¡Hola a todas/os! Antes de explicar este capítulo, unas aclaraciones imprescindibles sobre el anterior (si no os interesan, pasad al comentario directo de este capítulo, un poco más abajo).
Sobre el anterior, (Capítulo 10 Arrogancia): no sólo queríamos mostrar a Sirius como pecando de arrogante como otros Black que él siempre criticó, sino sobre todo algo que le haría ser el sospechoso de haber traicionado a los Potter años más tarde: Sirius sería capaz de cualquier cosa (en este caso, "traicionar" a Remus o poner en peligro a otras personas -en este caso, Snape). Tened en cuenta que el testigo ahí fue Peter Pettigrew. Con ello, sugerimos que Peter pudo utilizar este "antecedente" de Sirius para que, tras la muerte de los Potter, fuese considerado sin género de duda como el Guardián Secreto traidor de esos que eran supuestamente sus mejores amigos. Peter habría sido muy hábil, Sirius cayó en la trampa.
De ahí que abusáramos de sacar a Sirius, por delante de otros Black. No fue porque disfrutemos más o menos escribiendo el personaje, sino que es importante de cara al destino de todos y sobre todo, en la historia que conocemos de la saga.
Insistimos, hay una impresionante contradicción (no es la primera que encontramos, pero sí la más evidente) en los libros. La famosa broma la menciona claramente Snape en el Prisionero de Azkaban diciendo que "Sirius Black demostró ser capaz de matar cuando tenía dieciséis años". De aquí que a nadie le sorprendiera que fuera capaz de "traicionar" años más tarde a James y Lily.
Deathly Hallows, (Cap. 33), es la referencia por la que optamos, por ser la más reciente y la que cuadra con las fechas. Harry piensa que han "pasado dos años desde la ceremonia de selección" cuando ve a Snape y Lily caminando (por tanto, tienen 13 años). Snape le dice a Lily (refiriéndose textualmente a la broma de Sirius y el "rescate" de James: "¿Que me salvó?. ¿Salvar?. ¿Crees que estaba jugando al héroe?. ¡Estaba salvando su cuello y el de sus amigos! Tú no vas a... no te permitiré..."
Si hubiese sido a los 16 años como se indica en el Prisionero de Azkaban, Lily y Snape no estarían hablando juntos, ya que Lily dejó de hablarse con él a los 15 años (cuando tras "el peor recuerdo de Snape", ella le defendió de los Merodeadores, pero él la llamó "sangre sucia"). La conversación de Snape y Lily tuvo que pasar con 13 años, y no podemos tomar como referencia "los dieciséis" que menciona Snape sobre Sirius, en El Prisionero de Azkaban.
Creednos que dudamos hasta el último momento sobre la validez de una y otra, pero el DH es mucho más preciso en este caso. Insistimos, si incluimos datos canon es porque los hemos revisado y contrastado hasta convencernos primero nosotras.
Capítulo 11 Rebeldía y Compromisos: ahora pasamos a explorar las inquietudes personales de los personajes. La Rebeldía, tan característica en los jóvenes, y sobre todo, exacerbada en alguien con los sentimientos tan a flor de piel como Bellatrix y Sirius, especialmente. En consecuencia, los Compromisos hacia lo que creen y lo que valoran. Ambos, en extremos opuestos, pero sin duda, esenciales en ellos como Blacks y como personas, puesto que la dedicación de una hacia Voldemort, y de otro hacia la Orden, fue lo que marcó sus destinos y su (corta) vida adulta. Y en un término medio, Regulus. Igual de dedicado, de comprometido y de rebelde, pero con una personalidad absolutamente fascinante en cuanto al método, ni tan devoto ni tan desgarrado como el caso de su hermano y prima. Pero igual de trágico y absolutamente consecuente, lo cual explica su prematurísima muerte.
Por el contrario, la política no parece que haya sido lo que impulsara a Narcissa y a Andromeda. Pero Andromeda fue la primera "Black rebelde" de su generación, antes que Sirius Black. Y su amor por el hijo de muggles Ted Tonks varió esencialmente su compromiso hacia su familia y su propio futuro. La testarudez y la determinación de Narcissa, hábil, inteligente, pero dedicada a su familia y los suyos. Todos, en mayor o menor medida, comparten rebeldía y un compromiso moral o personal hacia algo o alguien. Esto es lo que veremos aquí.
Gracias quienes seguís la historia, quienes os estáis incorporando, quienes alertáis, quienes miráis por curiosidad por la C2, por el foro de Los Buenos Fics, por recomendación o por casualidad. Os agradecemos la paciencia con las actualizaciones y las respuestas a los reviews, y también los reviews y ánimos: Thaly Potter Black, Vicky Kou de Malfoy, Viri Malfoy, Little Pandora, Cristhine, Ely Potter Black, Lulii, El Collar de Perlas, Silian Moore, Annirve, Yedra Phoenix, Cris239, Srita-Kometa, Nyissia, Nedia (cuatro), Dryadeh (¡muchos!), blackstarshine, Nicole Daidouji, Hermy Evans, Autosugestioname, Clio84.
(Disculpad la enorme nota de autoras, pero era necesaria.)
REBELDÍA Y COMPROMISOS
Lugar desconocido
Julio de 1968
Rodolphus Lestrange es el hijo mayor de una conocida familia de magos y brujas de sangre pura. Orgulloso, testarudo, inteligente, hábil y atractivo, (para quienes gusten de un personaje oscuro y muy reservado). De maneras enérgicas y hasta cierto grado, temperamental. El tipo de carácter y orígenes que gusta a los Black.
Particularmente, a una de ellas. A Bellatrix.
Como él, ella es la hija mayor. Ella pertenece a la familia mágica más antigua del Reino Unido. Como él, Bellatrix es orgullosa, tenaz, inteligente, resolutiva y hermosa. Un rasgo general a los miembros de su familia. Definitivamente temperamental. Y en un grado todavía mayor, un carácter rebelde e independiente.
Ella comparte no sólo esas características con Lestrange. Ambos sienten las mismas pasiones y los mismos odios: el riesgo, el defender lo que creen hasta la muerte. Y un desprecio visceral y profundamente arraigado: comenzando por los muggles y todo lo que tenga relación con ellos. Una criatura incapaz de crear magia es inferior por definición. Y si entre ellos los hay capaces de hacer magia, la roban a sus legítimos dueños. No merecen ese honor de utilizar la magia, porque nunca les ha pertenecido.
Una visión de la magia sencilla, sin dobles raseros ni matices; simple en apariencia, porque tiene muchísimo más en el fondo. Pero creen en eso, todos los Black creen eso.
Bellatrix Black. Hermosa, pero cruel. A sus diecisiete años, en su recién estrenada mayoría de edad, contaba con un buen número de aspirantes a ser su "consorte". Así era como los consideraba. Tal vez ella debía renunciar a su célebre apellido, pero sería la gran dominadora en cualquier relación, ya fuera matrimonial, o como hasta ahora, sin ningún tipo de atadura ni compromiso. Rodolphus había sido también una de las primeras víctimas de los encantos de la joven sensual, salvaje, bella y mortífera. Donde otros se habían dejado arrastrar por una pasión irrefrenable (y generalmente con las de perder), Rodolphus la consideraba una delicia demasiado suculenta como para saborearla de una sola vez. De tal forma, que se había convertido en el único capaz de provocar e incitar a Bellatrix, de la misma manera que ella era absolutamente capaz de hacerlo con respecto a él.
El joven Lestrange se encontraba junto al carro de las bebidas, y observaba en silencio a la mayor de las Black. La única mujer en el grupo, observada por ello, pero también por su descarada manera de acudir a un evento muy particular. Aunque hubiese ido acompañada de todas las alumnas de Hogwarts con diecisiete años de edad, Bellatrix seguiría destacando por sí sola.
"Lestrange" murmuró a modo de saludo Thorfinn Rowle.
"Rowle" respondió Rodolphus, sin apartar los ojos de los hombros desnudos de Bellatrix y la curva del corpiño que acentuaba su figura. La túnica escotada, manga corta, de un profundo color rojo oscuro, que brillaba negro en sus pliegues. Como la sangre.
"Deberías escoger a otra no tan peligrosa como Black." murmuró entre sorbos Rowle.
Rodolphus observó de reojo a su compañero. Indeciso sobre cómo interpretar esa frase: o bien quería menos competencia para seducir a Bellatrix, o bien le estaba dando un consejo útil.
Probablemente ambas intenciones eran correctamente interpretadas.
"Me gusta Black, y quiero que sea mi esposa." dijo simplemente Rodolphus. "No quiero una mujer sumisa, doblegada e insulsa. Quiero ser yo quien someta y controle a Bellatrix Black. Es todo un reto…" dijo, admirando y detestando a partes iguales la atención que estaba atrayendo, del todo conscientemente, la joven de cabello negro y mirada fría y distante.
"Claro. No tiene nada que ver con ese escote, ni esa cintura ni esas piernas ¿verdad?."
Rodolphus sonrió percibiendo el sarcasmo de su compañero. Tener una mujer a su lado de ese tipo, admirada, envidiada y deseada no era tampoco una mala perspectiva. Porque él sería quien la tendría, como un trofeo, una victoria personal y una victoria a los ojos del mundo.
"Eso la hace más intrigante, sí." contestó Rodolphus.
Rowle resopló.
"Una esposa no necesita nada de eso. Para eso ya están las fulanas." respondió con una fría y repugnante lógica Rowle.
Pero Rodolphus no prestó atención. Sorbió el whisky de fuego.
"Te has olvidado mencionar otro motivo por el que quiero a esa chica: es una Black." replicó Lestrange.
Rowle alzó una ceja y terminó su bebida. Agarró la botella y se sirvió más whisky de fuego.
"Menos mal. Por un momento pensé que el otro motivo sería amarla, Lestrange."
Pero se hizo el silencio cuando Él entró en la sala de la reunión.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Bellatrix no sabía identificar cuándo o dónde pensaba que lo había visto, que lo había conocido anteriormente. Ella estaba habituada a que su mera presencia despertara murmullos de admiración, de envidia, de curiosidad. Era una Black, y no había nada, ni nadie, que pudiera superar la magnífica sangre que fluía por sus venas.
Pero jamás había oído murmullos que inspiraran temor, respeto, sometimiento. Ni había visto a alguien capaz de provocarlos, de inspirarlos. Ni siquiera en su propia familia.
Y paradójicamente, sí tenía la impresión de haber visto a esta persona anteriormente.
Bellatrix estiró su esbelto cuerpo. De modo que si tenía que unirse a la causa, como era su deseo, sería bajo órdenes suyas.
Un hombre alto, silencioso, de piel pálida. Cabello negro. Y pupilas y facciones extrañas, misteriosas. Arrogantes, frías, inteligentes. Envuelto en terciopelo negro, a pesar de la época estival. Y sorprendentemente, muy atractivo. Casi podía ser un Black.
El corazón de Bellatrix se aceleró. Nunca había visto a alguien con esa mirada, era casi roja; eso no podía ser... pero nadie le había hecho dudar nunca de las impresiones que Bellatrix recibía. Y apretó con fuerza la copa que llevaba su mano, para disimular, por primera vez en la vida, que estaba nerviosa, que sus dedos temblaban. Y él miró a la única mujer que había en la sala, que lo observaba a él fijamente, como si fuese la primera vez que veía un hombre en su vida. Pero es que era la primera vez que había visto a un hombre como aquél en su vida. Las mejillas ruborizadas, los ojos negros abiertos, grandes, los párpados no tan caídos, los labios rojos entreabiertos. El misterioso líder se aproximó a ella; nadie hizo ningún comentario. Ella, pese a su turbación, se dio cuenta de que nadie se atrevió a hacer ningún comentario.
"Seguid con lo vuestro." dijo Él a los presentes en un quedo susurro. Inmediatamente, todos volvieron a sus conversaciones, mirando de soslayo, nerviosamente, a la imponente figura que había dado una orden que nadie había cuestionado.
Bellatrix tragó saliva, y alzó la barbilla. Pero la respiración era entrecortada; su escote revelador, sus manos temblorosas. Era desconcertante, incluso para alguien como ella.
"¿Y tú eres Bellatrix Black?" preguntó él con una voz suave, acariciadora, siseante. Rezumaba elegancia y maneras finas. Poder, carisma e inteligencia. Y ni siquiera Bellatrix, la férrea, controladora, manipuladora Black, pudo resistirse a ello.
"Así es, señor" Por primera vez en la vida, había utilizado una fórmula de cortesía que raramente se molestaba en emplear; y por primera vez en la vida, Bellatrix sentía la necesidad vital de someterse a alguien. Jamás había permitido que nadie le dijera a ella qué hacer, cómo, ni cuándo. Pero delante de él, no podía sino someter su voluntad a sus deseos.
Él tomo el brazo de ella, libre de marcas, heridas, cicatrices. El extraño personaje curvó los finos labios, y acarició el lugar donde en poco tiempo, la joven luciría un tatuaje, una marca siniestra, algo que la iba a atar a él para siempre. Esa certeza provocó aún más excitación en Bellatrix, que dejó la mano muerta, a disposición de él. Repasó los dedos por ese brazo terso, ardiente, con estudiada lentitud y sus dedos largos y fríos. Satisfecho de la reacción de ella, de notar la piel de gallina en la blanca piel de la joven. El jadeo de ella, definitivamente controlada como si estuviera bajo un poderoso hechizo, un incontrolado embrujo, una potente Amortentia.
La reacción se acentuó cuando él llevó los dedos a su boca y apenas besó sus nudillos.
"Encantado, Bellatrix. Yo soy Lord Voldemort." soltó la mano de Bellatrix, que se la llevó inmediatamente a aferrar la copa con la otra mano, excitada. Le habían dicho que nunca, jamás, debía dirigirse a él como "Lord Voldemort"; todos empleaban el apelativo "Señor Tenebroso", con extremada reverencia.
Entonces ella no lo supo, no lo entendió; en el mundo mágico no hay necesidad de uso de títulos nobiliarios muggles. No hay condes, reyes o duques. Sólo un apellido es suficiente para indicar tu estatus. Y ser llamada Bellatrix Black era más que suficiente, mucho más que si Bellatrix se hubiese hecho llamar "Lady", "Madame", "Milady" o "Señora".
Y también aquella fue la primera vez en la vida que Bellatrix Black bajó los párpados en una inédita sumisión. Y sólo fueron tres quienes fueron conscientes de ello:
La propia Bellatrix.
Lord Voldemort.
Y varios metros aparte, Rodolphus Lestrange.
Esa rebelde Bellatrix, la salvaje Black, había dejado toda su voluntad en manos del Señor Tenebroso.
"Espero grandes cosas de ti, Bella." susurró el oscuro personaje.
Bellatrix Black por sí misma era ya peligrosa, impetuosa, rebelde y obstinada. Dejando su voluntad en manos del mago oscuro más poderoso de la historia, podría convertirse en algo mortífero y terrible. Como así resultó. Y ella se propuso desde ese momento ser la única, la más cercana a él, la predilecta. Si hubiese sido una vulgar sirvienta muggle, se habría arrojado llorosa a sus pies, feliz por haber encontrado un propósito en su vida, su verdadera vocación. Pero Bellatrix no era nada de eso, aunque supo en ese momento que sí había descubierto que daría todo, haría cualquier cosa...
...Sólo por volver a escuchar en un susurro, su apelativo, aquel reservado a quienes le eran más cercanos.
Bella...
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Lunes 9 de febrero de 1970
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Sala Común. Mazmorras de Slytherin
Andromeda terminó su trabajo de Astronomía y comprobó la siguiente tarea: Pociones.
Lo que más había temido. No es que fuese muy torpe en la materia, pero Slughorn tenía una curiosa manía de entender que el apellido Black significaba que tendría talento en todas y cada una de las materias. Incluida Pociones.
Andromeda era cuidadosa, metódica. Por eso se le daban bien. Podía mezclar con empeño y mucho esmero una complicada poción sin hacer volar por los aires la mazmorra. Pero tampoco le entusiasmaba la asignatura y no consideraba que fuera su punto fuerte. Era incómodo ya pertenecer al "Club de las Eminencias", realmente por tener un apellido prestigioso. Y era incómodo procurar hacerse valer en la asignatura, como alumna de Slytherin, como algo más que una "Eminencia" así calificada sólo el mero hecho de haber nacido Black.
Slughorn había decidido que todos tendrían que preparar una poción diferente. A ella le había tocado la Poción Herbovitalizante. La gracia era que Slughorn no les daría los ingredientes, sino que como en ocasiones que se les presentaría en la vida, a futuro, tendrían que buscarse la manera de encontrar los malditos componentes.
"No siempre tendréis un armario surtido en la vida real" había dicho el profesor, y no sin falta de razón. Aunque era un fastidio de verdad, sin dudarlo.
En realidad, Andromeda se molestó consigo misma porque en su caso, con chasquear los dedos y llamar a cualquiera de sus elfos, los ingredientes los tendría a su disposición. Así que no le veía sentido al ejercicio de tener que buscar ingredientes. Pero algo dentro de ella le impedía llamar a los elfos de su casa, y algo dentro de ella le recordaba que eso no era honesto. Que así no se comportaría alguien como Ted.
Andromeda suspiró: Tenía los huevos de doxy y las alas de libélula. Pero le faltaban los caballitos de mar. Imaginándose teniendo que ir al mar a recoger caballitos, le había preguntado temerosa a Slughorn, pero él la había tranquilizado, diciendo que había caballitos"a montones" en el Embarcadero junto al Lago.
Caballitos de mar, en un lago escocés. Empezaba a captar el punto de vista de Ted sobre las enormes contradicciones del mundo mágico.
Andromeda consultó el reloj. Eran ya las cinco y debería tener los ingredientes antes de que anocheciera, o sería imposible si a primera hora de la mañana tenía Pociones. Recogió sus libros y los pergaminos y llevó sus cosas al dormitorio, dispuesta a ir al Embarcadero a recoger los malditos caballitos de mar.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Círculo de Piedra.
Salió hacia el Círculo de Piedra, y vio a lo lejos que Hagrid estaba hablando a un grupo de alumnos, imaginaba que Gryffindors, con quienes siempre había tenido muy buen trato. Durante un momento, Andromeda se quedó quieta, observando la estampa con interés. Si Hagrid tenía tantos alumnos alrededor, no sería un mal tipo. Sin embargo, ella tenía que mantener la distancia, a pesar de que tal vez lo que estuviera contando el guardabosques podría ser interesante. No lograba imaginar la cara de asco de su madre si supiera que se había relacionado con el medio gigante guardabosques, sucio y desgreñado, y para colmo, ex-Gryffindor y sin estudios.
Al pensarlo, se sintió súbitamente desdichada. Ser Slytherin imponía respeto, autoridad, pero era una Casa muy solitaria. Muy individualista. Tenía buen trato con ellos, pero a veces se encontraba sola. Como ahora. Nadie, ni siquiera su hermana, podía acompañarla al lago. Y sin embargo, le provocaba un pinchazo ver a los de otras Casas siempre en pandilla, juntos a todas partes. Y muchas veces, tenía que aguantar prejuicios del tipo "es una Black", y "es una Slytherin". Ella se consideraba buena persona, y era también "Black" y "Slytherin".
Empezaba a entender que, al igual que su familia juzgaba a los que no pertenecían a su círculo mágico, estos "ajenos" a su entorno también prejuzgaban ligeramente. Pero ella tenía que mantener una imagen, eran las reglas del juego. Aunque no fuese libre.
Incluso se fijaba que Ted iba y venía libremente, con Hufflepuffs, Ravenclaws y Gryffindors. Sin ataduras, sin prejuicios.
Echó un último vistazo al grupo de Hagrid, y se fue hacia el lado contrario, en dirección al Embarcadero del lago.
En el otro extremo, el grupo de Hagrid se disolvió; Andromeda se había equivocado: No eran Gryffindors, sino Hufflepuffs. Ella no distinguió al grupo de estudiantes, pero uno de ellos sí la reconoció a ella. Ted Tonks era capaz de distinguir a Andromeda Black incluso con niebla. Y no se le había escapado que la joven iba sola en dirección al Lago.
"Eh Ted ¿no te vienes con nosotros a la Sala Común?"
Ted puso rumbo al lago, sin dejar de mirar a la solitaria figura de la bufanda verde y gris de Slytherin.
"No, no voy, luego os veo." Contestó, dando largas zancadas hacia el Embarcadero.
Sus compañeros se encogieron de hombros y se marcharon hacia la Bodega de Hufflepuff; y Ted echó a andar, como siempre, detrás de Andromeda. Metió la manos en los bolsillos y silbó, radiante ante la perspectiva de encontrarse con ella a solas.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Embarcadero.
Las barcas estaban cuidadosamente cubiertas con unas fundas. En el pequeño muelle, Andromeda sacó la varita y sintió un escalofrío por la humedad del lago. Se ajustó la bufanda y se cerró bien la túnica de invierno. Con cuidado, se aproximó al borde e intentó descubrir la manera de sacar caballitos de mar… sin tener que entrar.
Miró hacia arriba. Las nubes estaban negras, y se reflejaban en el color gris, apagado, del lago. Ese brillo cristalino y el verdor de las colinas en primavera no tenían nada que ver con la grisácea bruma que matizaba de oscuro las colinas de Hogwarts. Y ante la perspectiva de pasar una tarde en la humedad de la orilla del Lago, bajo un cielo que amenazaba lluvia, Andromeda se mordió el labio con impaciencia. Era ahí donde Slughorn le había dicho que los caballitos de mar "saltaban". ¿Acaso tenía que estar toda la tarde esperando a que uno solo diera un salto y pudiera atraparlo?
En ese momento, dos caballitos dieron un salto en el agua, y rápidamente bajaron otra vez, hundiéndose en su fría superficie.
Andromeda sacó la varita, sorprendida por la rapidez de los extraños animalitos y no preparada para que hubiesen salido tan repentinamente. De nuevo otros tres dieron un salto.
"¡Carpe retractum!"
El hechizo para atrapar acertó plenamente a un caballito, y Andromeda tiró con fuerza para conseguirlo cuanto antes, y poder marcharse de allí.
El caballito se agitó en el suelo de piedra, y se quedó quieto. De nuevo, esperó a que otros saltaran, y convocó el hechizo. Otro caballito más saltó en la gris superficie. El extraño y diminuto animal se agitó al caer al suelo tras quedar atrapada por el hechizo convocador, ambas criaturas mojando el suelo a los pies de la muchacha. Andromeda suspiró y se preparó, sujetando la varita.
Miró a los caballitos saltando, y fijó su mirada en ellos. Pero Andromeda no tomó en cuenta la humedad a sus pies. La piedra pulida por los años, al contacto con el agua, se tornó resbaladiza, demasiado. El pie se escurrió por la humedad, y Andromeda cayó al agua, sin poder evitarlo.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Ted llegó abajo, y el silbido murió en sus labios, cuando al llegar al final de las escaleras y girar la esquina del Embarcadero, vio a Andromeda caer al agua con un chapoteo, viendo su cabeza salir con dificultad de la superficie, para volver a hundirse. El muchacho había visto demasiadas veces a amigos suyos imitando a quienes no sabían nadar. Y entonces se había reído mucho. Pero esto poco tenía que ver con el humor de sus amigos. Por la forma de moverse, de chapotear.
Andromeda Black no sabía nadar...
Se estaba ahogando...
Sin pensarlo dos veces, Ted se retiró la túnica y la bufanda y la arrojó al suelo, lanzándose al lago para sacarla de ahí.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Andromeda sintió el corazón latir fuertemente, y sintió un miedo desesperado, no veía nada en las aguas oscuras, no sabía nadar. Sólo sabía que tenía que cerrar la boca, y no permitir que entrara agua, pero no veía la superficie, no sabía por dónde salir de entre las aguas negras, todo era igual, idéntico… y se agitó más, tratando de buscar una salida. Pensó el hechizo que podría transformar su cabeza en una con agallas... pero no se acordaba... las transformaciones humanas sólo se daban en los EXTASIS...
La cabeza de tiburón que logró transformar era insuficiente. Cuando intentó respirar con las agallas, el agua entró por su nariz y boca, inundando los pulmones. No sintió la varita ya en su mano, y Andromeda se agitó desesperada, tratando de buscar aire.
No se dio cuenta de que un brazo había tirado de ella con fuerza, y no notó que en el agua fría, algo cálido la había envuelto, y la empujaba hacia fuera.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Ted sacó la cabeza, y tiró del cuerpo inerte que había sacado del lago, con más suerte que otra cosa. Dejó que la cabeza semitransformada de Andromeda cayera hacia atrás para permitirle abrirle las fosas nasales, antes de ir hacia la escalerilla y salir del agua helada. La dejó en el suelo de piedra del Embarcadero con extremo cuidado, y tomando su varita, deshizo el hechizo con el Encantamiento Homorphus sin ninguna vacilación. Transformaciones siempre había sido el punto fuerte de Ted, y éste respiró aliviado cuando devolvió a Andromeda su rostro habitual.
A Ted los dientes le castañeaban, pero olvidó frío y malestar, y sólo pensaba en ella… que estuviera viva… Le retiró la bufanda verde y gris y la echó a un lado y le desabrochó la túnica en el cuello. Al no notar respiración ni nada que obstruyera las vías respiratorias, Ted no lo dudó y puso su boca en la de ella y exhaló airé con fuerza, rogando que pudiera conseguir que respirara.
Andromeda tosió y escupió agua que había entrado en sus pulmones, la sensación era desagradable, y abrió los ojos, aterrorizada. No notaba agua alrededor, notaba aire (frío, eso sí), y la ropa mojada, empapada. Y había alguien con ella, un par de ojos marrón claro que la miraban entre aterrorizados y aliviados.
"Estás helada…" dijo él simplemente. Se incorporó y trajo su túnica y bufandas secas, y desabrochó el resto de la túnica de Andromeda. Le quitó el jersey y Ted trató de no mirar la camisa blanca adherida a la piel como si fuese la epidermis.
"Ted…" susurró ella, pestañeando confusa.
Él la tapó con la túnica seca, esa túnica de segunda mano, y cubrió su garganta con la bufanda de Hufflepuff… la de la Casa de los más mediocres estudiantes. Andromeda sentía que debía el calor a esa túnica andrajosa, y la vida a uno de esos mediocres estudiantes. Y eso, descubrió, no le provocaba ira, indignación, desprecio o repugnancia.
Le provocaba agradecimiento. Calor. Proximidad. Amor...
Ted simplemente la abrazó, pensando en segundos que ahora mismo, si no la hubiese seguido, ella estaría en el fondo del lago… muerta. Y si no hubiese sido porque era muggle, probablemente también. No conocía ningún hechizo capaz de sacar con vida a alguien de un lago, menos para conseguir hacer la reanimación cardiopulmonar.
Andromeda sintió las lágrimas escociéndole los ojos, y pensó que si no hubiese sido porque él sabía nadar… si no hubiese sido por él, ahora mismo estaría con los pulmones llenos de agua. En el fondo de un lago negro... nada más apropiado como tumba de una Black... Qué orgullosos se habrían sentido en su familia, cuando hubiesen sabido de su poético destino...
Hundió la cara en los cabellos de Ted, desconsolada ante la perspectiva de haberse sentido muerta, y se aferró a él, como si fuese una tabla de salvación. Y justo en ese momento, lo último que pensaba Andromeda era en su familia, en la sangre, en la pureza… en la magia.
Sólo eran Ted y Andromeda.
"Creí que te habías matado…" susurró él contra sus cabellos mojados. Entonces se apartó un momento de ella, y miró esos ojos castaños llenos de lágrimas. De nuevo, como en aquel castigo en el Invernadero, viéndola tan cerca, sin la impecable fachada de las Black. Sin la aristocrática pose. Sólo vio a Andromeda, hermosa, asustada, frágil... pero tan humana... tan viva. Ted olvidó que no debía acercarse más, que ella era inalcanzable, que eso estaba prohibido. Pero decidió que ella podría haberse ahogado, y él jamás habría podido decirle lo mucho que le importaba, lo mucho que le preocupaba. Lo mucho que la amaba. Y rodeó el delicado cuello, y decidió que esta vez ella sí sabría que tenían los labios pegados, no por una reanimación cardiopulmonar. Y entonces ella le respondería.
Andromeda lo supo. Y maldijo al destino que ponía trampas tan crueles. Pero las agradeció también. Ya nada importaba. No importaba lo que dijeran sus padres, su familia, sus amigos, su Casa… Andromeda comprendió que había cosas que valían la pena: la vida, y la vida que quería vivir.
La magia más antigua... el amor.
Más antigua que la Noble y Antigua Casa de Black y la sangre que circulaba en sus venas. Más noble y más pura. Y Andromeda lo supo.
Y si tenía que rebelarse contra todo y todos, lo haría. Porque desde ese momento tuvo ya una certeza, indiscutible, irrefutable: Andromeda supo que su vida y su destino le pertenecían definitivamente al hijo de muggles Ted Tonks.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Pasillo de la Mazmorra de Slytherin
"Me da igual que tengas entrenamiento, Lucius" respondíó con frialdad Narcissa. "Mi hermana está en la enfermería, y no pienso ir contigo a congelarme al campo de quidditch, sólo porque quieras que te anime."
Narcissa estaba de brazos cruzados, con el peso apoyado en una pierna, un gesto muy característico en algunos miembros de su familia. Especialmente cuando tenían una idea en la cabeza y no había forma de quitársela de encima. Lucius movió la cabeza bruscamente, y su cabello rubio se alborotó ligeramente.
"Vamos, Narcissa, tú ves a tu hermana todos los días… no le pasa nada, sólo tiene que recuperar el calor, eso es todo."
"Eso lo dices tú. Pero no pienso ir hasta que me asegure que está bien. Y si no te gusta la idea, mejor te acostumbras." Dijo ella testarudamente.
Lucius resopló y se colocó la escoba sobre el hombro.
"No… está bien. He aprendido que no hay que llevarte la contraria." respondió, derrotado, el joven Malfoy.
Narcissa sonrió orgullosa y levantó la cabeza cuando sintió que Lucius pasaba el brazo por su cintura para atraerla hacia él.
"Harás muy feliz a mis admiradoras en tu ausencia." comentó él casualmente, con toda la intención de provocarla. Pero Narcissa no varió su expresión de sonrisa complacida por haberse salido con la suya.
"Pues bien por ellas." Respondió, con la seguridad de que ninguna tenía nada que hacer. Descruzó los brazos y ajustó las cuerdas del cuello del uniforme verde de quidditch de Lucius. "Pero como estaré con mi hermana… posiblemente no me dé tiempo a terminar mis deberes de Encantamientos…" dijo mimosa, mientras seguía tocando las cuerdas del cuello con suavidad, con un gesto aparentemente casual. "Y cuando vuelva, no podré estar contigo… tendré que ponerme al día…"
Lucius echó la cabeza hacia atrás, resignado.
"Está bien, te haré la tarea cuando acabe el entrenamiento…"
Narcissa no miró a Lucius, seguía contemplando sus finos dedos jugueteando con los cordeles, y sonrió satisfecha. Le dio un beso en la mejilla, y le susurró al oído.
"Gracias."
Se desprendió de él y salió hacia la Enfermería, dejando que la cabellera brillara bajo las antorchas de las mazmorras cercanas a las de Slytherin. Lucius suspiró, admirando a la menor de las Black, y se apoyó en la pared.
"Conseguirá de mi lo que quiera…" murmuró para sí mismo. Cuando la perdió de vista, Lucius Malfoy tomó la escoba y se dirigió al campo de Quidditch.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Enfermería
Andromeda pasó el resto de la tarde en la Enfermería. La señora Pomfrey había dado un grito cuando vio a un estudiante cargando a otra alumna en brazos, ambos chorreando agua y a punto de sufrir una pulmonía. Pero la discreción era una virtud de la señora Pomfrey, y aceptó no revelar cómo había logrado aparecer la joven por sí misma. Y la inteligencia también era otra cualidad de la mujer. No hacía falta serlo para entender que una Black, en brazos de un Hufflepuff hijo de muggles podría ser la comidilla del Colegio al día siguiente.
Ya caliente y seca en la cama, Andromeda cenó ausentemente. La cabeza dándole vueltas peligrosamente a un nombre, a algo prohibido, algo despreciado, algo imposible.
Incompatible con Black. Ted Tonks.
Sólo pensaba en el beso. Y en vez de sentir asco, arrepentimiento o vergüenza, sentía deseos de volver a ver a Ted. De volver a sentir sus brazos y sus labios.
"¡Meda!"
Andromeda levantó los ojos y vio a Narcissa en la puerta de la enfermería. Se retiró la bufanda verde con un grácil movimiento de cuello y besó la frente de su hermana, tomando su cara entre sus manos.
"Estaba muy preocupada… cuando vi que no habías bajado a cenar, y me dijeron que te habías ido sola al lago a buscar no sé qué para Slughorn… ¡Sola!. Meda… ¡cómo se te ocurre!"
Andromeda se mordió el labio. Narcissa mostraba preocupación y miedo en sus ojos azules. Y tenía razón… si hubiese estado completamente sola, probablemente ahora estarían sacando su cuerpo del lago. Se estremeció y retiró la bandeja de la cena, ayudada por Narcissa. Mientras ésta dejaba con cuidado la bandeja sobre la mesilla, Andromeda se preguntó qué debía hacer.
¿Decir la verdad?. ¿Que sí, que había ido sola pero que debía su vida a Ted Tonks, un sangre sucia de Hufflepuff?. Ella sabía más que eso, sabía que ni siquiera con una deuda de vida, Ted sería aceptado. Al contrario, sentirían aún más odio y repugnancia por deberle algo a alguien tan bajo y asqueroso.
¿O mentir piadosamente?. Al más puro estilo de la familia: decir algo que querían oír. Que se las apañó bastante bien sola, pese a todo, (y aunque fuese mentira). Y nadie en su familia sentiría ninguna deuda hacia un Hufflepuff sangre sucia.
"Me las apañé bien sola, Cissy. Estoy bien. Sólo me escurrí cuando lancé el Carpe Retractum hacia el lago." Narcissa se sentó en la cama junto a ella, pero no dijo nada. Andromeda era incapaz de mirarla a los ojos. "Me da rabia…" se interrumpió. "… que no tenga el trabajo para mañana."
"No te preocupes de eso. Le he dicho a Slughorn que has tenido un pequeño accidente por culpa de su tarea, y él ha dicho que vendría ahora después de la cena a verte. Me alegra que tenga remordimientos."
Andromeda sonrió incómoda. Narcissa siempre conseguía lo que quería de la gente. Le favorecía, pero ahora se sentía culpable. Había mentido… cierto que por proteger a Ted, y probablemente a ella misma también. Pero se estaba dando cuenta de que esa incipiente rebeldía estaba alejándola de su familia, de sus creencias y sus enseñanzas, y aproximándola más y más hacia el extremo contrario.
Y descubrió que eso era un compromiso secreto. El corazón no le pedía cumplir una tradición. Le pedía estar con Ted Tonks.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Tras la visita de Narcissa, y posteriormente de un preocupado Horace Slughorn y algunas amigas, Andromeda se quedó tranquilamente descansando. En breve cerrarían la Enfermería a las visitas. Y Ted no había ido.
Con la mejilla apoyada en la almohada, miraba con curiosidad los retratos de las paredes, situados más allá de la mesilla llena de tarjetas de ánimo para que se recuperara, golosinas, pequeños y adorables juguetitos. Regalos de sus compañeros y admiradores. Pero Andromeda sólo estaba dándole vueltas y vueltas a la misma idea. ¿Podría empezar algo, lo que sea, con Ted? Totalmente prohibido y clandestino. ¿Funcionaría?. ¿Querría él?
Entonces sintió pánico. Siempre habituada a ser una Black, a ser el centro de atención, a ser admirada y envidiada. Y ahora… ¿y si Ted sólo la besó porque estaba aliviado?. Por eso no había ido a verla. Por eso no había querido quedarse en la Enfermería. Tal vez ella imaginaba que él también sentía algo por ella... pero ¿y si no era así...?
"Andromeda…" susurró una voz a su espalda.
Andromeda se giró con rapidez, sobresaltada como si sus pensamientos los hubiera estado voceando en alto, y la hubieran descubierto. Antes de que su cabeza reaccionara, su cuerpo ya se había girado totalmente para ver a Ted, de pie junto a ella.
"Te he traído… tu varita, se había caído en el lago." dijo él. "Por eso no pude venir antes."
Andromeda vio que traía la varita completamente seca y limpia, y se la puso en la mano. Todavía nerviosa, preocupada, en shock, por haber sido casi descubierta pensando cosas que no debería pensar.
Ni mucho menos, sentir.
"Gracias…" dijo ella, conmovida. Ninguno de sus amigos, compañeros, admiradores, se había ni siquiera dado cuenta de que ella no tenía la varita, ni se habían molestado en preguntarle si ella necesitaba algo. Habían asumido que la conocían, y que ella sólo quería tarjetas y golosinas. Pero Ted había sido el único en acertar. "¿Cómo la recuperaste, con un Accio?"
"No pude, lo intenté, pero no subía. Estaba atrapada." Ted tomó una silla y se sentó junto a ella, admirando su rostro pálido y sosegado, y los ojos marrones, brillantes, hermosos.
Ella abrió los ojos de par en par.
"¿Bajaste otra vez?"
Ted tocó los mechones que estaban en la sien de Andromeda, que se quedó quieta por miedo a que él retirara la mano si hacía un gesto brusco.
"Tuve que hacerlo." Ted sonrió. "No fui solo, de hecho, me ayudaron mucho con las varitas, iluminando, y con aire caliente para cuando salí. Soy muy fuerte" dijo sonriendo, mientras tocaba la sien de ella, con delicadeza, como si le comprobara la fiebre. "Y nado como un pez."
Andromeda sonrió con timidez. Y dejó que los dedos de Ted le acariciaran la sien, y despacio, la ceja.
"Yo no sé nadar." murmuró ella en voz baja, casi avergonzada.
"Ya me he dado cuenta" dijo Ted, sonriente. "Tendré que enseñarte entonces."
Andromeda bajó los ojos. En otras circunstancias debería haber mostrado indignación, a ellas nadie les daba lecciones de nada. No debería permitir que un chico extraño la viera en camisón, mucho menos despeinada y con la cara lavada, y mucho menos aún, un miserable Hufflepuff sangre sucia. Pero ahora mismo estaba siendo ella misma. Y cada vez más descubría que cuanto más de ella sabía Ted, incluso sus "miserias", más feliz era ella.
Y permitió que Ted se acercara más a ella. Y permitió que Ted bajara su mano desde la sien y la ceja, hasta su cuello. Y permitió que Ted rozara sus labios con los suyos. Ya no eran unos labios fríos por el agua del Lago, nerviosos por la preocupación. Era unos labios cálidos, suaves. Y Andromeda descubrió que ésa era otra mentira de los Black a la que se opondría. No era un beso que contaminara, ni Ted apestaba, ni era repugnante.
Cuando Ted se apartó de ella, puso su frente en la de ella, sin soltar la mano de su cuello.
"Me alegra descubrir que eres humana, Andromeda. Que eres algo más que una Black." Le susurró.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Domingo 1 de febrero de 1976
Gran Comedor. Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
"¿Habéis visto?"
Peter Pettigrew soltó el periódico El Profeta encima de la mesa de Gryffindor, y se sentó junto a James, mientras se servía un cuenco de cereales. James sin embargo no pareció estar muy pendiente de Peter, ni del periódico que había traído. Miraba fijamente a Lily Evans, que tenía los ojos verdes fijos en su propio ejemplar.
"¿Y si alguien logra convencerla para que venga al estadio y me vea jugar de esa forma tan increíble que tengo, creéis que se enamorará de mí perdidamente?"
Remus ya había terminado su desayuno. Su aspecto era bastante mejor que cuando rondaba la luna llena, y estaba más relajado por saber que aún faltaban dos semanas para la siguiente transformación. Miró de soslayo a James, que seguía ocupado con la idea de conseguir que Lily le hiciera algún caso. Tarea inútil, porque ella no parecía tener ni el más mínimo interés en prestarle atención.
"Explotan doce bombas en el West End de Londres"
Remus frunció el ceño. Comprendía qué significaba "bombas", sin necesidad de leer la nota aclaratoria del artículo. De nuevo, más ataques indiscriminados a núcleos de muggles. Las explosiones que provocaban determinadas maldiciones prohibidasahora se llamaban eufemísticamente "bombas". Y los muggles, ajenos a todo, seguían pensando que las bombas habían sido colocadas por un grupo de muggles irlandeses llamado "IRA", que atentaban siempre contra intereses británicos.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
"¡Sirius!"
Sirius iba caminando por el pasillo convencido de que había quedado con alguien para desayunar. Obviamente con James, Peter y Remus no, porque ya se habían marchado sin él esa mañana. Pero sus dudas sobre la misteriosa cita se resolvieron al instante.
"¡Hola… eh... Glenda!" contestó confundido Sirius, esbozando sin embargo una sonrisa deslumbrante.
"¡Es Gladys!" respondió la joven Hufflepuff indignada. Puso una mueca y apretó los labios, fingiendo estar terriblemente enfadada. "No has venido a desayunar conmigo, como quedamos..."
Mierda…
Sirius apretó las muelas con una mueca incómoda, y soltó el aire entre los dientes, dándose cuenta de que había metido la pata al confundir los nombres. Como tantas otras veces cuando había prometido citas que no tenía demasiada intención de repetir.
"Ay… Gladys… verás…"
En ese instante, apareció Regulus por el otro extremo del pasillo, caminando elegantemente con las manos en los bolsillos de tu túnica, y un ejemplar de El Profeta bajo el brazo. Y jamás se había alegrado tanto de verlo como en ese momento.
"…tenía que arreglar unas cosas con… mi hermano…" añadió el mayor de los Black, pensando que la aparición de Regulus le venía mejor que nunca. "Míralo, aquí viene…" Sirius soltó la mano que aferraba la suya. "Te veré luego ¿vale?"
Gladys frunció el ceño levemente.
"¿Pero de verdad?"
Sirius miró a Regulus que se estaba acercando, aparentemente ajeno a todo lo que había alrededor.
"Sí… sí… Glenda… nos vemos…" añadió precipitadamente Sirius, en un intento por zafarse definitivamente de la chica. Sirius ignoró a la muchacha y se acercó a Regulus, a fin de poder hacer su excusa aún más creíble. Gladys Gudgeon permaneció con la boca entreabierta y el ceño fruncido, todavía indecisa sobre la sinceridad de Sirius o no.
"¿Qué tal, Reg?"
Regulus miró a Sirius con sus ojos oscuros y levantó una ceja, con una expresión aburrida.
"Utilizarme a mí para deshacerte de mestizas enamoradizas. Te está bien empleado si no te la puedes quitar de encima." comentó el menor de los Black con voz aburrida. Sirius rodó los ojos y se cruzó de brazos. Gladys hizo un mohín, ligeramente convencida de la oportuna excusa del joven y, resignándose a tener que abordar a Sirius en otra ocasión, finalmente se alejó de allí.
"¿Vamos a empezar otra vez?"
"Eres tú el que lo ha empezado, Sirius." Regulus inclinó la cabeza a un lado y comprobó con indiferencia el borde del pergamino de El Profeta que llevaba en las manos. "Si no juguetearas tanto ni llamaras tanto la atención, probablemente luego no tendrías que estar solucionando tus propias meteduras de pata."
"Genial, está claro que vamos a empezar otra vez." Sirius apartó los mechones de los ojos con un movimiento de la cabeza, sin descruzar los brazos. "Venga, vale, te debo una, empieza a echarme la charla, es domingo y tenemos todo el día."
Regulus miró a Sirius a través de los mechones que le caían sobre los ojos, mirando con ojos agudos a su hermano, un gesto que indudablemente había adquirido precisamente de él. Pero se encogió simplemente de hombros, indiferente. El Profeta que llevaba se le cayó al suelo y la portada mostró el titular de las bombas en Londres. Pero Sirius ya se había agachado a recogerlo.
"¿Bombas?" preguntó Sirius, desconcertado, comprobando el titular que había impactado, sin que él lo supiera, a Peter, Remus y Lily Evans.
"Explotan doce bombas en el West End de Londres"
"Son unos artefactos muggles…" empezó a decir Regulus, mirando fijamente a su hermano.
"¡Sé qué son, Regulus!" respondió ásperamente Sirius. Agitó el periódico delante de él. "¿Ésto es a lo que aspiras, Regulus?. ¿Ésta es la manera de demostrar el dominio de la raza mágica?. ¿De recordar al mundo mágico y a los muggles que hay en él que nadie puede rebelarse contra ellos, que son invencibles?. ¿Qué nadie logrará parar a Quién Tú Sabes?. ¡En la vida hay cosas importantes por las que luchar, comprometerse, y no por un genocida!"
Regulus no contestó inmediatamente.
"¿Y tú qué haces por los muggles, Sirius?"
Sirius pestañeó un par de veces, ante la pregunta inesperada. Siempre había considerado que su discurso defendiendo a los muggles, mestizos o hijos de muggles era suficiente. Que era suficiente ser un sangre pura concienciado. Que era suficiente ser un Gryffindor, alguien excepcional por ser precisamente un Gryffindor Black. Regulus le arrebató el periódico y sonrió con ironía. Satisfecho de haber acertado en la diana. Era la ventaja de conocer el territorio. Y Sirius Black era un libro abierto para Regulus. Un misterio para sus admiradoras, un rebelde para los profesores, un desvergonzado para sus padres.
Pero nada de eso era lo que Sirius Black respresentaba para su hermano Regulus. Pero lo que representaba Sirius para Regulus Black, era un misterio que sólo éste último conocía.
"Que me des tú lecciones de rebeldía, compromisos y de resistencia." Añadió Regulus, mirando fijamente a su hermano, todavía sorprendido. "¿Qué haces tú por ellos, a ver, cuéntamelo?" repitió la pregunta. "Aparte de rondar con tu amigo mestizo, tus amigos traidores a la sangre, ligar con hijas de muggles, y mestizas descerebradas, tener unos dos o tres castigos semanales, disfrutar de las lechuzas sobre ti que llegan a casa, y pensar que ser los más rebeldes de Hogwarts os hace ser los más interesantes. Pero no veo nada de provecho en todo eso. Sólo llamas la atención, nada más. Sólo eres una pose, Sirius, pura fachada, nada más."
Regulus echó a caminar, sin esperar la respuesta de Sirius. La cual, francamente, ni le importaba.
"Que tenga que ser yo quien te diga qué camino escoger…" mencionó por último el menor de los Black, al doblar la esquina y entró en el Vestíbulo, ignorando a un pasmado Sirius.
Sirius Black, el Merodeador, aquel cuya labia y atractivo hacía suspirar a una gran cantidad de alumnas de Hogwarts, aquel que ponía de los nervios a algunos profesores y del todo a su impaciente madre. Sirius Black, se quedó sin palabras.
Sólo eres una pose, Sirius.
Sirius apretó la mandíbula. Tal vez eso era cierto. Pero él sabía que tenía unas fuertes creencias, una escala de valores y una ética personal que quería y debía poner en la práctica.
Sólo eres una pose, Sirius, pura fachada nada más.
"Ahora, Regulus. Por el momento." se dijo para sí mismo el mayor de los hermanos.
Pero en el fondo sabía, que Regulus, como en tantas otras ocasiones, tenía razón.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Sobre Bellatrix y Voldemort. Es absolutamente canon y confirmado que el amor de su vida fue Voldemort, y que éste, evidentemente, nunca la correspondió (nunca amó, como bien sabemos). El capítulo hace referencia que ella crea que lo ha visto antes, esa vez que encontró la foto de Tom Riddle en los libros de su padre. Pero sobre todo, es una referencia a sus obsesiones personales. Si Bellatrix cree que lo ha conocido, se convencería a sí misma de que eso es realidad, y así se le mete más y más la idea de Voldemort en la cabeza. Una parte de la semilla de su obsesiva naturaleza.
Introdujimos además eso de la foto de niña (que obviamente no es canon) para compensar (o explicar) que Bellatrix se pudiera enamorar de alguien que ya en esa época tenía más dos orificios que una nariz, piel blanca, ojos rojos... Alguien que no suena muy atractivo de primeras.
Sobre la poción mencionada que busca Andromeda, la Herbovitalizante, los ingredientes y el hechizo proceden del videojuego Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Las bombas del IRA explotaron a finales de enero de 1976, fueron doce. Gladys Gudgeon es una de las fans de Gilderoy Lockhart, a quien escribía todas las semanas.
Nos parecía interesante ver que, irónicamente, fue Regulus y su clarividencia, quien dio en el clavo con respecto a Sirius. Éste, de adolescente, tendría unos valores muy loables, y muy buenas intenciones, pero en esta época, sería tan sólo un chiquillo jugando a ser mayor. En algún momento, tuvo que abandonar parte de esa locura juvenil (que siempre mantuvo en el fondo, incluso tras Azkaban), al igual que hubo un punto de inflexión en James Potter. No siempre serían unos bromistas, unos merodeadores, y él concretamente no siempre perseguiría jovencitas (o licántropos, según otras versiones XD), sino que tendrían que tener unas grandes inquietudes morales y políticas, para decidir asumir un compromiso tan grande frente a Voldemort, uniéndose incluso a la Orden del Fénix, con sólo 17 ó 18 años.
Esperamos que os gustara. Hasta el próximo capítulo y gracias por leer. Besos.
