¡Hola de nuevo! Antes que nada debemos pediros perdón por este retraso tan largo (intentaremos que no vuelva a ocurrir), pero se ha juntado un poquito de todo y al final no había forma que el cap saliera adelante.

Muchísimas gracias a todos los que leéis, y especialmente a quienes leéis y comentáis. En particular, por la paciencia. Vuestros reviews son impagables:

Thaly Potter Black, emeraude.lefey, princesaartemisa, CrissBlack, Ely Potter Black, Sabaku no Akelos, Zory, Yedra Phoenix, grengras, Clio84, Saiph Lestrange, McMafis, Nicole Daidouji, blackstarshine, Emma Bovary, Corae (doble), Cristhine, Juu, Lulii.


TALENTO

1. De Andromeda y Narcissa

Invernadero 6. Hogwarts

Miércoles 10 de diciembre de 1969

Pomona Sprout se armaba de toda la paciencia del mundo cada vez que tenía que impartir clase a los alumnos mayores, pero especialmente, las que coincidieran con los Slytherin. Era algo que ya había empezado a comentar con sus compañeros. Hacía mucho que no encontraba unos alumnos tan irascibles y con una actitud sobre ciertas ideas tan extremista. Y lo curioso es que pertenecían a la misma Casa.

La opinión de los profesores era variada: unos aseguraban que no eran más que gamberradas de adolescentes, otros admitían que tal vez fuesen algo "traviesos", pero eso no significaba que tuvieran malas intenciones. Pero había otros que miraban con severidad y recelo un comportamiento que era reprochable, pero nunca motivo de expulsión, aunque lo desearan.

Para Pomona, el problema de manejar a dichos alumnos se agravaba cuando, precisamente, tenía que impartir clases con los de su propia Casa.

Los alumnos de Hufflepuff representaban los defectos que las virtudes de Slytherin despreciaban. Las virtudes de Hufflepuff representaban lo que gran parte de los defectos de Slytherin detestaban. Y por ello, la profesora Sprout se encontraba siempre en una situación incómoda durante esas clases.

"Bien entonces si ya sabéis que las llamas pueden causar daño al Lazo del Diablo, tal y como os expliqué en primer curso…"

La profesora Sprout rodó los ojos al ver algunas expresiones en blanco por parte de sus alumnos.

"Os conviene no olvidar lo que habéis aprendido, no se trata de pasar cursos, sino de aprender y asimilar todo a lo largo de siete años." La profesora se ajustó los guantes protectores y mostró una planta de largos tallos como un enredadera. "Ahora, quiero que veáis algunas diferencias entre esta planta, y otra que es muy similar. ¿Quién puede decirme qué planta se parece al Lazo del Diablo, hasta tal punto que es imposible diferenciarlas?"

La profesora Sprout miró la clase. Algunos alumnos observaban con atención pensando la respuesta, otros estaban distraídos y posiblemente no se habían dado ni cuenta de que la profesora había lanzado una pregunta.

"Una Flor Voladora. Éstas son similares, pero inofensivas" Respondió inmediatamente Edgar Bones alzando la mano.

Andromeda Black torció la boca. Ella no era una especialista en plantas, a pesar de que su madre y Narcissa mantenían el jardín de la casa maravilloso. Le gustaba mirarlo, caminar por él, encantar flores, pero nunca se había considerado una amante de las plantas de la clase de Herbología. A decir verdad, su madre siempre les había dicho que Herbología era una clase para gente inferior a ellas, donde una aparece sucia, como una campesina muggle.

"¡Muy bien, señor Bones, diez puntos para Hufflepuff!" exclamó radiante Sprout. Sobre las mesas empezó a repartir unos grandes maceteros y fue pasando para repartir los brotes de Flores Voladoras.

"Ya empezamos…" comentó Macnair. "Como siempre, los inútiles de Hufflepuff tienen que demostrar que sólo tienen talento para remover la mierda."

Jonathan Higgs, sentado a su lado compuso una mueca, pero no hizo ningún comentario. Pensaba más en los entrenamientos de quidditch, y Macnair, que sabía que de su compañero de clase no iba a conseguir mucha complicidad, se dio la vuelta para hablar con Jugson, compañero de Andromeda Black.

"¿Qué me dices?" Macnair sacó la varita y miró de reojo a Sprout, hablando con una pareja de Hufflepuffs, interrumpiendo el reparto de brotes de Flores Voladoras. "¿Jugamos a tirar un poco de mierda a la mierda?"

Jugson sonrió malignamente y sacó la varita. Apuntó hacia el abono y estiércol y con un Depulso, arrojó un puñado hacia la espalda de Veronica Smethley. La chica se giró y los dos Slytherin empezaron a reírse. Veronica no se atrevió a moverse, pero estaba a punto de echarse a llorar, especialmente cuando Macnair hizo el gesto de cortarse el cuello con la mano, dejando implícito que le rebanaría el pescuezo si osaba chivarse a Sprout.

Andromeda miró a la chica, y a Jugson.

"¡Déjalo, nos van a restar puntos si seguís haciendo eso!"

Ted, sentado unos sitios más apartado, inmediatamente se fijó en Andromeda y en sus compañeros, y se puso a la defensiva. Se dio cuenta de que Verónica estaba casi llorando, tratando de quitarse lo que le daba la impresión de ser el abono que debían utilizar con las Flores Voladoras.

"¡Os creeréis muy valientes, con una chica y de espaldas!" espetó furioso Ted.

Edgar Bones, sentado delante, se fijó que Sprout estaba de espaldas a ellos, hablando con otros estudiantes y no estaba enterándose de la disputa. Sin embargo, Jugson los ignoró, y se fijó en el sangre sucia Ted Tonks.

"¿Qué tal probar en un sangre sucia?. El mal olor no se diferenciará, por supuesto…"

Macnair se echó a reír, y Andromeda se desesperó. Miró de reojo a Ted, pero éste tenía los ojos fijos en los Slytherin.

"¡Parad!" susurró de nuevo a sus compañeros. Pero Jugson lanzó un puñado hacia Ted, que estaba al otro lado y de espaldas, hablando con su compañera. Andromeda no pudo evitarlo, y sacó la varita para evitar que la repugnante sustancia llegara a dar a Ted. Éste a su vez, también desvió el hechizo. Con tan mala suerte, que dio a la propia Sprout.

La profesora, inclinada hablando con unos alumnos, se dio la vuelta lentamente, y fijó la vista en Andromeda Black, con la varita en la mano.

"Señorita Black ¿ha sido usted la que ha hecho esto?"

Sprout notó que Verónica sollozaba junto a Laura Blenkinsop, que le daba palmaditas y le estaba susurrando palabras de consuelo.

"Eh…" Andromeda palideció mortalmente. Si le decía que eran sus compañeros, tomarían represalias contra ella y contra Ted, y además, restaría puntos igualmente a Slytherin. Si mentía, por lo menos Ted no tendría bronca ni puntos que restar; después de todo Ted también había participado en el "accidente" al desviar el abono hacia Sprout, pero Hufflepuff no merecía el descuento de puntos, y Ted tampoco.

Andromeda se levantó, con la cabeza alta y clavó los ojos directamente en Sprout. Apenas había movido su banqueta, se había incorporado en silencio, dignamente; su túnica de Herbología estaba limpia, impecable.

"Sí. He sido yo. Lo lamento, profesora."

"¡NO!" Ted se puso de pie, con tal vehemencia, que casi tiró la mesa de madera y el instrumental de sus compañeros, precipitado, ansioso. "Profesora, lo siento, pero he empezado yo. Black no tiene nada que ver, ella sólo se defendió."

Andromeda miró a Ted, pero alzó la barbilla. No podía permitir que él cargara con la culpa, pero tampoco podía demostrar una debilidad ante toda la clase, que miraba expectante a los tres puestos en pie. Vaciló. Tenía que reaccionar rápido, y en cualquier caso, cualquier decisión podría perjudicarla a ella y a Ted.

"¡No profesora, fueron los Slytherin!" exclamó Laura, sentada junto a Veronica.

Los Slytherin negaron la acusación, los Hufflepuff contraatacaron, y Sprout ordenó silencio.

"Treinta puntos menos para Slytherin, y treinta menos para Hufflepuff." Todos murmuraron indignados, y Andromeda no agachó la cabeza, mientras Ted hacía un gesto frustrado. "Castigo para ambos, esta tarde, en el invernadero." Continuó la profesora, muy seria. "Limpiaréis todo este desastre."

Andromeda no movió un músculo. Siempre le habían enseñado que había que enfrentarse a los castigos con la misma dignidad y disciplina. Ted sin embargo, sonrió como si esa hubiese sido la mejor noticia del día.

Cuando Andromeda se sentó, Charlotte Bullstrode le dio una palmada en el hombro.

"Lo siento, Andromeda, has cargado tú con la culpa."

Jugson y Macnair torcieron la boca, pero no se atrevieron a intentarlo de nuevo. Andromeda asintió en agradecimiento a Charlotte, y clavó una mirada fría y severa en sus compañeros.

"Es la última vez que os saco de esta. Slytherin iba a quedarse sin los puntos igualmente. Jamás volváis a intentar algo parecido."

Macnair se volvió a su sitio en silencio. Jugson se movió incómodo junto a Andromeda. Ambos no tendrían inconveniente en continuar su pequeña campaña de acoso a hijos de muggles y alumnos en general, particularmente los molestos Hufflepuffs o Gryffindors. Pero tratándose de ella, de una Black, no sentían ganas de contradecirla. No ganaban nada, después de todo.

"Está bien, Black." Dijo con pereza Jugson.

Andromeda asintió y trató de ignorar durante la clase a su compañero; tal vez si cumplían, el castigo había merecido la pena.

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Ted y Andromeda llevaban casi tres cuartos de hora en el Invernadero seis, intentando limpiar las mesas y el suelo de restos de abono, macetas rotas, hojas, tallos resecos, raíces podridas, insectos parásitos… Ted se había afanado en limpiar él personalmente la parte más repugnante, sobre todo la de los insectos muertos.

"Sin varitas, y sin guantes." Había dicho Sprout.

En cualquier caso, para un hijo de muggles, hacer limpieza sin varitas no era un trabajo demasiado penoso. Pero aún así, Ted no era especialmente hábil para eso; en cuanto metía el estropajo en el cubo de agua, volvía a mojar todo el suelo.

Andromeda era otro cantar. Delicada, elegante. Jamás había necesitado limpiar nada porque ya había alguien que lo haría antes que ella. Su madre si no había más remedio, o por lo general, los elfos domésticos. No conocía hechizos de este tipo, nunca los había necesitado. Y por supuesto, jamás había limpiado como un muggle. Eso sería un castigo indigno, por muy mal que se hubiese comportado, a ojos de su familia.

Lo injusto de la situación era que estaba pasando por un castigo que no era merecido. Ella estaba ahí, arrodillada en el suelo, restregando un estropajo áspero y sucio, tratando de eliminar restos orgánicos asquerosos y malolientes. Y todo por culpa de Jugson y Macnair.

Pero le horrorizaba pensar que estaba ahí, con Ted, y que estaba viendo lo poco elegante que era. Se estaba ensuciando, estaba cenicienta, cansada, despeinada y seguramente, se le estaba impregnando las manos del desagradable olor de esos jabones especiales que Filch les había traído con una mueca satisfecha.

La mano pasó por una rendija y Andromeda lanzó un gritito de dolor.

Ted dejó inmediatamente de raspar el suelo de insectos muertos, y se acercó gateando deprisa hasta ella, hasta quedar sentado a su lado.

"¿Qué te pasa?. ¿Qué tienes?" preguntó con preocupación.

Andromeda ocultó la cara, y se llevó las manos a la espalda.

"Nada, no es nada. Terminemos esto cuanto antes…" dijo en voz baja.

Ted no dijo nada, y con delicadeza, sacó los brazos que Andromeda tenía ocultos a la espalda, y tomó las manos. El muchacho sintió un tic en la mejilla cuando vio que las manos de Andromeda, generalmente blancas, impecables, con unas uñas perfectas y cuidadas; esta vez estaban sucias, las yemas arrugadas por la humedad, algunas uñas rotas y algún que otro pequeño arañazo.

Algo se partió dentro de Ted; Andromeda siempre era elegante, limpia; en cualquier situación, jamás le había visto desaliñada o descuidada. No lo hacía como si ella lo estudiara, lo llamativo era que a Ted le daba la impresión que era algo natural en ella. Era así, y a él le parecía maravillosa. Interpretó que esa situación era demasiado cruel para alguien como ella; Andromeda no merecía el castigo, y tampoco merecía estar rebajada. Ella había nacido para ser adorada y querida, y no relegada al trabajo del celador de Hogwarts.

Andromeda seguía con la cabeza agachada. Vista la dignidad que demostró en la clase, algo que era normal en ella y en sus hermanas, por lo que Ted había observado desde que las conocía, era chocante que estuviese ahí, inmóvil.

Avergonzada.

"Lo siento, Andromeda… tú no debes hacer esto… yo terminaré. Tú no sigas limpiando. Sprout no se va a enterar si lo ve todo limpio al final."

Andromeda levantó los ojos castaños y miró fijamente a Ted, ruborizándose porque él no había soltado las manos, y estaba mirándola con los ojos preocupados, pero brillantes, como siempre hacía cuando la observaba. Y se puso nerviosa. Una Black no debía ponerse nerviosa jamás. Ni mostrar sus miserias, ni sus debilidades. Pero ahí, despeinada, desaliñada, con manchas de suciedad y agua… no había mucha diferencia. Y se agobió porque en el fondo a Andromeda sí le preocupaba la limpieza, el orden, y el lucir impecable.

Porque era como imaginaba que Ted la admiraba. Y quería que Ted la admirara siempre.

Las manos temblaban cuando Ted las tenía en las suyas. Ambas ásperas y sucias, pero no había diferencia entonces. Ni de sangre, ni de magia, ni de clases. Ambos en la misma situación, en todos los sentidos.

Salvo que en cuanto terminaran el castigo, la túnica carísima de Andromeda se autorrepararía de los desgarrones de las mesas astilladas, y se autolimpiaría si el hechizo todavía no se había gastado.

"No debes hacer esto, Andromeda."

Ella se separó de él, soltó las manos, volvió a por el estropajo y limpió con insistencia una mancha que parecía que era imposible que desapareciera. Ted se quedó un momento quieto, observando a Andromeda. Admirando que toda esa dignidad mágica, toda esa elegancia innata y la buena cuna no la diferenciaban de él. La veía aún más humana, más cercana.

Más deseable.

El sentimiento golpeó a Ted. Una cosa era acostarse pensando en ella. Otra muy diferente era tenerla a un metro, era ella, era real, más real que nunca. Haciendo algo que nunca había imaginado que haría, en ninguno de sus sueños.

Ella no quería ser consciente de cómo estaba mirándola Ted. Donde antes eran ojos de admiración por ella, por su distancia y su porte aristocrático, ahora la miraba porque jamás había imaginado a Andromeda Black tan cercana a él. Tan viva y humana. El recogido del cabello casi suelto en suaves, y a pesar de la situación, brillantes mechones castaños. Las mejillas encendidas, la túnica y el delantal protector caído torpemente sobre sus hombros. Los dientes mordiendo el labio inferior.

Y Ted sintió un vuelco en el corazón, de ese tipo que se siente cuando uno de repente se da cuenta de algo importante que se le ha olvidado hacer. Ted ahora ya no podía evitar pensar que no sólo sentía una admiración platónica hacia Andromeda Black. Era también una atracción inevitable.

Volvió a despertar cuando Andromeda detuvo el movimiento del estropajo, y se llevó un dedo a la boca. Miró a Ted, y Andromeda frunció el ceño. Jamás había visto en Ted esa mirada hacia ella. Siempre bromas, siempre torpezas, siempre palabras de cariño o de consuelo. Como un amigo.

Nunca antes había sentido que Ted la mirara más allá de eso. Hasta entonces. Y Andromeda se sintió confundida, porque era el escenario más imposible, en el que ella estaba más desarreglada e indigna. Un mago de cuna, de sangre pura y modales exquisitos jamás se fijaría en ella. Lucius Malfoy se horrorizaría si viese en esa situación a Cissy.

Pero nunca Ted.

Él le separó la mano de la boca, y se acercó a ella. Andromeda miró hacia la túnica, cada vez más próxima, y pensó tontamente en que la túnica de segunda mano de Ted probablemente tenía su hechizo de autolimpieza agotado… si es que alguna vez tuvo uno. Y lo mismo por el desgarrón que había en el cuello, tal vez tendría que ayudar a reparárselo…

Sintió que la nariz de Ted estaba muy cerca de su boca, y no quiso levantar los ojos, fijos obstinadamente en el desgarrón. Y sintió que la otra mano de Ted se había colocado en su nuca, y Andromeda creyó sentir que Ted le soltaba lo que quedaba del recogido del pelo. Y que estaba hundiendo la mano en la melena brillante, suave, perfumada, a pesar de todo. Que Ted estaba finalmente comprobando algo que llevaba mucho tiempo deseando tocar por propia iniciativa, pero sin atreverse.

Y sintió que los labios de él estaban a un milímetro de los de ella, y Andromeda cerró los ojos, y entreabrió la boca.

Pero Ted la soltó de golpe y Andromeda dejó de percibir su calor; quedó con la respiración acelerada, el pulso desbocado. Y un anhelo que tampoco ella había sentido hasta entonces. Miró a Ted que volvió a su sitio, intentando infructuosamente terminar el trabajo por ella.

"Ted…" murmuró ella, sin saber qué decirle. ¿Que terminaría ella por él?. ¿Que no estaban limpiando nada bien?. ¿Que faltaban veinte minutos para dejarlo todo limpio y recogido?

¿Que se estaba enamorando de él?

Entonces comprobó que él tenía un desgarrón en la túnica, mayor que el que había visto en el cuello, tan cerca de ella… Y Andromeda sacó la varita, y trató de reparar la túnica con uno de esos hechizos que había oído hablar a algunas brujas…

El desgarrón se reparó parcialmente. Y Andromeda agachó la cabeza, de nuevo avergonzada. No era buena para limpiar y coser como muggle. Y tampoco era buena para limpiar y reparar como bruja. Ted detuvo su estropajo y miró lo que Andromeda había hecho con su desgarrón.

"Gracias…" murmuró en voz baja.

Andromeda miró a Ted, con una mezcla de dolor y determinación. Ella no quería que Ted pasara más por la situación de limpiar por su culpa. Ni de tener desgarrones en la túnica. Ella aprendería a limpiar, coser, remendar, organizar… aunque no fuese digno de una Black. Ella quería ser digna de él, y eso era lo suficiente para ella. Si tenía que aprenderse de memoria todos los hechizos domésticos, empezaría ese mismo día a practicarlos, al precio que fuese. No sabía cuál era su talento, pero si servía para que Ted no estuviese desaliñado, sucio, agotado, entonces ella desarrollaría ese pequeño talento al máximo.

Ted miró desde su sitio a Andromeda, y no supo interpretar el juramento interno que estaba realizándose a sí misma. Él sólo sabía que no permitiría que Andromeda Black fuese tratada como una sirvienta. Ella no había nacido para eso, y no lo permitiría. Sonrió a Andromeda, y ella sonrió tímidamente, y bajó los ojos otra vez. El gesto que sólo hacía delante de él, y eso volvió a encender otra mecha en Ted.

Del cubo de agua limpia, Ted metió unos dedos, y salpicó con ellos unas diminutas gotas a Andromeda, para que no tuviese la expresión tan intensa, tan seria.

"¡¡Eh!!" exclamó ella, cuando sintió el agua salpicar la cara. En ese momento, olvidó cualquier tontería sobre su aspecto, sobre el futuro, sobre lo que sentía. Nunca le habían echado gotas de agua descaradamente, no tenía ese tipo de peleas con sus hermanas o sus amigas. Andromeda se echó a reír, y metió los dedos en su cubo de agua limpia, para devolver el ataque a Ted Tonks.

Y se rieron juntos, olvidando que se quedarían sin tiempo para recoger todo. Andromeda se sentía liberada, diferente, auténtica, real, cuando ocurrían esas cosas. Y sólo le ocurrían cuando estaba junto a Ted.

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Sala Común de Slytherin

Cuando Andromeda por fin salió de los Invernaderos y se dirigió a las mazmorras, ya había anochecido. Sprout había revisado severamente el insuficiente trabajo de limpieza, pero al ver el aspecto abatido y cansado que traían los dos jóvenes, consideró que ya habían aprendido suficientemente la lección y los dejó marchar.

Se les había pasado la cena, pero de igual modo, Andromeda no se sentía en condiciones de mostrarse públicamente. Estaba lejos de estar presentable y aún poseía un mínimo de vanidad como para horrorizarse por su desaliñado aspecto. Aunque debía reconocer que en otras circunstancias, tal vez sólo unos días atrás, habría estado más disgustada de lo que se sentía en esos momentos.

Dijo la contraseña y las paredes se abrieron, dejándola pasar. Estaba agotada y sólo quería irse a dormir, así que ignoró las miradas de sorpresa que le dirigían sus compañeros y se encaminó hacia su habitación. Se le ocurrió que en Hufflepuff probablemente nadie miraría a Ted como la estaban observando a ella. Tenían una expresión tan cómica, entre el asombro y la repugnancia, que estuvo a punto de echarse a reír. Eran tan ridículos… ¿cómo no se había fijado antes?

No llegó a reírse, sin embargo. Narcissa se plantó ante ella antes de que pudiera atravesar la sala común.

"Meda…", dijo en un murmullo. Andromeda se volvió hacia su hermana y se encontró con sus brillantes ojos azules, que la miraban como si acabara de regresar de una guerra. "Mira cómo estás. Lo que habrás pasado en ese horrible invernadero", suspiró, casi ahogada por la impresión. "Ven conmigo."

La tomó de la mano, sin importarle que la tuviera sucia y áspera, con una delicadeza y una emoción que Andromeda nunca antes le había visto mostrar. La guió de nuevo hasta la salida y antes de marcharse de allí con ella, se giró para localizar a Lucius Malfoy. Éste le hizo un breve gesto de asentimiento, que pareció conformar a Narcissa.

Recorrieron los intrincados pasillos de las mazmorras en completo silencio. Andromeda se dejaba llevar, con la cabeza en otra parte. La imagen de Ted acudía una y otra vez a su mente, con una exactitud que ella habría creído imposible. Trataba de decidir el momento exacto en que el chico había dejado de parecerle un simple compañero más, quizá un futuro amigo, para pasar a ser algo que no podía definir. Lo único que tenía claro era que esa extraña sensación en el pecho no era amistad. Era algo totalmente nuevo, diferente, inexplorado. Algo que asustaba y excitaba a la vez. Algo nuevo que invitaba a ser descubierto, pero que al mismo tiempo le dejaba una inexplicable sensación de angustia, como si fuera el anuncio de un gran mal que estuviera por venir.

Lo que no imaginaba era que su cara de ensoñación no hacía más que preocupar a Narcissa. La más joven de las hermanas la observaba con cautela, en un intento de comprender si Andromeda estaba tan traumatizada por el castigo de Sprout como parecía. Le acarició la mano suavemente, para reconfortarla, y entonces Andromeda volvió en sí. Pestañeó rápidamente y miró a su alrededor. Estaban ya en el quinto piso.

Narcissa contó cuatro puertas a la izquierda de la estatua de Boris el Desconcertado. "Rosas silvestres", dijo, y la puerta se abrió para ellas.

"Le exigí a Higgs que me diera la contraseña. Podría habérmela dado Lucius, pero quería que él se diera cuenta de que te lo debía. Encima de que no hizo nada para evitar que tú cargaras con el castigo…", explicó con dureza. "No sé cómo fueron capaces de hacerte algo así. Pero no te preocupes, Lucius va a tener una charla ahora con ellos. Nunca volverás a pasar por esto." Alzó su mano, que aún sujetaba la de su hermana. "Se te han roto las uñas", observó con disgusto. "Es igual, yo lo arreglaré por ti."

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Baño de los Prefectos. Quinto piso.

Narcissa llenó la bañera con una espuma fragante y delicada y le deshizo con cuidado el recogido que Andromeda había vuelto a componer precariamente antes de irse del invernadero. La dejó unos minutos a su aire, para que se restregara con una esponja hasta quitarse el penetrante olor del abono y los detergentes que se había pegado a su piel.

Después, mientras Andromeda se relajaba en la bañera, permitiendo que el agua caliente desentumeciera sus músculos, Narcissa se dedicó a arreglarle las uñas. Con infinita paciencia, le quitó los restos de tierra y suciedad y le echó varias pociones para devolverle la suavidad que sus manos habían perdido.

Todas las hermanas Black sabían numerosos hechizos para mantener siempre un aspecto impecable, pues su madre se había encargado de enseñárselos en cuanto pudieron empuñar una varita. Sin embargo, ninguna tenía tanta facilidad como Narcissa, ni eran capaces de poner tanto empeño y entusiasmo en su aseo personal como ella.

"Te crecerán enseguida", aseguró Narcissa, tras darle la forma adecuada a cada una de las uñas de su hermana. "Pronto volverás a tener las manos tan bonitas como siempre."

Andromeda suspiró. Se sentía como si estuviera convaleciente de una larga enfermedad. Resultaba un poco abrumador recibir tantas atenciones, cuando en realidad había pasado una de las mejores tardes de su vida. En cierto modo era injusto tener a Narcissa tan preocupada por ella, pero sabía de sobra que no podía explicarle la poca importancia que tenían sus uñas en ese momento, o por qué no estaba enfadada con sus compañeros ni disgustada por haber sido castigada.

"Cissy, te agradezco todo esto, pero no es necesario, de verdad."

"Sí que lo es, Meda", replicó la más joven, con voz triste. "Tú no eres una elfina doméstica ni una sirviente muggle. Nunca deberías haber pasado por esto."

Andromeda sintió un pinchazo en el pecho. Lo mismo que pensaba Ted. Él también le había dicho que limpiar no era para ella, y su propia madre se había encargado de inculcarles eso desde niñas. Pero allí, en el invernadero, había sentido que eso tampoco era para Ted. Él merecía mucho más y ni siquiera le estaba esperando alguien como Narcissa. Estaría en las bodegas de Hufflepuff, en lugar de en el lujoso Baño de Prefectos y no disfrutaría de aceites y pociones perfumadas. Probablemente estaría tratando de limpiar las manchas de su gastada túnica o mirando con disgusto los desgarrones que debería lucir el resto del curso.

De nuevo, Andromeda volvió a sentir esa fuerte determinación que había brotado en el invernadero. No tenía muy claro qué ocurría entre ellos, pero algo era seguro: prefería estar cerca de él a estar lejos. Y siempre que estuvieran juntos, ella trataría de hacerle la vida más fácil.

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2. De Bellatrix

Lugar desconocido.

Julio de 1969

Su brazo se movía con maestría, ejecutando una danza de extraña cadencia; ágil y efectivo, con una experiencia que en realidad no tenía. Tal vez fuera algo innato en ella, algo que siempre estuvo bajo la superficie, no demasiado oculto en realidad, listo para salir al exterior en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.

¡Qué alegría sentía al ver que sus prácticas de hechizos menores habían sido el mejor de los entrenamientos! Se sentía tan satisfecha, tan pagada de sí misma, que incluso comenzó a tararear suavemente, insertando una vivaz melodía en medio de los angustiosos gemidos de dolor.

El efecto era sencillamente siniestro.

"Bellatrix, basta", pidió la voz templada y profunda de Rodolphus. "Ya está medio muerta."

Bella volvió lentamente la cabeza hacia él, pero no cortó el hechizo. Su mirada se endureció, desafiante.

"Yo decidiré cuándo es suficiente", replicó con irritación.

Rodolphus Lestrange no discutió. Él no era de muchas palabras. En su opinión, no servían nada más que para perder un tiempo precioso. Extendió su varita y pronunció el mortal hechizo. Bellatrix enfureció al oírlo y alcanzó a desviar el haz de luz verde, que se estrelló contra la pared y derrumbó con estrépito una estantería llena de muñecas de porcelana.

"¡Es mía!. ¡Yo seré la que acabe con ella!"

"Es tarde", le hizo ver Rodolphus. "Ya te has divertido bastante. Termina con esto o lo haré yo."

Su tono firme y decidido captó su atención. Lo miró con traviesa curiosidad, como la de un niño que tantea el terreno antes de hacer una nueva fechoría. La mujer agonizante comenzó a respirar aceleradamente, recuperándose un poco en los segundos que se había visto liberada de la tortura.

"Te has vuelto aburrido, Roddy", le dijo, fingiendo un puchero. "En el colegio nos divertíamos tanto..."

"Esto no se rige por tus caprichos."

Bellatrix sonrió. Rodolphus parecía haberse tomado muy en serio su condición de mortífago. Se había iniciado unos meses antes que ella y, técnicamente, Bella estaba bajo su mando; pero a la hora de la verdad, ella no estaba nada dispuesta a acatar órdenes.

Salvo las de él, claro. Lo único que ella quería era estar a su altura, demostrarle al Señor Tenebroso que era exactamente como él, que disfrutaban con las mismas cosas, que no se apiadaban ni se rendían ante nadie.

Lástima que Lestrange siempre estuviera en medio.

"Roddy", dijo en voz baja, mirándolo fijamente con sus ojos de ébano. Sonrió levemente al notar, de nuevo, que él no la corregía. Nunca lo hacía, aunque dudaba mucho que permitiera a cualquier otro que lo llamara así. "Si no vives esto, si no disfrutas verdaderamente con ello, no tiene sentido que lo hagas."

Dio un paso adelante, acercándose más a él. Rodolphus no se movió ni un centímetro y su rostro continuó totalmente inexpresivo. No obstante, Bella era capaz ahora de ver su pecho hinchándose perceptiblemente al tomar aire. Alargó una mano y rozó con suavidad el torso de Rodolphus, deslizando los dedos hasta su brazo, ligeros y rápidos como una mariposa, descendiendo después hasta la mano que sostenía la varita.

"¿No lo sientes, Roddy? Déjate llevar como antes. Entrégate a la magia, siente el cosquilleo en los dedos al pronunciar la maldición."

Rodolphus siguió tieso como una estatua, con sus ojos clavados en los de la hermosa joven. Sentía que la sensación de peligro emanaba directamente de su inmaculada piel, inundando toda la estancia. Era tan poderosa, tan temible, que hasta el aire que los separaba se había hecho pesado e irrespirable, como si siguiera los designios de su voluntad. Bella movió ligeramente la cabeza y el aroma de sus cabellos lo atrapó, ocultando cualquier otro olor en el mundo. En ese momento sólo existían ella y sus palabras pronunciadas con engañosa dulzura. Ella y sus hipnotizantes ojos. Ella y su indómita belleza.

Ella y su capacidad de manipulación.

Sabía que sólo era una treta para conseguir lo que deseaba, pero Rodolphus estaba dispuesto a dejarse manejar a su antojo. Si él era consciente y lo permitía, en cierto modo ella había perdido. Pero, a decir verdad, los dos estaban ganando por igual.

"Hagámoslo juntos", pidió Bella con voz aterciopelada. Unió su mano a la de él, dejando ambas varitas en medio de los dos. Apuntó a la mujer en el suelo, cuyo horror se pintó en sus ojos arrasados por las lágrimas, ante la incapacidad de su garganta de emitir ningún nuevo sonido.

La palabra prohibida salió de las dos bocas a la vez, como si fueran una sola conciencia, un solo cuerpo. Los dos chorros de luz brotaron independientemente, pero se unieron en el aire a poca distancia. Uno solo, una promesa, un mismo destino, una maldición compartida.

"Crucio."

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3. De Sirius y Regulus

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Torre de Gryffindor. Habitación de los alumnos de tercer curso

Septiembre de 1973. Luna llena.

James se quitó las gafas y restregó sus cansados ojos con dos dedos. Bufó y levantó la cabeza, para sortear la montaña de libros que tenía frente a él. Peter estaba tumbado en el suelo, pálido, sudoroso, y con una expresión de profunda concentración en su cara rechoncha. Volvió la vista hacia la cama de al lado. Sirius estaba echado boca arriba, sosteniendo en el aire uno de los libros y moviendo la varita con suavidad para que el volumen oscilase lentamente, siguiendo la dirección de su lectura. Su rostro se mostraba sereno y relajado, como si estuviese leyendo una historia interesante y no estudiando Transformaciones del nivel de EXTASIS. James sonrió, admirado. La voluntad de Sirius le daba fuerzas para continuar esforzándose hasta casi superar sus propios límites. Eso y ver a Remus magullado y dolorido tras la luna llena, como debía estar en esos mismos instantes en la enfermería.

Peter emitió un gemido apenas audible y se dejó caer sobre el volumen de Control de la forma en transformaciones humanas complejas que trataba de descifrar.

"¿Qué pasa?", preguntó Sirius, sin apartar la vista de su propio libro.

"No entiendo nada", se quejó el chico. "No conozco la mitad de los hechizos que nombra aquí y he tenido que leer la última página diez veces." Se golpeó la frente, abatido. "¡Nunca podré hacerlo!. ¡Soy demasiado tonto!"

Sirius retiró por fin el libro y se incorporó para ver la hora en el reloj que descansaba sobre la mesita de noche.

"No eres tonto, Peter", dijo con paciencia. "Es que son las tres de la mañana. Será mejor que te vayas a dormir. Mañana ya retomaremos tu libro y lo comentaremos entre los tres. Seguro que a la luz del día todo parece más sencillo."

"No estoy tan seguro", gruñó Peter, reticente a creer posible tal milagro. Se puso en pie con dificultad, mareado por el esfuerzo intelectual, y fue hasta su cama. Se derrumbó sobre ella, sin preocuparse en introducirse bajo las sábanas y, unos segundos después, ya estaba completamente dormido.

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Estadio de Quidditch.

Septiembre de 1973. Mañana posterior al Plenilunio.

Regulus observó disimuladamente a los alumnos que le precedían en la ordenada fila. Había un par de alumnos de segundo y tercer año, pero los demás eran de cursos superiores. Todos delgados y la mayoría de estatura no muy elevada. Ligeros, en resumidas cuentas, con la figura perfecta para ser buscadores. Comparó también las escobas que portaban, pues era un dato a tener muy en cuenta. Casi todos poseían alguno de los últimos modelos de las marcas más famosas. La suya, por supuesto, era de última generación, y una de las más rápidas que existían.

Regulus sabía que las pruebas para entrar en el equipo de quidditch eran largas y tediosas en todas las casas, pero en Slytherin se hacían especialmente difíciles porque la mayoría de los alumnos habían recibido una educación mágica previa y tenían una gran afición por el deporte mágico por excelencia.

El joven Black suspiró y se ajustó los guantes que le había regalado su tío Alphard dos años atrás. Él quería entrar en el equipo. Había soñado pertenecer a él desde que tenía memoria, antes incluso de saber a ciencia cierta que iba a ser un Slytherin. Necesitaba que lo escogieran, ya no sólo como reto personal o para satisfacer una ilusión infantil. Sirius, que el curso anterior había sido suplente como golpeador en Gryffindor, acababa de ser elegido como sustituto de un alumno que había terminado en Hogwarts y él temía quedar de menos ante su hermano.

Por una parte, resultaba bastante extraño jugar en distintos equipos. Cuando practicaban en Hyde Park, tenían que conformarse con enfrentarse en un duelo uno contra uno, pero al menos Regulus siempre había dado por hecho que algún día serían los dos jugadores estrella del equipo al que pertenecieran. Del mismo equipo. Tal vez seguían siendo unos niños, pero la confrontación de las eternas casas rivales tenía poco de sana competitividad infantil. Era odio manifiesto y, aunque a Regulus le repugnaba ser parte de una enemistad tan clara, seguía queriendo ponerse a prueba y demostrar que podía ser un gran buscador, como siempre había querido.

"Wilkes, Selwyn, Rosier, Black", dijo el capitán. "Lo primero que haréis será echar una carrera. El último quedará fuera."

Regulus ladeó un momento para verlos mejor. Maldita sea. Los tres eran mayores que él, pero no demasiado. Casi habría preferido un corpulento alumno de séptimo contra el que enfrentarse, pero éstos aún no tenían el cuerpo desarrollado, lo que eliminaba su posible ventaja de tamaño.

No obstante, pronto comprobó que sus temores eran del todo infundados. Ya sólo en la vuelta de reconocimiento les había sacado una buena distancia. Su estilo era pulido, elegante, se deslizaba por el aire casi sin ser visto. La mejor arma para un buscador es pasar desapercibido, que los bateadores ni siquiera se fijen en ti.

Y de discreción, Regulus sabía bastante.

Aún tuvo que superar unas cuantas pruebas más. Una de reflejos, en la que tuvo que enfrentarse a dos juegos de bludgers lanzadas hábilmente por los últimos clasificados para los puestos de bateador. Sintió pasar una de las pelotas muy cerca de su espalda, tal vez se había librado por escasos centímetros, pero las demás ni lo rozaron. Para las últimas pruebas, ya soltaron la snitch. Regulus la atrapó todas las veces en muy poco tiempo, incluso en el intento conjunto, en el que derrotó con maestría a una chica de cuarto curso y a un alumno de sexto, que se tomó fatal la derrota y exigió la revancha.

Sin embargo, el capitán no quiso repetirlo. Estaba claro quién era el mejor de todos. Regulus era rápido, ágil y habilidoso. Todo lo que necesitaba para el puesto.

Se había ganado a pulso la entrada en el equipo.

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Enfermería de Hogwarts

"Eh, amigo¿qué tal te encuentras?"

Sirius se inclinó sobre la cama de Remus, sonriéndole débilmente, como si el joven acabara de despertar de un coma profundo. Lupin se apoyó sobre los codos, haciendo una involuntaria mueca de dolor, para incorporarse. Al instante, Peter, servicial como siempre, se apresuró a colocarle las almohadas para que estuviera más cómodo.

James no se había acercado tanto. Estaba en un segundo plano, serio y rígido como una estatua, rastreando toda la piel que Remus mostraba, en busca de nuevas heridas que el chico se hubiera autoprovocado durante su encierro.

"¿Te ha dolido mucho?", preguntó Peter temeroso.

Remus sonrió y al instante se arrepintió, pues ese sencillo gesto forzaba las llagas que tenía en la cara. El pequeño Pettigrew, de todos, era el más niño todavía. Lo miraba con ojillos asustados, como si aún no se hubiese hecho a la idea de que su pacífico amigo, el bueno de Remus, era una vez al mes una bestia sanguinaria y peligrosa.

Sirius se fijó en sus brazos, que descansaban laxamente sobre las sábanas.

"Te has mordido…", observó con disgusto. De todas las lesiones que Lupin se podía producir en las noches de luna llena, las peores eran las mordeduras. Eran heridas abiertas e irregulares, que desgarraban la piel y se hundían en la carne, debido a los afilados dientes del lobo. Pero además había que añadir que estaban malditas y curaban muy mal. Remus solía pasar hasta semanas con los brazos ocultos a la vista, antes de que empezaran a cicatrizar.

"Bueno, es lo de siempre¿no?", dijo con suavidad, tratando de restarle importancia. "Gajes del oficio, como se suele decir…"

"No será así siempre", intervino inesperadamente James. "Pronto lo lograremos y ya no tendrás que pasar más por esto."

Sirius se volvió extrañado. La voz de su amigo había sonado ronca y dura, como si apenas hubiese abierto la boca para hablar. Le bastó un vistazo para notar sus mandíbulas apretadas y los puños cerrados con fuerza.

Lo conocía tan bien… James era un verdadero libro abierto para él. Más que preocupado, como Peter, estaba enfadado. Molesto con el mundo, que había permitido que uno de sus amigos sufriera aquella terrible enfermedad. Y molesto con ellos mismos, que pese a sus esfuerzos, aún no lograban una transformación completa que sirviera de ayuda para hacer más llevaderos los días en que Remus se volvía peludo.

"Pronto", confirmó Sirius. Sólo que no se dirigía a Lupin, sino a James, que le miraba fijamente a través de sus gafas, asintiendo con los ojos como si le estuviera proyectando sus pensamientos directamente a su cerebro.

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Andromeda en Herbología: la actitud protectora Black, y la actitud Slytherin… analítica, con unos fines determinados… Luego con Ted, durante el castigo, tienen su primer momento en el que son conscientes de la atracción que va más allá de lo que sentían de niños. Hay algo mucho más adolescente, más "adulto", en cuanto a que las hormonas empiezan a revolucionarse. Esa atracción es entonces inevitable e incontrolada, aunque Ted ha sido precisamente el que se ha echado atrás. No por falta de deseo, sino porque ha sentido que todavía él no es suficiente para ella. Y Andromeda no se ha echado atrás, si algo quiere, algo conseguirá un Black. Pero ha aceptado que él se retirara, pero con la determinación de no dejar que Ted esté en una situación que es tan indigna para ella, como para él.

A propósito de eso, el momento del casi beso, en el que se revela esta atracción mutua, era una situación de igualdad. Por primera vez, ella no es la princesita Black y él el pobre campesino muggle. La situación es exactamente la misma. Él se da cuenta de que ella es humana, y por eso la ama aún más. Ella se da cuenta de que tal vez no sea suficiente para él, ni como bruja, ni como muggle.

Encajan como dos piezas de un puzzle. E inconscientemente sí lo saben. Es lo que hace su amor más real, más privado. Nadie al lado que le susurre a Andromeda que "ese chico te está mirando", "Andromeda, lo tienes en el bote", o a un puñado de amigotes que le den codazos a Ted cada vez que ella pase a su lado. Ellos han descubierto por sí solos que sí son iguales.

Narcissa es la que más nos está costando, para qué negarlo, pero tratamos desesperadamente de buscar algo que nos guíe. Aquí, sus "talentos" van por dos derroteros bien distintos. Uno, en todas aquellas cualidades que sobre todo su madre le ha inculcado para que sea una perfecta esposa y señora de sociedad (actitud muy victoriana que encaja perfectamente tanto con los Black como con los Malfoy). Los otros son de buena Slytherin: es manipuladora y, a pesar de su apariencia de mujer florero, tiene carácter y sabe imponerse, tanto con Lucius como con Higgs. Y no sólo ha conseguido la contraseña haciendo que el prefecto se sintiera culpable, también ha logrado embaucar a Lucius para que les ponga los puntos sobre las íes a los culpables del castigo de su hermana. Esta actitud cariñosa y protectora con Andromeda hace más dura la futura elección de ésta, pues es una traición mayor al darles la espalda a quienes hicieron tanto por ella.

Bellatrix no está enamorada de Rodolphus, pero hay cierta química entre ellos. Tienen ambiciones similares y Bella está segura de poder "amoldar" a Rodolphus a su gusto. Y él se deja hacer, fingiendo que no se da cuenta de con quien trata de compararlo. En el próximo capítulo iremos atrás, a su primer encuentro con Voldemort.

Sirius: demuestra – al igual que James e incluso Peter, a quien al parecer le costó más – una habilidad y determinación impresionantes para convertirse en animago. No obstante, la verdadera virtud, es la razón por la que lo hicieron. Su fuerte amistad, su fuerza de voluntad y la complicidad entre ellos es admirable.

Respecto a Regulus, en realidad su talento no es el quidditch, sino su capacidad de observación. Pasa prácticamente desapercibido y no es alguien en quien los demás se fijarían a simple vista. Ciertamente es un Black, pero en Slytherin hay otros apellidos "notables" y él no hace ningún esfuerzo por destacar. La forma en que pasa desapercibido, en que la gente lo subestima, unido a su curiosidad innata, será determinante para su futuro.

Y ya para acabar esta interminable nota de autoras, comentar que el próximo capítulo se titulará "Rebeldía y compromisos". Tiene un poco de cada uno, pero por primera vez haremos hincapié en la relación Rodolphus-Bella-Voldemort. No podemos olvidarnos de eso ;)