Un pequeño capítulo regalo. Feliz una parte, dolorosa otra. Dos corazones Black rotos injustamente. Aunque el fondo es más positivo de lo que parece, es una historia trágica esencialmente, porque así fue el destino de Sirius y Regulus. Como avisamos la semana pasada, sacad los pañuelos cuando imaginéis la última escena, con tres personajes clave y una pena común.
Os agradecemos los comentarios que nos habéis dejado: CrissBlack, Clio84, Zory, Sabaku no Akelos, Thaly Potter Black, Yedra Phoenix, blackstarshine, McMafis, Nicole Daidouji, princesaartemisa (doble!), grengras y Vicky Kou de Malfoy y Paulita Lupin (a las dos, os prometemos la respuesta en breve, nos llegaron vuestros reviews demasiado tarde y siempre tardamos mucho en responder porque incluso las respuestas a los reviews las hacemos en conjunto. Muchísimas gracias por incorporaros a la historia, nos hace muy felices).
Este capítulo da un salto atrás en el tiempo: a Sirius y Regulus antes de que el primero empiece en Hogwarts (le faltaría un año), y un enorme salto adelante, hasta 1979.
Capítulo corto, pero esperamos que os guste.
A MERRY LITTLE BLACK CHRISTMAS
1. Sirius y Regulus
Grimmauld Place, 12. Londres
Viernes 25 de diciembre de 1970
"Y esas son las Pléyades ¿a qué sí?. Todas juntitas, como si cuchichearan entre ellas" comentó Regulus.
Regulus y Sirius Black estaban echados en el suelo, sobre la mullida alfombra de lana de color gris perla. Sus cabezas estaban pegadas una a la otra, pero estaban tumbados en direcciones opuestas, mientras observaban el techo encantado, plagado de estrellas y constelaciones. La única luz que tenían en el dormitorio del mayor de los hermanos procedía de su fulgor. El resto era pura oscuridad, negrura como el propio apellido familiar.
Al ojo inexperto, ese techo encantado no era más que un grupo informe de lucecitas de diferentes tonalidades e intensidades. Pero para un Black, ver el cielo era como verse en un espejo.
"Ya sé cómo llamar entonces a las cotorras de la familia… Las Pléyades… madre, tía Druella, la abuela Irma…"
Regulus se echó a reír.
"¡Es verdad… qué buena, Sirius!"
"Argh… esto es un auténtico peñazo. Ya nos sabemos de memoria el Hemisferio Norte enterito."
"Ya, pero… el problema es que… hemos causado problemas, Sirius"
"¿Por qué?" contestó Sirius, inclinando la cabeza ligeramente hacia su hermano, aunque el ángulo no le permitía verse las caras. "¡Intentar colarnos anoche para averiguar cuáles eran nuestros regalos de Navidad no es causar problemas!. Eso es curiosidad. Somos niños, no astrónomos."
"De todas formas, debe de ser que madre y padre tienen algo de espíritu navideño." Contestó alegremente Regulus. "Han sido muy majos, nos han dicho que nos aprendamos las constelaciones, y en realidad ya nos las sabemos. Tan sólo nos quieren un rato callados."
"Y encerrados."
"Bueno, eso también."
Sirius y Regulus seguían mirando las constelaciones, ambos con posturas similares, las manos enlazadas en el pecho, y las piernas cruzadas y estiradas. Si no fuese porque era pleno diciembre, y el dormitorio de Sirius, más cuadrado y grande que el de Regulus, parecería que estaban disfrutando de una noche de verano en un valle.
Grimmauld Place no era un valle. Ni el techo encantado era estar bajo un cielo nocturno. Pero cosas así hacían sentir a los dos hermanos un poco más unidos, y un poco más libres.
"Sirius…"
"Hmmm…"
"¿Te has quedado dormido?"
"¡Qué tonto eres!. ¡Claro que no!. ¿Por qué dices eso?"
"Porque llevas un rato callado."
"Estoy mirando las estrellas."
"Qué mala suerte que no sea un cielo de verdad…" se lamentó Regulus.
"Ya…"
"¿Cómo conseguirán los niños muggles sus regalos?"
"Como nosotros. Somos iguales. Ellos se despiertan por la mañana y ven muchos regalos bajo el árbol de Navidad."
"¿Cómo lo sabes?"
"Porque los he oído."
"¡Has estado oyendo hablar a muggles, Sirius!. ¡Madre y padre se enfadarán mucho!" exclamó temeroso Regulus. "¡Y te castigarán peor que estar aquí mirando el cielo!"
"Eso si se enteran. Tú no te chivarás¿a que no?"
"No soy un chivato." Contestó con orgullo Regulus, apretando los labios en un mohín ofendido, que su hermano, desde su posición, no podía ver.
"Ya lo sé, enano." Contestó suavemente Sirius. "El caso es que ellos, los muggles, tienen regalos igual que nosotros."
"Nosotros conseguimos los regalos porque deseamos tenerlos y mágicamente aparecen al día siguiente." Respondió Regulus, como si eso fuese una verdad universal, conocida por todos los niños del mundo. "Todos los juguetes y regalos que deseamos…" añadió, con voz soñadora, entusiasmada.
"Sí, ya… pues yo te aseguro que no deseé una túnica de terciopelo verde oscuro, ribeteada en hilo de oro con el emblema de los Black, y botones dorados. Y capa a juego…" contestó malhumorado Sirius.
Regulus se rió. Parecía resistirse a contagiarse del humor variable de Sirius.
"Yo tampoco lo deseé, si te sirve de consuelo. Mi túnica era azul marino."
"Igual de horrible." contestó Sirius. "Sin embargo, la varita de pega es alucinante… La agitas y sale una chispa de verdad. Y tiene un encantamiento para que tu oponente tenga cosquillas durante unos segundos."
Regulus sacó su varita de broma; ninguno de los dos se había separado de ellas desde que la recibieron.
"Es guay… Apuesto a que el tío Alphard tuvo que ver en eso…" comentó Regulus, ignorando el techo y sus estrellas, y observando con cariño, en plena negrura, la varita de juguete.
"¿Por qué dices eso?" preguntó Sirius, inclinando otra vez la cabeza hacia su hermano.
"Creo que nos oyó hablar sobre ellas el otro día… pero estoy seguro que fingió no enterarse."
"Pues me alegro de que nos oyera." Respondió satisfecho Sirius.
"¿Y cómo has conseguido un techo encantado, Sirius?"
Sirius volvió a levantar los ojos grises hacia el olvidado cielo nocturno encantado.
"El abuelo Arcturus me dijo que era un 'magnífico regalo de Navidad, digno de ti'" dijo, imitando el timbre grave, profundo, de su imponente abuelo. "Así que me ha puesto un interruptor para que tuviese a todos los Black delante. Que yo era el heredero de la Casa, y por lo tanto, era mi responsabilidad conocer a cada uno de los Black, cada una de las estrellas, cada una de las constelaciones…"
"Qué poético…" contestó Regulus, inesperadamente. "Tener un cielo encantado en tu dormitorio es chulo."
Sirius pestañeó, sorprendido.
"No lo había visto desde ese punto de vista…" comentó, ligeramente extrañado. Se imaginaba otra de las chorradas Black sobre su herencia y orgullo, la sangre y todo eso. No lo había visto como algo poético. Puso una mueca, aceptando como perfectamente válida la opinión de su hermano, y Sirius pensó que, independientemente de Blacks y orgullos y estrellas y brillos y el ser eternos y todo el clásico discurso familiar, tener un cielo encantado para ti solo era, la verdad, chulo.
"De todas formas, me sigue gustando más la varita. Soy un tío sencillito" contestó Sirius. "Cuando sea lo suficientemente mayor para aprender magia, y tenga mi propia varita, te prometo que te daré el mejor de los regalos."
"¿De verdad, Sirius?" preguntó emocionado Regulus. Éste, a su manera, también era de gustos sencillos. Una cosa pequeña, e insignificante, podía hacerle feliz. Si Kreacher le regalaba un tenedor, Regulus lo conservaba como si fuese el mismísimo tenedor de Merlín.
"Totalmente." Contestó con firmeza Sirius. "Yo siempre cumplo mis promesas."
Regulus inclinó la cabeza con intención de mirar a su hermano, a pesar de que la habitación seguía a oscuras, y que estaban tumbados en direcciones opuestas. Volvió a mirar hacia el cielo, y encontró al León, y en el centro, su brillante estrella.
"Me gusta mi nombre." Comentó Regulus. "Es brillante, pero tiene un aspecto pequeño, como yo. Y está en el corazón del león, y es un animal fuerte y valiente." Regulus hizo el comentario con la ingenuidad de un niño de nueve años. Pero Sirius tenía más picardía, y sí captó otro sentido a esas palabras. "Me encantaría ser tan valiente como tú, Sirius."
Sirius observó a Regulus brillando en el cielo que era el techo de su dormitorio, y su expresión, invisible a su hermano, se tornó ligeramente melancólica.
"Ten cuidado con lo que deseas, Reg. No querrás que madre te oiga decir eso."
"¿Por qué?" preguntó intrigado Regulus. "Ella me puso mi nombre. ¿Acaso preferiría oírme decir que quiero ser un cobarde?"
"No. Le encantaría oírte decir que querrías ser astuto e intrigante."
"También puedo ser eso." Respondió orgulloso Regulus. Para él, tampoco había límites, podía ser lo que quería, lo que deseaba. Era otro rasgo que lo asemejaba mucho a su hermano. "No es incompatible con ser valiente."
"No intentes ni explicarles eso." Contestó Sirius, en tonos apagados.
"¿Por qué no?"
"Porque ellos están orgullosos de ser Slytherin, de proceder de tono un antiguo linaje de Slytherins, de pensar que somos incluso los descendientes del mismísimo Salazar. En todo lo que hacemos, debemos probar que somos también Slytherin".
"Yo soy Reg, y eso es lo que necesito. Y cuando vaya al cole, seré Slytherin, lo llevamos en la sangre." Contestó con una simple lógica Regulus.
Sirius quedó callado un momento.
"A mi eso me da miedo." Confesó finalmente Sirius.
"Pues es parte de ti, Sirius."
"Eso es lo que me da miedo."
"Pues eso te sigue haciendo más Slytherin todavía." Contestó de nuevo, con lógica, Regulus.
Sirius volvió a quedar callado. Tal vez nunca lo había visto desde ese punto de vista.
"Meda dice que un Slytherin nace, no se hace." Comentó Regulus, volviendo a mirar orgulloso su varita falsa.
"Yo también sé quién soy, Reg." Contestó Sirius. "Eso es suficiente para mi."
"Sirius…"
"Sí…"
"¿Te acordarás de mi cuando sea un viejo cascarrabias Slytherin, muy astuto y muy intrigante?. ¿Me enviarás regalos… varitas molonas y todo eso?" preguntó ilusionado Regulus. "Yo lo haré. De verdad. Aunque seas un vejestorio Hufflepuff. A mi eso no me importará."
"Claro, enano. Nunca me olvidaría de darte tu regalo. Ni con mil Obliviates."
"Feliz Navidad Sirius."
"Feliz Navidad, enano."
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2. Sirius y Lily
Casa de Lily y James Potter. Londres
Martes, 25 de diciembre de 1979
"¿Te convences ya?. ¿A que no lo sientes? Es muy pequeño aún…"
Sirius levantó los grises ojos, como si estuviese en otro mundo, en otra parte. Tenía la mano puesta en el vientre de Lily, que tenía una sonrisa de oreja a oreja, pero los ojos verdes estaban leyendo su alma. Sirius intentaba convencerla de que era perfectamente capaz de sentir un embrión de apenas diez semanas de vida.
Retiró la mano. Y Lily notó que no había estado sintiendo exactamente a su futuro ahijado.
"Todavía lo sientes ¿verdad?"
Sirius se echó hacia atrás en el sofá y miró la pared. Ni siquiera miraba la ventana, la chimenea y su fuego, o a su amiga. Sólo veía el rostro nítido e infantil de Regulus Black. No el rostro impersonal de una máscara plateada bajo pliegues negros. Sólo veía a su hermano.
Pero Sirius no contestó. Su estúpido hermano, sus estúpidas decisiones… culpable él de haber tenido ese patético final. Culpable él mismo, por no haberlo recuperado a tiempo. Culpables sus padres, por haberlo consentido. Culpable la guerra, por haberlos separado. Culpable Voldemort, por haberlo ejecutado. Culpable el mundo, por haberlo transformado.
"¿Has ido al funeral?" preguntó ella con delicadeza.
Sirius aclaró la garganta a fin de lograr una voz nítida, y no rota por el dolor que sentía en ella.
"No. No habría sido muy apropiado liarse a maldiciones en el funeral de tu propio hermano."
Lily cruzó los dedos sobre el vientre, en un gesto que se estaba haciendo habitual.
"Tenía que haberme quedado allí…" musitó él, casi para sí mismo.
"Sirius…" dijo ella. "Tuviste libertad de elección. Y Regulus la tuvo también."
Pero Sirius soltó una carcajada amarga, no recordaba nada a las contagiosas risas tan similares a un ladrido que Lily estaba acostumbrada a oírle.
"No… Regulus escogió porque yo no le dejé alternativas. Yo pude escoger, él no tuvo más remedio que quedarse con lo que yo no deseé ni quise para mi: Slytherin, Grimmauld Place, la famosa herencia Black, mis padres…" Sirius hundió la cabeza entre las manos, derrotado. "Fui un egoísta, Lily. Fui yo primero. Regulus siempre fue después."
"Regulus sabía lo que hacía." Dijo ella, separando las manos enlazadas y poniendo una sobre el hombro de Sirius. "No puedes responsabilizarte de eso. De lo que sí puedes encargarte es de saber por qué lo hizo."
"Ya te lo digo…" contestó él, sin levantar la cabeza de entre las manos. "Por mi culpa."
"No me refiero a eso." Respondió con calma Lily. "Me refiero a que averigües…"
"¿Quién lo mató?. Cualquier mortífago, es obvio. Se acojonó de lo que significa ser un mortífago…" respondió con ácidez.
"No, Sirius. Averigua qué le hizo salir de allí. Si como dices tú, Regulus se acojonó de lo que significó ser un mortífago, eso es porque algo de lo que tú recuerdas de él, se mantuvo hasta el final. No lo conocí tanto como tú, Sirius. Pero estoy segura de que Regulus murió como Regulus Black. No como un mortífago anónimo, aunque puedas creer lo contrario."
Sirius levantó la cara de entre las manos y miró a Lily.
"Nunca cometeré los errores que tuve con Regulus con él… o ella…" y Sirius volvió a poner la mano en el vientre de Lily. Ella sonrió.
"Lo sé, Sirius."
"Te lo prometo, Lily. Antes moriría yo, que permitir que un mortífago arrebate su vida. Antes tendría que morir yo."
James entró en el salón lanzando la varita en el aire y recogiéndola al vuelo.
"Tengo la comida de Navidad casi a punto…"
Sirius se incorporó y salió hacia la puerta principal. James miró a su amigo con el gesto un poco confundido y miró a Lily, con la pregunta en el aire, implícita. Ella le tomó de la mano, desde el sofá, y sonrió tristemente. James bajó los hombros, en un gesto inusualmente derrotado para lo que él era, y besó el cabello de su mujer.
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3. Padfoot y Regulus
En patio de entrada de los Potter, el joven mago, de aspecto abatido y cansado, sacó de su bolsillo una vieja varita, y la sopesó en su palma.
"¿Me enviarás regalos… varitas molonas y todo eso?"
Sirius apretó la varita molona en su palma, y la otra mano se pegó a la pared, como si agarrándose a ella evitara que fuese a perder la razón o simplemente, el precario equilibrio. El dolor era tan insoportable, que podría perder la noción del tiempo, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal.
Había formas de acallar el dolor, y Sirius conocía varias de ellas. El whisky de fuego, los brazos amorosos de alguna de sus conquistas… Pero sólo una era la más eficaz, sólo una era la que podría servirle allí, ahora: Perder la consciencia humana voluntariamente.
Detrás de la tapia de la entrada, salió un perro grande de brillante y largo pelo negro. Quien lo viera, sólo vería un hermoso animal que llevaba un objeto alargado entre los colmillos. Un perro con un palo en el hocico. Nada extraordinario, nada fuera de lo corriente.
Nada de lo que le sucedía a Sirius Black, en ese momento, era corriente, y sí extraordinario.
Padfoot corrió y corrió por la calle, evitando a las familias y transeúntes que portaban sus regalos y sus paquetes con la comida de Navidad. Padfoot corrió y corrió, las palomas y los gorriones echaron a volar asustados, y corrió hasta que llegó a un parque.
En esa forma, no recordaba tan claramente los niños muggles que había en el parque frente a Grimmauld Place. No recordaba discutir con Regulus sobre las reglas del rugby, el fútbol, o las más extrañas, el cricket. Sólo un instinto básico, puramente animal, le pedía quedarse allí, remover la tierra, buscar su olor, su rastro. Encontrar…
En un parterre de olorosos lirios blancos, Padfoot desenterró un hueco, y depositó el palito. Y lo enterró con sus patas delanteras.
Y en la mente semihumana del animal, había algo que le decía que ese palito provocaba las risas en alguien que amaba, sus chispas producían bienestar, cosquillas. Y seguro que esa persona recibiría su regalo de Navidad y se sentiría feliz. Se acordaría de él.
El perro negro se quedó tumbado junto a las flores, aullando de dolor, hasta que un buen rato después una joven pareja de negros cabellos él, y de larga melena rojiza ella, se arrodilló junto a él. La mujer pasó su brazo por el cuello del animal, y apoyó en él la cabeza, abrazándolo y susurrándole palabras de consuelo.
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Lily Potter, siempre descrita como alguien que veía en el alma de otros, que era una bruja extraordinaria, y que dejó un poso en todos los que la conocieron. En este caso, no le ofrece un consuelo típico a Sirius. Le da una visión que va más allá de sentirse culpable, de tener que recurrir al insulto para no sentir más dolor. Le dice que Regulus siguió siendo quien Sirius siente en su corazón. Y por eso le debe un homenaje, en las primeras y duras navidades sin su hermano en el mundo.
Como en alguna que otra ocasión, el "lado oscuro" de Sirius Black: Su (puede que discutible) egoísmo por haberse desentendido de sus raíces y su entorno, posición hedonista tal vez, frente a la (puede que discutible) sacrificada y más sumisa de Regulus Black. En cualquier caso, ambas posturas, antagónicas, fueron igual de trágicas… igual de 'malditas'.
Torbellino que no se describe pero se insinúa: culpabilidad (por las elecciones propias de Sirius), remordimientos (idéntico motivo), rabia (querer matar a muchos de los que asistirían al funeral de Regulus), amor (por su futuro ahijado, en donde se puede ver reflejado Regulus), y sobre todo, mucho dolor. Porque ante todo, Regulus compartió con Sirius casi toda su vida, y su niñez al completo.
La última escena: Al final de cuentas, James y Lily fueron los grandes amigos de Sirius. La pérdida de Regulus marcó un antes y un después en Sirius, seguramente. Pero la tragedia de los Potter supuso que, definitivamente, el personaje de Sirius Black ya estaba abocado a la tragedia.
Para todos y todas, pasad una feliz Nochebuena y una Navidad maravillosa, y que todos vuestros deseos se cumplan en el nuevo año.
(A TaMarauder, tu regalo con cariño, P.)
