Hola:
Muchas gracias por vuestros comentarios y estar ahí, sois geniales: SiriusLoveSlytherin, Lulii (Pressure), criss92, snow angel 3000, sandy kou, Zory, Nell Charentes :), Annirve, Yedra Phoenix, El Collar de Perlas, Dryadeh, Nicole Daidouji, dUlCe InVieRnO y Aliena.
Esta fase, habréis visto, ya es bastante oscura; se va mascando la tragedia. Conocemos el final de todos ellos, pero, ¿cómo llegaron ahí?
Quienes odiéis a Regulus, saltad el capítulo directamente, porque es prácticamente sobre él.
Hemos dado datos de Regulus: es rápido, es inteligente, es más prudente que Sirius, pasa muy inadvertido y ésa fue su gran baza contra Voldemort. En esta época Regulus tiene tanta importancia como Sirius y Bellatrix, y bastante más que Narcissa y Andromeda. Su nombre significa el título de este capítulo: corazón de león por tratarse de la estrella más brillante de Leo, y pequeño rey. Siguiendo la costumbre de Rowling y su simbología con los nombres de sus personajes, este capítulo bebe de todo ese significado.
Sirius tiene también intervención, sobre todo para comparar lo parecidos y lo diferentes que son ambos hermanos. En especial, uno hacia el "lado oscuro", y otro hacia el "lado de la luz". Sin embargo, ambos comparten luces y sombras a partes iguales.
Me gustaría también que no veáis a Regulus como un pelele sin criterio ni personalidad (fue mi error antes de escribir de él en mi primera historia, pero Heredrha me dio una visión que tuve que pedírsela prestada. A ella se debe todo este Regulus). Creo que es un personaje lleno de matices y contradicciones y tan complejo como Sirius. Aquí están los motivos. Espero no aburriros.
Otra vez, gracias Nasirid por ser tan generosa, haber sufrido con éste y los anteriores, mi alfa particular. Sin tu criterio, estaría ahora mismo dando tumbos como Kreacher por GP12.
Aviso: capítulo extra largo, tal vez el que más de todo el fic.
EL CORAZÓN DEL LEÓN, EL PEQUEÑO REY
"Tú padres… ¿tus padres también eran mortífagos?"
"No, no, pero creían que Voldemort tenía razón; estaban a favor de la purificación de la raza mágica, querían deshacerse de los hijos de los muggles y que mandaran los sangre limpia. (…) Aunque cuando vieron lo que estaba dispuesto a hacer para conseguir el poder, les entró miedo y se echaron atrás. Pero supongo que, al principio, mis padres creyeron que Regulus era un verdadero héroe cuando se les unió." - Harry Potter y Sirius Black. (Harry Potter y la Orden del Fénix)
Rowling: "Sirius dijo que no podría haber sido (asesinado por el propio Voldemort) porque (Regulus) no era lo bastante importante, ¿recuerdas?. Eso (Regulus podría haber sido importante si le dejó una nota personal a Voldemort) no quiere decir necesariamente que Voldemort mató en persona a Regulus, sino que Sirius sospechó que Regulus se había metido demasiado. Como Draco. Le atraía, pero esa realidad supuso que era demasiado lo que podía controlar." (J.K. Rowling. Entrevista The Leaky Cauldron y Mugglenet, 16 julio 2005.)
"Regulus no estaba preparado para la vida de un Mortífago. Lo que le hizo cambiar de bando fue el intento de asesinato de Kreacher por Lord Voldemort." (J.K. Rowling, Chat post-DH, 30 de julio de 2007 en Bloomsbury punto com)
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Permaneció quieto debajo de la cama, aferrado a la varita, respirando tan despacio que no parecía que estuviera vivo. No tenía el corazón desbocado, ni tenía sudores fríos. Nunca había tenido miedo, siempre había tenido una sangre fría que recordaba mucho a la de su padre. Entornó los ojos pardos cuando la puerta se abrió despacio y apenas entró luz del pasillo.
Jo, qué listo… ha apagado las luces del pasillo también…
Despacio, empezó a arrastrarse hacia adelante, en cuanto vio que los pies pasaban al otro lado de la habitación. Su pequeño y ligero cuerpo no hacía ruido sobre la mullida alfombra de su dormitorio. Serpenteaba. Salió silencioso desde su escondrijo y se asomó cuidadosamente por encima de la cama, con la varita preparada, y asegurándose de que el intruso estaba comprobando el armario, casi totalmente de espaldas a él.
"¡Petrifigulus Totalus!"
Escuchó resoplar a la otra figura, que dio un salto y se apartó del armario.
"¡Joer Reg, vaya mierda de maleficio!. ¿Ibas a paralizarme o a decir tu nombre?"
"¡Te he ganado!" chilló Regulus, sin hacerle menor caso, saliendo al pasillo y agitando la varita de juguete. "¡Te he ganado, gran Sir Sirius!"
"¡No me has ganado, ese hechizo no existe!" Sirius salió al pasillo, con muy mal perder. "¡Reg, ven aquí!. ¡Ahora estarías muerto, pedazo de troll!. ¡Reg, que así no vale!"
"¡Y el grandioso Reg el Regio te ha ganado!" volvió a gritar el chiquillo de siete años, ignorando completamente a su malhumorado hermano mayor…
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Grimmauld Place 12, Londres
Agosto de 1976
Regulus se despertó como hacía varias semanas: tras dormir a trompicones, semi consciente. No era porque hubiera peligro alrededor, ni porque no estuviera cansado: todo lo contrario. Grimmauld Place continuaba siendo una de las casas mágicas más seguras del Reino Unido, de eso estaba convencido. Y sobre la otra cuestión, estaba cansado, muy cansado.
Esta vez había soñado a cuando jugaban a las emboscadas. Unas veces él hacía de auror, otras veces de mago malvado. Siempre ganaba cuando él hacía de mago malvado, pero Sirius sacaba la lengua desdeñoso y le decía que "yo también, cazurro, no te hagas el chulito, es más fácil ser el que acecha que el acechado. Yo nunca dejaré que me atrapen, siempre es mejor ir a la caza."
Se apartó la sábana y la fina colcha hasta la cintura; no llevaba parte de arriba del pijama, así que el vello se le erizó al contactar con la habitación fresca por la mañana de verano. Estiró la mano y al tocar la lamparita de noche, ésta se encendió. No era necesario hacer hechizos ni usar la varita, así los inquilinos no tendrían necesidad ir con ella por toda la casa, pero hacía ya tiempo que Regulus prefería portarla, aun siendo menor, aun estando en su propia casa.
Hacía poco más de un mes que Sirius se había ido. Jamás había sentido su hogar tan vacío, tan silencioso. Tan jodidamente grande. Sabía que tenía que odiar a su hermano y que por supuesto, su nombre ya era un tabú en la casa, jamás podría pronunciarlo en voz alta. Tenía que fingir que Sirius no existía ni jamás paró por ese hogar. Sólo sus sueños desobedecían la ancestral orden, tan antigua como el Tapiz que parecía determinar lo justo e injusto en su familia. Su madre finalmente eliminó su nombre hacía unos pocos días, segura… o esperanzada… de que esa huida era un arrebato de su caprichoso hijo mayor, tan similar a los que ella misma tenía.
"Era la persona más testadura, soberbia y arrogante que he conocido nunca… sucio traidor, vergüenza de mis padres…"
Pero Sirius no regresó.
El nuevo heredero de los Black se había acostumbrado a quedarse junto a la ventana, hasta muy tarde, con la esperanza de ver llegar a Sirius con su caminar elegante y confiado, con ese movimiento de hombros que él mismo no sabía imitar de la misma manera. Sirius nunca llegaba, nunca se presentaba. Y siempre se reprendía a sí mismo.
"Cómo va a quedarse plantado ahí delante, si ni siquiera el número 12 es visible desde el exterior. Pedazo de troll, como decía Sirius…"
Pero seguía haciendo ese ritual, a pesar de todo. Seguía pendiente de él, de poder detectar su presencia. Como cuando se quedaba alerta, buscando con sus ojos agudos la snitch dorada. O esperaba inútilmente la llegada de alguna lechuza. Algo aún más improbable; Sirius era un desastre con su correspondencia, ya lo había oído a sus amigos, en particular a Potter, y se lo había oído a las chicas con las que le había visto tontear.
Tenía que fingir que Sirius no existía. Pero eso no era un problema, Regulus sabía disimular muy bien. Es más, disimulaba perfectamente. Colocó una barrera de indiferencia que le protegía de su alrededor, un escudo impenetrable, una coraza que le permitía casi camuflarse en su entorno, no destacar ni para lo bueno ni para lo malo.
Vio a su madre a través de Kreacher, llorando como jamás había imaginado en la fría y calculadora Walburga Black. Pero ella también disimulaba muy bien, debía de ser algo de familia. Como la cabezonería. La soberbia. La arrogancia.
Al poco tiempo de irse Sirius, había modificado su propio dormitorio. Desbordaba plata y serpientes; verde y gris por todos los rincones. Algo que le evitaba el dolor propio y dolor a sus padres. Ayudaba a recordar que Sirius nunca estuvo ahí. Nada que le recordara a él ni a sus padres que en esa casa nunca había vivido un traidor a la sangre, un Gryffindor que había destrozado el alma de la familia.
¿Pero es que acaso tenían alma los Black?
Regulus dio un respingo al pensar en las almas. Miró de reojo la estantería con los libros que sus padres le habían dicho que tenía que conocer, como heredero de la familia. Algunos se sentían fríos al tacto; otros podrían enloquecer al insensato que lo abriera sin pertenecer a la familia. Otros libros quemaban las manos. Otros eran puro veneno si uno quería pasar las páginas mojando las yemas. Costumbre muy poco Black por antihigiénica y antiestética, pero esos libros no estaban pensados para otros que no fuesen Black.
Su primer verano sin su hermano, su primer verano con el peso de la herencia encima.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
No hizo ningún sonido al moverse por la Casa, aún sin haber amanecido. Si Regulus Black quería ser sigiloso, podía hacer menos ruido que un kneazle pasando por la mullida alfombra del salón. Bajó al único lugar donde notaba compañía; sus padres ni se daban cuenta de su presencia, como solía ocurrirle. Entonces allí dejaba que Kreacher le preparara algo de comer; comía poco, sólo lo suficiente para recobrar energías. Seleccionaba la carne más tierna, la fruta más jugosa, el pan más reciente. Pero el cuerpo ya no le pedía golosinas encargadas directamente de Honeydukes. Las ranas de chocolate las usaba sólo para entrenar su habilidad como buscador de Quidditch. Las varitas de regaliz le sabían a madera de verdad.
No hacía ruido y ni siquiera su estómago le delataría, no como cuando eran pequeños y sus padres los castigaban sin cenar. O como las veces que aguardaba impaciente la comida encogiéndose sobre su estómago para que su madre no se enfadara al escuchar el rugir del hambre; era vulgar ese sonido, no era digno de su categoría.
Regulus hacía tiempo que no conocía la sensación de las tripas protestando.
Al ser tan temprano, esta vez Regulus se encontró a Kreacher acurrucado entre unos viejos pergaminos, murmurando entre dientes y temblando, a pesar de que era agosto. El muchacho se detuvo, en parte porque no deseaba despertarlo, en parte sintiendo por primera vez la edad avanzada del elfo doméstico que había servido lealmente a su familia durante generaciones.
Nunca antes había caído en que esa criatura era algo más que los siniestros cadáveres que poblaban la escalera gracias al buen gusto decorativo de la querida tía Elladora. Era un ser vivo. Y sentía y envejecía. Se sentó en el banco de la cocina, y cerró los puños sobre la frente, su dedo índice relucía con el anillo de oro que su padre, silenciosamente, le había entregado cuando Sirius se marchó.
Porque Regulus sentía lo que Sirius, pero no podía sentirlo.
"¡Amo Regulus!"
Regulus levantó la cabeza y se frotó los ojos vidriosos para distinguir con más claridad a Kreacher, aplastado contra el suelo absolutamente desesperado por haberse quedado dormido.
"Kreacher no lo había oído llamar, amo. Ahora mismo tendrá su desayuno, ¡Kreacher no ha sido un fiel sirviente, Kreacher no ha debido de dormir como un holgazán sangre sucia, oh, no!. ¡El Amo Regulus está muy delgado y es sólo culpa de Kreacher!"
Agarró una sartén de la bruñida alacena de la vajilla, repleta del escudo y lema familiares y Kreacher se golpeó cruelmente su propio cráneo. Horrorizado porque su mera presencia estaba provocando un autocastigo innecesario e irracional, Regulus se incorporó de inmediato de su sitio en la mesa y le quitó firmemente la sartén, pero sin intención de asustar ni abroncar al viejo elfo doméstico. A fin de cuentas, era demasiado temprano todavía como para desayunar y no tendría por qué estar Kreacher despierto.
"¡No, Kreacher!. Espera, espera…" Regulus apartó la sartén y la dejó descuidadamente sobre la alacena, pero muy consciente de no hacer mucho, de otro modo sus padres se presentarían furiosos, sobre todo su madre, alegando terribles jaquecas por su culpa. Ya no le importaba quedar castigado, ya lo estaba, pero no le parecía justo que eso le ocurriera también a Kreacher.
"Kreacher, escúchame, no tenía intención de desayunar ni de despertarte… no te golpees."
El elfo doméstico de los Black observó con verdadera fascinación al que pensaba que era el amo más maravilloso del universo, el más decente mago al que un elfo tendría jamás el honor de servir.
"El amo Regulus tiene la decencia y los buenos modales de la noble Casa de los Black… su sensibilidad…" murmuró, volviéndose a arrodillar ante su amo sin despegar la frente del suelo. Regulus sintió que esas palabras no dejaban de resultar irónicas, tristemente. Y volvió a recordar las cabezas de otros parientes de Kreacher, dispuestas en la escalera principal de la casa.
El joven estaba tan cansado de decirle que no le hiciera esas reverencias, que ya hacía mucho que no se lo repetía. Sirius solía resoplar e ignoraba literalmente su mera existencia, odiaba las actitudes serviles y sumisas, pero para Regulus era imposible no sentirse apenado. Además, Kreacher siempre le había ayudado para esquivar castigos de sus padres, espiar cuándo aparecerían si él y Sirius estaban desobedeciendo sus órdenes, o para conseguir alguna golosina extra de la cerrada y protegida despensa.
Se fijó en el viejo mueble que a veces utilizaban para guardar carbón o Polvos Flu de reserva. Las bisagras estaban desvencijadas y nadie se había preocupado especialmente de repararlas. Con el mismo silencio que envolvía siempre su figura, recogiéndose un poco el pantalón del pijama para acuclillarse más fácilmente, Regulus comprobó las bisagras con la varita en la mano.
Generalmente, los magos menores de edad no tenían que hacer magia fuera de la escuela ni podían. Pero generalmente no todos los magos menores de edad contaban con un hogar como el suyo, ni unos padres y abuelos que hacían generosas donaciones al Ministerio, suavizándoles ciertas normas. ¡Si hasta el abuelo tenía una Orden de Merlín! Regulus no recordaba algún mérito particular de su abuelo, salvo el mérito de disponer de mucho oro y donarlo para determinados fines. Como ser intocables.
Los Black estaban por encima de la ley, por lo visto.
Jamás, ni él ni Sirius, habían recibido lechuzas con amonestaciones por utilizar la magia fuera de Hogwarts y sí, alguna vez que otra habían hecho inofensivos encantamientos o pequeñas bromas: Sólo había que asomarse al antiguo dormitorio de Sirius y ver las fotos de chicas y motos muggles que había en las paredes, su último insulto a la familia. Esa decoración era ya imposible de eliminar, a menos que prendieran fuego al dormitorio.
Las únicas amonestaciones que habían llegado a casa eran las de Sirius en Hogwarts; al principio sus padres creyeron firmemente que era ese cuervo de Minerva McGonagall que le tenía manía por su apellido, y que era una prueba de que Sirius tenía que pertenecer a Slytherin. Incluso Regulus intuyó que su padre había movido contactos en el Ministerio para conseguir el cambio de Casa de Sirius, pero era algo inútil: Dumbledore confiaba en el criterio del Sombrero Seleccionador y jamás habría permitido el cambio, especialmente cuando la selección había demostrado ser la correcta. Sirius Black era Gryffindor.
Tocó con los dedos la varita mientras el discurrir de sus pensamientos se iba por otro camino.
Recordó el sueño que acababa de tener esa noche; era como aquellos juegos de su infancia, directamente hacían duelos con varitas que tenían cargadas inofensivos maleficios. Él era rápido, Sirius era astuto. ¿O era al revés? Se enzarzaban en duelos mágicos aunque las varitas ya no tuvieran encantamientos, seguían fingiendo que eran poderosos magos que libraban batallas a vida o muerte. Y no era Grimmauld Place donde luchaban; era una montaña plagada de gigantes. O era un valle de dragones. O era una cueva con vampiros. Liberaban unicornios, salvaban hermosas brujas…
"…no, hermosas muggles…"
"…no, hermosas brujas…"
"…vale, pues hijas de muggles. ¿Son brujas, no?"
Casi oía la risa perversamente desafiante de Sirius cuando decidían a qué clase de doncellas rescataban. Y finalmente lo dejaban en tablas, aunque a Sirius le encantaba siempre decir la última palabra. En eso, Sirius era igual que el retrato del tatarabuelo Phineas Nigellus. Claro que hacía tiempo que no aparecía por el retrato, Regulus supuso que se había ido a Hogwarts absolutamente indignado con Sirius y su desplante.
Merlín, echaba de menos a ese cabrón.
Así había crecido, luchando, sin miedo. Vagamente consciente de que Grimmauld Place era la cárcel que Sirius veía. Era su hogar, no había conocido otro, y no estaba tan mal especialmente si tenías a la gente que te importaba contigo. ¿Es que ahora que no estaban todos con él, veía Grimmauld Place diferente? No quiso responderse a esa pregunta.
Todavía acuclillado, apoyó la frente en la puerta medio rota y entornó los ojos, nuevamente vidriosos.
¿Qué había hecho mal él?. ¿En qué se había equivocado?
Sólo había deseado tener una familia unida. Sólo quería darle un sentido a lo que hacía, no por seguir los pasos que le habían marcado de antemano, sino porque creía primero en los sus seres queridos, confiaba en ellos. Pero algo se había roto en algún momento durante el transcurso de ese viaje.
"Reparo" susurró, al igual que en sus sueños, parcialmente consciente de su entorno y apenas seguro de su propia consciencia o inconsciencia. Las bisagras se volvieron rectas y brillantes, como si acabaran de ser reemplazadas y atornilladas, pero Regulus continuó quieto. Pestañeó lentamente, una sola vez; sus ojos se clavaron en su mano derecha con el anillo de oro de Orion en el dedo índice, el anillo con el inconfundible escudo de la familia Black y la varita sujetada por esos dedos.
Su destino ocupaba muy poco espacio, apenas cabía en ese puño. La magia y la familia.
Se puso de pie y cerró los ojos de nuevo, tomando una decisión. Sintió a Kreacher a su lado, caminando inseguro para observar al alto muchacho, aquel al que veneraba por encima de cualquier ser humano, más incluso que su querida Ama Walburga.
"Duerme mejor ahí, Kreacher. Puedes incluso llevarte alguno de los viejos cojines que madre haya tirado de la última reforma de la sala de estar." Kreacher abrió sus enormes ojos y sus largas orejas se erizaron por la inesperadísima noticia. Pero Regulus tenía una expresión indescifrable, como la de alguien que acababa de tragar una poción amarga, repugnante; Kreacher no olvidaría jamás ese rostro infeliz, aunque acababa de haber hecho algo importante. Pequeño, invisible al mundo, pero para él, Regulus Black, el Amo Regulus, era lo más próximo a una divinidad que jamás había conocido.
Volvió a murmurar palabras sinceras de lloroso agradecimiento, mientras volvía a hacer una reverencia que le arrodillaba casi completamente sobre el suelo; pero sólo Kreacher escuchó la sonrisa triste cuando Regulus soltó aire brevemente por la nariz, le dijo un quedo "no hay dé qué", y se marchó de la cocina.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Frente a la verja del pequeño parque de la plaza de Grimmauld Place, el perro negro y lanudo levantó la cabeza; algunas veces había logrado ver a Regulus temprano, cuando salía a correr por el parque aprovechando que no había muggles. La mente animal le decía que echara a correr detrás de él, que era tan divertido como ir detrás de bi-sickle-tas… no… los muggles decían bicicletas… El instinto le decía que corriera tras ese muchacho, como cuando ladraba detrás de las motos muggles que hacían un ruido de mil demonios, pero llamaban tanto la atención...
Eso parecía divertido, pero ese mismo instinto de supervivencia le aconsejaba quedarse quieto, pasa inadvertido y seguir mirando a aquella figura envuelta en cómoda ropa gris oscuro. Aquel adolescente que corría y corría hasta agotarse entre los jardines de la plaza de Grimmauld Place; ese chico que hacía flexiones y observaba quieto los gorriones, como si estuviese a punto de saltar a atrapar uno en sus manos.
Su mente cazadora le animaba a hacer eso mismo, perseguir pájaros, atrapar alguno, pero también le decía que continuara observando al joven de cabellos negros. Cuando empezaban a aparecer personas por las calles, ese muchacho se apresuraba para irse, se encargaba de asegurarse que nadie le miraba y desaparecía entre las puertas 11 y 13.
Nadie se daba cuenta de que él estaba ahí. De que alguna vez estuvo ahí.
Cuando se marchaba el chico, el perro trotaba por las calles hasta que en algún callejón discreto volvía a ser un joven más alto que el anterior, pero de cabellos y compostura tan similares que podrían haber pasado por gemelos. Salvo por el hecho de que uno no llevaba ropas discretas pero cosidos con hilos plateados y el otro iba con una ropa que no le delataba automáticamente como mago, si no hubiese sido por la proeza que acababa de hacer con sólo 16 años de edad.
Entonces el chico caminaba por Londres como si fuese un muggle más; con una camiseta y unos vaqueros. Entraba en tiendas de discos muggles negros y planos metidos en fundas de cartón de colores extravagantes y escuchaba su música por la megafonía. Observaba los coches, los autobuses de dos pisos y las motocicletas.
Y respiraba libertad, antes de regresar con James y sus padres a su nuevo hogar.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
"¿Tienes todo preparado, querido?" preguntó Walburga, observando con sus maneras austeras la cama y las túnicas, pergaminos y plumas colocadas con cuidado. Regulus inclinó levemente la cabeza y contestó con calma a su madre.
"Sí madre. Está todo."
"Hum… no lleves los libros."
Regulus alzó suavemente las cejas; pensaba que su madre querría que estudiara lo que Hogwarts no permitía. Observó extrañado los ojos de su madre, tan similares a los suyos y a continuación miró los libros que tenía cuidadosamente apilados en un lado de la cama.
"¿Qué no los lleve?"
"Tu padre cree que no es prudente que los tengas allí. Sobre todo, cuando has sido nombrado Prefecto." Dijo Walburga, cruzándose de brazos. Regulus comprendió; Orion no quería pero ella sí. Al final sería una batalla de voluntades y sus padres tenían muy mal genio si se lo proponían. Regulus intuyó que Walburga había cedido por no poner en peligro la condición de Prefecto, algo que la había satisfecho enormemente cuando llegó la insignia hacía un par de meses.
"Puedo ocultar los libros. Padre me ha enseñado muchos hechizos ocultadores."
Walburga emitió un suspiro tal vez demasiado exagerado y movió la mano, como si ya no tuviera mucha importancia.
"Da igual. Te pondrás al día en Navidades."
"Pensaba que podría quedarme en Hogwarts." Dijo Regulus, con cierta vacilación. Había pensado que si se quedaba en el Colegio podría, tal vez, ver más a Sirius. Serían las primeras Navidades separados y no se hacía a la idea. "Por los TIMOs y eso…" añadió sabiendo que era una buena excusa, pero seguramente insuficiente.
Se dio cuenta de que su madre había perdido peso; tenía la túnica de color púrpura mucho más holgada. Y ese cabello que lucía negro y brillante, aunque según Sirius, "con alguna ayudita extra", ahora se veía opaco y se podía distinguir alguna que otra hebra gris.
Él mismo estaba perdiendo peso y ya era de constitución esbelta, como solía ocurrir en su familia.
"Eres un flacucho. Si corriera una brisa marina, la escoba y tú os iríais al garete. Enano…"
"Sirius, capullo."
"Arpía."
"Tú madre."
"Sí, en eso tienes razón."
Regulus se mordió los labios entre sus dientes delanteros; la arpía de su madre, según Sirius, estaba más visceral que de costumbre. Tenía ataques de ira o pasaba horas y horas en su dormitorio. Otras veces entraba a la Sala del Tapiz y se encerraba dentro, ignorando si era día o de noche. Soltó con resignación el aire que había contenido; Sirius había sido el que se había marchado. Sirius fue quien dijo que no quería ser un Black, lo dijo hacía un año, lo oyó él mismo contárselo a Potter.
"Está bien, como quieras madre. Dejo los libros aquí. Estudiaré con padre cuando venga en Navidad."
Su madre le sonrió con esa extraña sonrisa suya, asintiendo muy lentamente con la cabeza.
"Eres todo lo que me queda."
Regulus no sabía cómo reaccionar; las actitudes casi-cariñosas de Walburga eran muy, muy inusuales. Era Orion el que podría ser un poco más tolerante, pero Walburga, incluso cuando ellos eran niños, era una dama de voluntad de hierro y principios muy arraigados. Fuerte, disciplinada e incansable. Nunca daba muestras de afecto ni solía demostrar lo conmovida que podría estar. Esto era algo inédito en su vida.
Le preocupó. Hasta Walburga estaba cambiando.
Su madre salió hacia la puerta y observó el pequeño letrero que Regulus había colocado en la pulida madera; se detuvo en el umbral unos segundos, antes de mirar a Regulus.
"No entrar sin el expreso permiso de
Regulus Arcturus Black."
"Gracias, hijo mío."
Walburga recogió los pliegues de su elegante túnica y se marchó por el pasillo. Regulus entonces se acercó a la puerta y tocó con cuidado las letras de su nombre completo. Lo había colocado a propósito; no era ningún ingenuo, desde aquel día en el que madre le mostró el Tapiz, Regulus supo que Sirius era el destinado a ser el que llevara el orgullo de la familia, el heredero, el futuro de todos ellos.
A falta del eterno y tradicional Sirius, era Arcturus, como el abuelo, el que tendría que ser el nombre a destacar. Hasta entonces, Regulus era sólo Reg, Enano, Pedazo de Troll…
Ahora era Regulus Arcturus Black.
Y ese detalle lo había percibido, y agradecido, su madre.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería
Septiembre de 1976
La sala común de Slytherin guardaba muchos secretos, muchos años de historia de la magia. Muchas leyendas sobre los oscuros años que siguieron tras su creación. La herencia de Salazar representada en sus paredes, en sus mazmorras, en cada rincón. Muchos de aquellos que habían pasado por la casa de Slytherin eran los magos con mayor ambición y astucia de la historia.
Era la casa que protegía la pureza de la magia; pero incluso dentro de la pureza mágica había niveles y clases. Unos eran magos de sangre pura desde hacía seis o siete generaciones. Otros como los orgullosos Black se jactaban de que su linaje se remontaba a la Edad Media. Incluso Slytherin admitía algunos mestizos. Y pese a eso era una casa incomprendida: ya había una casa generosa que recogía a aquellos magos que no encajaban necesariamente en las otras (y elitistas) tres. Sin embargo, el reproche y las críticas iban siempre, y en exclusiva, para Slytherin.
Era una casa incomprendida: al igual que los esquimales en Groenlandia podían distinguir entre decenas de tonos de blanco, en Slytherin había también gran cantidad de verdes, de platas y grises.
Los de fuera sólo veían un tono de cada. Una sola etiqueta… Un comentario, "ugh… Slytherin."
Orgullosamente, Regulus comprobó su insignia de Prefecto sobre el verde de su Casa, apretando los labios ante la perspectiva odiosa de tener que enfrentarse a su hermano y sus endiabladas bromas, famosas a lo largo de los últimos cinco años. Y sin embargo, sus padres celebraron con orgullo la llegada de la insignia. Sirius, por el contrario, había torcido la boca cuando Walburga le había recordado, oportunamente, que Regulus era "mejor hijo" de lo que él jamás había sido.
Pero su hermano se alegró genuinamente por Regulus. Y Regulus sabía que Sirius habría odiado tener que ejercer de Prefecto, así que descartó inmediatamente cualquier resquicio de celos. Se reía sólo de imaginarlo. ¿Sirius, celoso de un prefecto y de Slytherin? Conocía demasiado bien a su hermano. No; definitivamente Sirius se alegró por Regulus, y éste lo sabía. No sentía envidia ni codicia.
Ahora, el primer septiembre sin Sirius en casa, su primer septiembre como Prefecto, Regulus sintió cierta preocupación. Ahora tendría más contacto como Sirius e intentando atar en corto al llamado "Merodeador" en calidad de Prefecto.
Sin esperar a ver a sus compañeros, se marchó a la reunión para la patrulla de esa noche.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
"Cielos, Padfoot, cómo se nota que ahora no vives con tus padres…" dijo boquiabierto Peter. "Estás más gordo."
"Y tú puta..." Contestó Sirius entre dientes, muy molesto por la innecesaria sinceridad de su amigo. Chascó la lengua. No, nadie tenía que amargarle su nueva felicidad, mucho menos uno de sus mejores amigos. Conocía a Peter, a menudo decía las cosas como las sentía, él mismo cometía ese error a menudo. "Joder, Wormtail, ¿hemos venido sinceros este año, eh?" comentó menos ácidamente, mientras sacaba las cosas del baúl con más cuidado que James. Casi le daba pena deshacer ese contenido que con tanto esmero había preparado la señora Potter, pese a sus intentos por convencerla de que llevaba desde los dcce años haciendo solo su baúl. "La madre de Prongs hace una tarta de melaza que es una maravilla. Me he puesto ciego."
"No se lo digas si la escribes," comentó James desde su cama, revolviendo su baúl. "Te llegarán lechuzas cargadas de tartas. Ah… bueno, siendo tú, seguro que estamos a salvo: nunca contestas las cartas, capullo."
Sirius sonrió, pero no dijo nada. En ese instante, la puerta del dormitorio de los Gryffindors de sexto curso se abrió y por ella pasó un Remus un poco sofocado.
"Eh, Prongs, esto me lo acaba de dar una Ravenclaw." Dijo Remus arrojándole un sobre de color azul pálido. James atrapó al vuelo el sobre y lo dejó sobre su cama. "Y os dejo que me he olvidado la insignia." Dicho eso, Remus agarró la insignia que estaba encima de la mesita y salió del dormitorio a hacer esas "cosas de Prefectos."
Sirius no hizo mucho caso, siguió extrayendo los contenidos de su baúl con un cuidado más producto del respeto hacia la madre de James que por respeto a sus propias cosas.
"¡Terminado!" exclamó James felizmente.
Peter estiró el cuello desde su lugar frente a su propio baúl y rodó los ojos.
"Prongs, has apelotonado todo el contenido de tu baúl dentro del armario. Eso no es 'deshacer el baúl' eso es hacer el bestia."
James se rió abiertamente.
"¿Y qué? A la ropa no le duele." Se echó sobre la cama de Sirius y abrió el sobre que le acababa de traer Remus, tirándolo sobre la cama y leyendo la carta. "Es de… Christie Corner. Hum… ¿y ésa quién es?. Bueno…" se puso a leer con curiosidad la carta y alzó las cejas, agradablemente sorprendido. "Que ¿soy el jugador de Quidditch más guapo de todo Hogwarts?... vaya, por fin alguien se da cuenta. Todas las chicas de Hogwarts están detrás de mi." Añadió con orgullo. "Y es sólo el primer día."
Peter cerró el baúl y lo dejó a los pies de su cama.
"Sí ya, las ganas; llevas dos años diciendo lo mismo y te falta una."
"Este año será distinto. Lily está sólo un poco confundida, eso es todo." Añadió el moreno de gafas, más para convencerse a sí mismo que por convencer a Peter pero sin surtir ningún efecto, porque Pettigrew se limitó a resoplar burlonamente. Desde su punto de vista, James tenía tantas posibilidades de salir con Lily como las tenía él mismo.
"Así que… Christie Corner entonces…" murmuró James releyendo la notita. "…Lo mismo si salgo con ella Lily se vuelve loca de celos… aquí dice que quiere que quedemos después de las rondas de los Prefectos… uh… esta chica sí que sabe…" añadió sonriendo maliciosamente.
Sirius guardó algunas cosas en su primer cajón; cosas que James, pese a su conversación trivial, supo que eran las cosas más importantes que Sirius conservaba. James desvió la mirada para fingir, como solía hacer, que no se daba cuenta de ese gesto.
"Ella se llama 'Chrissie', Prongs. No 'Christie'. Ravenclaw, séptimo curso." Murmuró Sirius, sentado de espaldas a James y colocando cosas en la mesilla. Ante eso, James frunció el ceño y releyó la nota.
"Joder, es verdad. Al final resultará que tu letra no es tan mala. ¿Desde cuándo te acuerdas de los nombres?"
Peter intervino, afortunadamente para Sirius.
"Deberías a lo mejor revisarte las gafas…" añadió el muchacho bajito y regordete entre risas, mientras se sentaba en su cama.
Pero Sirius no respondió a la pregunta de James. Y eso que era una buena pregunta: ¿Desde cuándo dejó de importarle la chica, y empezó a importarle la persona?
"Chrissie… vale, Chrissie..." Murmuró James, volviendo a la nota, murmurando como si estuviese memorizando un complejísimo encantamiento nivel EXTASIS.
"Yo ya he salido con ella." Dijo Sirius en voz baja. "Besa bien, se pondrá nerviosa si intentas algo más. Le gusta el almacén de Pociones, es más oscuro y eso, llévala allí."
Los otros dos Gryffindors se quedaron callados mirando fijamente a Sirius cuando éste cerró con cuidado extremo el cajón de la mesita y encantaba su pestillo. Al sentir el silencio en el dormitorio a su espalda, se dio la vuelta.
"¿Qué?" preguntó Black inocentemente.
"Yo flipo contigo, Padfoot." Murmuró Peter, agitando la cabeza como si acabara de salir de una larga cabezadita y tratara de despertarse.
James sin embargo sonrió de par en par.
"Ése es mi Padfoot. Ah… soy el jugador más deseado por la mitad de las chicas de Hogwarts y la otra mitad de las chicas me envidia por vivir con el tío que está más bueno de todo el colegio."
Puro James Potter, orgulloso de sí mismo como un niño pequeño y orgullosísimo de sus amigos. Prongs dio un salto desde la cama de Sirius, que dejó medio deshecha y ahí se dejó olvidada la carta de su admiradora. Chocó las palmas de la mano absolutamente feliz. "¿Dónde vamos a ir esta noche?. ¿Te has traído el Mapa, Wormtail?"
Peter enarcó las cejas, pestañeando. ¿Pero no iba a tener esa noche una cita con esa Ravenclaw?
Sirius recogió la carta abandonada, silenciosamente, respondiéndose a la pregunta que había intentado inútilmente evitar contestarse desde que James la formuló. Tal vez empezaran a importarle las personas, no las chicas, desde que su hermano le recordaba que era una pose. O cuando le decía que utilizaba a las chicas, que no era tan genial ni tan comprometido.
Sus ojos claros y brillantes detectaron la mirada sorprendida de Peter; Sirius adivinó sin problema que Peter no comprendía cómo James se acababa de olvidar de esa cita. Pero Sirius conocía a su mejor amigo.
James no utilizaría a esa pobre chica para darle unos simples celos a Lily Evans. Nunca le haría tal cosa a alguien, la primera a la propia Evans.
Ése es mi Prongs.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Gran Comedor
Noviembre de 1976
No importaba lo que hiciera, siempre lo había hecho antes que él Sirius. De forma más escandalosa, más llamativa, más genial o más popular. Pero Regulus no deseaba hacer las cosas por seguir los pasos de su hermano.
Terminó de pasar algunos apuntes a limpio, decidido a hacer unos TIMOs brillantes. Era lo que esperaban todos de él, familia, amigos, profesores. Y él mismo también, no se creía ningún Hufflepuff recién salido del mundo muggle, así que no tenía nada que temer. Depositó la pluma sobre la mesa y no necesitó soplar para que la tinta se secara, la excelente calidad de la pluma y de la tinta tenían incorporado un encantamiento de auto secado prácticamente inmediato.
"Eh, Black, ¿me dejas copiar tus apuntes?" pregunto Bertram Audrey a su lado, admirando la letra ordenada y clara de su compañero de curso.
"No." Contestó Regulus sin ni siquiera mirarlo, levantando los pergaminos y echando un último vistazo.
"Falté a Pociones por culpa de tu hermano y su odioso amiguito…" insistió Bertram cuando observó a Regulus recogiendo con cuidado su material y guardándolo en la bolsa. Regulus alzó sus ojos oscuros y enrolló con estudiada lentitud el pergamino con los apuntes, deleitándose en su negativa y saboreando el cabreo de su compañero. Audrey no le caía bien, se dedicaba a pintarrajear los pasillos y acusaba posteriormente a cualquier hijo de muggles o al propio Peeves. Estaba hasta las narices de él y de tener que verse obligado a quitar puntos a Slytherin. Si quería hacer como un gnomo de jardín atiborrado de whisky de fuego como hacía su hermano y sus amigos, por él bien, pero que al menos asumiera el crédito de sus actos, para bien y para mal. En ese sentido, al menos los Merodeadores no ocultaban sus gamberradas.
"Ya tuvieron su castigo por lo de tu cabeza." Regulus torció el labio sin poder remediarlo, pensando que de todas formas no había diferencia, seguía siendo el mismo cabezón antes y después del maleficio. Sólo cortándosela tendría algún remedio. Cerró la bolsa y se echó hacia atrás con una ceja enarcada y la mirada despectiva. "A mí qué me cuentas." Añadió fríamente.
"Eso es… tú lo has dicho, no falté a Pociones por gusto." Continuó Bertram.
Regulus encogió un hombro y amplió la mueca irónica.
"¿Y crees que me importa?"
Dicho eso, Regulus se levantó ignorando a su compañero y repasando mentalmente el listado de títulos de libros que sus padres le habían enviado por lechuza. Algunos de esos libros los tenía en casa, y lo cierto es que despertaban ahora más que nunca curiosidad. Sin embargo, su padre no quería arriesgar a enviarle esos libros o que estuvieran en su poder en el colegio.
"En Navidades ya te pondrás al día." Había dicho Walburga al finales de verano, sonriéndole con orgullo. "Todo nuestro entorno conoce perfectamente todas las ramas de la magia, es un milagro que no hayas estudiado en Durmstrang. Tienes que completar tu formación, Regulus, querido."
En Hogwarts no enseñaban Artes Oscuras, se limitaban a enseñar tan sólo Defensa. Había empezado a oír a sus padres y a sus compañeros de cierto mago que había empezado una campaña por la defensa de la pureza mágica, de la auténtica esencia de su sociedad. Sonaba bien, y sonaba aún mejor el hecho de que sus padres estaban muy contentos al respecto. Después de todo, la magia era su vida.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Biblioteca
Conseguir libros de la Sección Restringida no era ningún problema siendo un Black, Prefecto, perteneciendo al Club de las Eminencias y teniendo de Jefe de Casa a Horace Slughorn, el permiso estaba concedido de antemano. Entró en las salas más apartadas y sintió un escalofrío, como todo lo que era prohibido o apartado: El Bosque, la Sección, el Callejón Knocturn... Pero él era un Buscador, era su esencia, desde que era un niño. Y quería saber más, necesitaba saber más.
"Si desea consultar esos libros, es esta sala. No está autorizado a pasar a las otras ni a sacar libros de la Sección Restringida." Dijo en voz baja pero muy duramente la bibliotecaria. "No lo intente: me enteraré." A continuación, la espigada y aburrida Madame Pince salió por el corredor hacia su puesto habitual en la sala principal.
Escuchó resonar por el pasillo de las salas unas toses amortiguadas por una mano y buscó con la mirada su origen. Era Snape, que se encontraba sentado solo en una mesa de madera oscura, leyendo y apuntando en un libro. Regulus torció los labios. De modo que esos hechizos que Snape inventaba los investigaba por aquí…
Pasó un buen rato leyendo con interés algunos volúmenes; había empezado por algunos que tenía en casa, pero prefirió cambiar a aquellos que no había visto ni oído en su vida. Todos sus conocidos, sus familiares, habían coqueteado con este tipo de magia, era algo tan natural y tan conocido que le molestaba quedarse atrás, ser inferior a ellos sólo porque estaba en una escuela que enseñaba Defensa.
Quedaría a la altura de botarates como el idiota de Audrey. No. Regulus se sabía que era mejor que todos ellos y tenía que luchar con sus propias armas para demostrarlo.
"Conoce tu territorio, Regulus. Conoce las armas de tus enemigos. Es la mejor defensa." Eso le decía su padre, de él aprendió varios hechizos defensivos y variedad de Encantamientos Escudo. Era la especialidad de Orion Black: la defensa, el ocultamiento. Y Regulus sabía que algunos de esos hechizos rozaban la legalidad ministerial. Pero eran eficaces.
Cerró el volumen de Antología de las Artes Oscuras y tomó el siguiente volumen. Se dio cuenta de que casi todos tenían el sello de "Peligroso", otorgado por el Ministerio de Magia. Seleccionó entonces otro libro al azar, y por el polvo que tenía parecía que ni siquiera el plumero de Pince osaba acercarse a él. Era evidente que hacía años que nadie tocaba estos volúmenes.
"Las Maldiciones Imperdonables y otras Artes Oscuras".
Pasó las páginas intentando evitar las archiconocidas y absolutamente prohibidas Maldiciones, hasta que llegó a un capítulo diferente. Se inclinó sobre la mesa para leer con más atención.
"Dominatio nec Inferi"
Regulus sintió un tic en la mejilla ante la perspectiva de tener que verse en la situación de realizar un hechizo semejante. "Control de Inferi". Las imágenes no eran nada halagüeñas. Estampado en la página se veía a un mago barbudo con ropas muy barrocas y de aspecto siniestro haciendo muy lentamente un movimiento ascendente con la varita. Inconscientemente, Regulus tomó la suya e imitó el giro, pero se detuvo, observando su propia mano.
Dejó caer la varita, inseguro de su capacidad para realizar semejante hechizo.
"Para controlar a los Inferi primero hay que disponer de ellos."
Rodó los ojos, pero reprimió un escalofrío. Conseguir Inferi… o bien tendría que saquear cementerios, o bien tenían que asesinar para conseguir cadáveres. Vaya dos alternativas. Buscó la referencia, asustado incluso de estar sintiendo esa malsana curiosidad, pero incapaz de negarse a llegar al final.
"Animo cadaver"
Se mordió el labio cuando pasó a la página referenciada y leyó atentamente el hechizo. Pero ni siquiera tomó la varita para imitar el infame movimiento que le otorgaría una vida maldita a un cadáver viviente. No obstante, Regulus amaba la magia. La blanca, y la oscura. Eran dos caras del mismo galeón.
"La presencia de un alma distingue un cuerpo humano vivo y pleno de un cadáver. Pero hay, veces que el alma se pueden encontrar fuera de un cuerpo vivo en el acto más impuro y maldito que puede cometer la magia."
Regulus cerró el libro y se pasó la mano por los ojos.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Finalmente prefirió apartar ese tipo de lectura; estaba seguro de que eso no iba a quitarle el sueño ni tampoco iba a provocarle pesadillas: Regulus era de los que la realidad era la que le quitaba el sueño, y no magia proscrita por el Ministerio. Repasó con la punta de la pluma el listado de deberes que había adelantado y decidió dejar Pociones para el final. Generalmente Slughorn solía ser condescendiente con él, aunque ya sería demasiado presentarse a clase sin los deberes terminados.
Consultó el reloj y se apresuró a recoger, si se descuidaba podría quedarse sin cena. Ya no tenía el estómago como alarma para avisarle que tenía que ir a comer. Bajó las escaleras de dos en dos, con la práctica que le había dado tantas veces que en casa él y Sirius habían estado a punto de quedarse sin cenar. La diferencia es que en Hogwarts no contaba con Kreacher para avisarle.
Madame Pince abrió la boca para recriminarle que no estaba permitido trotar por las escaleras de la biblioteca como un potro de unicornio; sin embargo, el joven había desaparecido de la biblioteca antes de que ella pudiese decir "¡Señor Black, orden!"
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Diciembre de 1976
Estadio de Quidditch
Mike Higgs ordenó a todos los miembros del equipo que pararan el partido, haciendo un gesto furioso con el brazo; los demás se miraron unos a otros, sin comprender. El viento estaba siendo horrible y la lluvia no dejaba ni jugar con los ojos abiertos, las gafas se empañaban y las escobas eran difíciles de controlar.
"¡Maldita sea Black, qué coño te crees que hacías!" le gritó, aproximándose al suelo.
Regulus se apartó el pelo de la cara y observó fríamente a su capitán. Desmontó de la escoba sin haberla detenido y aterrizó en el suelo embarrado con elegancia, sin salpicar ni escurrirse. Con una sola mano manipuló la escoba y se la puso encima del hombro, inclinando la cabeza a un lado como si lo que fuera a decirle Higgs iba a sonarle extremadamente aburrido.
"¿Que qué hacía?" preguntó metafóricamente Regulus con voz aburrida. "Buscar la Snitch."
"Ah… claro…" añadió Mike sarcásticamente. "¡Pero tienes que parar el partido porque a Su Majestad le viene en gana, no es así!"
Regulus alzó las cejas, preguntándose si ahora el requisito para ser miembro del equipo de Quidditch de Slytherin era ser el más bestia o con la inteligencia más limitada por naturaleza o por haber recibido demasiadas bludgers; sólo había que verlos. Sin inmutarse, levantó la otra mano y mostró las alas de lo que era la esquiva Snitch, aferrada en el desgastado guante que su tío Alphard le había regalado hacía unos años.
Mike abrió la boca, sin saber cómo reaccionar.
"Más te vale dejarme a mí tranquilo," continuó Regulus con frialdad, mientras su uniforme verde se agitaba bajo la lluvia, "Ocúpate de que Wilkes acierte de una maldita vez, no tiene idea de entrar por el lado izquierdo. Y con respecto a Potter, lo tienes chungo si crees que cubriendo sólo el aro derecho te vas a librar de los goles. Potter es predecible, pero no tanto, y el hecho de que al jodido le guste marcar por la derecha es porque así tiene espacio para hacer un tirabuzón y celebrar el gol junto a los Gryffindors de las gradas. Le encanta exhibirse. No es porque no tenga ni puta idea de marcar en los otros dos aros."
Higgs no había cerrado la boca; Wilkes tenía el ceño fruncido, pensando si lo que había dicho sobre él su compañero era cierto. Al menos, ahora que caía en eso, la parte de Potter era totalmente cierta. Se preguntó cómo no había caído en eso antes.
Regulus le puso la Snitch en la mano a Higgs, demasiado brusco para ser un gesto amable.
"Ahora, después de haberme empapado buscando la maldita Snitch bajo la lluvia, te recuerdo que el partido habría terminado…" consultó su reloj, teatralmente, como hacía su madre. "…hace treinta y cinco minutos, cuando capturé por primera vez la cosa. Yo me voy antes de pillar una pulmonía y no ser capaz de levantar la escoba del suelo en el partido del viernes."
Hizo una reverencia, fiel y burlona imitación de las que tenía tan ensayadas delante de la abuela Melania, y se ajustó la escoba en el hombro y marchándose del estadio como si acabara de llegar.
"Ese niñato…" Higgs hizo un gesto al resto, furioso porque le acababa de poner en evidencia, pero rabioso porque no se atrevía a expulsar al que era el mejor buscador de la Casa. "Se piensa que porque soy un Black, no me tosas" dijo esto último con soniquete, "ya es superior al resto de los magos del mundo."
"Será un Black y un engreído, pero ese niñato lleva razón." Comentó Rosier con un bostezo. "Tengo hambre."
-o0O0o-oOo-o0O0o-
El día del partido era emocionante para todos. El Slytherin-Gryffindor en Hogwarts era un acontecimiento que paralizaba toda la actividad escolar, y salvo quienes eran absolutamente ignorantes de las bondades del Quidditch, para todos era más que un partido: era el momento en el que uno gritaba e insultaba a la facción contraria sin riesgo de ser castigado con una detención o quitarle puntos a su Casa.
Era el gran clásico del torneo escolar. Para Regulus eso carecía de importancia: él jugaba al margen de rivalidades y de viejas rencillas. Era porque él disfrutaba volando, disfrutaba del deporte y no tenía que recordar Tapices, hermanos traidores, purezas de la sangre, hechizos proscritos, tradiciones familiares o pesadas herencias y responsabilidades sobre los hombros. Era sólo Regulus, un Buscador hábil, rápido. Infalible.
Ahí al menos Regulus Arcturus Black se desdibujaba.
Lo único que le recordaba amargamente el Quidditch era que jamás podría soñar ser un jugador profesional. Le consolaba pensar que tal vez podría patrocinar algún equipo en el futuro, era lo único positivo que podría tener ser ahora el heredero de su familia. El oro de sus parientes más próximos sin descendencia iría a parar a él. Era así, era como funcionaban las cosas en los Black.
Alecto Carrow se rió estruendosamente desde la grada y sus compañeras empezaron a dar codazos.
"¡Eh Black, dedícale la victoria a Alecto!" gritó una de sus amigas.
Se paró un momento, pero sacó a relucir su gran talento para fingir algo que no sentía. Se irguió procurando desoír a sus compañeras de curso y Casa, pero hasta ese momento no le había asaltado una certeza.
Tras la boda de Narcissa hacía un par de años, y la deshonra de su prima Andromeda y su hermano Sirius, ahora el siguiente en casarse era él. Cerró el puño sobre el palo de la escoba, aferrándose a algo sólido y sus ojos buscaron inconscientemente a Sirius, unos metros más alejado, en la fila de los jugadores rivales. Buscaba su consejo, su opinión. Sirius estaba haciendo un saludo privado con las manos a Potter y no parecía estar pendiente de él. Regulus entonces volvió a mirar al frente, hacia el estadio, y a continuación siguió mecánicamente las órdenes de Madam Hooch de subirse a la escoba para hacer la entrada en el estadio.
Él era el siguiente en casarse. Y la tradición mandaba que fuese pronto. Pero no tanto, no podía ser ya, tan pronto…
Agradeció el sonido del silbato y el anuncio del hechizo Sonorus de la entrada de su equipo. Ágilmente, pasó la pierna sobre su escoba y dio una patada, justo después de dirigir una última mirada a su hermano. Sirius le miró fijamente y algo debió de leer en el rostro de su hermano pequeño porque Regulus, antes de salir disparado con su escoba, detectó una fina arruga en la tersa frente del más alto de los Black.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
El estadio chilló cuando ambos Buscadores enfilaron como flechas hacia el suelo del estadio; Regulus escuchó a Potter gritar instrucciones para que los Golpeadores de Quidditch, incluido Sirius, se encargaran de no darle ninguna ventaja a Regulus.
La Snitch brillaba y se movía en un espacio de un metro cuadrado a cortísima distancia del suelo del estadio, pero a esa velocidad parecía que estaba quieta, inmóvil a sus ojos. Sintió el silbido del aire a su lado y la Snitch desapareció, a escasos metros de su lugar.
Exclamando un juramento que habría enfurecido a su madre de haberlo pronunciado en una de las soirées veraniegas, Regulus viró la escoba para evitar darse de bruces contra el suelo. El otro Buscador consiguió zafarse tan cerca del húmedo césped, que quedó un segundo parado para recobrarse del susto de haberse visto casi estampado por la velocidad. Regulus se movió con rapidez para evitar una primera Bludger y pasó con sus ojos por el estadio, buscando la maldita Snitch. Si la atrapaba, ganaban, pero por los gritos que daban en el estadio, Potter estaba haciendo una de sus tardes de oro y burdeos.
Malditos Gryffindors…
Decidió que no era un buen lugar quedarse ahí paralizado y se dirigió hacia un lugar delante de la grada… de Gryffindor.
Sensacional.
Escuchó los pitidos y los insultos, pero cerró su mente, sólo preocupado del brillo dorado de la esquiva pelota. Ni rastro. El otro Buscador se elevó unos metros y parecía estar tan despistado como él. Miró de reojo el marcador y se desesperó. Gryffindor seguía teniendo ventaja.
Torció la boca. Los Golpeadores de Gryffindor no podían arrojarle Bludgers estando tan cerca de sus propios compañeros. Era una galantería Gryffindor absolutamente predecible. Sonrió burlón y miró a Sirius, desafiante, encantado de que su astucia le protegiera de las Bludgers; Sirius aferró el bate.
Vacila.
Pero el otro Golpeador no tuvo tantos reparos. Al estar mirando a su hermano, Regulus no se percató de una Bludger que iba directa a derribarlo. Movió la escoba y escuchó al mismo tiempo los gritos del estadio, los cánticos de unos y otros seguidores, la frenética retransmisión.
Y detrás de él los gritos de los niños de Gryffindor.
Niños. Se había colocado delante de los de primero de Gryffindor.
"¡Agachaos!"
"¡Tina, Casey, quitáos de ahí!"
"¿Dónde vas Lily?..."
"¡A sacarlos de ahí!"
"¡Espera que voy contigo!"
"¡Cuidado!"
Regulus detuvo el movimiento automático de huida. No podía hacer eso, por su culpa, al haberse colocado en un lugar tan estratégico, alguien saldría herido.
Cambio ligeramente, sólo unos centímetros, la dirección de la escoba y la Bludger, pese a que se había aferrado al asa con todas sus fuerzas, le dio en el asa, golpeándose contra la grada tapizada de oro y carmesí. Soltó la escoba y cayó hacia el suelo del estadio a 25 metros de altura.
"¡¡REG!!"
-o0O0o-oOo-o0O0o-
Enfermería
Se quedó quieto durante un rato en la cama de la Enfermería, con una sensación de duermevela; había convencido a Slughorn y a Pomfrey de que no escribieran a sus padres, o directamente podrían montar un verdadero escándalo, dudando de la seguridad del Colegio y de la incapacidad de su personal. Tal vez había hecho algo podidamente estúpido al recibir el golpe directo de una Bludger, pero no importaba ya. Slytherin había perdido el partido en el momento en el que había perdido a su Buscador.
Entró por la puerta una pareja de Gryffindors. Regulus se incorporó levemente, rodando los ojos; en su aturdimiento provocado por las pociones regeneradoras de Pomfrey, ahora tenía que escuchar a los Gryffindors, felicitándole por una gesta que era digna de su Casa.
Malditos Gryffindors.
Eran Sirius y una chica de cabello liso y rubio, muy extraño en su familia salvo Narcissa, aunque esta chica lo llevaba suelto y sin las florituras de su prima. Era del curso de Sirius, y si entraron juntos ya se imaginaba que sería uno de los ligues de su hermano, pero no conocía su nombre.
Apoyó la cabeza en la almohada, en su posición semi-sentada en la cama y esbozando una mueca de dolor, se cruzó de brazos.
"Sólo quería saber que estabas bien. Lily y yo no podíamos llegar a tiempo con los chicos de primero." dijo ella en voz baja, sorprendiendo a Regulus, que esperaba casi ser nombrado El Gryffindor del Año. Ya veía casi su nombre comparado con Godric Gryffindor. Black, sinónimo de su valor y su coraje, representante de todas las cualidades de un Gryffindor. Tuvo ganas de chillar del horror que le producía sólo imaginar su retrato junto a Fundador. Miró los ojos azules de la chica, que pese a estar con alguien tal alto como Sirius, no parecía ser bajita. "Ya nos veremos, Regulus." Añadió ella, sonriendo a los dos hermanos y marchándose.
Regulus la siguió de reojo y miró a su hermano, fingiendo distancia.
"¿Es otra de tus chicas?"
Sirius no mostró sorpresa ante la pregunta. Se la hacían casi a diario sobre cualquier chica que le acompañaba, sobre todo si era guapa.
"Es una compañera. No es hija de muggles, para tu tranquilidad no te ha contaminado."
Sirius se interrumpió, casi arrepintiéndose de haber lanzado un ataque sin haberlo querido, pero su propia impaciencia y preocupación le habían traicionado.
"Estoy bien." Dijo en voz baja Regulus. "Mañana por la mañana puedo volver a clase. Hooch detuvo la caída, pero choqué mal contra el suelo. Ya lo viste. No pasó nada, ni hice nada milagroso o extraordinario." Añadió, buscando borrar todo detalle asquerosamente Gryffindor en su estúpida actitud durante el partido.
Sirius no se sentó. Metió las manos en los bolsillos de la túnica y contempló a su hermano. Al fondo se oyeron los ruidos de las compañeras de Regulus cuando entraban en la Enfermería y éste, al oírlo también rodó los ojos, mordiéndose el carrillo interno. Sirius no se movió del sitio, pero unos segundos después se dio la vuelta.
"¡A ver señoras, estoy con mi hermano primero, así que…!" consultó el reloj. "Ya no queda tiempo. Mañana podréis venir a ver como está."
"¡Tú no nos puedes dar órdenes, Black!" chilló Alecto, avanzando unos pasos; su pequeña estatura no impresionaba a Sirius, que simplemente bajó los ojos hacia ella, manteniéndose erguido en una actitud que llevaba en la sangre, mirar por encima del hombro a aquellos a quienes los Black consideraban inferiores.
"Ni ganas, Carrow." repuso Sirius con frialdad. "Lo dice Pomfrey."
Alecto mudó el rostro y miró hacia Regulus, buscando silenciosamente su apoyo. Pero éste tenía el rostro mirando hacia el techo, como si fuese extremadamente interesante.
"Muy bien. Reggie, mañana vendré a verte. Sola." Añadió, y miró de arriba abajo a Sirius en un gesto de absoluto desprecio. Pero Sirius alzó la ceja.
"No me llames Reggie." Dijo Regulus, sin dejar de mirar el techo.
Las chicas se fueron y Sirius se sentó en una silla, dejando el respaldo delante para apoyar los brazos en ella y miró con una sonrisa torva tan similar a la propia de Regulus.
"Te dije que mañana me dan de alta." Comentó Regulus mirando a su hermano de reojo, pero torció la boca igual que él. Ambos parecían estar viéndose en un espejo. "Gracias por quitármela de encima." Regulus había comprendido que Sirius había enviado a Alecto a ver a Regulus al día siguiente, pero sólo encontraría su cama vacía.
Sirius enarcó ligeramente las cejas; era extraño. Antes hablaban de cualquier cosa, podrían discutir, pelear, reírse o jugar al Quidditch juntos. Ahora era como si una sima se hubiera abierto entre ellos.
¿Qué nos ha pasado, Reg?
Odiando el tener que estar ahí, en silencio, algo antinatural en ellos, Sirius emitió un hondo suspiro.
"Sólo espero que Carrow no sea mi cuñada." Dijo, colocando la silla en su lugar y poniéndose en pie.
Regulus miró a Sirius y recordó a la chica que antes había ido a ver cómo estaba, sin comportarse como una idiota ni, sorprendentemente, alabar su indudable espíritu Gryffindor de los huevos y sin ponerle nombrecitos cariñosos tampoco.
"Antes muero." Dijo Regulus en tono sombrío, pero para disfrazar lo que empezaba a ser una de esas terribles certezas. Recordó a su propia prima Andromeda: hasta en los sentimientos los Black eran los que decidían.
"Ya bueno… no digas eso." Sirius se pasó la mano por el brillante cabello negro. "Cuídate, Regulus."
Caminó unos pasos hacia la puerta, pero movió la cabeza a un lado, sin girarse hacia su hermano.
"Ya comprendo por qué somos hermanos." Dijo en voz baja Sirius, antes de salir por la puerta algo más deprisa.
Regulus cerró los ojos y se llevó las palmas vendadas a la cara.
-o0O0o-oOo-o0O0o-
El juego del escondite es para recordar que Regulus habría sido un miembro de la Orden fabuloso, y Sirius habría sido un mortífago excepcional si se hubieran invertido los roles.
Sirius: no es tan protagonista, pero a través de Regulus he querido mostrar que ese espíritu de cazador lo tenía, no sólo para perseguir nenas, sino que también podría apañárselas muy bien como perro a la caza y captura. Ese instinto creo que siempre le ha acompañado, de ahí que me cuadre tan bien cómo es posible que un Black, criado entre algodones en pleno Londres, pudo haber sido tan hábil para huir de Dementores y aurores.
Tal vez no fue así, pero he repetido eso que hizo Sirius con Harry, ir a verlo a Privet Drive, antes de que éste cogiera el Autobús Noctámbulo. Ahora con 16 años, imagino a Sirius haciendo escapadas en verano como un perro. Por eso le veo tan medianamente familiar con las cosas muggles, desde motos hasta revistas de chicas en ropa interior. Y si observó a Harry, no puedo concebir que no fuera a ver cómo estaba su hermano, cuando las lechuzas y todo contacto estaban prohibidos.
Quizá la huida de Sirius supuso la ruptura con su hermano y se odiaron a muerte, por tanto Sirius jamás habría ido a verlo. Pero no puedo imaginar que eso les sucediera.
Bertram Audrey fue una víctima de una broma de James y Sirius, hicieron que le creciera la cabeza.
El anillo de oro que porta Regulus apareció años después por Grimmauld Place; Sirius lo tiró haciendo limpieza, junto a la Orden De Merlín de su abuelo, entre otros muchos objetos. Otros fueron una túnicas de color púrpura que estaban en un armario y casi estrangularon a Ron. He puesto a Walburga (como hicimos en otros capítulos) vestida de púrpura expresamente.
Nota: Regulus todavía no es mortífago, JKR confirmó que se unió a los 16 años. La caracterización de casi todos los personajes merodeadores y el entorno tiene una inspiración evidente en el trabajo de Heredrha.
Gracias por leer, de momento las españolas arrasáis entrando aquí.
