¡Hola!

Esta vez, el título es totalmente obvio: la huida de Andromeda y de Sirius. Su expulsión del Árbol. Los motivos de Andromeda son de sobra conocidos, pero no conocemos qué provocó el irse; hemos optado por poner su marcha acorde con la personalidad que hemos reflejado hasta aquí de ella (discreta, eminentemente Slytherin, silenciosa...); en Sirius, por contra, el "portazo" es lo que nos pareció más adecuado.

La dificultad consiste en elegir un "motivo" en concreto que le hiciera pensar a Andromeda "hasta aquí he llegado". De acuerdo con el mito griego de Andromeda, ésta iba a ser entregada en sacrificio. Sugerimos aquí que, tras la boda de Bellatrix, ella sería la siguiente en ser "condenada" a un matrimonio que la haría desdichada, y ella lo sabe. No hemos querido ser muy evidentes en el paralelismo, ni entrar en detalle sobre el o los posibles pretendientes, con el consiguiente triángulo tormentoso, pero ahí queda entre líneas.

Sin embargo, más que el hecho en sí mismo, buscamos las motivaciones, y sobre todo, recordad algo muy importante: los daños colaterales ocasionados. En Andromeda, al ser la primera "expulsada" en años, el impacto en su familia, sobre todo, Bellatrix y Narcissa. En Sirius, no sólo el impacto en Walburga, tan vehemente siempre. El impacto causado a Regulus es igual de poderoso.

Más adelante profundizamos ese impacto en la familia, aunque podéis imaginarlo. Aquí os identificaréis fácilmente con los expulsados (Andromeda, Sirius). Pero más adelante, veréis que también el reto está en identificarse con quienes se quedaron, aunque parezca mentira e imposible.


HUIDA

Mansión de Cygnus y Druella Black

Sábado 23 de septiembre de 1972

Narcissa disfrutaba de la celebración como si ella fuese la novia. Hacía muy poco que ya era mayor de edad, y definitivamente el aspecto infantil, de muñeca de porcelana había quedado hacía tiempo atrás, para dar paso a una joven de fría y armoniosa belleza. La boda de Bellatrix, esa misma tarde, sólo sirvió para que se hiciera oficiosa a los ojos de la clase social alta mágica su relación con el hijo único de Abraxas Malfoy, Lucius. Las familias que asistieron a la boda tuvieron que aceptar el hecho de que ya sólo quedaba una Black disponible, y a la que no se le conocía ninguna relación.

Y no sería porque Andromeda Black era la "hermana fea". A los diecinueve años, tenía los mismos rasgos aristocráticos y atractivos de todos y cada uno de los miembros de su familia. Su cabello no era el luminoso rubio de Narcissa, ni el negro que absorbía la luz de Bellatrix; Andromeda lucía una hermosa melena castaña, de aspecto suave, dulce, que recordaba a la miel. Boca sensual, y piel pálida.

En la boda, las familias que aún no habían visto a Andromeda Black comprobaron que la belleza no era un impedimento, y todas las familias aceptaron el hecho de que la segunda de las hermanas representaba su última oportunidad para formar parte de la familia mágica con más renombre de todo el Reino Unido.

Andromeda estaba arrodillada a los pies de su cama. Ya era bien entrada la noche, acababan de terminar la celebración del enlace Lestrange-Black. Su mano derecha apretaba con fuerza la varita, y su mano izquierda aferraba la colcha de su cama, deshaciéndola de tanto tirar de ella. El maquillaje se había emborronado en su cara; si Druella pasase y la viese en esa situación, se espantaría. La delicada línea negra de los párpados había pasado a convertirse en unos borrones que afeaban su rostro como dos artificiales marcas de ojeras.

Pero Andromeda no pensaba en su aspecto, ni se había cambiado; tan sólo lloraba por pura impotencia, por una extrema amargura, que sólo pudo desahogar en la intimidad de su dormitorio.

"Bella… te deseo lo mejor. Vais a ser muy felices…"

"Meda…" Bellatrix abrazó a su hermana y sonrió con orgullo. "Hace tiempo que no somos unas crías. Quien sabe… tal vez dentro de un año estaremos celebrando tu compromiso."

Andromeda palideció, pero se las apañó para mostrar una fingida sonrisa cargada de humor.

"¡Venga ya….!. ¡Pues no me falta ni nada…!"

Pero Bellatrix inclinó la cabeza. Se apartó el mechón de la sien con la mano izquierda, mostrando deliberadamente el hermoso anillo de oro que lucía en su dedo anular. Y levantó sus pesados párpados hacia su hermana.

"Sabes perfectamente que mamá y papá están considerando muy seriamente ciertas propuestas, desde que cumpliste quince años."

Andromeda no varió su postura, pero fijó sus ojos inmediatamente en la mesa principal, donde Cygnus y Druella estaban hablando con los Rookwood. Ahora sí fue incapaz de disimular su absoluto horror.

"No hace falta tener prisa, Meda. Con el tiempo te acostumbrarás, y verás que tu futuro marido… no está tan mal después de todo."

Bellatrix se fijó en Rodolphus, su recién estrenado marido, que se encontraba saludando a la familia Rosier al otro lado del salón. Alto, moreno, de buen cuerpo, inteligente y fuerte. Y el sexo con él podía ser incluso sorprendente.

Bellatrix guardaba secretos. Todos los Black tenían secretos. Pero si eran compatibles con sus propios objetivos, entonces acceder a contraer matrimonio con Rodolphus Lestrange tampoco era un gran sacrificio.

Andromeda gimió por pura angustia. En su secreta felicidad, no quería mirar más allá que el presente. Así habían aguantado más de dos años Ted y ella. Ojalá la vida siempre durara cuando tienes diecinueve años. Pero la realidad es mucho más fría, más dura.

Más Black.

Se sentó junto a Tía Cassiopeia. Envuelta en una elegante túnica azul marino con detalles en diamantes, Tía estaba sentada con una peculiar expresión tranquila, pacífica.

Pero triste.

Andromeda no sabía que pudiera haber alguien también triste en una boda. En una boda Black nadie mostraba tristeza.

Y mucho menos un Black.

"¿Tía… está usted bien?. ¿Necesita algo?" preguntó solícita su sobrina-nieta.

Tía Cassiopeia miró casi sin reconocer a Andromeda, y pestañeó.

"Meda… Qué guapa estás esta noche."

Andromeda sonrió, aunque tenía dolor pintando en sus ojos. Se recordaba que aunque estuviera con una anciana, nunca, jamás, debía mostrar lo que sentía a ningún miembro de su familia. Sin excepción, sin diferenciar edades.

"Gracias, usted también, está muy elegante."

"Veo las bodas, y comprendes tantas cosas... Con los años comprendes que hay decisiones dolorosas, querida niña."

Andromeda frunció el ceño, y sintió curiosidad ante las extrañas palabras.

"Las bodas me alegran, no me malinterpretes. Pero me recuerdan todo lo que no he llegado a ser." Se volvió hacia la joven. "¿Nunca te has preguntado por qué sigo soltera?"

Andromeda se mordió el labio. Los solteros de la familia eran solteros por elección. Nunca, jamás, habían faltado candidatos y pretendientes: ricos, inteligentes, guapos. El tipo de premio que todas las familias mágicas querían atrapar. Eran los Black quienes elegían, no al revés. Sus hermanas pensaban que Tía fue demasiado fea en su juventud. Bellatrix tenía la teoría de que incluso "era lesbiana."

"Amé mucho, Meda. Con los años he comprendido hasta qué punto el primer amor es el que te marca el resto de tu vida. Conocerás a mucha gente, aprenderás que hay una enorme variedad de personas donde elegir. Los Black escogemos, aunque al final la pareja de un Black es una imposición primero, y una elección después." La anciana suspiró. "Oh, no, no pienses que fue un maldito sangre sucia…"

Andromeda sintió una punzada dolorosa en el pecho, pero no mostró ninguna reacción exterior.

"…Pero su familia era insuficiente para un Black. Así fue. En su día fue la decisión correcta. La dolorosa, la terrible. Pero fue la decisión correcta. Habría matado del disgusto a mi padre, que ya bastante dolor tenía por culpa de haber tenido a..." se interrumpió, nadie podía pronunciar el nombre de los expulsados de la familia. "...bueno, un hijo squib nada menos. Él me quería, sí." Tía agachó la cabeza, con tristeza. "Y comprendió que si yo no era lo suficientemente valiente como para anteponer nuestro amor, entonces interpretó que yo no lo amaba como él había imaginado. Y se marchó." Calló un momento, sumida en sus recuerdos. "Cuando mi padre murió, era ya demasiado tarde, y yo demasiado mayor, pues él ya se había casado, se había ido a vivir a Plymouth, y supongo que fue feliz."

Andromeda sintió que ese pinchazo era más y más intenso. No era capaz de hablar sin que se quebrara la voz, sin que se le saltaran las lágrimas.

"Eran otros tiempos. Éramos más románticos que ahora. Ahora estáis influidos por esos que creen en el amor libre y sin ataduras. Pero yo me mantuve fiel a un compromiso. Y rechacé cualquier tipo de proposición que fueron llegándome a mi y a mi padre. Sin embargo, querida Meda, con los años, una mujer no es lo suficientemente hermosa, ni rica, ni Black, y las propuestas dejaron de llegar." Finalizó en tonos apagados.

Tía Cassiopeia bajó los ojos, y sonrió con tristeza a Andromeda.

"Creo que es la primera vez que conozco a una Black enamorada, Meda."

Andromeda sintió que el pinchazo del cuerpo le recorría todo el cuerpo, como una grave, incurable enfermedad.

Andromeda se secó torpemente las lágrimas con el dorso de la mano, manchándola de negro del maquillaje, y secándola en el hermoso vestido en color oro viejo.

Sólo tenía dos opciones: rechazar una tras otra de las proposiciones que ya estaban encima de la mesa de Cygnus Black, como fueron llegando al anterior Cygnus Black con respecto a su hija, a Tía Cassiopeia, y esperar que Ted tuviera paciencia y aceptara una relación clandestina, pero sin ningún futuro.

O construir su propio futuro, rechazando entonces a su familia.

Se incorporó y fue a su mesilla. Recogió las fotos de sus padres y sus hermanas. Abrió el armario y sacó un pequeño baúl. Con la varita, pensó el encantamiento que iba a lograr guardar pulcramente la ropa que iba a llevar en el primer día del resto de su vida.

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Estación de King's Cross

Andromeda no esperó al amanecer. Esa misma noche envió una lechuza a Ted, indicándole el lugar de su encuentro, antes de que saliera el sol. Antes incluso de la hora prevista, Ted aguardaba con impaciencia en King's Cross. En una estación de tren tenían garantía de anonimato, y Andromeda sabía llegar hasta allí desde la casa de sus primos, en Grimmauld Place.

Ted sabía que ese día había sido la boda de su hermana mayor, Bellatrix, la Black que él más temía y realmente más detestaba. Y era sólo porque Ted representaba todo lo que Bellatrix aborrecía.

Vio llegar a Andromeda, vestida como una muggle, con un delicado poncho de ganchillo blanco sobre un top y falda negros, con botas blancas. Había tomado especial cuidado en vestir como muggle de Londres, y no había errado. Pero Ted conocía a Andromeda, debajo de esa impecable elegancia, incluso cuando simulaba ser muggle, detectó los ojos rojos, el cabello recogido descuidadamente en una coleta. Y ese baúl, no tan grande y pesado como los que portaban en Hogwarts, que no era para pasar el fin de semana con él.

"Dromeda…"

Andromeda soltó el baúl y echó los brazos al cuello de Ted, llorando y aferrándose a él como si hubiesen pasado veinte años sin verse.

Ted respondió al abrazo con ternura, pero preocupado. Algo andaba evidentemente mal, y no lograba saber qué era.

"Me he escapado, Ted… me he tenido que ir. He huido…"

Ted abrió los ojos de par en par, y apartó instintivamente a Andromeda para mirarla a la cara.

"¿Qué has hecho qué?"

Andromeda sollozó, interpretando que eso era un reproche. Ted comprendió inmediatamente que su sorpresa podía ser mal entendida, y tomó suavemente el rostro entre sus manos, dejando que los pulgares se llevaran las lágrimas.

"No podía quedarme… me echarán del Tapiz, me desheredarán, me odiarán a mi, a ti, a nuestros hijos, pero no podía estar más tiempo allí…" volvió a sollozar, y curiosamente, Ted sintió alegría ("nuestros hijos"), y sintió orgullo por el valor que había demostrado, y sintió miedo por ella, por los dos. Pero prestó atención a Andromeda, que había vuelto a hablar, atropelladamente.

"…y no quiero que te amenacen, ni quiero que te maten, ni quiero que te aparten de mi vida, ni quiero que me dejes, como hicieron con Tía Cassiopeia… No quiero ser infeliz como ella, porque yo no podría haber soportado que te hubieses ido a Irlanda ni que te hubieses casado con otra, ni que hubieses pensado que yo no te amaba lo bastante, y yo tampoco habría podido aceptar a otro… Y habría pasado mi vida pensando que mi única ilusión sólo sería ceder una vieja elfina doméstica para que cuidara a mi sobrino-nieto recién nacido..."

Se le quebró la voz, y ahora fue Ted quien tomó en sus brazos a la joven. No había entendido casi nada de la confusa diatriba, de su atropellada explicación, aunque le bastó sólo saber que había "otros" que aspiraban a cerrar un compromiso con la única hija disponible, a sus ojos, de la poderosa, influyente, prestigiosa familia Black.

Esos pretendientes podían quedarse con sus queridos Black. Él sólo necesitaba y quería a una de ellos. Él nunca renunciaría a Andromeda.

"Tranquila…" Ted acarició el cabello de Andromeda, soltándole la coleta con suavidad para poder llegar a su nuca y masajearla. "No sé bien de qué hablas, Dromeda… pero todo irá bien. Estaremos bien… Nos las arreglaremos juntos."

Andromeda sintió por primera vez desde que hablara con Bellatrix, confort y paz. El que hablara Ted de ellos con un "nos", que dijera que estarían "juntos", era todo lo que necesitaba. Dejó que Ted volviera apartarla, pero sólo para buscar sus labios y besarla con tanto amor, tanto deseo y tanto agradecimiento, que las lágrimas eran ya de júbilo, de esperanza.

"Es aquí donde te vi por primera vez." le dijo él cuando se separó ligeramente de ella. "Desde ese momento pensé que eras de otro mundo, que eras inalcanzable, eras lejana, y eras perfecta. Y no me equivocaba."

Andromeda no sabía que responder a eso. Pero fue Ted quien siguió hablando.

"Pero eres más que una Black, eres Andromeda. Eres dulce, eres inteligente, eres buena y eres fuerte. Y cuando supe todo eso, ya no tenía remedio. Si tú hubieses decidido quedarte con tu familia, y hubieses llegado a aceptar a algún otro pretendiente más digno de ti que yo, yo no habría podido amar a ninguna otra mujer. Ni bruja ni muggle. Es una maldición que me has transmitido, Dromeda."

Andromeda volvió a sentir los ojos llenos de lágrimas.

"Ted… yo no soy digna de ti. Ningún Black lo es. Pero quiero arreglar eso. Ya no deseo ser Black, ya no me importa. Yo…" se le quebró la voz, de nuevo.

Pero para Ted, Andromeda Black ya había dejado de ser una de ellos hacía mucho tiempo. Ahora era sólo cuestión de formalizar esa transformación.

"Dromeda… en el lugar donde te conocí… te lo tengo que preguntar. ¿Quieres ser mi esposa?"

Lo preguntó sin pensar, sin reaccionar. Sólo por puro anhelo, por temor a que ella se escapara, por temor a que se arrepintiera, por desear que fuese Andromeda Tonks.

Andromeda besó con fuerza a Ted, y antes de que ella dijera que sí, Ted ya conocía la respuesta.

"Te quiero, Andromeda Black."

Ella sonrió con el rostro hundido en su cuello y susurró un simple "y yo" en su oído.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Dormitorio de alumnos de 2º, Torre de Gryffindor

Domingo 24 de septiembre de 1972

"¡Epa, Sirius!"

Sirius se dio la vuelta en la cama y se cubrió los ojos con las mantas, en cuanto la cortina de su cama se abrió y dejó entrar la luz de la mañana.

"Reg, déjame en paz…" murmuró entre sueños. "Dale la brasa a Kreacher un rato, a ver si se le va ese servilismo…"

"¡Sirius, que ya son las 12 de la mañana. ¿No piensas levantarte?"

Sirius abrió los ojos. Esa no era la voz de Regulus. Era James. Cuando vio las cortinas rojas comprendió que tampoco era su habitación en Grimmauld Place.

Se frotó los ojos y se incorporó. James estaba vestido sin el uniforme del Colegio, y tenía en la mano una escoba y la otra estaba todavía sujetando la cortina.

"Jo, menos mal que te has despertado."

"Dirás menos mal que te 'he' despertado…" respondió de mal humor. Regulus y él habían llegado por la Red Flu la noche anterior, según habían dispuesto con McGonagall para que pudieran asistir a la boda de la querida prima Bellatrix. Walburga no era muy amiga de la Red Flu, consideraba que era demasiado sucia, y más para un evento en el que sus hijos debían asistir impecables. Pero se las arreglaron bastante bien.

El único problema es que no había dormido lo suficiente. Por culpa de James y sus cosas. Sirius gruñó frustrado. No era cierto, había sido un fin de semana prácticamente desperdiciado, por culpa de la estúpida de su prima, no de James.

"¿No pretendías dejarme todo el día con Peter? Siempre me pide que le haga una caída en zigzag con la escoba. Francamente, me gusta, pero él no tiene ni idea de lo que marea. Y Remus está estudiando. ¡Estudiando!. ¡En septiembre!" James rodó los ojos. "Esta gente es muy rara…"

James soltó la mano del dosel y sacó una carta arrugada del bolsillo trasero de su pantalón.

"¡Ah!. Esto llegó esta mañana temprano. Lo recogió Remus, era el único despierto a esas horas para recibir el correo del desayuno."

Sirius se sentó en la cama y atrapó la carta cuando se la lanzó James y comprobó el remitente.

Andromeda.

"Jo, macho. ¿Tienes novias incluso por carta?" preguntó con curiosidad James mientras se sentaba en su propia cama y sacaba del baúl el kit de mantenimiento de su escoba. Andromeda no había puesto su apellido.

Sirius no respondió. Lo cierto es que se llevaba muy bien con su prima, pero no recordaba haberse carteado con ella, mucho menos con sus hermanas.

"Querido Sirius: Sé que esta carta te sorprenderá cuando la recibas, pero necesitaba que tú, sobre todo tú, supieses por mi lo que estarás a punto de averiguar. He huido, Sirius. He decidido dejarlo todo, exponerme a sus insultos, sus humillaciones y sus reproches, pero al menos será porque yo he querido hacer lo que debía. Habría recibido el mismo trato si me hubiese quedado, pero no habría sido tan feliz, no tanto como lo soy ahora.

Voy a casarme, y será con alguien que todos y cada uno de ellos aborrecen. Es un hijo de muggles, es bueno, es cariñoso, es amable, es dulce y me quiere por mi, no por mi apellido.

Siento no habértelo dicho antes. No he premeditado esto, la boda de Bellatrix me ha servido para saber cuál era mi futuro, si no lo escogía yo.

Sé feliz, Sirius. Y ojalá nos podamos volver a ver. Sé que de todos, tú me entenderás mejor que nadie. Lamento no estar ahí para ayudarte. Ser Gryffindor ahora será más difícil de llevar en nuestra familia. O mejor dicho, 'tu' familia, ya que estaré a punto de ser expulsada del tapiz de tu madre y mi nombre jamás volverá a ser pronunciado. Pero aunque eso ocurra, por favor, no me olvides, Sirius.

Con cariño.

Andromeda."

"Se casa con un hijo de muggles..." susurró Sirius, atónito cuando leyó la carta, los ojos clavados en una frase.

"Pero aunque eso ocurra, por favor, no me olvides, Sirius."

James, que estaba sentado en su cama limpiando con cuidado la escoba, levantó los ojos sorprendido cuando escuchó el comentario de su mejor amigo.

"¿Tu novia se casa con un hijo de muggles?" preguntó extrañado. "¿Pero que edad tiene?"

Sirius levantó la cabeza, pestañeó, reaccionando un poco después.

"¿Qué…?. ¡Andromeda no es mi novia, es mi prima, pedazo de animal!" Sirius volvió a mirar la carta, sin poder creerlo.

James soltó un silbido. Sabía de los Black lo suficiente como para saber que eso de Black y algo relacionado con muggles no era buena cosa.

"Claro que ahora que lo dices, con ese nombre, Andromeda, debí suponer que era una de tu familia. Os gastáis unos nombres de lo más raros. Pues menudo escándalo se va a montar… una Black, huyendo con un hijo de muggles..."

"Por el momento, mi madre la quemará del Tapiz, la desheredarán, le retirarán toda ayuda, negarán su existencia en El Profeta, mi prima Bellatrix cuando vuelva de su luna de miel querrá ir a asesinarla, su nombre será ya impronunciable en nuestras casas…" Sirius se encogió de hombros. "Lo normal en cualquier familia."

James alzó una ceja tanto, que se asomó por el borde de sus gafas.

"Lo normal en tu familia, Sirius. Creo que estáis todos un poco mal de la cabeza."

Sirius no respondió. Dejó la carta cuidadosamente doblada dentro del sobre, y la guardó con mucha discreción en el cajón de la mesilla, dentro de una pequeña cajita. James desvió la mirada, pero sabía perfectamente qué tipo de cosas guardaba en esa caja con extremo cuidado. Sirius se sacó la parte de arriba del pijama, levantando los brazos sobre los hombros, y asomando la cabeza después.

Con los brazos todavía metidos en el pijama, Sirius habló a James.

"¿Sabes James? Creo que yo acabaré como mi prima."

"¿Cómo?" James sonrió de medio lado, olvidando su escoba. "¿Fugándote con una hija de muggles?"

"No me refería a eso. Algún día yo también huiré." Sirius tiró del pijama y lo arrojó con indiferencia sobre la cama. Abrió su baúl y buscó algo para ponerse tras la ducha.

James contempló el perfil triste de su amigo. Aunque había reaccionado con bastante madurez, los gestos no le pasaban desapercibidos. Ya era un año que se conocían, y James Potter podía presumir de conocer bien a su mejor amigo.

Y la huida de la tal Andromeda había dejado huella en Sirius Black.

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Grimmauld Place 12. Londres

Viernes 13 de octubre de 1972

Walburga Black entró en el cuarto refrigerado mágicamente. Tenía la expresión dura, fría, severa, como era habitual en ella.

Descorrió las cortinas con un leve movimiento de su varita, y permitió que la luz pasara a la gran sala, toda tapizada con la costosa y elaborada urdimbre, que reflejaba siglos de historia de la magia.

El tesoro más precioso de los Black.

Y Walburga sintió por un momento una leve muestra de dolor. De resignación. Porque, a pesar de sus estrictas maneras, Walburga tenía un orgulloso aprecio a su familia y sus tradiciones. Para ella, las relaciones familiares estaban tan entrelazadas como el Tapiz que tenía delante. Una complicada enredadera de vínculos, lazos y sangre.

Cuando había que cortar una rama del árbol, se perdía también parte de esa sangre.

Ojalá no tuviese que pasar ella por la situación de Cygnus. Una de sus hijas, una traidora a la sangre.

A pesar de todo, Walburga sabía que Sirius tenía ya suficiente con ser un rebelde en Gryffindor. A pesar de las lechuzas avisando de su comportamiento, tanto ella como Orion estaban seguros que era porque Minerva McGonagall lo tenía en el punto de mira. Ella sabía que era un Black, y por lo tanto, consideraría un error que perteneciera a Gryffindor.

Por eso eran relativamente permisivos con el mal comportamiento de Sirius, sus travesuras y sus llamadas de atención. En el fondo, era un claro síntoma de que Sirius era un Slytherin, era un Black.

De Regulus no tenía ninguna duda. Era Slytherin, su pequeño príncipe jamás la defraudaría. Y no tendría ni que molestarse en leer sus lechuzas, porque ni siquiera las recibiría. No de Regulus.

Cygnus y Druella habían repudiado a su hija. El Profeta no tardó en hacer eco de la noticia, y Corazón de Bruja había dado todo tipo de detalles, avivando rumores. Durante los primeros días, ambos confiaban que su hija hubiese tenido un momento de crisis. Un momento de ofuscación.

Pero tuvieron que abrir los ojos. Fue el propio Sirius quien, de manera indiferente, dijo que Andromeda no volvería.

Druella se encerró a llorar de desesperación. Narcissa tuvo una actitud similar, sintiendo como propia la herida. Pero en Hogwarts, durante los EXTASIS, no tenía tiempo de pensar que su hermana era una traidora a la sangre. O prefería no hacerlo. Confiaba que Abraxas Malfoy no considerara eso una mancha en su impecable pedigrí, y no convenciera a su hijo Lucius de que una hermana traidora era una mancha imborrable.

Bellatrix prometió venganza.

Y Cygnus echó al fuego las fotos de su hija.

Walburga buscó la rama específica. Y ahí estaba ella.

"Andromeda. 1953 – "

Walburga apuntó con la varita. Por primera vez en la vida, y esperaba que fuese la última, Walburga Black expulsó del tapiz a un Black.

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho.

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Sábado 25 de noviembre de 1972

"¿Estás segura?" preguntó Ted en voz baja, mientras acariciaba la sien de Andromeda.

Se encontraban en la puerta de un viejo mago que oficiaba ceremonias. Se oía que había un mago innombrable que perseguía a muggles y magos con sangre muggle, y que estaba reclutando más y más seguidores. Andromeda sabía que Bellatrix hacía tiempo que se había unido a esa causa.

Muchos magos y brujas optaron por casarse pronto. Ante la incertidumbre, el desconsuelo, la impotencia. El no saber si algo o alguien podría arrebatarte ese trocito de felicidad.

"Totalmente." Dijo ella, con una breve sonrisa.

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No fue una boda con multitud de testigos, sino con un par de antiguos compañeros de Ted en Hogwarts. No hubo fastos, ni un inmenso convite como el que tuvo Bellatrix. No hubo cubertería de plata goblin con el blasón familiar de los Black grabado en sus extremos. Ni cristalería de Bohemia en oro.

No hubo cientos de invitados de prestigiosas familias mágicas. Ni habría referencia en portada de Corazón de Bruja. Ni la luna de miel la pasaron en una hermosa y cálida playa caribeña. Ni se oyeron trompetas ni violines, ni se lanzaron cohetes cuando se amaron esa noche. No tenían ya ninguna prisa. Sólo tenían la sensación, a pesar de todos los obstáculos, de haber hecho las cosas correctamente.

Fue una luna de miel en una habitación de un sencillo hotel. Sin sábanas de seda, cortinas de raso, ni una enorme chimenea, bañera para cinco, o alfombras lanudas.

Pero la sencillez siempre había dominado sus vidas. La pequeña chimenea ardió lo suficiente como para caldear la pequeña estancia. Eso les bastaba. Sin estridencias, sin exageraciones, sin ostentación.

A Andromeda le resultó todo más fácil de lo que creyó. Ted fue delicado esa noche, como siempre había sido con ella. Ella quedó finalmente quieta en sus brazos, ninguno con ganas de dormir, de separarse el uno del otro en la inconsciencia del sueño.

La magnitud de lo que habían hecho, la boda y su noche era sólo la punta del iceberg, no entró en ellos de golpe, no fue como una Bombarda. Estaba ahí, con ellos, algo que hizo que sientieran miedo, aunque no remordimientos.

"¿Qué nos pasará ahora, Ted?"

Ted sonrió a la criatura más maravillosa que había conocido en su vida. Y pensó que ya daba igual, si estaban juntos.

"No tengo ni idea, dulzura." Dijo él en voz baja, iluminados en la noche sólo por las llamas de la pequeña chimenea. "Pero nos las arreglaremos." Besó la sien de Andromeda. "Todo irá bien."

Andromeda sonrió tristemente, pero sintió por primera vez en su vida, que el mundo ya no giraba en torno a ella. Sino a los dos.

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Grimmauld Place 12. Londres

Julio de 1976

Los gritos de Walburga llegaron hasta la habitación de Regulus. No le costó adivinar con quién estaba discutiendo. Todos los veranos desde hacía cinco años se repetía la misma situación y los insultos y vejaciones ya no eran una novedad. No era ningún secreto que las opiniones de Sirius desentonaban en esa casa y nunca eran bienvenidas. Aún así, él era incapaz de mantenerse callado. Tal vez no buscaba directamente provocar a sus padres, pero jamás evitaba una confrontación directa, ni se retiraba prudentemente a tiempo. Regulus solía pensar – no osaba comentarlo en voz alta – que era irónica la actitud tan Black que mantenía Sirius (impaciente, osada, orgullosa), cuando en todo lo demás procuraba rechazar cualquier ideal familiar.

Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en su cama, y escuchó. No podía evitar preguntarse a qué se debía la nueva discusión. Por lo amortiguados que llegaban los sonidos, se imaginó que su madre y su hermano estaban en la cocina, aunque no llegaba a imaginar cómo habían coincidido ahí.

Regulus se preguntó hasta cuándo iban a soportar esa tensión. Él ya hacía tiempo que sabía que Sirius no iba a cambiar de opinión, que sus principios estaban tan arraigados en su alma que ni siquiera la sangre Black podría borrarlos. Sirius hacía mucho que ya no comulgaba con las enseñanzas de sus padres, o quizá nunca llegó realmente a hacerlo. Podrían marcarle a fuego en la piel que los magos son seres superiores, que ser Black es un privilegio que no ha de tomarse a la ligera y aún así, seguiría sin opacar la esencia de sus convicciones. Regulus había aprendido a aceptarlo y, aunque lamentaba muchísimo la separación cada vez más evidente entre ellos dos, sabía que tendría que vivir con ella. ¿Por qué sus padres simplemente no querían entenderlo?

Miró las paredes, donde el verde y plata eran los auténticos reyes de la decoración. Tal vez se debía a eso. Sirius era un león entre serpientes. Jamás podría sentirse a gusto con ellos. Y, a pesar de que él, a diferencia de sus padres, sí lo comprendía, eso no impidió que hundiera la cara entre sus manos y se sintiera inmensamente desgraciado. Por él y por su hermano.

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"No tengo por qué tener la misma opinión que tú, madre", replicó Sirius con voz calmada. Se había sentado en una silla y había procurado no elevar la voz. Tenía la suficiente experiencia para saber cómo llevar mejor las discusiones con cada uno de sus progenitores.

"¿Cómo que no?", bramó Walburga, mucho más irreflexiva en ese momento que él. "Todos estos años he sido increíblemente permisiva contigo, Sirius. A pesar de todos esos rumores, a pesar de quienes me decían que te dejas ver con mestizas e incluso sangre sucias… siempre te concedí el beneficio de la duda. No hagas que me arrepienta."

"¿Rumores, madre?", preguntó Sirius con insolencia. "Son más que eso. Es la verdad. Yo no pregunto por la familia a nadie antes de dirigirle la palabra."

"¡Es tu deber! Ya hundiste nuestra reputación cuando te eligieron para Gryffindor¡al menos ahora deberías compensarlo!"

"¡Estoy orgulloso de ser un Gryffindor!", la interrumpió Sirius, perdiendo un poco la paciencia.

"Antes que nada eres un Black", le recriminó Walburga con voz gélida.

"No, soy Sirius. Y Sirius es un Gryffindor. Black sólo es un apellido, algo que yo no he elegido y que, desde luego, no pedí."

Walburga se tuvo que apoyar en la mesa de la impresión. Se llevó una mano temblorosa a la frente, visiblemente descompuesta.

"¿Qué es lo que has dicho?", preguntó débilmente.

"Creo que me has entendido muy bien, madre. ¿Necesitas que lo repita?"

La mujer cerró los ojos y se masajeó las sienes, tratando de reunir fuerzas para afrontar esa nueva osadía por parte de su primogénito. Sirius, por su parte, esperó impertérrito a que ella volviese a hablar, con la vista fija en la alacena, mirando sin ver los elegantes platos con el emblema de los Black. Resultaba irreal estar ahí, como si ese no fuera el lugar donde se había criado, como si ya no fuese su hogar. O nunca lo hubiese sido.

"Eres una vergüenza para la familia", habló finalmente Walburga, con voz enronquecida y cansada. "Tu padre y yo hemos tratado de hacer todo lo posible para remediarlo, pero sigo sin saber en qué fallamos." Sirius esbozó una sonrisa irónica y se preparó para contestar, pero ella lo impidió. Alzó una mano, pidiendo silencio. "Ser un Black es un orgullo, una bendición. Si no comprendes eso, no sé qué más puedo hacer por ti."

"Ya has hecho bastante, madre", replicó Sirius con amargura. "Preferiría haber contado con tu indiferencia desde el principio."

Walburga alzó el mentón, del mismo modo que solía mostrar en las reuniones sociales. Con orgullo, con la aristocracia heredada a través de siglos de tradiciones y protocolos familiares.

"No entiendes nada, Sirius. Los Black no renunciamos a lo que queremos, y tú terminarás siendo el hijo que tu padre y yo merecemos. Nos lo debes, y algún día te darás cuenta de que todo lo hacemos por tu bien". Inspiró con fuerza y añadió: "Dejarás Hogwarts e irás a estudiar a Durmstrang. Nos las arreglaremos para que te admitan allí. No volverás a ver a ninguno de esos gamberros con los que te dedicas a cometer fechorías. Sin ellos, seguro que te costará menos volver al buen camino."

Sirius se quedó unos instantes sin habla. No daba crédito a lo que oía. ¿Irse de Hogwarts¿De su verdadero hogar? Y más que eso¿pretendía separarlo de sus amigos, quienes significaban para él más que su propia familia?

"¡Ni hablar!", gritó, levantándose violentamente. La silla se estrelló ruidosamente contra el suelo, pero ni siquiera eso sirvió para ahogar su voz. "¡No voy a permitirlo!"

"Tú no tienes nada que decir", le espetó Walburga con frialdad, elevando reflejamente su voz.

"Es mi vida y no voy a permitir que nadie más decida por mí. Ya estoy harto de que intentéis mangonearme."

Walburga se irguió aún más, como si la hubiesen pinchado repentinamente.

"¡Tu vida pertenece a los Black! Sólo porque seas demasiado joven, demasiado ignorante para darte cuenta…"

Sirius no la dejó terminar. Su voz sonó impersonal, pero decidida, cuando apostilló:

"Si eso significa ser un Black, quizá no quiera serlo más."

El silencio más sobrecogedor que pueda existir se hizo presente en la cocina. Walburga arrugó el rostro en un rictus de dolor e incredulidad, como si su hijo le hubiera dado una bofetada. Fue incapaz de decir nada, ni siquiera cuando Sirius pasó a su lado como una flecha y salió de allí.

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Regulus pudo distinguir con claridad alguna de las réplicas de su madre y las protestas de Sirius, más vehementes que de costumbre, lo sorprendieron bastante. No conseguía entender la naturaleza de la discusión y los pocos datos que había captado sólo habían servido para confundirlo más, pero algo le decía que ese día todo era distinto.

Notó el abrupto silencio que sobrevino justo antes de captar los pasos rápidos de Sirius subiendo las escaleras. Y después, un sonoro portazo. De repente, todo aquello empezaba a darle muy mala espina. Se puso en pie despacio y miró sus manos, que temblaban descontroladamente, sin que él pudiera encontrar una razón. Las sacudió enérgicamente, pensando que quizá así se le pasaría, pero decidió que averiguar qué estaba ocurriendo en la habitación de su hermano tenía mayor prioridad.

Salió de su cuarto sin apresurarse, tratando de comportarse normalmente, pero sentía el corazón golpear con tanta fuerza en su pecho que casi hacía daño. Se acercó a la puerta de al lado y, tras un momento de indecisión, la abrió, sin llamar primero. Se quedó en el dintel, porque no se atrevía a entrar del todo.

Sirius se giró hacia la puerta, sorprendido por la intrusión. Tenía el rostro desencajado, y su sedoso cabello - que por mucho que lo intentara, Regulus no conseguía imitar - le tapaba media cara, luciendo por primera vez descontrolado. Al ver que se trataba de él, siguió con lo que estaba haciendo. Con una desagradable sensación de incertidumbre y, a la vez, con una terrible sospecha asentándose en su pecho, Regulus se puso de puntillas, para ver qué hacía.

En menos de un segundo, el joven sintió que todo su mundo se derrumbaba. Sirius estaba haciendo las maletas. Iba a irse, como muchas veces había supuesto que terminaría haciendo. Pero haberlo visto venir, no hacía menos duro el golpe. Siempre había tenido la secreta esperanza de que las cosas pudieran arreglarse, sólo que no se había dado cuenta hasta ese momento lo mucho que deseaba que fuese así.

"¿Qué…?", intentó preguntar, pero la voz se le ahogó en la garganta. Pestañeó, sorprendido por su propia debilidad.

"Me voy", lo atajó Sirius con seriedad. Ni siquiera lo miró, siguió metiendo a toda prisa sus libros en un baúl colocado sobre su cama. Nunca habían hecho mucho caso a la prohibición de utilizar magia fuera de Hogwarts, pero Sirius estaba recogiéndolo todo de forma tradicional. Quizá porque así le resultaba más rápido o porque necesitaba descargar toda la adrenalina que corría por sus venas.

"¿Cómo…¿Qué estás diciendo¿Cómo vas a irte?"

De repente, era como si volviera a tener cinco años. Se sentía pequeño en un mundo demasiado grande y la abominable sensación de impotencia hacía estremecer todo su cuerpo.

"Me voy", repitió Sirius, más despacio. Lo miró sólo un breve segundo y Regulus creyó que le faltaba el aire.

"No puedes irte", dijo con estúpido infantilismo. "¿Qué vas a hacer¿A dónde irás?"

"No te preocupes por mí", replicó Sirius con voz contenida, mientras cerraba con esfuerzo el baúl. Lo depositó en el suelo y abrió una maleta más pequeña. Ignorando al chico que lo observaba atónito desde la puerta, fue hasta el armario y agarró descuidadamente una buena cantidad de ropa. La soltó sobre la maleta, sin preocuparse de si se arrugaba o sobresalía por los bordes. Lo empujó todo dentro, golpeando la informe masa de ropa sin piedad, para poder cerrar las correas.

"¿A dónde vas?", volvió a preguntar Regulus, con la voz aún más débil y temblorosa. "No puedes marcharte."

"Es lo que estoy haciendo", replicó su hermano, agarrando la maleta y arrastrando el baúl tras de él. Se paró delante de Regulus, que todavía estaba obstruyendo la puerta, pero éste no se movió. "Apártate, Regulus", pidió, con una extraña inflexión en la voz.

Regulus no quería moverse. Ni siquiera se sentía con fuerzas de hacerlo. Sólo quería pedirle que se quedase, que no lo abandonara allí, que no lo dejara solo de nuevo. Quería rogarle que fuese su hermano otra vez. Pero no podía hablar. Ya no era cuestión de orgullo, era pura desolación.

"Por favor…", musitó, sin saber tampoco él lo que le estaba pidiendo.

"Muévete, Regulus, maldita sea".

"Sirius, no… No lo hagas", suplicó.

Sirius gimió de pura desesperación. Soltó la maleta, que cayó al suelo con estrépito, y empujó a Regulus a un lado. A pesar de que no había empleado toda su fuerza, su hermano se estrelló contra la pared del pasillo, como si no fuera más que un muñeco de trapo. Pero el chico no protestó. Siguió mirándolo con sus ojos negros repletos de dolor.

"Sirius…", susurró una vez más, sin poder continuar. Quería decirle cientos de cosas, pero no lograba encontrar otra palabra en su mente que no fuera su nombre. Tenía la sensación de que podría repetirlo durante años y años, y nunca se cansaría de oírlo. Daría igual lo que ocurriese fuera, si su hermano seguía mirándolo a los ojos, aunque fuera con esa expresión de indescriptible confusión.

Finalmente, Sirius pareció comprender que Regulus no diría nada más, porque apartó la vista y empezó a bajar las escaleras.

Volvió a encontrarse a su madre en el piso inferior. Estaba delante de la puerta de entrada, como un nuevo obstáculo que salvar. Y todo parecía indicar que no iba a ser tan fácil librarse de ella como del inesperado percance con Regulus.

"¿Qué crees que estás haciendo, maldito desagradecido?", le espetó en cuanto se fijó en el baúl. "¿A dónde piensas ir? No eres nada sin nosotros¿me oyes? Nada."

Sirius no respondió a su provocación. Avanzó hasta la puerta, pero Walburga no dejó que saliera sin más.

"¡Mírame!", chilló con histeria. Sirius se volvió lánguidamente, dejando las maletas en el suelo. "¿Crees que todo es tan fácil como marcharte de aquí? Ya no eres un niño, Sirius. Deberías pensar un poco más en las consecuencias de tus actos."

"Lo he pensado", respondió lacónicamente, encarándola con la mirada, pero sin perder los estribos. "Durante cinco años."

Walburga, sin embargo, estaba ya fuera de control. Su voz sonaba aguda y penetrante, repleta de ira e indignación, rota por el dolor que suponía esa nueva afrenta.

"Ya has visto lo que pasó con la traidora de Andromeda", soltó la mujer y, por si acaso cabía alguna duda, sacó la varita e hizo un significativo gesto con ella. El mismo que había utilizado casi cuatro años atrás para borrarla del Tapiz. "Si sales por esa puerta…"

Sirius sonrió de medio lado y metió una mano en el bolsillo. De él extrajo una gruesa cadena de oro de la que colgaba un blasón muy antiguo, aunque en perfecto estado. Lo depositó con brusquedad en la mano de su madre.

"Ya tienes experiencia, entonces."

Sin decir nada más, tomó sus pertenencias y salió de allí.

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Regulus oyó el fuerte portazo desde el piso superior. Se deslizó lentamente por la pared, hasta caer sin fuerzas en el suelo. Ya no había vuelta atrás. Sirius los había abandonado, lo había abandonado, y sabía todo lo que eso conllevaba. Se volvería otro tabú, otro innombrable, como había ocurrido con la prima Andrómeda. El ritual se repetiría, su madre quemaría su nombre en su Tapiz y del mismo modo, éste nunca volvería a pronunciarse en esa casa.

Una lágrima se deslizó por la pálida mejilla del joven, marcando el camino a muchas otras. Ya nada sería igual, Walburga y Orion repudiarían a su hijo públicamente y olvidarían que tenía su misma sangre. No sabía si podría soportarlo. La familia se había roto y él lo podía sentir vívidamente en su pecho. Pero ni siquiera podía odiar a Sirius por estropearlo todo. Se preguntó amargamente que si él ya no era su hermano¿por qué lo sentía más adentro que nunca?

CRACK

"Amo Regulus", gimió Kreacher con desolación, extendiendo una de sus huesudas manos hacia el chico tirado en el suelo. "La ama Walburga está llorando abajo… Kreacher no sabe qué decirle. ¿Hay algo que pueda hacer Kreacher?"

"No lo sé", respondió Regulus, con un nudo en la garganta. "Ya no sé nada."

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En la nota al principio mencionábamos que es un reto identificarse con quienes se quedaron. En este caso, hemos explicado qué sintió Regulus, pero suponed qué sintieron Bellatrix, y Narcissa (ésta especialmente, al tratar con tanto cariño a su hermana ahora traidora.)

Nota de Dubhesigrid a fecha de publicación del capítulo: no tengo ni idea de qué pretende hacer Heredrha con esta historia. Por motivos que se me escapan, ella está absolutamente descolgada del fandom. Hasta aquí esto ha sido producto de una colaboración, pero a partir de ahora no tengo ni menor idea de cómo seguirá la historia (si es que ella regresa). Que lo haga yo no me parece justo ni sé si estaría a la altura, sobre todo, porque esto nació como un proyecto compartido sobre el que no tengo ni el 100 x 100 de responsabilidad, ni tengo el 100 x 100 del control. Haré lo que esté en mi mano para continuarlo, prescindiré de los borradores de ella ya que no voy a utilizarlos sin su permiso, y trataré de darle el final que siempre habíamos imaginado, y no una muerte por coma.

Pido disculpas a quienes os veáis defraudados, o quienes seáis admiradoras principalmente del estilo de Heredrha, yo no puedo repetirlo ni imitarlo. En definitiva, o continuo sola, no lo continuo y se queda aquí, o podemos esperar meses a que Heredrha decida si se incorpora o no.

Me parecía justo que lo supiérais; buscaré la manera de seguir con el capítulo 13. No entraba en mis planes hacer dos longfics simultáneos yo sola.

(Sé que hay reviews sin responder, haré lo posible para cumplir esta semana. Al resto, gracias por la paciencia y la lectura, y por vuestros comentarios: Lulii, Vicky Kou de Malfoy; Saiph Lestrange; Sabaku no Akelos; Yedra Phoenix; Zory; Clio84; Cristhine; Nicole Daidouji; Cris239; Bellatrix Andromeda Black; Dryadeh; CerezaPiel; Annirve; Annaryk; EugeArt; grengras; Thaly Potter Black; El Collar de Perlas.)