Hola... Lo sé. Imperdonable mi injustificado retraso. Parece mentira, pero este fic lo tengo tan venerado que hasta que no me veo capaz, no continúo, tarde lo que tarde. Lo respeto demasiado. Espero que haya alguien por ahí que siga la historia, pero si no, lo comprendo porque habré cansado hasta al más paciente.
Se lo dedico a Dryadeh porque en muy pocas horas será su cumpleaños y ése fue el límite que me puse; sé que ella tiene fe en mi capacidad para dar el broche final y sé que sigue amando esta historia. Es por ella por quien no he abandonado cuando la otra autora lo hizo hace casi un año. Gracias, Dry, y felicidades.
Ahora toca entrar en el periodo trágico. Sucesión de muertes en la familia. Cambios drásticos, la primera guerra… Se avecina el final que todos conocemos. Espero que os guste.
La muerte joven planea en casi todos los Black conocidos. Parece que es parte de su Maldición.
Capítulo 15. Muerte joven (I)
Verano de 1977
Se había visto la Marca Tenebrosa en varios lugares de Inglaterra, Gales y el Norte de Irlanda. En Escocia no había sido tan exagerada, aunque decían los rumores que era debido a pequeños grupos de bestias como hombres lobo y gigantes que habían sembrado el pánico en núcleos rurales muggles…
Era Irlanda la que estaba teniendo catástrofes naturales inexplicables. Accidentes en la red de transporte muggle que había incrementado dramáticamente las cifras de siniestralidad. Escocia pasó a tener un número desconcertante de incendios, a pesar de la humedad o de la época del año…
Y detrás de todo ello, el desconcierto de las autoridades y la satisfacción del mago oscuro más poderoso que había pisado las Islas Británicas.
Hacía tiempo que se había visto venir algo así, pero en la actualidad se habían desencadenado los acontecimientos: no era seguro el refugio en el mundo muggle y en el mundo mágico era imposible estar cómodo entre amigos, jamás entre extraños, dudoso entre conocidos.
Se habían roto amistades, confianzas, vínculos, amores.
Familias.
Ser un Mortífago no es una oportunidad. Es una sentencia.
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El muchacho estaba en plena adolescencia; tenía la estatura alta y la figura estilizada de los miembros de su familia, los mismos cabellos negros y brillantes y la misma piel pálida, de huesos finos y manos delicadas, de ese tipo que nunca había tenido que trabajar más de la cuenta, mostrando de esta forma una educación y unos orígenes privilegiados. Las únicas marcas que tenían esas manos eran algunos cortes producidos por las alas batientes como un colibrí de las esquivas snitch que él adoraba. Incluso un pequeño callo en el dedo corazón que mostraba que era aplicado y rotundo cuando escribía aferrando con determinación la pluma.
Tenía dieciséis años, ya cada vez más próximo a la mayoría de edad y a un futuro que le abría las puertas gentilmente. El único varón de una familia de larga tradición mágica, remontada a la Edad Media. Codiciado, envidiado, repudiado, su presencia y sobre todo su apellido, nunca dejaba a nadie indiferente. De eso no tenía él que encargarse, ya la fama le precedía.
"Arrodíllate."
Era la primera vez que nadie, ni siquiera sus estrictos padres, le daba semejante orden. Su reacción instintiva, enseñada desde la cuna, fue alzar los ojos con desafío; si se hubiera mirado en un espejo, habría visto que tenían el mismo reflejo que los de su inexistente hermano mayor. La misma rebeldía.
Pero se arrodilló, lo hizo.
"Regulus Arcturus Black…"
Esas pupilas desafiantes bajaron automáticamente hacia el suelo; había otra cosa que fluía por sus venas además de una magia pura. Además del destello de la rebeldía.
Era el instinto de supervivencia.
Bajar los ojos era lo más aconsejable si quería salir de aquel lugar por sus propios medios. Apretó las muelas hasta que las venas de las sienes se hincharon tanto que pensaba que se saldrían de la piel. Pero no se movió.
"…ya estaba preocupándome el hecho de no saber cuándo acabarías presentándote ante mi…"
La voz era aterciopelada, engañosa si uno miraba las pupilas rojizas que estaban ocultas bajo las sombras de una capucha de un negro imposible, perfecto. Fue ahí cuando se percató de que tal vez no saliera vivo, no superara las expectativas. Tal vez sería convertido en cenizas, como se decía que había ocurrido como tantos otros candidatos antes que él.
Si era capaz de penetrar su mente como sospechaba… entonces vería que estaba dentro del círculo porque era lo esperado. Era lo escrito. Lo lógico.
Y era lo que mantendría a su familia en el estatus que le correspondía. En definitiva: era lo que los protegería. Siendo parte de ellos, no dando signos de estar en su contra.
Bellatrix había mencionado que tendría que demostrar que era mucho más que un apellido de prestigio, que no era poco. Que tendría que hacerse valer.
Todavía escuchaba los lamentos y las súplicas de los muggles.
Cerró la mente lo mejor que supo, aunque no sería suficiente; pero al menos en ese punto la suerte estaba de su parte, si es que alguna vez la tuvo. Probablemente ni el mejor Occlumens sería capaz de aislarse completamente de él. Escuchó vagamente que le mostrara el brazo, un susurro que pareció resonar en sus tímpanos tan fuerte como si le hubieran chillado. Apenas consciente de sus actos, sólo pudo presentar ese brazo de sangre patricia mostrando así su sumisión y su condena.
Sus padres estarían orgullosos de que su único hijo se hubiera unido al mago más poderoso, aquel que les protegería de los que pretendían robarles la magia y usurpar su lugar en el mundo.
"Veamos si eres digno."
Regulus abrió los ojos de par en par. Su primera lección: no confíes jamás en nadie.
Su segunda lección: No tiendas la mano.
Su tercera lección: No muestres sumisión.
Recibió la Marca, cuando pudo recuperar la consciencia; había sido capaz de superar la Maldición de la Tortura. Había sentido dolor y miedo. Se había convertido en un muñeco roto.
Ya era esclavo de su destino.
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Grimmauld Place 12
Londres, Inglaterra
Vendó con extremo cuidado el brazo; aunque los veranos londinenses no fueses crudos, había semanas de calor húmedo insoportable y una manga larga era como colocarse un cartel diciendo que ocultaba una Marca prohibida y temida. Fingió haberse lesionado por culpa de un aterrizaje fallido en escoba durante un entrenamiento de Quidditch y se ahorró así dar más explicaciones.
Mintió también diciendo que había ido a San Mungo y que le habían preparado una poción para regenerar fibras y huesos. Falso. La poción se la había sugerido Bellatrix, en un tono frío, para que pudiese dormir mejor por las noches.
Ya no se acordaba de cuándo empezó este ciclo de mentiras. ¿Sería cuando ocultaba que colaba comida para Sirius?. ¿Sería cuando enarbolaba la bandera de Slytherin?. ¿Cuando reverenciaba el Tapiz o el Escudo familiares?.
Entró en su baño, aferrando por rutina el picaporte plateado con la figura de una serpiente, tantas veces usado que ya no caía en lo ridículo que podría ser tener una decoración tan ostentosa. Abrió un grifo y se echó agua a la cara y se contempló en el espejo, muy cansado. Hizo caso omiso a la sugerencia que le hizo el mismo espejo de irse unos días al Algarve y adquirir un poco de color. Miró más allá de la palidez y los rasgos agraciados otorgados por una genética generosa en ese aspecto en su familia. Vio tan sólo lo que era: un muchacho que fingía ser el próximo príncipe de Gales en su version mágica. El muchacho que tendría que hacer carrera y convertirse en la mano derecha del Señor Tenebroso, a costa incluso de pisotear a su ambiciosa prima. Sería el que adjudicara una bruja de alcurnia con la que continuar una tradición histórica y también…
Estar agradecido por seguir vivo, y cuerdo, cada mañana.
Como esa mañana.
No se molestó en secar una parte de la venda a la que había caído agua. Casi era una bendición, saber que ese brazo tenía sensibilidad para algo más que para sentir su quemazón cada vez que se le requería. Así oculta, era como si él mismo quisiera negar su existencia, lo cual era incoherente. Tenía que amar y reverenciar su brazo, tal vez no al extremo de su prima, a la que había observado tener casi una fijación fetichista y autocomplaciente con él. No podía permitirse el lujo de negarlo, estaba ahí. Y él sabría cuándo estaba negando su existencia.
"Es poderoso, magnifico y sólo puedo buscar ser digno del honor que se me ha otorgado."
Esa frase la había repetido a unos pocos miembros de su propia Casa, que le habían preguntado con la curiosidad de quien también acabaría por unirse a ellos. O la respuesta automática que ofrecía a sus propios padres o tíos, haciendo gala de todo en lo que Regulus Black se había convertido.
Sonrió con ironía y profundo pesar, al recordar otra de las admiradas exclamaciones que hacían aquellos privilegiados a los que le había mostrado discretamente la Marca.
"La quiero… la obtendré, como tú, Regulus."
(No. Créeme, no la querrás.)
Eso era lo único cierto que Regulus sabía de su propia existencia.
Todo lo demás sólo era una mentira.
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La ducha le había tonificado, no mucho. No había descanso cuando cada dos minutos estás pensando que vas a olvidar la llamada, que no vas a sentirla. Vaya sí se sentía, pero eran nervios, era temor. Cubrió su torso con una camisa blanca de manga larga; miró su dormitorio, perfectamente Slytherin, perfectamente Black.
Se sobresaltó cuando escuchó un grito desgarrado, desesperado. No podia aparecerse hasta que no pasara las pruebas, así que quedaba tan sólo salir corriendo al piso de abajo a toda carrera, como había hecho siempre con Sirius cuando empezaban a oir las campanadas de la cena. Puntual, estricta… y una carrera hacia la comida que quedaba lejana, en otra vida en la que tuvo un hermano y en la que era feliz.
Crack.
Dio un respingo y se dio cuenta distraídamente de que jamás había dado respingos cuando Kreacher Aparecía. Jamás, hasta ahora. El viejo elfo doméstico de la familia se agachó rápidamente ante él.
"Amo Regulus… por favor… es la Señora…" murmuró asustado.
Un flash de pánico se cruzó delante de su cara. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si el Señor Tenebroso se había dado cuenta de sus dudas, de sus inseguridades? ¿Y si había empezado ya su venganza, en su propia casa?
No le temía a la muerte. No temía morir joven desde el momento en el que aceptó ese destino. Pero sí temía por su familia, por sus padres.
Por su hermano, también.
Sin más, salió precipitadamente de su dormitorio pisando ligeramente las alfombras de los pasillos. Llegó a la oscura barandilla de madera y bajó las escaleras de dos en dos, maldiciendo su minoría de edad: No era capaz de Aparecerse, pero paradojas de su condenada vida, sí podía matar y torturar en nombre de la Magia…
Desechó ese curso de pensamientos y casi intuitivamente llegó a la Sala del Tapiz, cuya oscura puerta estaba entreabierta. Era extraño, Madre entraba y solía mantener cuidado con los rituales… no dejar la puerta medio abierta, no permitir que la temperatura y la luz variaran….
Allí estaba el magnífico Tapiz, abrazando sus ramas y hojas las cuatro paredes. Las cortinas estaban descorridas y la luz del verano pasaba libremente. Su madre estaba con las manos cubriendo su boca y los oscuros ojos, tan semejantes a los suyos, fijos en un punto de la pared que tenía enfrente, donde la luz de los ventanales le daba de lleno.
"Madre…"
Regulus miró de hito en hito al Tapiz y a su madre, su rostro pálido desencajado. La rica fibra verde y oro seguía perfecta pero igualmente sintió la punzada cuando detectó su propio retrato junto a un borrón quemado, en donde su hermano mayor tenía que haber estado. Cerca de ellos. las ramas llevaban a un borrón anterior, el de la traidora prima Andromeda.
Entre ellos había un nuevo borrón. No era posible. Eso no estaba antes.
Walburga Black
Cygnus Black
Regulus se sabía al menos ocho generaciones anteriores a la suya de memoria e inmediatamente se aproximó porque no podían engañarle sus ojos. No podía creérselo. Entre su madre y su tío siempre había habido un segundo tío.
Alphard.
El tío libre. El tío que le traía objetos peculiares. El tío que viajaba, el apostador, el vividor, el irreverente. Tragó saliva porque algo de todo eso le recordaba peligrosamente a Sirius y hasta ese momento no sabía de quién procedía la irreverencia, si de su tío o del sobrino desheredado.
"Tío Alphard…" susurró, estirando el brazo maldito hacia el borrón tan reciente, sin atreverse a tocarlo con los dedos como le habían inculcado desde niño.
"¡NO!" gritó su madre, sentada en una de las butacas, todavía aferrada a la varita que Regulus no dudaba que había utilizado. "¡Jamás pronuncies ese nombre en esta Casa, Regulus!. ¡No existe!. ¡Sólo tengo un hermano, tú sólo tienes un tío carnal, ninguno más!"
Así era ser Black, negar la realidad, crear su propia existencia a su gusto. Así era siempre. Regulus tragó saliva y se agachó frente a ella.
"¿Qué pasó, madre?"
Sólo recibió un alarido de agonía que, por segunda vez en la vida, a Regulus le sonó terriblemente auténtico. Y su madre había gritado desde que él tenía uso de razón.
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El joven iba vestido completamente de negro. Muy alto y de cuerpo esbelto y proporcionado que provocaba que algunas… bastantes… volvieran la vista hacia él. El cabello liso, brillante, largo por debajo de las orejas y era tan oscuro como la vestimenta que llevaba. Sólo había dos notas de color: su piel algo tostada por días al aire libre y sus ojos, grises, grandes, luminosos.
Había una nota triste en ellos, no obstante. Se acuclilló frente a la lápida y con el hechizo recuperó las letras quemadas, mancilladas por la mano absolutamente familiar. Detectaba el estilo de su madre incluso en sueños. Ya podía utilizar magia como mayor de edad, pero en cualquier caso no habría tenido ningún problema en desafiar las normas ministeriales con tal de devolver a la tumba la dignidad que merecía. No podía permitir que su muerte fuese un insulto por su culpa.
Alphard Pollux Black
1927 – 1977
Querido hijo y hermano
Toujours pur
Sirius devolvió la riqueza de la placa de mármol, reparó las letras. Cerró los ojos cuando sintió que le escocían. Se acordó de los regalos, de los guiños. De sus ojos marrones y su sonrisa malévola y bromista. De su carácter abierto. Para ser un Black, completamente irreverente pero nunca traspasando los límites. No como él mismo.
Hasta ahora.
Jugando peligrosamente con los límites. Como ahora.
Y hasta ahora, Sirius Black había pensado que no era hijo natural de los Black. Que lo recogieron en algún orfanato de magos. Incluso de muggles, le daba lo mismo. Que era un producto de un experimento mágico de su familia y surgió él espontáneamente de un caldero muy defectuoso. Ni siquiera con Regulus ya sentía algún tipo de afinidad, de intereses y valores compartidos. Sí cuando eran niños, pero esa época parecía lejana, difusa, irrecuperable.
Siempre había pensado que si se hiciera mayor, llegaría a ser como el tío Alphard. Divertido, original, pero ante todo, un alma libre. No se veía casado ni atado a una casa. Hasta que recibió la notificación del Ministerio de Magia que le comunicaba que se había convertido en el heredero universal de la fortuna de su tío materno.
Sirius no ambicionada dinero. No ambicionaba oro. No quería abusar de la generosidad de los padres de su mejor amigo, los cuales le habían acogido desde que decidió abandonar el hogar que le había visto nacer, y estaba dispuesto a trabajar para ganarse el oro suficiente que le permitiera vivir en cuatro paredes en el barrio más cutre de Londres.
Sintió una mano sobre su hombro y otra en el otro.
James. Remus. Y no hacía falta imaginarse que Peter estaría por ahí cerca también. No se dio la vuelta. Notó sus propias manos frías, pese a la cálida temperatura. Aferró con fuerza la varita y con la otra se frotó furiosamente las lágrimas que amenazaban con salir. No quería llorar como una nenaza, el tío Alphard se habría burlado de él.
Apretó la mandíbula, furioso con la injusticia de su familia y maldeciendo a la vida en general. Se separó de sus amigos y apuntó con la varita, en un estilo que habría recordado inevitablemente al de su propia madre cuando apuntaba enojada. Y marcó con experiencia algo en la lápida.
Se marchó dando largas zancadas. Los tres amigos quedaron de pie, solos frente a la tumba. El más bajito de ellos se acercó para depositar un ramo a pie de la sepultura. Remus y James intercambiaron una mirada tras leer la marca que había dejado Sirius antes de salir de allí. En silencio se dieron la vuelta para acompañar al inesperado heredero. Se habían acostumbrado a que el propio Padfoot se autodenominara "desheredado", así que el saber que ahora tenía una pequeña fortuna en Gringotts era desconcertante. Especialmente cuando provenía, ironías del destino, de los Black.
Quedó grabado para desconocimiento de la familia que le había repudiado póstumamente.
"…y tío."
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El Profeta Diario publicó una nota breve en la sección de sociedad. En otro tiempo el fallecimiento de un Black habría sido carne de prensa rosa. Sin embargo, Pollux Black utilizó todos sus recursos para que la noticia no fuese la comidilla de las chismosas damas de la clase alta mágica británica.
Compró a algunos periodistas influyentes para tapar un poco la ignominia, como la llamó su enfurecida hija Walburga, que había pasado por todos los estadios de humor conocidos. Desde la ira hasta la depresión, desde la profunda decepción hasta la tristeza. En definitiva, tanto en Corazón de Bruja como en El Profeta sólo apareció un breve, mientras que ambas publicaciones dedicaron todo un reportaje a la vida y obra de Amarillo Lestoat, el autor del celebre 'Un Vampiresco Monólogo', cuyas ventas habían sido un éxito durante años y libro de referencia para toda una generación de jóvenes magos y brujas.
Ted Tonks emitió un silbido de sorpresa cuando sus ojos pasaron por la pequeña columnita dedicada a Alphard P. Black. Arrugó la frente porque habían sido años de pomposos reportajes acerca de la familia política. Andromeda alzó los ojos, inclinada en la mesa del comedor hacia el trabajo de su pequeña hija. Nymphadora era menuda, de carita redondeada como su madre y cabellos castaños claros como su padre, aunque no le duraban mucho con ese color. La niña, a punto de cumplir cuatro años, hacía enormes esfuerzos por depurar una caligrafía que hasta el momento estaba siendo bastante burda, para espanto de su refinada madre. Dora, como le gustaba llamarla a Ted, estaba muy concentrada, con la punta de la lengua en la comisura de sus labios y aferrando con cuidado la punta de la pluma con la que escribía…
"El pico de la lechucita… el pico de la lechucita…" murmuraba suavemente.
"Eso es, cariño…" murmuró Andromeda suavemente, "el pico de la lechuza para que no desvíes la letra…"
Era la forma que tenía de indicarle que la punta de la pluma era el pico de una lechuza y tenía que guiarla para escribir frases. Andromeda alzó los ojos de nuevo hacia su marido y él le hizo señas para que se acercara. Ella obedeció, dando un beso en los cabellos a su concentrada hija; al momento los cabellos se volvieron de un color rosa pálido aunque Nymphadora ni había levantado los ojos de sus ejercicios.
"¿Qué pasa?"
Ted le mostró el periódico y Andromeda automáticamente pasó a la notita escueta en la parte inferior izquierda del diario. Sus ojos y boca se abrieron de par en par, pero no emitió ningún sonido; demasiado educada para mostrar expresiones espontáneas de sorpresa.
"Tío Alphard…" susurró.
"¿Quién es el tío Alphard, mamá?" preguntó Nymphadora levantando la cabeza con curiosidad y deteniendo su escritura.
"Dora… tu cabello." Recordó su padre con un ligero tono de severidad.
La niña suspiró y rodó los ojos. Siguió escribiendo y olvidó la pregunta mientras que sus cabellos volvían a tener un discreto tono castaño claro. Andromeda se sentó en el reposabrazos de la butaca donde estaba Ted y su expresión se volvió triste.
"Supongo que siempre me consideró tan frívola y superficial como a Narcissa, o tan arrogante e insufrible como a Bellatrix. Pero era peculiar…" sonrió levemente a su marido cuando él alzó las cejas, pensando que cualquier Black sí era peculiar, demasiado, quizá. "Era diferente al resto. Y sí…" añadió adivinando por qué Ted se había sorprendido. "No es habitual en la familia que un Black tenga un trocito ridículo de gloria y notoriedad en la prensa. Eso sería más propio de mi o de mi primo, pero no de un Alphard Black."
Ted le aferró la mano y se la apretó.
"Bueno, en cualquier caso no nos incumbe."
Andromeda sonrió tristemente. Porque sabía que la aséptica noticia y su ridículo tamaño significaba que Alphard ya era tan Black como ella.
Nada o casi nada. Pero él no vería ya las consecuencias de la expulsión.
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Era un hombre que había vivido horrores y lo más increíble: había sobrevivido a ellos con algunas cicatrices y un ojo mágico. De aspecto severo y completamente volcado en su trabajo, en su varita habían caído una buena cantidad de magos oscuros y otros tantos estaban pudriéndose en la prisión de los magos. Cabellos castaños mezclados con grises. Pocas sonrisas. Andares extraños.
A Bellatrix no le dio tiempo a identificar a otros. Sólo pudieron salir de la trampa en la que habían caído y estaba furiosa. Todo por haber hecho caso a rumores sobre magos de sangre muggle que tenían todas las papeletas para ser miembros del Wizengamot. El Señor Tenebroso estaría furioso cuando se enterara que Wilkes además había caído.
Ya no era una cosa de aurores solamente. Era mucho más que eso y Bellatrix lo sabía.
"¿No tenías un tío llamado Alphard?"
En el dormitorio, Bellatrix se quitó la capa negra dando un fuerte tirón al cordel del cuello. Su túnica negra, ajustada como un guante y cómoda para facilitarle huidas (o persecuciones) estratégicas, crujió cuando se giró, sus mejillas encendidas en su piel pálida.
Rodolphus se había quitado su capa negra y sólo iba con una camisa y un pantalón de color similar. Se acercó a su mujer y con los ojos fríos y le mostró la noticia. Bellatrix le miró con desdén y esa mirada se acentuó cuando sus ojos pasaron por el pequeño artículo.
"¿Y crees que me importa ahora mi tío Alphard?. ¡Por mi que se pudra en su tumba!"
Su marido no necesitó más; alzó las cejas y arrojó el periódico hacia el tocador como dando por zanjado el asunto. Si a ella no le importaba, desde luego a él menos. Se quitó la camisa y el pantalón y se metió en la cama, ignorando la actitud de Bellatrix. Ya eran cinco años de matrimonio en los que apenas había conseguido dominar a su visceral esposa. Mantenían a raya cualquier sospecha acerca de su afiliación secreta al bando del Señor Tenebroso. Pero también sabía que eran blanco de las murmuraciones acerca de la tardanza en tener hijos. Él mismo era consciente de lo incompatible que era y era frustrante. Prefería ser él quien fuese miembro activo del Señor Tenebroso; Bellatrix tendría que quedarse en casa cuidando de sus hijos.
Hacía tiempo que sabía que Bellatrix preferíría morir joven por el Señor Oscuro, antes que ser una anciana abuela moribunda rodeada de hermosos nietos de cabellos y ojos oscuros.
Bellatrix cerró las pesadas cortinas de profundo verde tornasolado. La oscuridad se hizo totalmente en el enorme dormitorio, salvo por las dos lámparas que prendían luz a ambos lados del dosel. Rodolphus no hizo nada, dejó que ella entrara en la cama y le concedió, como siempre hacía, esa manía de ella de dejar todo absolutamente cerrado, oscuro, inaccesible. Y como otras tantas veces, la sintió despertarse en plena noche, mientras que él de nuevo fingía ignorancia.
Bellatrix no se despertaba viendo los rostros jóvenes de sus víctimas. No se aterraba de ver la muerte joven. No se despertaba escuchando sus gritos y sus ruegos, sus sollozos y sus últimos alientos pidiendo clemencia; maldiciéndola o clamando venganza. Bellatrix se retorcía, se aferraba a las sábanas por una desesperación que era cada día más y más evidente.
Al principio era una de las tantas peculiaridades de la joven. Pero su esposo luego comprendió que otra de las peculiaridades de la joven era ser obsesiva, apasionada, desesperada y visceral. Se sentía absolutamente plena cuando cumplía sus deseos, cuando acataba sus órdenes. Cuando recibía un pequeño gesto de agradecimiento.
Pero los del Señor Tenebroso.
Sus gestos de gratitud eran escasos. Casi inexistentes, de ahí que Rodolphus supiera que su esposa los atesoraba como algo único, reservado a ella. Sólo a ella. A su predilecta, según ella. A veces la expulsaba de su lado, otras veces dejaba que se acercara a él. Rodolphus sabía que él era un manipulador y sospechaba que estaba dentro de un juego en el que ella también se dejaba manipular. Ella se dejaba desear, si es que podía eso alguna vez ser aplicable al Señor Tenebroso. Lo dudaba.
Bellatrix se giró hacia su esposo y se aferró a su espalda, recorriendo sus uñas la piel con sorprendente delicadeza. En la oscuridad, él no reaccionaba. Dormía ligeramente, hacía tiempo que su sueño no podía ser profundo si tenías que dormir junto a Bellatrix Black. Ella era bella, deseable, ambiciosa, poderosa, inteligente. Ciertamente, inestable. Era frustrante que la sumisión que él deseaba provocar en ella sólo ocurriera cuando el Señor Tenebroso estaba presente. Ahí Bellatrix abandonaba todo su ser y lo ponía a disposición de él. No era como tenía que haber sido.
Siguió fingiendo estar durmiendo, pero los puños se le cerraron, enfurecido. Él tendría que dominar a su esposa, él tendría que someterla y nadie más. Y le molestaba que ella se diera cuenta y a veces se burlara. Pero él también mostraba su burla hacia ella. Fingiendo ignorar.
"Y pensar que ella se cree que tiene alguna opción con él…"
"¿Te he despertado, Rodolphus?" preguntó ella, melosa, sin dejar de pasar sus dedos por la espalda.
"No." Dijo él.
Escuchó el aliento de ella al salir por su nariz cuando esbozaba esa sonrisa satisfecha, cruel, hermosa. Sabía que le propondría aprovechar el momento de estar desvelados y le frustraba mucho pensar que ella estaría pensando en otro cuando lo hicieran. A veces era un aliciente en el que Rodolphus hacía que ella sí sintiera que era él, y no otro, con quien compartía lecho. Hacía su relación mucho más intensa, pasional, interesante. Pero no siempre era así.
"No me apetece, Bellatrix." Respondió secamente y sin darse la vuelta.
Entonces ella se rió quedamente, como si eso tuviese gracia. Como si fuese una excusa patética.
"No sabes mentirme, Rodolphus. Ni nunca sabrás." Contestó con autosuficiencia, mientras permitía que sus dedos continuaran su camino desde la espalda de su marido hasta su pecho.
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Las manos blancas, impecables, se retorcían de los nervios. Hacía ya dos días que Lucius había ido a una de sus misiones secretas y sabía que habría ido con Bellatrix y Rodolphus. Sin embargo, no había recibido noticias de ninguno y no respondían a sus llamadas a través de la chimenea. No se atrevía a ir a la mansión de los Lestrange porque era demasiado prudente para atreverse, por muy hermana de la dueña que fuese. Sólo le quedaba quedarse a esperar y suplicar que no le trajeran el cadáver de su joven esposo.
Cuando aceptó ser su mujer sabía que sería amada, respetada y su situación sería más privilegiada, si era eso posible, que la que tenía en el hogar de su padre. Ser una Malfoy era una bendición y era una maldición, por cuanto asumía que su marido estaba implicado en peligrosas misiones para proteger un futuro juntos. Para limpiar su mundo de sangre muggle y de magos advenedizos que acabarían robándoles la magia.
Aceptó la taza de chocolate caliente que le había servido Dobby con la obediencia debida y se recostó en el diván de la salita de música. Ahí no tenía retratos con quienes verse forzada a entablar una cortés conversación. Ahí podía relajarse algo más mientras aguantaba desvelada el regreso de su marido.
Finalmente escuchó el ruido de una puerta al cerrarse e inmediatamente se incorporó, dejando la taza de fina porcelada en su platito y olvidándose de ella por completo. Abrió las dobles puertas y fue directa hacia el lugar donde sabía que Lucius había entrado. Generalmente utilizaba la chimenea de su despacho.
Se echó en sus brazos, antes incluso de que él pudiera retirarse la capa negra y dejar su hermosa varita encima del escritorio. Besó a su mujer antes de apartarla con suavidad.
"Lucius… ¿qué ha ocurrido? Te has retrasado demasiado… iba a ser algo rápido… eso dijiste…"
Lucius torció el labio y se retiró los largos cabellos rubios del cuello. Se apoyó en el escritorio sin soltar la mano de Narcissa. Se mordió los labios.
"Nos la jugaron pero a base de bien." Dijo simplemente.
"¿Los aurores?. ¿Pero no dijiste que tenías controlados a la mayoría de ellos?"
Lucius negó brevemente con la cabeza.
"No sólo aurores. Eran otros pero no los reconocimos. Algunos…" se interrumpió. "Da igual. Es como una especie de sociedad… hace tiempo que venimos sospechando que algunas de nuestras misiones fueron abortadas porque ese grupo… esa especie de resistencia, se nos ha puesto en el camino. No cabe duda de que es una organización y que su misión es ir por nosotros."
El horror se pintó en el hermoso rostro de su esposa. Primero por la posibilidad de encontrarse viuda tan joven, de perder a su marido. Segundo, porque no podía imaginar qué magos serían capaces de enfrentarse a los de su propia clase cuando lo único que querían era proteger el mundo mágico. Era el mundo al revés.
"Wilkes ha caído. Pero fue demasiado confiado." Lucius torció el labio. "A mi eso no me pasará. A mi no me atraparán, ni vivo ni muerto."
Narcissa volvió a abrazar a su marido.
"Pero esto no es por lo que me he retrasado."
Narcissa se apartó un momento con la confusión en sus ojos azules.
"¿Ah, no?"
Lucius acabó quitándose la capa negra y cerró con cuidado la puerta de su despacho. A continuación extrajo de un bolsillo interno de su túnica un pequeño libro. Encuadernado en piel negra, de unos dos centímetros de grosor, no tenía ninguna marca especial, ningún dato importante. Sus páginas en el canto no relucían de color dorado como algunos lujosos volúmenes que tenían en la biblioteca familiar. Tampoco había runas en plata, de hecho no había caracteres de ninguna clase ni color en sus cubiertas. Arrugó su perfecta frente y contempló sin comprender a su esposo.
"¿Qué es esto?"
Lucius sonrió con autosuficiencia y con orgullo.
"Un encargo personal del Señor Tenebroso. Me ha pedido que lo custodie a costa de mi vida. Una misión de gran importancia y que de nuevo demuestra que soy su seguidor más fiel y su predilecto."
Los labios de Narcissa se abrieron para formular una pregunta pero cerraron, como si fuera a cambiar de idea. Se mostró algo perpleja ante la importancia que pudiera tener un pequeño libro, de aspecto ciertamente insignificante. Lucius lo abrió sin miedo a resultar muerto, maldito o ambas. Las páginas, amarillentas y algunas arrugadas de un uso aparentemente inexistente, estaban vacías.
"No comprendo, querido. Te ha pedido que custodies un libro… que no tiene nada de especial."
Lucius cerró sonriente el librito.
"No tiene importancia. Es sólo una prueba. Lo que custodio no tiene ningún valor, de eso estoy convencido. Digamos que es como guardar una prenda. Y aunque este libro no valga ni un knut, lo conservaré como si fuese la mismísima varita del gran Salazar Slytherin."
Narcissa sonrió con orgullo. No concebía al Señor Oscuro otorgando esos privilegios y haciendo partícipes a todos sus seguidores; no tenía duda de que estaba con el mejor de ellos y el Señor Tenebroso era plenamente consciente también.
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Noviembre de 1977
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Albus Dumbledore se encontraba sentado tras su escritorio, tras un gran fajo de pergaminos, de cartas de padres que responder. El Profeta Diario tenía en su primera página las fotos de unas casas en llamas. El titular destacaba el enésimo ataque a una familia de magos de sangre muggle, esta vez en un condado próximo a Manchester.
Se oyó la escalera moverse y el ruido de la piedra caliza de su gárgola elevándose para traer a un visitante. Dos, en particular.
"Buenos días, Albus." Dijo Alastor Moody repasando con su ojo mágico en todas direcciones. "Espero no interrumpirte."
Junto a él subió Minerva McGonagall, con el cabello estrictamente recogido en la nuca y los ojos calmados tras sus gafas cuadradas. Ella no dijo nada, sólo saludó brevemente inclinando la cabeza.
"No, en absoluto." Dumbledore se incorporó para ofrecerles asiento delante de su escritorio, moviendo con indiferencia su varita. "Tomad asiento."
Moody se sentó pesadamente y siguió mirando con desconfianza los curiosos retratos y objetos que poblaban el despacho del Director. El gesto le debió de hacer gracia porque Dumbledore también imitó el gesto de observar, aunque mucho más complacido, su despacho.
"¿Y cuál es el motivo de tu visita, Alastor?" preguntó sonriente Dumbledore.
"Nuevas incorporaciones. La Orden… ya sabes." Indicó con la cabeza el ejemplar de El Profeta que estaba encima de la mesa. "Les estamos manteniendo difícilmente a raya, pero no es suficiente con los que somos."
McGonagall miró hacia Dumbledore con conocimiento. Hacía tiempo que había hablado del tema con él, y de los alumnos que tenían en el Colegio que podrían ser candidatos. No en vano eran miembros de la Casa de la que ella era Jefa.
"Ah… claro. Imaginaba que sería eso." Respondió con suavidad Dumbledore, con un matiz divertido en sus ojos azules.
"¿Pero te fías de esos críos?" preguntó secamente Moody. "He oído que no son más que una panda de descerebrados con cierto talento para las bromas pesadas y encantamientos propios de EXTASIS, pero nada más."
"Confío en ellos." Contestó con dulzura Dumbledore.
Moody se inclinó hacia adelante.
"Veamos… Potter. De familia de traidores a la sangre, de acuerdo. Un niño rico que se comporta como un malcriado, con talento, eso lo reconozco, pero malgastado en ir por la vida como un adolescente enamorado de su propia idiotez."
"No subestimes el amor y lo que es capaz de hacer, Moody." Contestó sin elevar el tono Dumbledore, pero con un matiz de advertencia que no escapó a ninguno de sus visitantes.
Moody gruñó como respuesta.
"Vale… tal vez no de su idiotez, sino que va enamorado de… ¿Evans, Lily Evans? No dudo de su habilidad y de que su propia motivación será una baza importante, al ser hija de muggles. Siempre y cuando pueda pensar con claridad y apartar un poco a Potter de su cabeza, claro."
McGonagall frunció el ceño ligeramente, extrañada. Sabía que Potter bebía los vientos por ella y era algo que no se molestaba en ocultarle a nadie. Demasiados castigos por ese motivo había tenido que dar ella misma. ¿Pero Evans?
Al momento se dio cuenta y se reprendió por su propia ingenuidad. Tipica fachada y mecanismo de defensa femenino. Negar lo evidente y aparentar lo contrario.
"Pettigrew…" escupió Moody. "Aparte de poder valer para animador de Quidditch siempre y cuando juegue en él Potter, explícame tú qué utilidad tendrá. No sabe apuntar un hechizo a la primera y apenas sabe Aparecerse como es debido. Remus Lupin." Aquí Moody clavó sus ojos firmemente en Dumbledore. "Un hombre lobo, Albus. ¡Hombre lobo!. Un buen muchacho, disciplinado y responsable… sin tacha excepto que es un licántropo." Añadió con indignación. "Si no acaban con nosotros ellos, lo podría hacer él mismo si no tenemos cuidado. No puedo encargarme de un grupo de adolescentes, tener una varita en una mano apuntando mortífagos y tener un calendario lunar en la otra. A menos que quieras que le deje salir a por mortífagos justo cuando haya luna llena, claro."
"Alastor, será miembro de la Orden, y un magnífico miembro. Como todos los demás."
"Vale. No he terminado." Añadió Moody. "Black."
Se oyó una oportuna tos en uno de los retratos; el ojo mágico de Moody giró inmediatamente hacia ese lugar e identificó al retratado. Un mago siniestro aunque atractivo, de aspecto más joven del que realmente tendría, de cabello oscuro y mirada fría y distante. Su túnica negra y verde era rica, de evidente calidad, pero pertenecía a otra época. El hombre sostuvo la mirada y toqueteó el reposabrazos donde estaba sentado con unos dedos finos, uno de ellos con un gran anillo plateado. Pero no dijo nada, salvo escuchar con atención.
"Te has dejado lo mejor para el final, ¿verdad?" preguntó con infantil malicia Dumbledore. Casi divirtiéndose de la solemne seriedad e indignación de su compañero de Orden.
"Un Black. Albus, ¡un Black! Un niñato que decidió que su carita bonita era más importante que su familia –cosa que por otro lado no le reprocho. Que se pasea por el Colegio como si fuese su puto amo. Como si supiera que tiene el mundo a sus malditos pies y que todo lo que importa en la vida es tener un club de fans y gente con la que meterse a diario. Dirás que es diferente de su familia, pero a mi me suena a que es exactamente lo mismo. Un maldito snob y un engreído y soberbio… y como todos en esa familia, una pandilla de cobardes, nada de fiar ni nada noble ha salido de las ramas de ese puto Árbol, ¡nunca!"
"Basta, Alastor." Dijo con sorprendente seriedad Dumbledore. Minerva mantuvo una posición tensa, como siempre le ocurría cuando escuchaba ese tono en el Director, un tono que utilizaba sólo cuando estaba verdaderamente indignado. Escuchó también al retrato de Black incorporarse iracundo, no atreviéndose del todo a increpar a quien insultaba abiertamente a su familia. Si alguien tenía que insultar al botarate de su tataranieto desheredado, sólo sería él, y nadie más.
"Sirius Black me ha demostrado ser muchas cosas. Pero nunca ser un cobarde. Tampoco podría decir que no es noble. No tiene una ficha del todo limpia y sus antecedentes familiares no le acompañan. Eso no te lo discuto, pero… confío en su motivación. Rechazó pertenecer a una familia que simpatiza con los mortífagos. Sería carne de ellos, si hubiera continuado dentro y de eso no me cabe duda. Pero él rechazó todo eso por principios."
Moody gruñó como respuesta y se echó hacia atrás con los brazos cruzados. Fue Minerva la que intervino en la conversación por primera vez.
"Cuando Sirius Black fue a parar a mi Casa, a Gryffindor, pensé que era una broma. Sus padres me escribieron repetidamente para sacarle de la Casa. Habría sido un chico infeliz en la que le habrían forzado a pertenecer, Slytherin, y ha sido enormemente infeliz en lo que debía de ser su hogar." Dijo en voz baja Minerva. "Con el paso del tiempo sus padres pensaron que mis castigos y mis lechuzas advirtiéndoles del mal comportamiento era una reacción mía contra su precioso hijo, su querido heredero, que por supuesto debía de estar en Slytherin. Pero ante todo Black era su propia persona: su mal comportamiento no era por ser Black, ni era por ser Gryffindor. Era él, con unos valores que tal vez no sean perfectos o indiscutibles, pero no me cabe duda de que Sirius Black siempre fue Gryffindor y que comparte todo lo que mi Casa está dispuesta luchar. Ha demostrado inteligencia, talento, integridad y en menor medida disciplina. Yo espero grandes cosas de él."
Moody se incorporó.
"Está bien. Veré cómo puedo moldear un grupo tan… peculiar. Señores." Añadió como saludo, antes de dirigirse hacia la escalera de la Gárgola. Quedaron en silencio unos momentos, analizando las posibilidades de contar con el grupo en las filas de la Orden.
"No le has dicho algo más, Minerva."
Ella miró con curiosidad a Dumbledore, sin saber a qué se refería.
"Que Sirius no se considera Black. Considera a todos sus amigos su familia. Que haría por ellos cualquier cosa. Incluso morir por ellos hoy mismo, tan joven."
Ella suspiró con tristeza.
"Es que espero que eso no sea cierto."
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Sólo se sabe que Alphard fue expulsado cuando dejó oro a Sirius, entiendo que como herencia. Sirius se marchó de la casa de los Potter cuando pudo ser independiente y fue, al parecer, tras recibir ese oro. Por fechas, Alphard debió de morir en 1977. Por su situación en el Árbol de los Black, parece que es el mediano de los tres, por tanto nacería entre Walburga (1925) y Cygnus (1929) He puesto que nació en 1927, así hacía las fechas redondas. Cuadra, parece que los hombres Black no han sido muy longevos, ni siquiera en términos muggles (los magos viven más)
He puesto que su segundo nombre es "Pollux". Alphard habría sido el primer varón tras Walburga y quería que su línea también llevara el nombre del primogénito. Puse que murió y lo enterraron dignamente, para luego descubrir su última "jugarreta": la herencia iba para el sobrino rebelde y desheredado.
Conocimos a una Walburga que era poco más que una caricatura de sí misma. Un retrato de una bruja decrépita histérica y chiflada. Nunca imaginamos así a Walburga pero sí que de cara a los últimos años de vida, pudo perder su cordura (total o en parte), algo así como lo que le ocurriría a Bellatrix. Empezó su decadencia con las huidas de Andromeda y Sirius.
Amarillo Lestoat murió en 1977, eso es canon. JKR confirmó además que los niños y niñas mágicos reciben educación de sus padres antes de entrar a los 11 años en Hogwarts. Tonks se supone que nació sobre 1973.
Esta época es confusa de narices. He colado un poco el tema de los hijos (o su ausencia) en el matrimonio Lestrange. Personalmente creo que Bellatrix no quería tenerlos y Rodolphus sí, y que le gustaría tener a su mujercita con la pata quebrada criándoselos en casa.
Lamento partirles el corazón a las shippers del Sirius/Bella, pero HP5 dice que Sirius vio por última vez a su prima "cuando tenía la edad de Harry" (en ese libro, es decir, 15 años, 1975) Así que dudo mucho que se llegaran a liar antes o después. Mi duda es si llegaron a verse en algún enfrentamiento Orden vs Mortífagos (él no la reconocería)
Finalmente, quiero disculparme otra vez por el retraso en subir esto. No deseo afrontar el final del fic hablando de la guerra o de los Merodeadores porque sigo aferrada a que es un fic sobre Blacks, no sobre otros personajes. Tampoco estoy segura de estar dominando el tema, pero motivaciones personales aparte (tengo una gran desmotivación en este fandom, más bien), no quiero abandonar la historia ni darle un final "para cumplir".
Finalmente, añado que en este tiempo de ausencia he escrito un capítulo "14,5" pero NO entraría realmente en este fic. Porque el otro es puro fanfiction, no un pretencioso intento de hacer la biografía de los cinco últimos Black. Está aquí si alguien siente curiosidad: http : // www .fanfiction. net /s/ 4625681 /1/ La_ copia_ perfecta (sin espacios) Algunas ya la habéis leído.
Gracias además a quienes habéis comentado. Los anónimos, siento no poder responderos, ffnet ha eliminado la posibilidad de enviar emails. Si quereis que os responda o algo dadme una dirección de este tipo: mi nombre (arroba) hotmail (punto) com. Lo dicho, gracias:
Cristhine, Zory, dUlCe InVieRnO, EugeARt, Nell Charentes, Aliena, Pressure, Yedra Phoenix, Ophichus, Snowfallbaby, Nicole Daidouji, Nyissa, lexa-dartle-black, Abby Black, Sabaku no Akelos, sandy kou, Naruko, El Collar de Perlas, Dryadeh, Annirve, Lorylen, Carla, jos Black, ana 713
Feliz cumpleaños, Dry y feliz 2009 a todas y todos. Besos,
Dubhesigrid.-
