la voz en su cabeza, leyendo sus pensamientos como si se tratara de las páginas de un libro. "Eso es ambición, jovencito. Y también detecto cierta arrogancia al creerte diferente. No desentonarías en Slytherin".

"¿Entonces cómo sería diferente?", preguntó mentalmente.

Notó que a esa conciencia que invadía su cerebro le había divertido su comentario. No oía ninguna risa, pero su regocijo era palpable.

"Buena cuestión, sí señor. Eres muy osado, de eso no hay duda. Pero¿serías capaz de enfrentarse al reto que se te presenta?"

Sirius se irguió sobre el taburete.

"Adoro los retos".

"Sirius…", replicó arrastrando la palabra, paladeándola. "Siempre brillante, siempre el primero. ¿Querrás seguir iniciando caminos inexplorados?"

"Quiero marcar mi camino. No quiero que nadie decida por mí".

"Y nadie lo hará. Tienes un corazón valiente y leal, muchacho. Pero también eres obstinado y talentoso. Hay dos Casas que estarían encantadas de aceptarte. Tuya es la elección, Sirius. ¿Qué prefieres: Gryffindor o Slytherin?"

La voz de James Potter salió a flote entre sus dudas y pensamientos. 'Gryffindor, donde residen los valientes de corazón'.

Valientes de corazón… ¿Era ahí dónde quería estar?.¿Junto a ese chico con el que tan rápido había congeniado?.¿Y si a él no lo escogían también para Gryffindor?.¿Le gustaría estar allí igualmente? Valientes de corazón… Él lo era, estaba seguro de eso. Pero¿sería lo bastante como para decidir por primera vez algo por sí mismo?.¿Para afrontar luego las consecuencias? Sí, sin ninguna duda.

"Gryffindor", declaró con firmeza.

"¿Seguro?"

"Sí".

"Muy bien, sea así, entonces. ¡GRYFFINDOR!"

Los profesores habían ya comenzado a aplaudir cortésmente, cuando el profesor Slughorn pasó de tener una sonrisa llena de orgullosa ambición, a parar en seco las palmadas y quedarse completamente lívido, sin dar crédito a lo que el Sombrero acababa de exclamar.

Un Black. En Gryffindor.

Jamás, en su larga experiencia como profesor, había oído hablar de un Black que no hubiese pertenecido a Slytherin. Reaccionó con rapidez, y forzó una sonrisa, pero al ojo observador no se le habría escapado que Horace Slughorn estaba obviamente defraudado y estupefacto.

Minerva McGonagall se quedó boquiabierta pestañeando tras sus gafas cuadradas, por un instante incapaz de ir a recoger el Sombrero. Enseguida reaccionó, tomó el sombrero de la cabeza del muchacho, y lo siguió con su mirada. Conocía bien a la familia Black, ella misma había sido compañera de unos cuantos. Y siempre supo dos cosas: una, su enorme orgullo de sangre pura. Dos, su enorme orgullo de Slytherin.

McGonagall se sintió satisfecha de que un Black estuviera en su propia Casa, para variar el rumbo de la historia. Pero sospechaba que, si la familia del muchacho era como ella creía, no sería ningún motivo de alegría que hubiese acabado en la cuna de los traidores a la sangre.

Recuperó perfectamente la compostura, que naturalmente jamás perdió, y miró la lista para anunciar el siguiente nombre.

Sirius se levantó de un salto y le bastó un breve vistazo a la mesa de Slytherin para distinguir a su prima Narcissa con la boca abierta. No es que alguna vez hubiesen tenido una gran relación, pero la decepción porque un Black fuese a parar a otra Casa distinta era motivo suficiente para demostrar, aunque fuese por primera vez, que él existía como un ser cercano a ella. Ignorándola, paseó su mirada por la fila de alumnos de primero y distinguió a James dirigiéndole una sonrisa satisfecha. Le guiñó un ojo y, contento, fue hacia la mesa de los leones, que lo aclamaban con sus atronadores aplausos.

"Lo he hecho", se dijo, feliz. "¡He roto la tradición!"

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Torre de Gryffindor. Habitación de los alumnos de 1º

Jueves, 2 de septiembre de 1971

El primer día en Hogwarts había sido agotador. Los recién llegados tenían que lidiar con su excitación por descubrir lo desconocido y sobreponerse a la inmensidad del castillo, que parecía invitarles a recorrerlo por completo, para poder encontrar la localización de las aulas. Por si fuera poco, las escaleras móviles y los escalones falsos, dificultaban aún más la ya de por sí ardua tarea que representaba llegar a tiempo a las clases.

Sirius se sentía casi como un hijo de muggles. Para él no era ninguna sorpresa ver retratos parlantes o fantasmas que compartían mesa con los alumnos, pero todo a su alrededor era nuevo y maravilloso y lo atraía de una forma hasta entonces desconocida para él. Hablaba sin parar, haciendo planes imposibles con James, que finalmente había quedado en la misma casa que él y había demostrado ser tan divertido como en un principio se había imaginado.

"Y el fin de semana, podemos dedicarlo a explorar el Bosque Prohibido", exclamó el joven Potter con entusiasmo. "¡Será genial!"

"Se llama así porque está prohibido que los alumnos entren en él", replicó con suavidad otro de los compañeros de Gryffindor.

Sirius se volvió hacia él con fastidio. Era el chico delgado y de aspecto enfermizo que se había instalado en la cama en frente de la suya. Un tal Remus Lupin. Parecía muy tímido y apenas les había hablado hasta entonces, pero no debía haber podido contener ese comentario de una lógica aplastante.

"Qué aburrido", protestó Sirius. El muchacho enrojeció ligeramente, así que añadió: "Aunque tienes razón. No debemos precipitarnos. Primero tenemos que aprender hechizos que nos protejan de las bestias".

"¿Bestias?", balbució el último niño, que hasta ese momento parecía haber estado de acuerdo con todo lo que decían sus nuevos compañeros. "¿Te refieres a bestias… uhm… peligrosas?"

"No", se burló Sirius. "Bestias amigables a las que les encantan los alumnos… Para jugar con ellos, me refiero. No por su sabor."

Lupin carraspeó y Peter Pettigrew, que había captado el tono irónico de Sirius a la perfección, se puso lívido.

"No creo que yo vaya a ir nunca a ese lugar", concluyó con voz temblorosa.

James sonrió y compartió una mirada divertida con Sirius. Empezaba a caerle verdaderamente bien ese chico.

Regresaron a la habitación temprano, cansados de un día tan exigente y emocionante. Mientras se estaban poniendo el pijama, una lechuza gris, de plumaje lustroso y cuidado, se posó en el alféizar de la ventana. James la dejó pasar, muerto de curiosidad, y no tardó en fijarse en el mensaje que el ave llevaba en el pico.

"¿Eso es un vociferador?", preguntó, señalando el sobre granate.

La lechuza soltó su carga sobre la cama de Sirius y se fue volando, sin esperar ningún premio. La lechuza era la de su familia, pero el niño supo quién era el remitente exacto aun antes de abrirlo.

"¿Gryffindor?", chilló la inconfundible voz de Walburga Black cuando se vio liberada de su encierro. "¡No puedo creerlo! Siempre supe que eras un rebelde y un sinvergüenza. ¡Pero esto es demasiado!.¿Tienes idea de lo que me costará explicar esto?.¡Decenas de generaciones siendo el orgullo de Slytherin para que tú termines en medio de ese nido de imprudentes y traidores a la sangre!.¡Y encima ha tenido que contármelo Narcissa! Más vale que sea porque la vergüenza no te deja ni escribir¡desagradecido!" Se hizo el silencio unos segundos, pero Walburga no había terminado. "Tu padre está muy defraudado y yo también. Sólo esperamos que cuides bien con quien te vas a juntar. Como me entere que te pasees por ahí con algún maldito mestizo o sangre sucia…"

La amenaza no llegó a completarse y el vociferador se deshizo, dejando sólo unos trozos de pergamino como recuerdo. Sirius alzó las cejas y miró a sus compañeros de habitación. Todos lo observaban en silencio, con los ojos muy abiertos por la impresión. Cuando se vieron descubiertos, James y Remus apartaron la vista, como para dejarle intimidad por si tenía intención de ponerse a llorar.

No obstante, Sirius no pareció inmutarse. Se tumbó sobre la cama, retirando de una patada los restos del sobre.

"Nunca pensé que mi madre me fuera a echar tanto de menos. Sólo llevo un día aquí y ya no ha podido aguantarse a gritarme". Suspiró teatralmente, imitando con bastante acierto a su progenitora, y completó: "La casa debe de ser un verdadero infierno sin mí."

"No tienes ni idea de la envidia me das." dijo inesperadamente James, echándose en su cama de un salto y comprobando sus muelles tumbado de forma transversal. "A mi me encantaría recibir un Vociferador."

El muchacho bajito y con aspecto temeroso parpadeó sin comprender del todo al chico moreno de gafas. El otro compañero de habitación, Remus, parecía que estaba a punto de rodar los ojos, o de echarse a reír. Encontraba a ese par tremendamente interesantes.

Pero Sirius tenía una expresión entre curiosa y suspicaz. No imaginaba cuál era el propósito de una frase tan curiosa… demasiado curiosa, incluso para él.

"Pues sí," continuó James tranquilamente, después de dar por concluido su estudio del colchón y somier. "Me encantaría que mi madre me enviara alguna vez un Vociferador. No hay forma. Jo, sólo la gente alucinante los recibe. Y estoy seguro de que has sido encima el primero de todos. No veas qué suerte tienes…"

Sirius amplió su sonrisa, y ya tuvo la absoluta certeza, de que James Potter iba a ser el mejor amigo que nunca hubiera tenido. James le guiñó un ojo, sin duda entendiéndolo todo.

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King's Cross. Londres

Miércoles, 22 de diciembre de 1971

Sirius echó un último vistazo al Hogwarts Express, con resignación. Había saboreado la libertad durante casi cuatro meses y volver ahora a la rigidez de su casa se le hacía muy duro. Era como si a un preso lo encerraran de nuevo en la cárcel cuando se estaba acostumbrando a ser un hombre libre otra vez.

"Feliz Navidad, Sirius", le deseó James, dándole una afectuosa palmada en la espalda.

"Igualmente", murmuró con voz ausente. Se despidió con la mano de Remus, que ya había acudido al encuentro de sus padres y de Peter, que estaba sofocado bajo el asfixiante abrazo de su madre.

La señora Potter se plantó delante de su hijo y miró a su acompañante con expectación. James le dio un discreto beso en la mejilla y se dejó abrazar por su padre, que lo había estado observando en un prudente segundo plano.

"Este es Sirius", explicó James al fijarse en el modo en que lo observaban.

"Ah, Sirius. Hemos oído hablar mucho de ti", dijo la madre de James con una sonrisa. Sirius frunció el ceño ligeramente. Estaba acostumbrado a que la gente supiera de su existencia. Sin embargo, no esperaba que la mujer añadiese: "James nos ha contado vuestras hazañas en sus cartas. Ya tenía ganas de conocerte en persona."

"Mucho gusto, señora Potter", respondió Sirius tras un segundo de estupefacción. Estrechó la mano de la mujer y también la del padre de James. Era agradable ser presentado por una vez como un amigo y no como otro Black.

"James, cariño", dijo su madre con dulzura. "Tenemos que irnos. ¿Te has despedido ya de todos tus compañeros?"

El niño asintió y dejó que su padre tomara el baúl, para arrastrarlo él en su lugar. Sirius lo siguió con la vista hasta que se perdió entre la gente y sólo entonces fue en busca de sus propios padres.

El recibimiento, como cabía esperar, fue terriblemente frío. Walburga ni siquiera había acudido a la estación. Orion se mostró correcto y evitó hacer alusión a la casa en que había quedado su hijo, pero Sirius sabía muy bien que no iba a pasarlo por alto, sino que quería evitar llamar la atención en un lugar tan concurrido.

"Nos Apareceremos directamente", le dijo, con los brillantes ojos grises llenos de decepción. "Hoy no me apetece caminar."

A Sirius no le hizo mucha gracia, pero por una vez calló. No le apetecía nada enfrentarse tan pronto a su madre, pero no era buena idea caldear aún más el ambiente.

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Grimmauld Place 12. Londres

Viernes, 24 de diciembre de 1971

"Regulus¿ya estás vestido?"

Walburga se acercó a la puerta de la habitación y lo observó apreciativamente. Su hijo llevaba una túnica muy pesada y a todas luces incómoda, pero a su juicio le sentaba muy bien. Y eso era lo más importante. No iba a perder la oportunidad de mostrar su buen gusto y su dedicación por los detalles. Regulus parecía un príncipe con su túnica de terciopelo negro y bordados en plata. Un príncipe de verdad, no como esos insulsos muggles que se creían con derecho a gobernar. Comparados con los Black, no eran más que la hormiga reina de una colonia de insectos. Infinitamente insignificantes, absurdamente pequeños.

La mujer moldeó con sus largos dedos el negro cabello del niño, hasta dejarlo perfecto. Sonrió satisfecha y salió de allí sin una palabra más. Al pasar por delante de la habitación de Sirius, simplemente golpeó con la palma de la mano en la puerta.

"Date prisa", lo instó, pasando de largo.

Regulus esperó a que su madre bajara las escaleras para salir de su cuarto y entrar en el de su hermano.

"Sirius¿todavía no estás listo?", se asombró. "Madre te va a matar".

"No soporto esta túnica", gruñó el chico, pasándosela por la cabeza. "Me asfixia. ¿A ti no?"

Regulus se encogió de hombros y fue a sentarse en la silla del escritorio, con las piernas colgando. Sirius siempre había sido mucho más alto que él, como si en realidad le llevara más de un año y durante mucho tiempo eso le había molestado bastante. No es que él fuera bajo para su edad, pero Sirius se aprovechaba de su supremacía para gastarle bromas o hacerle de rabiar. No obstante, su prima Andromeda le había asegurado que un día lo alcanzaría y podría vengarse de sus burlas y desde entonces esperaba ese momento con resignación. Walburga solía decir que era el único de la familia que tenía paciencia y, sin saber porqué, eso le gustaba y aprovechaba cualquier ocasión para probarse a sí mismo que era cierto.

"Qué curioso", dijo Sirius con sorna. "Esta vez no hay hilo de oro. ¿Acaso espera que la gente me vaya a ver menos Gryffindor por ir de negro y plata?"

"No empieces", lo cortó Regulus. "No creo que esa fuese su intención".

Sirius soltó una carcajada.

"¿Cuándo aprenderás, Reg, que en esta casa no se deja absolutamente nada al azar?" Se pasó un peine por el pelo y miró a su hermano a través del espejo. "No puedo creer que seas tan inocente."

"Tampoco será tan grave¿no?", preguntó con cierto pesimismo. "Quiero decir, no puede ser peor que con nuestros padres…"

"Yo no contaría con ello", rebatió Sirius. "Si fuera por madre, me pondría una bolsa en la cabeza, si eso sirviera para que nadie se fijase en mí. Pero todo el mundo va a estar hoy pendiente de la deshonra de la familia Black y ella tiene que ejercer su papel de madre y esposa digna."

Regulus arqueó una ceja, en un gesto escéptico totalmente impropio de su edad.

"No parece molestarte mucho ser el centro de atención."

Sirius sonrió de medio lado y le sacó la lengua desde el reflejo. Dejó finalmente de peinarse y se volvió hacia su hermano.

"Qué quieres. He nacido para llamar la atención."

"Ya, claro. A mí no me engañas, Sirius. Te hace tanta gracia como a madre. Apuesto a que preferirías quedarte en la habitación."

"Eso siempre, enano". Dio una palmada y añadió: "Al menos viene el tío Alphard. A ver qué historias nos cuenta hoy."

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Cuando los niños entraron al salón principal, todas las miradas se posaron en ellos. Los invitados, como era de esperar, habían llegado muy puntuales. Walburga, cuando tenía ocasión de organizar la cena navideña, actuaba siempre de la misma manera. Prefería que sus retoños irrumpieran en el salón cuando todos estuvieran ya acomodados, para que el efecto fuera más llamativo. Por educación, la familia al completo saludaba a los recién llegados, que curiosamente eran los varones más jóvenes, aquellos que habrían de preservar el apellido Black y el prestigio familiar.

Sirius se sentía asqueado ante tanta rigidez. Todo estaba cuidadosamente medido y calculado hasta el más mínimo detalle, desde la cantidad de luz verdosa que emitían las lámparas de araña del techo, hasta la disposición de los butacones. Incluso las personas se comportaban cual pieza de mobiliario más. Los mismos gestos, idénticas frases preestablecidas, cortesía estandarizada y una fría amabilidad que no parecía incomodar a nadie más que a él.

Tal y como se esperaba de ellos, ambos niños fueron a saludar primero a sus abuelos paternos. Arcturus y Melania se situaban en una posición privilegiada, cerca de la cálida chimenea encendida, que desprendía en esa ocasión un fragante aroma a madera joven. Una inclinación de cabeza al abuelo y una elegante reverencia a la abuela, como si más que familiares fueran unos auténticos desconocidos a los que debían hablar por compromiso. Y, tras un par de frases amables, el temido giro en la conversación:

"Me entristeció mucho enterarme de que te habían puesto en Gryffindor, Sirius."

Regulus miró a su hermano con aprehensión. Sólo esperaba que se comportara en ese momento. Bastante tensas estaban las cosas como para permitirse ser descarado.

"Sí, fue un duro golpe para todos", replicó el aludido con cierta ironía. Por fortuna, su abuelo o no la captó, o prefirió ignorarla.

"Esperemos que Regulus tenga más suerte", terció Melania con una sonrisa cortés. "Porque tú quieres ser Slytherin¿verdad?", añadió, taladrándole con la mirada sin el menor disimulo.

"Por supuesto", respondió automáticamente. Miró a Sirius de reojo, pero éste se mostró indiferente.

Pocos minutos después, pudieron excusarse para ir a saludar a Pollux e Irma, sus abuelos maternos. Regulus fingió colocarse el bajo de la túnica para poder retrasarse un instante.

"¿Por qué tratan de ponerme en tu contra?", le preguntó a su hermano en voz baja.

"Soy el renegado, Reg¿todavía no te has dado cuenta? Tiene gracia, juraría que la abuela había sido Hufflepuff…"

Regulus trató de decir algo más, pero ya habían llegado a la altura de sus abuelos. Volvieron a repetir el mismo ritual: inclinación de cabeza y educada reverencia.

"Feliz Navidad, abuelo Pollux. Abuela Irma…"

Aún tuvieron que soportar otra media hora de saludos e insustanciales comentarios antes de poder escoger con quién podían hablar. Sin necesitar confirmación del otro, los dos hermanos se dirigieron directamente hacia el tío Alphard, que se había acomodado en un sofá de tres plazas, cerca de una lámpara de pie, iluminada por hadas reales.

Alphard no era un hombre corriente. Para ser un Black, había optado por unas costumbres muy poco habituales. No se había casado ni había tenido descendencia y ya hacía tiempo que nadie esperaba que lo hiciera. Era más joven que Walburga, pero le daba bastante menos importancia a su aspecto que ella. Mientras el cabello de su hermana se conservaba perfectamente negro – Sirius sospechaba que de forma no del todo natural -, él lucía con orgullo unas cuantas canas a la altura de las sienes. 'Eso es que he empezado a madurar', solía decir. Sus ojos, de un suave color castaño similar al de Andromeda, le daban un aspecto cálido y jovial, a pesar de las finas arrugas que los rodeaban.

"¿Qué tal estáis, chicos?", preguntó en tono distendido. Por supuesto, él conocía todas las normas sociales y las aplicaba cuando correspondía sin dudar un segundo, pero encontraba estúpido saludar a sus sobrinos como si fueran los hijos de un vecino especialmente estirado.

"Un poco cansado de arrastrar esta condenada túnica", confesó Sirius, sentándose en el sofá con gesto de hastío.

Alphard rió suavemente y le indicó a Regulus que se sentara a su derecha.

"Tengo aquí vuestros regalos", informó el hombre mientras aceptaba el aperitivo que le ofrecía Kreacher. "Esta vez os he traído algo relacionado con el quidditch, que sé que os gusta."

"¿Qué es?", preguntó Regulus con ojos brillantes, olvidando toda la contención que le había instaurado su madre desde que había empezado a hablar.

"Se supone que no puedo decíroslo", respondió Alphard con fingida afectación. De inmediato, cambió su expresión por una sonrisa aviesa. "¿Qué tal si le echáis un vistazo? Secretamente, por supuesto."

A Sirius le extendió un paquete alargado. Sacó su varita e hizo una floritura para que el papel de regalo se deslizara discretamente.

"¡Un bate!", susurró el niño con ilusión. "Es estupendo, tío, muchas gracias."

Alphard volvió a colocar el envoltorio a golpe de varita y explicó, con tanta emoción como su sobrino:

"Pertenecía a la colección privada de Devlin Whitehorn, el fundador de Nimbus. Sus primeras escobas empiezan a venderse como ranas de chocolate. Incorporan un estabilizador de vuelo que es una verdadera maravilla. De aquí a unos años, estoy seguro de que serán líderes en el mercado." Se cortó abruptamente y miró a Regulus. "¡Pero bueno! Aún no hemos visto tu regalo."

Posó sobre las rodillas del pequeño un paquete más pequeño y aplastado. De nuevo, con mucho disimulo, retiró el papel y le mostró el contenido.

"Son los guantes del legendario buscador galo Maud Dorgie", comentó. "Se los gané al Ministro francés es una apuesta", añadió con orgullo.

Sirius sonrió imaginándose la situación. Regulus entornó los ojos con suspicacia, no muy seguro de que fuera cierto.

"¿En una apuesta, tío?", preguntó tratando de no mostrarse demasiado escéptico.

"Oh, sí", confirmó Alphard con un brillo curioso en los ojos. "Pero no se lo digas a tu madre, chico. Tendría que aguantar su regañina por apostar y encima tener el poco estilo de regalar algo que no me ha costado una cantidad considerable de oro."

"A mí no me importa", replicó Regulus, feliz. "Me ha gustado más que cualquier cosa comprada."

Alphard sonrió complacido y le dio unos golpecitos cariñosos en el brazo. Sirius, por su parte, llevaba un rato conteniéndose, pero terminó por preguntar:

"¿Qué fue lo que apostaste, tío Alphard?"

El hombre soltó una sonora carcajada.

"No preguntes", recomendó, guiñándole un ojo a su sobrino. "Por cierto, Sirius, cuéntame¿cómo es Gryffindor?"

"Hay buena gente", respondió con sinceridad. "No se parece en nada a lo que dice madre. Ya he hecho amigos y casi todos son muy agradables…"

"No me refería a eso", lo cortó Alphard. "Se puede hacer amigos en cualquier parte. Lo que quiero saber es cómo es la sala común y todo eso. No tuve ocasión de visitarla mientras acudía a Hogwarts, aunque sí que es cierto que estuve en alguna ocasión en la torre de Ravenclaw", sonrió con picardía, haciendo reír a Sirius.

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Andromeda deslizó suavemente el pie por encima de la alfombra de cenefas verdes. Empezaba a sentirse mal por el rumbo que estaba tomando la conversación entre su hermana y su tía Walburga.

"Es importante que cualquier hombre con opciones de convertirse en tu esposo, comparta tus ideales, Bella."

"Es necesario", corrigió con rotundidad Bellatrix. "No me gusta la gente indecisa. Por ejemplo¿conoces a Thicknesse? Tiene potencial, además de un puesto interesante dentro del Ministerio, pero insiste en mantenerse neutral. ¡Cómo si hubiera alguna duda de que al final venceremos! Está claro que nosotros sólo estamos actuando por el bien de la raza mágica. Para protegernos de quienes quieren desvirtuarla, y al final todos terminarán comprendiéndolo."

"Muy cierto, querida. Sin embargo…" Walburga hizo un gesto ambiguo con la mano, preocupada porque su postura pudiera malinterpretarse. "No siempre es bueno destacar demasiado. A veces, nuestra mayor fuerza está en ser discretos, en saber qué imagen mostrar en cada momento."

Bella esbozó una sonrisa lenta, felina. Tomó una copa de vino de elfo y la elevó en el aire, con la excusa de admirar su textura. No obstante, ese simple acto, en apariencia casual y no intencionado, le otorgó a Walburga una visión clara de la Marca Tenebrosa que se insinuaba a través de la ancha manga, coronada con un ribete de piel de armiño, de la espléndida túnica.

"Parece que el tío Orion te influye demasiado", comentó con voz juguetona.

Walburga se irguió en su asiento, incómoda, pero supo fingir una sonrisa de asentimiento. Conocía perfectamente las tretas de su sobrina. Sin embargo, ella era mayor y mucho más sabia. No iba a permitir que una chiquilla pretendiera darle lecciones.

"Andromeda, querida, estás muy callada", terminó diciendo, desviando hábilmente la atención. "¿No te encuentras bien?"

La joven parpadeó, sorprendida porque Walburga hubiese reparado en ella. Normalmente, cuando su tía discutía algún asunto con Bella, terminaba abstrayéndose completamente de todo lo demás. Tenían un carácter tan obstinado las dos, que podían pasarse horas argumentando sin llegar a ningún acuerdo, o tan siquiera a una ligera variación de su postura inicial.

"Sí, no te preocupes, tía. Sólo estaba un poco distraída."

Walburga se inclinó hacia ella para tomar una de sus manos, en un gesto de aparente cariño.

"¿Y qué hay de ti?. ¿Nos presentarás pronto a uno de tus pretendientes?"

Andromeda trató de sonreír, ignorando su incomodidad. Ella sólo tenía en cuenta un pretendiente y desde luego, no tenía intención de presentárselo a nadie de su familia. Su tía, con esa tendencia a la exageración que solía demostrar, se desmayaría como poco si supiera los orígenes muggles de Ted.

"A Meda no le gusta mucho hablar de estas cosas", terció Bellatrix al cabo de unos segundos. "Es capaz de anunciarnos la boda a sólo dos meses de su celebración."

Walburga iba a replicar algo, pero en ese momento, el fuego de la chimenea se reavivó y las llamas se volvieron de un intenso color verde, anunciando la pronta llegada de un visitante por la red Flu. Instantes después, Lucius Malfoy dio un paso al frente y se sacudió la ceniza de su túnica con un elegante movimiento.

"Feliz Navidad", saludó galantemente, inclinando la cabeza en dirección a los dueños de la casa. A continuación, se acercó a Narcissa, que estaba sentada junto a sus abuelos paternos. "Buenas noches", le dijo, tomando su mano y besando suavemente la punta de sus dedos.

"Gracias por venir, Lucius", respondió la joven educadamente. "Es todo un detalle por tu parte."

"En realidad no puedo quedarme mucho", informó él, "yo mismo tengo en casa varios invitados y no es oportuno dejarlos desatendidos demasiado tiempo."

"¿Conoces a mis abuelos?", preguntó Narcissa, sonriendo con coquetería. "Pollux e Irma Black."

"Es un placer, señores."

"¿Malfoy, verdad?" Pollux lo miró detenidamente, como si nadie le hubiese hablado de él. Estaba al tanto de que Narcissa mantenía una relación con el heredero de los Malfoy, pero al no haberse informado públicamente de ésta, la familia fingía un total desconocimiento de ella. Sin embargo, esa pequeña visita de cortesía ya era un buen indicativo de las intenciones del joven con su nieta. "Hace tiempo que no veo a tu padre."

"Oh, sigue un poco delicado de salud, señor Black. Trata de tomarse con calma los negocios, por lo que no se acerca mucho por el Ministerio. Por fortuna, este es mi último año en Hogwarts, así que a partir de junio podré echarle una mano."

"Vaya", se asombró Pollux. "Creo que iremos un día de estos a visitarlo."

"Eso sería estupendo, señor", respondió Lucius, esbozando una sonrisa agradable. "Le alegrará mucho saberlo." Se volvió nuevamente hacia Narcissa y le comunicó que iba a saludar a sus padres.

"Es un muchacho muy afable, querida", expresó Irma cuando Lucius se alejó de ellos. "Lástima de Abraxas. Siempre nos cayó bien."

Las llamas de la chimenea volvieron a tornarse color esmeralda y poco después, Rodolphus Lestrange salió de ellas. Saludó a los anfitriones con la misma cortesía que su predecesor, pero, a diferencia de Lucius, no sonrió en ningún momento. Se dirigió hacia donde estaba Bellatrix y se inclinó levemente ante ella. No osó tocarla y ella tampoco le ofreció su mano para que la besara, orgullosa.

"Buenas noches, Bellatrix", dijo con voz profunda, desapasionada. "Señora Black, Andromeda… Feliz Navidad."

"Feliz Navidad, Rodolphus", lo saludó Bella con voz cantarina, irguiéndose para destacar aún más el pronunciado escote que llevaba. "¿Qué te trae por aquí?"

Walburga alzó una ceja. Su sobrina siempre le había parecido una descarada, desde que era una niña. Empezaba a comentarse a media voz que tal vez un compromiso entre Bella y el mayor de los Lestrange no estaba muy lejano; la presencia del joven allí parecía confirmarlo, pero la actitud de ella no era la más acorde con la situación.

Rodolphus no varió su expresión, pero sus ojos relucieron con un brillo indescifrable.

"Sólo he venido a felicitar las fiestas antes de cenar." Se giró hacia Walburga con un movimiento fluido y añadió: "Mis padres le envían saludos, señora Black, y lamentan no poder presentarse ellos en persona, pero tienen otros compromisos. Esperan verla a usted y a su marido pronto, quizá a principios de año."

"Por supuesto. Dales recuerdos de nuestra parte también", respondió la mujer, un tanto sorprendida. Miró de reojo a Bella. Inexplicablemente, su sobrina sonreía con satisfacción y observaba a Rodolphus con renovado interés. Sacudió levemente la cabeza. Mejor no meterse en los tejemanejes de Bellatrix, pero conociéndola, era muy posible que disfrutase con esa relación de aparente indiferencia con el joven Lestrange.

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Alphard dio un trago a su copa de hidromiel, observando divertido cómo Lucius Malfoy charlaba distendidamente con sus futuros suegros.

"Así que ése es el novio de Narcissa…", comentó. "Qué rubio. ¿Tú lo conoces, Sirius?"

El niño rió entre dientes. Ya había tenido un par de encontronazos con el orgulloso prefecto de Slytherin en el colegio, y no podía decirse que le cayera precisamente bien.

"Sí, tío. Él y Narcissa forman la pareja ideal. No sabría decirte quién de los dos es más presumido."

"La verdad es que tiene pinta de estirado. Parece que le han metido un palo de escoba por el culo."

Regulus abrió mucho los ojos y se tapó la boca para no soltar una estruendosa carcajada. Si algo les gustaba de su tío Alphard, es que no se cortaba lo más mínimo en expresar su opinión. Y tampoco la suavizaba, al menos mientras estuviera con ellos. Había perdido la cuenta de las veces que Walburga lo había recriminado por su actitud – y por su mala influencia.

"Lestrange es diferente", prosiguió Alphard, fijándose en la seriedad del otro joven. "He tenido ocasión de hablar un par de veces con él y, la verdad, no sé qué puede ver en Bellatrix. Le iría mejor con Andromeda, por ejemplo."

"¿Con Andromeda?", repitió Sirius, mirando dudoso a su prima, que parecía bastante incómoda con sus acompañantes. "No creo… Ella es más… no sé, no es como las otras dos. A mí me cae mejor, por lo menos."

Alphard volvió a beber otro sorbo de hidromiel antes de responder.

"No sé. A mí me parecen todas igual de presumidas que su madre." Rodó los ojos y añadió: "No soporto hablar con Druella, es una cotorra insufrible."

Sirius se puso en pie, riendo quedamente y se disculpó porque necesitaba ir al baño.

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"¡Andromeda!. ¿Qué haces aquí?"

Andromeda se dio la vuelta y se encontró con su primo Sirius, que estaba bajando las escaleras. Le sonrió amablemente y esperó a que estuviera a su altura para responderle, en un cuidado susurro que estaba segura nadie más que él oiría.

"He salido un momento. Ahí dentro hace mucho calor y me estaba mareando un poco."

Sirius alzó una ceja, suspicaz, y amplió su sonrisa.

"Tú también estás harta¿no?"

Andromeda ni siquiera se sorprendió de la perspicacia del niño. No sólo era un chiquillo muy despierto e inteligente, probablemente era el único de toda la casa capaz de comprenderla, aunque ni siquiera él podría imaginar cuánto. Se recogió el bajo de su túnica de raso celeste y se sentó en uno de los escalones, cuidando que su elegante atuendo no se arrugase. De inmediato, Sirius aceptó su muda invitación y se sentó a su lado.

"Tiene que estar resultando difícil para ti¿no es así?", le preguntó con voz suave. "Bella fue muy grosera contigo. Ser un Gryffindor no tiene nada de malo, si tú te sientes a gusto allí."

"Lo que diga Bellatrix me trae sin cuidado", replicó Sirius. "Aunque no lo creas, no ha sido lo peor que he tenido que oír hoy."

"A veces son muy injustos. Creen que poseen la verdad absoluta… y no es así."

Andromeda suspiró, acordándose de Ted. Su familia decía que ser un sangre sucia era algo repugnante, pero ella nunca había podido sentir aversión por él. Su sangre era tan roja como la suya, no estaba corrompida ni putrefacta. Y además era una buena persona que siempre ayudaba a los demás. ¿Por qué debería odiarle?

Sirius frunció el ceño al verla tan abstraída, sin imaginar en qué estaba pensando.

"¿Ocurre algo?", le preguntó, preocupado. "No deberías estar triste hoy. Al fin y al cabo, yo soy la deshonra de la familia y hasta lo estoy pasando medianamente bien." Sonrió abiertamente, tratando de animarla, y ella lo imitó, aunque no pudo disimular un deje de melancolía en sus ojos castaños.

Si lo suyo con Ted llegaba a salir a la luz, que Sirius fuera un Gryffindor iba a ser una tontería comparado con el odio que le dedicarían a ella. Al fin y al cabo, Sirius de momento no era más que un niño en una casa "equivocada", ella ya era una auténtica traidora a la sangre encubierta.

"Eres un buen chico, Sirius", dijo con cariño, acariciándole suavemente la mejilla. "No dejes que ellos te hagan creer lo contrario."

Se levantó con ligereza y entró de nuevo al salón, dejando a Sirius muy confundido, sentado todavía en la escalera.


Las actitudes de Orion y Walburga respecto a los muggles son bastante diferentes. Orion cree que los magos sangre pura están por encima de todos los demás humanos (y dentro de los sangre pura, los Black ocupan la cúspide), y a Walburga simplemente le horroriza la existencia de los muggles, hasta el punto de que sería mucho más feliz si no existieran. O al menos, si no se acercaran a ella o a sus hijos. Habréis notado su gran tendencia a la exageración. Los retratos son casi como caricaturas de los representados (explicado por Rowling), por lo que no queríamos hacer una versión viva del cuadro, pero sí representar esa actitud melodramática y exagerada, un poco más suavizada.

Desde el principio, James y Sirius tienen una conexión especial. Los comentarios de James acerca del vociferador lo acercan a Sirius y por eso él será su mejor amigo y no los otros dos futuros Merodeadores.

Alphard es un hombre de mundo, y como tal, su visión de las cosas no es tan drástica o extremista como la de sus hermanos. Además su actitud un poco canalla lo acerca a Sirius y por eso éste será su sobrino predilecto. Hemos puesto que fue él quien regaló a Sirius los famosos espejos gemelos, que más tarde utilizará él con James. En el canon no se habla del dueño original, pero ya que los tenía Sirius, decidimos hacerlo el propietario. James ya aportaba la capa de invisibilidad al grupo. XD

Lucius y Rodolphus son completamente opuestos. Igualmente correctos y educados, pero mientras el primero tiene un encanto natural y una "labia" que sabe explotar, Rodolphus es mucho más serio y callado. También tiene que lidiar con Bellatrix, que es bastante más difícil que Narcissa, así que es comprensible.